La revolución de
la inteligencia pasa por la asociación
André-Yves Portnoff
Artículo publicado en francés
por Transversales, febrero 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
verano 2001
André-Yves Portnoff,
periodista, director del Observatorio de la revolución de la inteligencia
en Futuribles International.
En la nueva sociedad, los intercambios
tienen por objeto, esencialmente, productos inmateriales; el valor añadido
obtenido por el trabajo apenas depende de los recursos físicos, limitados
por naturaleza. Depende de un recurso infinito, la creatividad humana, esa
capacidad para dar forma a lo que no existe, para construir relaciones con
los otros, para conferir sentido al tiempo que fluye, a los materiales que
transformamos, a nuestras acciones...
La creatividad posee dos propiedades extraordinariamente importantes. Por
una parte, nace del cotejo de las diferencias, de la asociación de
ideas, de culturas y de personalidades diferentes. Implica, por tanto, el
respeto al otro, la tolerancia, la conciencia de nuestra solidaridades.
Por otra parte, no soporta la coacción. Una persona no puede ser
obligada a tener ideas, mientras que en la sociedad de los intercambios materiales
era posible recurrir a la violencia física para obtener el esfuerzo
muscular de la mayoría de los seres humanos. Claro está que
esa era no ha cadudado completamente. Pero la creación está
condicionada por la existencia de un espacio de respeto a la libertad del
otro y a la libertad individual, que permite a los individuos ser creativos
en cuanto tal y, a la vez, eficaces colectivamente asociando sus talentos.
Nuestra supervivencia no depende ya de la creación de más
fuerza, sino de la inteligencia y de la sabiduría con las que explotamos
la capacidad de producción y de destrucción que la tecnología
nos confiere. Eso es, en primer lugar, la “revolución de la inteligencia”,
aunque, por primera vez en nuestra historia, no puede descartarse un suicidio
colectivo de la humanidad, ya que dicha revolución no significa que
la inteligencia crítica haya tomado el poder, sino que respetarla se
ha convertido en algo vital para la supervivencia del mundo.
Desde este punto de vista, Chernobil fue una elocuente advertencia. En lo
sucesivo, seguridad y eficacia riman con espíritu libre, aunque la
aplicación de este principio no sea fácil ni suficiente. Lo
que faltó en Chernobil fue, ante todo, la libertad para que los cinetíficos
y los técnicos se asociasen con sus colegas soviéticos y extranjeros
para constuir, por medio de la libre confrontación de ideas y de experiencias,
una opinión científica, un consenso provisional sobre los asuntos
nucleares. La libertad, también, para que los ciudadanos pudiesen coaligarse
en asociaciones capaces de interpelar al poder soviético y reclamar
al Estado que respetase las conclusiones alcanzadas.
¡No al pensamiento disyuntivo!
Aparte de las situaciones extremas simbolizadas por Chernobil, los problemas
del desarrollo sostenible, siempre complejos, obligan a la movilización
de expertos de casi todas las disciplinas. Esta necesidad surge en todos los
campos del conocimiento, razón por la cual éste siempre ha
progresado en las fronteras entre las diversas disciplinas, con frecuencia
porque un Pasteur o un Darwin se decidía a explorar un campo que aún
le era extraño. Hoy, los grandes temas, como la genómica, la
oncología o el SIDA, obligan a moviilizar equipos muy pluridisciplinares.
Incluso en ámbitos que gozan de mucha menos popularidad, como la tribología
[N.T.: estudio de la fricción, o ciencia y técnica de los sistemas
en movimiento que se encuentran en contacto mutuo], uno de los frenos esenciales
al progreso, especialmente en Francia, deriva de las dificultades existentes
para asociar en un mismo equipo a especialistas diferentes, científicos
y técnicos, a causa de la lógica cerrada y del pensamiento disyuntivo
que aún marcan tanto nuestra enseñanza como nuestra investigación
pública, a pesar de los esfuerzos y excepciones existentes. Pienso,
al decirlo, en los esfuerzos desplegados, hace algunos años, por François
Kourilsky a la cabeza del CNRS y por Edgar Morin, que ha atraído sobre
sí muchos rencores en el ámbito de la enseñanza...
Condenados a colaborar
Si ante los problemas vitales y en el campo del conocimiento estamos condenados
a colaborar, a valorar la complementariedad, a compartir habilidades para
asociarlas y producir otras de nivel superior, lo mismo ocurre en el funcionamiento
del aparato económico, productivo y administrativo. Se impone una lógica
de partenariado para lograr que nuestras organizaciones sean capaces de crear
sinergias entre las aspiraciones y los talentos de sus miembros, en vez de
limitarse a su mera superposición, cuando no a su asfixia.
En el marco del paternariado, entendido como asociación positiva,
creadora de valor sin límites, se hace posible un juego de suma positiva.
Ya que los recursos inmateriales son innagotablles, es posible enriquecerse
junto a los otros, y no a costa suya. Ya no se logra la fuerza por medio de
la coacción, sino a través de la persuasión, tanto en
relación a los colaboradores libres como a los clientes, también
libres. La verdadera fuerza depende de la capacidad para escuchar y de la
empatía. Esa es la revolución de la comprensión hacia
los otros, de la inteligencia del otro. La libertad humana, valor en sí
misma, condiciona cada vez más la producción de valores para
los seres humanos.
Desde los años 1920, los sueños de autarquía que cultivaba
John Ford han aparecido como locuras contraproductivas. Hacia los años
1950, el nivel de complejidad de los problemas que había que gestionar
ha superado lo que el sistema taylorista, centralizado, compartimentado y
planificador, era capaz de gestionar sin excesivo derroche en unas condiciones
en las que la mayor parte de los sujetos activos eran reducidos al estatus
de ejecutores burocráticos, ciegos, sometidos y privados de iniciativas.
Hoy, en las empresas, la gestión participativa y la construcción
de asociaciones con proveedores o clientes se han convertido en garantías
para un desarrollo eficaz. Ciertamente, este modelo se encuentra muy alejado
de la realidad que puede constatarse en la mayor parte de las organizaciones,
lo que explica el desperdicio de recursos humanos y económicos y las
disfuncionalidades que contemplamos. ¡El que un funcionamiento estúpido
esté generalizado no atenúa en nada su estupidez, en ocasiones
criminal!
Actualmente, las facilidades ofrecidas por Internet para la colaboración
aportan un formidable incentivo a esta tendencia. Las redes digitales son,
en primer lugar, instrumentos para la colaboración y la formación
de coaliciones entre individuos y organizaciones, a causa de la disminución
del coste de las comunicaciones y de las transacciones. De ahí procede
la emergencia de un nuevo poder de los consumidores y de los ciudadanos, que
pueden, en sólo algunas horas, asociarse para lograr que un grupo industrial
como Intel o un poder político deba ceder. Amnistía Internacional
ha dado prueba de ello.
Otra de las consecuencias del papel de las redes antes citado es la eficacia
de las asociaciones de empresas capaces de construir redes más potentes
que los mayores grandes grupos piramidales. El éxito del constructor
de micrordenadores Dell, convertido en diez años en el número
uno mundial, está fundamentado totalmente sobre el principio de asociación.
Aquellos que crean que el discurso sobre el paternariado en red no es más
que una simpática prédica tendrán que afrontar dramáticos
desengaños...