Humanización
Philippe Merlant
Artículo publicado en francés
por Transversales, diciembre 2000, nº 66, y en castellano en Iniciativa
Socialista nº 60, primavera 2001. Philippe Merlant, redactor jefe de Transversales
Science Culture.
¿Quién no ha temblado de horror ante las imágenes que
nos llegan de Oriente-Próximo? Cuando la paz parecía haber hecho
progresos irreversibles en el último decenio, la violencia y su corolario
casi inevitable, la apología de esta violencia, vuelven a aparecer.
Represión sistemática de la nueva Intifada por parte del ejército
israelí, linchamiento de dos soldados del Tsahal por palestinos… Tenemos
en mente todas estas imágenes, así como el sentimiento de rebelión
contra la “barbarie” que nos embarga.
¿Nos es realmente ajena esta barbarie? Habría que recordar
cómo alzó vuelo la popularidad de François Mitterrand
tras el inicio de la guerra del Golfo. Esta fórmula siempre goza de
fortuna: no hay nada como una violencia exacerbada hacia un enemigo exterior
para volver a unir a una comunidad en torno a sus dirigentes.
Este ejemplo permite comprender hasta qué punto un proyecto político
que no tome en cuenta nuestras propias “violencias interiores” estará,
con toda seguridad, condenado a la ineficacia. No se puede pretender dar prioridad
a los “bienes comunes” de la humanidad (este es el tema al cual está
consagrado el dossier central del número 66 de Transversales Science/Culture)
y desear que esta humanidad retome las riendas del mundo sin poner al ser
humano, tal y como es, en el centro de esa humanidad.
Articular lo colectivo y lo personal
Pertinente desde hace tiempo, la problemática de la articulación
entre lo colectivo y lo personal, entre transformación de las estructuras
y gestión de las emociones, pertinente desde hace tiempo, encuentra
ahora una actualidad que transforma esta relación, antes simplemente
“digna de interés”, en una verdadera necesidad, avalada, al menos,
por cuatro razones.
1. La acción sobre las estructuras, aunque indispensable, se confronta
con una creciente complejidad que hace cada vez menos operativas las soluciones
de tipo general. Por ese motivo, se espera, de parte de los políticos,
no tanto una capacidad para dirigir y ordenar, como una aptitud para
alentar y “poner música” a los cambios impulsados, cada vez más,
por los múltiples agentes de la sociedad civil. A partir de ahí,
la concepción tradicional del poder resulta caduca: ¿para qué
sirve conquistarlo (el poder sobre…) si esto no aumenta la capacidad de actuar
sobre el mundo (el poder de…)? ¿No queda condenada, por iguales motivos,
la concepción “guerrera” de la toma del poder y los comportamientos
que genera: machismo, sed de dominación, desconfianza?
2. Los recientes desarrollos de la economía capitalista de mercado
hacen que los modos de dominación penetren en el cerebro y en el alma
de los individuos, en el corazón de su vida personal. La carrera del
tiempo, la aparición de nuevos miedos, el malestar de todo tipo… todos
estos fenómenos dan cuenta del carácter esencialmente psicológico
y emocional que ha tomado la opresión capitalista. Esto significa que
las respuestas y alternativas a estas formas de dominación deben, sin
lugar a dudas, tomar en cuenta la dimensión personal.
3. La principal “zona de fragilidad” de este capitalismo reside, al mismo
tiempo, en el lugar que ha acordado al individuo. Zona de fragilidad como
consecuencia de una contradicción insuperable: de un lado, las empresas
de la “nueva economía” no cesan de apelar a la creatividad de las personas,
a su autonomía, a su voluntad de desarrollo personal; por otro, pretenden
disponer de “clones”, pasados por el molde del pensamiento único y
que hayan asimilado perfectamente la nueva cultura “empresarial”. En cierto
modo, es como si el capitalismo informacional, que ni puede ni sabe depositar
plenamente su confianza en las personas, se encontrase, por esta razón,
incapacitado para ir hasta el final de su proyecto fundador. En este sentido,
podemos decir que un proyecto político capaz de poner la autonomía
y el desarrollo de la persona en el centro de sus preocupaciones y de proponer
un verdadero “arte de vivir” estará particularmente bien equipado
para constituir una alternativa creíble a este nuevo capitalismo.
4. El “caos infernal de la sociedad de mercado” (ver artículo de
Jacques Robin en este mismo suplemento) se ha vuelto tal y tan evidente,
que el número de sus oponentes no para de crecer. Podríamos
apostar que las ideas en favor de una sociedad y una economía plurales,
ideas que Transversales y otros profesan desde hace tiempo, son ampliamente
compartidas. Pero las peleas intestinas, las luchas de poder y los apetitos
personales en el mismo seno de los movimientos que postulan que “otro mundo
es posible”, significan un gran obstáculo cara a esta oportunidad
histórica. Un obstáculo que podría impedir la concreción
de estas ideas virtuales. Sin duda, nuestro enemigo en los próximos
años no será otro que nuestros “demonios interiores”, tanto
o más que la resistencia de nuestros adversarios.
Un hilo rojo para “Transversales”
No tenemos elección: si queremos poner remedio a los disfuncionamientos
estructurales que hacen tan injustas nuestras sociedades, tenemos que reflexionar
sobre las regulaciones emocionales susceptibles de anular los efectos tóxicos
de la voluntad de poder y de acaparamiento, como subraya Patrick Viveret en
estas mismas páginas.
Ahí se encuentra, en este camino hacia la “humanización” de
la humanidad, todo un campo de preocupaciones nuevas a explorar. Tradicionalmente,
los aspectos de los funcionamientos internos de la persona y de la vida en
sociedad han sido tratados por separado por las diferentes disciplinas científicas.
La articulación entre transformación social y alquimia individual
reclama nuevos modos de pensamiento y nuevas confrontaciones entre los diversos
enfoques. En los próximos meses, Transversales Science/Culture contribuirá
a ello apoyándose en su vocación interdisciplinar.