Iniciativa Socialista (portada) La asociación de ideas, fundamento del pensamiento complejo

Jean-Louis Le Moigne

Artículo publicado en francés por Transversales, febrero 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista, verano 2001
Jean-Louis Le Moigne, profesor emérito de la Universidad de Aix-Marseille, es uno de los principales animadores de la Asociation pour la pensée complexe (APC), presidida por Edgar Morin, y del programa europeo Modelización de la Complejidad (MCX). Palabras recogidas por Philippe Merlant.

La génesis cognitiva muestra que el pensamiento científico es un pensamiento que relaciona, que funciona por metáfora. No existe conocimiento científico, incluidas las invenciones matemáticas -tal como son producidas, y no tal como son enseñadas- que no sea producido a través de tales mediaciones, comparaciones, correspondencias, conjunciones... y no por deducción silogística formal.
Tomemos el ejemplo de Leonardo da Vinci: tuvo una producción científica intensa sin haber leído nunca el Discurso del Método. ¿Qué método utilizaba? La historia de la invención del helicóptero es bastante elocuente. Leonardo explica que partió del dibujo de un tornillo y que su pensamiento siguió el camino siguiente: “Cómo asciende el tornillo que se enrosca en la tuerca, igualmente ascenderá la hélice que se enrosca en el aire”. Esta anécdota muestra que el proceso cognitivo del “cómo” vale tanto como el proceso cognitivo del “por lo tanto”. Pero continuamos enseñando en los pupitres de las escuelas que “comparar no es razonar”...
Otra anécdota esclarecedora se sitúa en los primeros años de la inteligencia artificial, cuando los investigadores se esforzaban en reproducir el razonamiento humano. Dos de ellos, en plena discusión, intentan acordarse del nombre de un tercero:
-Ya sé, su nombre comienza por “z”-dice el primero;
-Tienes razón: es Frizel, replica el segundo.
¿De qué manera funciona esta asociación?. Sólo podemos emitir hipótesis. Una cosa es segura, y es que funciona...
En cambio, los axiomas clásicos de la deducción, el silogismo perfecto, que justifican el derecho al “por lo tanto” y que en general se olvida enseñarnos, son de tal forma que rara vez nos encontramos en situaciones en las que se puedan aplicar efectivamente. L.J. Brouwer, padre de las matemáticas constructivistas, recordaba que el axioma del tercio excluso [para todo predicado, es verdadera su afirmación o es verdadera su negación] no era evidente a la razón humana. Ya Aristóteles era consciente del hecho de que las situaciones concretas en las que los tres axiomas del silogismo formal pueden aplicarse son extremadamente raras.
Si es verdad que la asociación de ideas (“el ingenio, esta extraña facultad del espíritu humano que consiste en relacionar”, decía G. Vico) es la base del pensamiento científico, nuestras propias culturas no se atreven a reconocerlo desde hace dos siglos. Porque el programa cartesiano, erigido en doctrina única por la ciencia positiva, casi ha sacralizado el análisis, o dicho de otra manera, la disociación de ideas, erigiendo así barreras impenetrables entre las disciplinas.

