Iniciativa Socialista (portada) La memoria viva del
socialismo asociacionista


Philippe Chanial

Artículo publicado en francés por Transversales, febrero 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista, verano 2001. Philippe Chanial, profesor de conferencias en sociología, Universidad de Caen.

Si el socialismo no ha tenido nunca el monopolio del corazón, tampoco lo ha tenido sobre la asociación. Ésta ha sido teorizada y practicada tanto en el campo liberal como en el conservador. Y sin embargo, allí donde algunos buscaban en la asociación un simple remedio al exceso del indivudualismo y a las amenazas del poder del Estado, el socialismo asociacionista francés constituyó la asociación en matriz, en paradigma, para pensar y reformar el orden social. Esta doctrina no se limita a un nombre (particularmente el de Proudhon), sino que más bien definió la singularidad del socialismo francés con respecto, por ejemplo, a su primo alemán. Esta  singularidad puede ser resumida en algunos trazos que ponen de manifiesto su actualidad y modernidad(1).
Si el asociacionismo, tal como fue preconizado por sus primeros apóstoles, Saint-Simon, Fourier y sus discípulos, pudo ser definido, e incluso estigmatizado, como un socialismo utópico, quizá fue ante todo porque se construyó al margen de los grandes principios revolucionarios de 1789. Estos primeros socialistas no esperaban nada de la democracia, ni siquiera de la política, y para ellos el principio de asociación debía ser suficiente para dar una respuesta a la cuestión social. El punto de partida común de saint-simonianos y fourieristas es la constatación de un desorden encarnado, sobre todo, en “la anarquía industrial” (Fourier). Con todo, sería una equivocación limitar el alcance del paradigma asociacionista únicamente a la esfera económica. En esta tradición, la cuestión social no es solamente un asunto del estómago, sino también, y quizá en primer lugar, una cuestión moral. El desorden liberal, el reino de la “des-asociación” (Leroux), es ante todo el reino de un estrecho individualismo que justifica esa “ciencia sin moralidad”, según la fórmula saint-simoniana: la economía política. Partiendo de ahí, asociar a los seres humanos consiste menos en combinar los intereses que en asociar las pasiones (Fourier), reafirmar los sentimientos de simpatía (Saint-Simon) o desarrollar los vínculos de mutualidad o de reciprocidad (Proudhon).
Felicidad individual y felicidad colectiva
La moral socialista se define así, no como una moral comunitaria o de fusión, sino como moral de la cooperación donde se articularían, en una nueva síntesis, felicidad individual y felicidad colectiva, egoísmo y altruísmo, libertad personal y solidaridad social. Prolongando esta tradición, Jaurès podía afirmar que el socialismo es el individualismo pleno y completo. Más precisamente, el individualismo de los asociacionistas es un “individualismo social” (Fournière). La individuación supone la asociación. El individuo más libre no es el individuo aislado, el individuo de los liberales, protegido de los otros y de la sociedad por un cordón de derechos, sino el que coopera, voluntariamente, con sus semejantes.
Movido por la experiencia histórica, este socialismo romperá con su desprecio inicial por la política y la democracia. Esta reconciliación del socialismo con la República, que ya se presiente bajo la monarquía de Julio, se hará efectiva con la revolución de 1848, que se puede interpretar, al menos en parte, como la revolución de la asociación. República democrática y social, la segunda República encarna al mismo tiempo el derecho de asociación en el ámbito de la nación, a través del sufragio universal (masculino), y el derecho de asociación en la vida económica, por sus proyectos de organización del trabajo.
La famosa comisión del Luxemburgo donde encontramos, bajo la presidencia del republicano Louis Blanc, a los principales representantes de la segunda generación del socialismo asociacionista (Considérant, Leroux, Pecqueur, Vidal... e incluso a Proudhon en algunas breves apariciones), encarna esta doble lógica. El asociacionismo cívico que la comisión defiende valoriza el principio electivo que, instrumento de la democratización del Estado, debe difundirse en el conjunto de instituciones sociales, sobre todo las económicas. La res publica, esta “anarquía positiva” (Proudhon), no se resuelve en la instancia sacralizada del Estado, sino que se abre a instancias plurales, se difracta en el seno de la sociedad (civil), principalmente en el seno de las asociaciones voluntarias.
Esta sugerencia de politizar la cuestión social y republicanizar el orden económico, no pretende, según la fórmula de Louis Blanc, consagrar el “Estado-propietario”, es decir, la absorción del individuo. Se trata, por el contrario, de constituir, experimentando con las formas diversas de la asociación mutua (de producción, de consumo, de crédito, etc.), la “sociedad propietaria”. Así, desde 1848, se inventan e institucionalizan estas formas de experimentación social que, todavía hoy, están aquejadas de esta misma ambigüidad respecto al Estado, tan a menudo parece que este último las alienta para mejor controlarlas... y así mejor desalentarlas .

Partido, sindicato y cooperativa

A despecho de sus fracasos, el socialismo cuarentayochista permaneció vivo hasta el cambio de siglo. Tanto el radicalismo como el solidarismo lo reclamaron como suyo, pero es sobre todo el socialismo democrático francés, el de Benoît Malon, Eugène Fournière, Marcel Mauss y, más que nadie, Jaurès, quien prolongó su herencia para contener mejor, en el doble sentido del término, al marxismo. Este socialismo de los “tres pilares” (partido, sindicato, cooperativa) es, en primer lugar, un socialismo pluralista. Siendo colectivista, no por eso supone la apropiación por parte del Estado. Control colectivo y libertad, como recuerda Mauss, no son contradictorios. Eso exige no solamente que se deje un espacio importante de liberalismo y de individualismo, por medio del mercado y de la propiedad privada, sino, sobre todo, el reforzamiento de otras formas de libertad, la libertad de las colectividades, de las cooperativas, de las asociaciones profesionales...

¿La asociación contra la República?

Así, para Jaurès, la “propiedad social” (2) constituye, en primer lugar, una propiedad cívica, medio y garantía del desarrollo de una auténtica democracia y ciudadanía social, que viene a completar la democracia y la ciudadanía políticas. Expresado con más fuerza aún, como lo hará a principios del siglo XX Eugène Fournière, discípulo de Malon y colaborador de Jaurès, el principio de asociación desplegado como “autogobierno de los ciudadanos asociados” constituye de hecho el único modo de realizar conjuntamente el socialismo y la democracia.
En el contexto actual, en el que la sociedad civil, a través de las redes de asociaciones voluntarias, está llamada a revitalizar e incluso a salvar el Estado democrático, es evidentemente legítimo renovar el vínculo con la tradición del socialismo asociacionista. No obstante, hoy como ayer, no se trata de contraponer asociación y República o, de conformidad con la nueva consigna neoliberal, transmitida por tantos organismos internacionales, a la sociedad civil con el Estado. Quizá haría falta, por el contrario, sugerir a los militantes asociativos que luchen también para defender una forma de Estado que sostiene y da valor a su activismo. Paradójicamente, la sociedad civil no puede prescindir de ese Estado democrático, que ella misma está llamada a salvar (3).

Notas

(1) Para una presentación reciente de esta tradición, ver La revue du MAUSS, nº 16, “L’autre socialisme”, La Decouverte, 2000.
(2) Del autor de este artículo, ver “Solidaires ou citoyens? Jaurès et les équivoques de la propiété sociale”, revista Mana, número, 7, 2000, Presses Universitaires de Caen (14032 Caen Cedex).
(3) M. Walzer, “Sauver la société civile”, en Mouvements, nº 8, marzo-abril, 2000.