Economía
solidaria:
¡No nos equivoquemos de época!
Guy Hascoët
Guy Hascoët fue Secretario de Estado
para la Economía solidaria en el gobierno Jospin. Artículo
publicado en francés por Transversales, diciembre 2000, nº 66,
y en castellano en Iniciativa Socialista nº 60, primavera 2001.
Nuestra época merece una nueva jerarquía de las normas. Quiero
hablar de la nueva alianza entre economía y solidaridad, entre desarrollo
y sostenibilidad, entre ética y rentabilidad. Aunque no sea una nueva
economía, se trata, al menos, de una nueva visión económica.
Esta nueva visión se apoya sobre un primer análisis de lo
que podría llamarse la ilusión liberal. Son numerosos los que,
sobre todo después de la caída del muro de Berlín,
han creído que la economía en general y el liberalismo en
particular constituirían el motor central de la creación de
valor y de la regulación de las relaciones sociales en el seno de
las sociedades y de las relaciones internacionales entre países,
e incluso que serían la principal herramienta de la democratización
de algunos Estados.
Y, dado que la economía liberal y el librecambio internacional eran
portadores de desarrollo y progreso, nada debería obstaculizar la
mundialización de las economías y la competencia total entre
los agentes, ya se tratase de reglas de regulación internacional,
ya de disposiciones nacionales. Hago aquí una rápida alusión
al proyecto del Acuerdo Multilateral de Inversiones.
Así, la intervención pública y la democracia se han
visto deslegitimadas, por no decir escarnecidas. En ocasiones, en nombre
de la eficacia, se ha pretendido llevar al ámbito de la competencia
aquello que, hasta ese momento, había sido asumido desde lo público
o desde el sector privado no lucrativo, del que, por ejemplo, forman parte
las asociaciones. Sin embargo, esta visión totalizante de la economía
liberal choca con su propio discurso, el de la eficacia.
Para salir de esta oposición artificial entre lo económico
y lo social es necesario cambiar nuestra perspectiva, modificar nuestro
punto de vista. Esta dualidad, sostenida por muchos, entre lógica
económica y lógica social significa implícitamente
que existe lo que da rendimiento y lo que cuesta, lo productivo y lo ineficaz,
lo moderno y lo arcaico. Esta dualidad fáctica se ha convertido en
algo casi ideológico.
Los tres puntos débiles de la economía
de mercado
Resulta obligado constatar que la economía de mercado por sí
sola no puede regular el desarrollo; por el contrario, la concentración
de capital se ha incrementado. Las diferencias entre los niveles de vida
dentro de cada país y entre los países del Norte y los países
del Sur han aumentado y las desigualdades se han incrementado.
Si la economía de mercado tiene ventajas innegables, especialmente
en cuanto a la liberación de iniciativas empresariales y a la estabilidad
ligada a la adaptación que se sustenta sobre una multitud de puntos
de apoyos, también presenta tres grandes handicaps.
1- La economía de mercado no cubre el conjunto de las necesidades
de las poblaciones, o lo hace muy mal, como ocurre, muy particularmente,
en todas las actividades cuyo valor añadido reside en la calidad de
las relaciones humanas.
2. La economía de mercado no toma en cuenta el largo plazo; se puede
decir que el considerable crecimiento del capitalismo financiero ha dado
un vuelco a la economía hacia la dictadura de lo instantáneo.
Esto plantea, evidentemente, el problema de la preservación del medio
ambiente y de los recursos naturales. Pero, de forma aún más
general, la problemática de la solidaridad con las generaciones futuras
se perfila en torno al envite del desarrollo sostenible.
3. La economía de mercado no responde a las aspiraciones de aquellos
que desean impulsar iniciativas emprendedoras sin tener por objetivo la
remuneración de un capital. En ese ámbito se desarrollan con
flexibilidad respuestas que ni el mercado ni el Estado pueden llevar a cabo.
En efecto, la función pública no puede y no sabe asumir la
carga de la totalidad de las necesidades de las poblaciones; en ocasiones
llega incluso a jugar un papel inhibitorio de la iniciativa, ya que, tironeado
desde diferentes ángulos por su voluntad de controlar, por la inquietud
que le causa la posible pérdida de su legitimidad y por los ataques
del mercado, puede tener la tendencia a afianzarse en sus prerrogativas.
Los poderes públicos, nacionales o locales, extremadamente eficaces
cuando se trata de “industrializar” la satisfacción de ciertas necesidades
o servicios, resultan ser mucho menos adecuados para la construcción
minuciosa de respuestas a demandas complejas, localizadas, que requieren
frecuentemente una gran capacidad innovadora. En definitiva, estamos hablando
de la diferencia entre el prêt-à-porter y la ropa hecha a medida.