Rehabilitar la ingeniería

Uno de los problemas mayores de los científicos es que tienen miedo de decir lo que buscan y por qué lo buscan. Dan a sus pasos una apariencia de evidencia -la naturaleza tendría leyes que convendría descubrir- sin interrogarse sobre su propio proyecto. Sin embargo, desde 1934, en Le Nouvel Esprit scientifique, Bachelard recordaba: “La meditación del objeto por el sujeto toma siempre la forma de proyecto.” Tratándose de científicos, el proyecto se hace rara vez explícito. Así, François Jacob escribe que la teleología (esa “ciencia crítica” que atañe al estudio de los procesos que elaboran una finalidad endógena en el seno de un sistema activo) es “para los científicos como una amante: no pueden pasarse sin ella pero no se atreven a mostrarla en público”.
El segundo gran error cometido por los medios científicos en los siglos XIX y XX ha consistido en desvalorizar las ciencias de la ingeniería, como si no fuesen más que la aplicación de conocimientos producidos en otra parte. La ingeniería -que traduce la facultad del espíritu humano de diseñar deliberadamente poniendo en contacto los proyectos y los medios- es, pese a todo, una ciencia noble.
Finalmente, los investigadores deberían practicar lo que Piaget llama la “crítica epistemológica interna”: aceptar someter sus propios procesos de reflexión a la interrogación sobre el sentido y la legitimación de los conocimientos producidos y enseñados. Cuando por ejemplo se ve hoy a la biología hablar de patentar las funciones de los genes, tal vez deberíamos invitarla a interrogarse públicamente sobre el sentido de las palabras “gen” (¿es un objeto real o un concepto?) y “función” (¿puede haber función sin proyecto?)

Hacia los orígenes del pensamiento complejo

La emergencia de un pensamiento complejo da una nueva actualidad a estas constataciones. Y esto sobre tres planos al menos:
- este pensamiento “abierto” contradice el cuarto precepto cartesiano según el cual sería indispensable “proceder a enumeraciones tan completas que nos aseguremos de no omitir nada”;
- lo esencial, en lo sucesivo, es la intención de comprender (hacer inteligible) más que la de saber (decir la verdad); en este proceso, Edgar Morin insiste en el fenómeno de establecer relación que concierne tanto al acto de relacionar y de relacionarse (incluso con sí mismo), como al resultado de este acto;
- finalmente, el pensamiento complejo pone el acento sobre los procesos iterativos entre ciencia y experiencia. Se nos invita, a todos los niveles, a ponernos en interacción, tanto si estamos comprometidos en el hacer como si lo estamos en el conocer.
Las fronteras entre científicos y ciudadanos se vuelven más permeables. No se puede ya pretender ser un ciudadano sin reflexionar sobre el sentido de los conceptos y saberes que se movilizan para fundamentar la acción. Si los ciudadanos no tienen esta exigencia -y por poco que los propios científicos lleguen a perderla-, los fenómenos del tipo “vacas locas” se multiplicarán. Pero en este establecimiento de relaciones entre los investigadores y los actores sociales, sigue siendo preciso mantener una fuerte exigencia sobre las palabras y los conceptos. Por muy imaginativo y creativo que fuese, Leonardo da Vinci no dejaba de imponerse “un obstinado rigor”. Edgar Morin reclama una ética de la comprensión, que concierne tanto al ciudadano como al científico.
Por una ética de la deliberación
Para concluir, el principio asociación supone una ética de la deliberación, como nos recuerda Paul Ricoeur. La escuela no nos enseña a deliberar y nuestra cultura occidental ignora la experiencia de la formación del pensamiento en la acción que tan bien describe el escenario de la película Doce hombres sin piedad. Muchos de “los que toman las decisiones” siguen rechazando la deliberación bajo el pretexto de que ésta sería una coartada de la no-decisión. Sin embargo, la complejidad creciente de nuestro mundo exige aumentar la confrontación de puntos de vista para enriquecer más eficazmente nuestra comprensión de los contextos y los proyectos.
¿No puede crear hoy el principio de asociación las condiciones de la interacción, de la deliberación, de la inteligencia colectiva, de la educación cultural en el reajuste permanente? El principio de asociación nos invita a asociar epistémé y pragmatiké, ciencia y sociedad, el hacer y el comprender.
Como el principio de responsabilidad, el principio de asociación invita al ciudadano a “trabajar en pensar bien” (Pascal) mejor que a creer en explicaciones causales demasiado simplistas (“la vulgarización es buena para el vulgo”) o repletas de jerga (“esto será siempre demasiado complicado para vosotros”). Trabajar en pensar bien, y por tanto en relacionar bien, ¿no es esto el pensamiento complejo?