La humanidad,
¿es un “bien” para sí misma?
Patrick Viveret
Artículo publicado en francés
por Transversales, diciembre 2000, nº 66, y en castellano en Iniciativa
Socialista nº 60, primavera 2001.
Hay un chiste muy conocido: “el problema
del eslabón perdido entre el hombre y el mono ya tiene solución:
¡somos nosotros!”. Una de sus ventajas es que destaca una paradoja
en la clasificación de Linneo: nuestra especie es muy poco sapiens,
y menos aún sapiens sapiens. Sería más adecuado, retomando
la expresión de Edgar Morin, decir que somos Homo sapiens demens, con una parte de
locura más visible que su parte de cordura. Ciertamente, ésta
ha sido pensada y buscada desde el alba de la humanidad, pero esta búsqueda
sólo concernía a un número limitado de seres humanos
en cada generación y aparecía, esencialmente, como si se tratase
de un asunto privado. La pregunta a plantearse, al inicio de este nuevo milenio,
es: ¿no habrá llegado ya el momento de hacer de esa búsqueda
de la cordura un proyecto político?
Realmente, cualquier otra alternativa va perdiendo viabilidad. El precio
que pagamos por nuestros modos de vida se hace cada vez más pesado
ecológica y socialmente. Nos dirigimos hacia verdaderas catástrofes
si la humanidad no hace retroceder su propia demencia y si no progresa en
cordura (1). Desde el recalentamiento climático hasta las “vacas locas”,
desde las guerras santas al terrorismo, la actualidad nos enseña cotidianamente
el precio crecientemente oneroso que la humanidad debe pagar por no abordar
el problema de su propia inhumanidad.
El mayor peligro: la violencia interior
Esta hipótesis plantea la problemática de la relación
con lo político. Pues lo que hace emerger la cuestión política
en la historia humana es precisamente el peligro de destrucción, tanto
si proviene de fuera como si proviene de dentro de la colectividad. ¿Qué
hacen los seres humanos para protegerse de ese peligro? Para empezar, establecen
una jerarquía de los riesgos, determinando cuál es la mayor
amenaza: ¿la naturaleza, el enemigo exterior o la barbarie interior?
Las catástrofes naturales, por violentas que sean, frecuentemente
tienen como efecto una mayor unión de los seres humanos entre sí,
solidarizándoles ante la adversidad. Basta con observar los movimientos
de solidaridad espontánea que, tras una catástrofe natural,
reagrupan a comunidades tradicionalmente opuestas, de los que pueden ser un
ejemplo los gestos humanitarios de las comunidades turcas o griegas tras los
terremotos que han enlutado sus países.
Lo que hace del enemigo exterior un peligro más temible que la catástrofe
natural es, precisamente, que no es totalmente exterior, ya que es humano.
Paradójicamente, su no-ajeneidad le hace más peligroso. Pero
en tanto que siga siendo exterior, no dispondrá de los medios de ejercer
la más radical de las amenazas: la amenaza de una destrucción
física y moral.
La violencia interior es la más peligrosa, pues alcanza al propio
deseo de vida. La historia política de la humanidad es, ante todo,
la historia de los medios para evitar el riesgo de autodestrucción
de las comunidades por su propia violencia y por su propio odio interior.
La política es constituida, en primer lugar, por el miedo a la guerra
civil.
En esta perspectiva, la guerra exterior aparece más como solución
que como problema: la canalización de la agresividad humana hacia el
exterior es el medio más simple de pacificar y “civilizar” el espacio
interior. Todas las formas de regulación política de que se
han dotado las comunidades humanas, desde las tribus a las naciones y desde
las ciudades a los imperios, tienen en común el haber manejado prioritariamente
la violencia interior por medio de la exorcización del odio y de la
violencia hacia el extranjero, el bárbaro, el infiel...
La novedad de la cuestión política
Para quienes se plantean la problemática política tomando
en consideración a la humanidad en su conjunto, hay tres elementos
que transforman profundamente esta cuestión.