La modernidad se encuentra en la pluralidad
¡No nos equivoquemos de época! Hoy por hoy, Internet no permitirá
el desarrollo de África, cuando la mayor parte de la población
no tiene acceso al agua potable, a la electricidad, al teléfono...,
salvo que se diga que el desarrollo es, de hecho, el crecimiento de las
riquezas de algunos. Un desarrollo de la economía de mercado supone,
necesaria y simultáneamente, el desarrollo de la economía
solidaria, pero también el de la capacidad pública.
Justo en ese punto se hace necesaria una nueva alianza. Dediquémonos
a construir y a reconocer la pluralidad de las modalidades económicas.
Organicemos su complementaridad sin conceder la hegemonía a ninguna
de ellas. La economía plural puede ser, si nos dedicamos a ello,
el nuevo horizonte del desarrollo de nuestras sociedades. Un desarrollo
sostenible, equitativo, eficaz, rentable, a la vez que solidario.
El pensamiento único es arcaico, ya que es dogmático y, por
tanto, inoperante. La modernidad reside en la pluralidad. Conviene construir
los espacios políticos que estructuran la coexistencia de un enfoque
lucrativo, productor de riquezas financieras y materiales, denominado hoy
como “sector mercantil”; un enfoque regulador, productor de la cohesión
que garantiza los derechos fundamentales a través del sector público;
y un enfoque solidario, productor de actividades e innovaciones, en lo que
se denomina “tercer sector”, o economía social y solidaria.
En este aspecto, el nuevo reparto de las cartas no consiste en desplazar
el cursor entre más Estado y más liberalismo, en un, posiblemente
efímero, ir y venir de la situación. Se trata de reafirmar
el espacio democrático capaz de asegurar el derecho a la pluralidad
de las modalidades de lo económico.
Articular los diferentes ámbitos
territoriales
1. En el espacio francés, es esencial modificar las mentalidades
que encuentran lógico bonificar con miles de millones de francos la
fusión de un gigante francés con un gigante estadounidense,
pero que someten a numerosos controles suspicaces a los emprendedores no capitalistas,
trotamundos de los tiempos modernos que rechazan el pensamiento único,
ese pensamiento que desea que se recompense la ganancia individual y se oprobie
a los valores colectivos. Estos húsares de la ciudadanía deben
encontrar en el Estado el apoyo, la escucha y el acompañamiento que
la esfera liberal, globalmente, no podría darles. Sin duda, a mí
me incumbe ser el barquero que les ayude a cruzar el río. Esta cantera
política es transversal. Debe dotar a todos los agentes de la economía
social y solidaria de las herramientas que optimizan sus iniciativas. Si
bien debe saludarse la perspectiva del retroceso continuo del paro masivo,
es necesario preparar desde ahora mismo la perspectiva de la plena actividad,
complementaria del pleno empleo.
Allá donde el paro siga siendo elevado, como en los territorios
de ultramar, la economía social y solidaria está más
capacitada para encontrar respuestas. Esto, por sí solo, justifica
que se intente crear las condiciones para ello.
2. El espacio europeo debe dejar espacio a esta pluralidad. Reafirmar el
papel de lo público, en primer lugar. Decisiones como la tomada recientemente
respecto a la libre competencia ferroviaria, son totalmente estúpidas...
salvo para aquellos que quieren desplazar todo hacia las carreteras. Ampliar
Europa es, ante todo, definirla políticamente. Los ciudadanos de
Europa desean que sea más garante de las grandes adquisiciones democráticas,
sociales, medioambientales... Esto reclama que se vote en torno a un texto
fundamental, una carta magna. Ningún proyecto de texto fundamental
que vuelva la espalda a los grandes valores podrá recoger el asentimiento
popular. Una ampliación que no ambicione una perspectiva semejante
no contribuirá a construir Europa, sino, más bien, a todo
lo contrario.
3. El espacio internacional, por último. ¿Cómo creer
que podría existir la pluralidad soslayando los derechos de los Estados,
tolerando la alianza del dinero negro con la esfera financiera, rechazando
vincular la OMC al derecho de las Naciones Unidas y rehusando reconocer
la equivalente legitimidad de las diferentes esferas del derecho internacional?
¿Será necesario que la máquina crediticia se encasquille
allende el Atlántico para que nuestros interlocutores estadounidenses
cambien de posición?
Esta construcción del espacio político mundial no justifica
sentarse a esperar a que lleguen los días felices. Territorios excluidos
del desarrollo, emergencia de una economía local... las sociedades
de personas, cooperativas, mutualidades, asociaciones, tienen un extraordinario
papel por jugar para rehabilitar estos territorios y estas poblaciones a
las que ni el mercado ni los poderes públicos toman en consideración.