Porto Alegre:
“el mundo estaba allí”
Philippe Merlant
Artículo publicado en francés
por Transversales, diciembre 2000, nº 66, y en castellano en Iniciativa
Socialista nº 60, primavera 2001.
La alternativa, ese fue el título
de un número especial de Transversales Science/Culture aparecido hace
unos seis años (TSC 32, marzo-abril 1995). En vísperas de las
elecciones presidenciales francesas, habíamos querido reunir “textos
de reflexión y de propuesta para una alternativa de sociedad en Francia
y en Europa, y para una ‘política de civilización’ y de cooperación
en nuestro planeta”. Un ejercicio anticipador que hoy se ha visto alcanzado
por la historia... Pues aquello que ha comenzado a perfilarse en Porto Alegre,
a lo largo del fantástico acontecimiento que ha sido el primer Foro
Social Mundial, es, precisamente, una tentativa de elaborar una verdadera
alternativa de sociedad a escala planetaria. El triunfo del Foro ha superado
incluso las previsiones de los más optimistas.
Cuando el pensamiento único se rompe
en pedazos
Aunque se esperaba que el Foro contase con unos 2.000 participantes, han
sido más de 12.000 los que se han juntado en Porto Alegre, procedentes
de todos los continentes, para intentar hacer un bosquejo de un nuevo mundo.
Desde este punto de vista, las imágenes del debate cara a cara entre
Davos y Porto Alegre, transmitido por las televisiones, fueron elocuentes.
Los interlocutores reunidos en Suiza eran todos “tomadores de decisiones”,
todos occidentales, todos de sexo masculino... Por el contrario, en la ciudad
brasileña había una alegre mezcla de clases sociales, de razas,
de sexos y de colores, viva imagen de una humanidad plural unida por el deseo
de habitar de otra manera la misma “tierra-patria”, usando la expresión
debida a Edgar Morin.
“El mundo estaba allí”, nos ha explicado René Passet, economista,
presidente del comité científico de ATTAC y colaborador de Transversales
desde hace largo tiempo. No podría resumirse mejor la enorme diferencia
entre el World economic forum y
el Foro social mundial. La expresión
dice mucho sobre el extraordinario impacto producido por el encuentro de
Porto Alegre, que ha demostrado que el puñado de poderosos reunidos
en una pequeña estación de esquí suiza no tenían
nada que ver con la “vanguardia” de una humanidad en vías de mundialización,
como pretendían ser. Porto Alegre les ha puesto en su justo lugar:
el de “amos del mundo” a los que inquieta ver cómo crece de día
en día el movimiento de resistencia a sus proyectos... y mucho más
inquietos aún al ver cómo va aumentando la capacidad de este
frente de rechazo para ofrecer propuestas alternativas.
Pese a ser torpe, incompleta y tendenciosa, la atención prestada
por los medios de comunicación a Porto Alegre (se debería decir
a Porto Alegre y Davos, pues la comparación entre ambos eventos fue
elocuente) ha sido una baza suplementaria, pues, ante la mirada de la opinión
pública, ha hecho tangible la idea de que otra visión de la
mundialización era posible, expresable, quizá incluso deseable.
Varios años de “pensamiento único” han saltado hechos pedazos.
Hemos demostrado en Transversales que una de las zonas frágiles del
capitalismo informacional residía en el creciente papel que otorga
a la imagen y al imaginario. A partir del momento en que los nuevos agentes
cívicos y sociales han sabido apropiarse de la esfera del imaginario
(evolución cuyo inicio, simplificando un tanto, podría situarse
en Seattle) y que su combate “antiglobalización” se ha convertido en
la idea de que “otro mundo es posible”, en sólo algunos meses han logrado
hacer frágil un pensamiento dominante al que, al menos durante una
década, se había creído triunfante e inexpugnable.
Frente a los demonios interiores
En unas pocas líneas no es posible tratar de modo exhaustivo lo que
ha ocurrido en Porto Alegre: la calidad de los debates, los 400 talleres de
trabajo, la excelente organización, la formación de un grupo
compuesto por centenares de parlamentarios de diversos países (y que
van seguir trabajando juntos)... Sin duda, aún está pendiente
la parte más dificil: dar contenido a esta alternativa en gestación,
tema que trataremos más ampliamente en nuestro próximo número.
Evidentemente, lo ocurrido en Porto Alegre sólo puede alegrarnos.
No obstante, sería bueno no olvidarse de que en varias ocasiones este
espectacular éxito ha estado bajo la amenaza de una implosión,
y que en cada una de esas ocasiones lo que ha minado el fértil territorio
del Foro social mundial no han sido tanto los ataques externos como el propio
funcionamiento interno (preponderancia de las relaciones de fuerza, conflictos
de poder...) y las reacciones emocionales suscitadas (difusión de un
sentimiento de desconfianza ante los riesgos de instrumentación, etc.).
Desde este punto de vista, se puede considerar que Porto Alegre ha sido
un excelente revelador, que ha confirmado lo que evocábamos en el
editorial del número 66 de Transversales (artículo Humanización
en este suplemento): “Sin duda, nuestro
enemigo en los próximos años no será otro que nuestros
“demonios interiores”, tanto o más que la resistencia de nuestros
adversarios.”. Mientras sigamos considerando que la relación
de fuerzas es la única ley válida, viviendo el poder como proceso
de captación y no de creación, rechazando entender que las
lógicas del miedo y de la desconfianza se han convertido en asuntos
políticos, seremos, sin duda alguna, incapaces de dar a luz otro mundo...
La asociación, del vínculo social al vínculo político
Nos reencontramos así con el tema central de este número de
Transversales (Transversales 67, febrero 2001): la asociación como
un concepto susceptible de traducir al terreno político las nuevas
formas que ha tomado el vínculo social. En su último libro,
Renouer le lien social (Éditions
Odile Jacob), Rober Sue muestra cómo la asociación es una alternativa
tanto a la comunidad como al contrato. Ve en ella las bases de una auténtica
“tercera vía” que tomaría lo mejor del individualismo y lo
mejor de la solidaridad.
Esto abre un espacio de nuevas reflexiones para los nuevos agentes cívicos
y sociales. En primer lugar, porque parece que estos movimientos aún
oscilan demasiado frecuentemente entre la reafirmación del vínculo
contractual (que tranquiliza nuestro empedernido individualismo) y el retorno
a ciertas formas de “comunitarismo” (que satisface nuestra fibra social) sin
hacer el intento de encarnar en sus prácticas un nuevo tipo de vínculo
social. Y, en segundo lugar, porque si lo que fundamenta las bases del “vivir
juntos” es la relación con los otros, todo lo que pueda contribuir
a mejorar la calidad de esta relación se hace esencial, lo que no
es más que otra forma de decir que la búsqueda de una auténtica
ecosofía se convierte en un envite político de capital importancia.