1. El cambio tecnológico, caracterizado por la entrada en la era
informacional, trastorna drásticamente las formas clásicas
de las sociedades industriales, estructuradas en torno al tríptico
trabajo/salario/Estado-nación. Las telecomunicaciones crean un espacio-mundo
desmaterializado en el que la producción y los ingresos se encuentran
cada vez más desconectados de la producción de riqueza. La
financiarización y la mundialización de una economía
crecientemente especulativa habrían sido imposibles sin la informática.
2. El cambio ecológico procede de que ahora tenemos más necesidad
de proteger a la naturaleza que de protegernos a nosotros mismos frente a
ella, si es que no queremos degradar irremediablemente nuestro “nicho ecológico”.
El pilotaje de nuestro planeta, frágil nave espacial, plantea el problema
de su gobernación, salvo que aceptemos caminar hacia catástrofes
ecológicas o ecoantrópicas crecientes.
3. El cambio antropológico se relaciona sistémicamente con
los dos precedentes: la pacificación interior por medio de la exportación
de la violencia, resorte tradicional de lo político, ya no funciona
a escala planetaria... al menos hasta que no descubramos extraterrestres.
Por otra parte, resulta significativo ver como ese riesgo se reconstituye
de manera fantasmagórica en películas como Independence Day.
En tanto que las regulaciones políticas sigan estando basadas principalmente
sobre la amenaza exterior, serán totalmente impotentes para dar soluciones
al problema de la gobernación mundial. Por la misma razón, al
desaparecer la división del mundo en dos bloques vemos desencadenarse
nuevas guerras civiles, como tributo pagado a una mundialización sin
regulación política: Yugoslavia, Ruanda, Costa de Márfil
y el Oriente Próximo constituyen los trágicos modelos de estas
nuevas destrucciones, tanto más temibles por manifestar, tras su aparente
singularidad, la universalidad del problema del odio entre hermanos y vecinos.
El análisis de las fuerzas adversas
Para tratar el problema de la barbarie interior de la humanidad, la gobernación
mundial debería ser capaz de apoyarse sobre las tradiciones que han
hecho frente a esta cuestión radical, desde las sabidurías milenarias
hasta la tradición democrática.
Aunque no transformemos a un adversario en enemigo, eso no quiere decir
que no haya adversarios. Los hay, son las fuerzas que, consciente o inconscientemente,
encuentran ventajoso mantener la mundialización irresponsable y no
solidaria que caracteriza el estado actual del planeta. Son aquellas fuerzas
que no tienen ningún interés en que emerjan regulaciones mundiales
democráticas, bien porque ellas mismas se alimentan estructuralmente
del desorden (mafias), bien porque disponen así de un sobrepoder (los
EE.UU. y, en menor grado, los países del G7), bien porque son culturalmente
hostiles a la democracia (todo tipo de integrismos). Construir conflictos
fecundos frente a estas fuerzas es una alternativa a la violencia que está
reemergiendo por todas partes como precio del apartheid social mundial y de
las grandes involuciones tribales. Esto exige un minucioso análisis
para no equivocarse de adversario, así como saber elegir aliados y
practicar, si llega el caso, alianzas de geometría variable sin caer
por ello en el oportunismo.
El enfoque micro/macro/meso
¿Cómo articular dos enfoques que tradicionalmente se presentan
como alternativos: cambiar las estructuras o cambiar las mentalidades, cambiar
la vida o cambiar de vida? En primer lugar, mostrando aquello en lo que ambos
enfoques se condicionan mútuamente; después, trabajando sobre
el nivel intermedio (meso) de articulación y de transformación
capaz de impulsar autoregulaciones positivas.
La articulación mentalidades/estructuras debe ser vista desde su
faceta apropiada, que es, precisamente, la contraria a la del enfoque tradicional.
A largo plazo, las transformaciones de mentalidad producen los efectos más
importantes. Efectivamente, hay una relación sistémica entre
ambas categorías de cambios: ¡Buda, Sócrates, Jesús,
Mahoma o Marx no eran extraterrestres! Su pensamiento, su palabra y su acción
han nacido en el ámbito de situaciones económicas, sociales
y políticas que han marcado su propia visión del mundo. Pero
lo esencial es que, en los momentos cruciales de la historia, una manera radicalmente
nueva de mirar el mundo y de darle sentido ha producido radicales transformaciones
culturales que han sobrevivido mucho más allá de las propias
condiciones estructurales de las que emergieron.
La razón de esta superioridad de lo mental sobre lo “estructural”
es bastante simple. Lo mental es precisamente lo que diferencia al ser humano
de otras especies. De lo mental proceden la palabra, la actividad reflexiva
y el imaginario. Sin pensamiento, sin palabra y sin imaginación no
es posible ninguna producción económica, por muy material que
sea.
Esta inversión en el orden de los efectos es esencial para construir
a escala planetaria una alianza que ligue la preservación de los “bienes
comunes” de la humanidad a la preservación de la misma humanidad, amenazada
por su parte de inhumanidad. Una de las prioridades es detectar cuáles
son, en el mundo contemporáneo, las personas y grupos portadores de
visiones culturales y espirituales (en el sentido no reductor del término)
que juegan o jugarán un papel esencial para el advenimiento de la
idea de que la humanidad ha entrado en una nueva era de su historia y que
necesita nuevos marcos conceptuales, culturales y éticos para acompañar
esta gran mutación.
Pero estas conmociones culturales sólo producen efectos a largo plazo
si son transportadas por “medios de propagación”, y precisamente en
ese aspecto la relación con los cambios estructurales se hace importante.
Ante todo, porque es preciso reunir las condiciones mínimas necesarias
para que haya emergencia y propagación de estos imaginarios: si una
colectividad está movilizada completamente para lograr su supervivencia,
entonces no será fuente de cultura. Y también porque a estas
condiciones para la emergencia es necesario añadir las mediciones transformadoras.
Las regulaciones emocionales
En este punto, reencontramos una pista menos evidente: la de las regulaciones
emocionales. Si el sueño de los alquimistas siempre ha sido transformar
plomo en oro, el sueño de los políticos podría resumirse
en la célebre frase de Mandeville: ¿cómo fabricar virtudes
públicas a partir de vicios privados? La esencia de lo político
es, en efecto, hacer aflorar lo mejor de los seres humanos, tal y como son.
Como señalaba Max Weber en Le Savant
et le politique, para un gobernante es un error profesional afirmar
que los seres humanos son buenos. Y afirmar que son malos sería el
error simétrico. Tanto en un caso como en otro estamos ante intentos
de salirse de la condición humana, que siempre se pagan muy caros.
Pues lo propio de la condición humana es, precisamente, la mezcla
y el mestizaje: biológico, sexual, cultural, etc. ¿Cómo
hacer un buen uso de esa mezcolanza portadora de la posibilidad de hacer
admirables a los seres humanos, pero también la de hacerlos monstruosos?
En este aspecto, es necesario prestar atención a los grandes mecanismos
de autoregulación que generan las leyes de transformación de
lo micro a lo macro. Tomemos el ejemplo de dos transformadores pasionales
que han funcionado relativamente bien y que hoy se encuentran en crisis a
falta de regulación mundial: la democracia y el mercado. La democracia
regula la pasión de poder, pacificándola, y el mercado regula
la pasión de riqueza haciendo que concurra en el intercambio. Hay otros
ejemplos de transformadores en el seno de los Estados-nación: las
mutualidades y los seguros crean lógicas cooperativas entre individuos
que persiguen intereses individuales.
Esta lógica transformadora sólo funciona si al menos una parte
de los agentes tiene clara conciencia de las razones por las que el mecanismo
funciona. Sin demócratas convencidos, sin mutualistas apasionados,
sin agentes conscientes de que un mercado tiene necesidad de confianza y de
paz, llega un momento en el que los mecanismo de autoregulación se
invierten. La democracia se reduce a pura lucha por el poder, el mutualismo
se convierte en corporativismo y el mercado deja su lugar a una lógica
de acaparamiento, conocida por el nombre de capitalismo.
Nos encontramos precisamente en una fase de crisis de los grandes mecanismos
de autoregulación que habían estructurado los años 60
y 70. Por un lado, la ausencia de regulación mundial -política,
jurídica y financiera- no ha permitido que estos mecanismos productores
de intercambio y de cooperación alcanzasen talla mundial. Por otro
lado, el predominio de una ideología individualista y cínica
destruye la sustancia de estos procesos.
Estamos, pues, ante un doble desafío: ayudar a la emergencia de una
visión mundial fundada sobre una lógica cooperativa, y ver en
qué condiciones podrían trasladarse a escala planetaria aquellos
mecanismos de autoregulación que han funcionado bien sobre territorios
restringidos.
Agentes de la transformación
Dada la modestia de los medios, la amplitud del desafío planteado
parece tan grande que muchos ceden en el intento. Sin embargo, si sabemos
observar atentamente, veremos que muchos de los elementos potencialmente constitutivos
de esta renovación política se encuentran ya sobre el terreno
y multiplicarían su energía si fuese elaborado un proyecto
que catalizase nuevas prácticas políticas y sociales.
Así ocurre con la dimensión pluriterritorial necesaria para
el nuevo movimiento cívico y social emergente. Ya existen iniciativas
de ciudadanía en ámbitos locales, nacionales, continentales
y mundiales. Desde los sextos encuentros de la democracia local, realizados
en Roubaix el 28 de octubre pasado, hasta el movimiento internacional “Otro
mundo es posible”, pasando por las redes cívicas europeas y nacionales,
todas estas realidades dan testimonio de una emergencia de la que Transversales
se hace regularmente eco.
La aspiración a establecer una relación entre ciudadanía
y arte de vivir parece ser otra característica de estos movimientos,
para los cuales el malestar de nuestra sociedad se debe en gran parte a su
pérdida de substancia ética y cultural. La capacidad de crear
confianza y convivencialidad -tan ausente allá donde causa estragos
la lucha por el poder (2)- constituye, en esta perspectiva, una dimensión
central de una estrategia fundada sobre el intercambio recíproco.
Otro vector de mutualización pasa por el uso inteligente de las nuevas
tecnologías para la comunicación a distancia. Además
de los beneficios prácticos de estas comunicaciones, resulta también
muy importante desarrollar al respecto formas de vigilancia y de acción,
ya que se trata de uno de los principales envites de la revolución
informacional.
La imaginación programática tendrá mucha más
vitalidad cuando las posiciones convencionales que consideran que el poder
es un capital que se conquista y conserva sean reemplazadas por estrategias
cooperativas en las que lo que cuenta es la utilización del poder -verbo
auxiliar que requiere necesariamente de un complemento- como palanca para
proyectos que incitan a los ciudadanos a ponerse de pie y auto-organizarse
colectivamente. Dicho de otro modo: el movimiento de emergencia de esta alianza
pasa también por cierto tipo de terapia colectiva destinada a combatir
los efectos tóxicos de la voluntad de dominación y de acaparamiento.
La humanidad no será un bien para sí misma si no construye lo
que podríamos denominar “ecosistemas emocionales” o “emosistemas”,
que favorezcan el progreso de su humanización frente a su propia humanidad.
Este podría ser el proyecto, ambicioso pero apasionante, de la articulación
de un nuevo arte de vivir, de otro modelo de desarrollo y de una nueva era
de la democracia. ¡Sí, otro mundo es posible! Comienza hoy mismo,
en nuestras cabezas y en nuestros comportamientos.
NOTAS
1. No resulta exagerado escribir, como hacía la plataforma fundadora
de la Alianza por un mundo responsable y solidario, que “la humanidad corre
el riesgo de autodestruirse si no resulve la triple crisis de las relaciones
entre sociedades, entre los seres humanos y la naturaleza, y entre los propios
seres humanos”
2. Los Verdes acaban de demostrar hasta qué punto la forma partidaria
genera comportamientos patógenos.