Libertad, igualdad...
asociación
Roger Sue
Artículo publicado en francés
por Transversales, febrero 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
primavera 2001.
Roger Sue, sociólogo, es profesor de la Universidad de Caen y
de Paris. Autor de Renouer le lien social. Liberté, égalité,
association. Éditions Odile Jacob). Entrevista realizada por Philippe
Merlant.
Transversales Ciencia/Cultura: “Reanudar el vínculo social”,
es un título elocuente. ¿Quiere decir con él que el punto
de partida del libro reside en la constatación de una disgregación
generalizada del vínculo social?
Roger Sue: Esta constatación se está haciendo hoy en día
algo bastante banal. Paso a paso, el vínculo social de base (en la
familia, por ejemplo), el vínculo simbólico de la política,
después el vínculo civil de la economía van retrocediendo.
En estos momentos, es el Estado-nación lo que va perdiendo consistencia,
volviendo así a ponerse en cuestión lo que “hace sociedad” entre
los individuos.
Al mismo tiempo, es forzoso constatar el extrordinario deseo de compartir,
de relaciones y de comunicación que se expresa en nuestras sociedades,
particularmente a través del florecimiento de las “redes”. ¿Cómo
comprender esta paradoja entre, por un lado, la pérdida de los referentes,
la desconexión social, y, por otro, la vitalidad de estos vínculos
que retejen su “tela” todos los días? Es esta paradoja lo que constituye
el punto de partida de mi libro.
TS/C: ¿Qué explicación le da a este fenómeno
generalizado de desconexión de los vínculos sociales?
R.S.: La mayoría de los observadores hacen de esta desconexión
una consecuencia de fenómenos exteriores. Así, se acusa frecuentemente
de ello a la crisis económica, el ascenso del individualismo, las tecnologías
“virtuales” o la mundialización. Por mi parte, estimo que eso es razonar
al revés: hay que dejar de tomar los efectos por la causa. Lo que
es preciso examinar es el propio vínculo social y sus transformaciones
principales, tanto las pasadas como las presentes y futuras, porque esta
evolución determina la de las esferas económicas, políticas
o sociales. Creo que las personas pueden fácilmente comprender en
qué sociedad viven observando la manera como se relacionan cotidianamente
unas con otras...
Invirtiendo así el modo de razonamiento, lo único que hago
es retomar la tradición sociológica, los fundamentos de esta
disciplina. Ya los sociólogos del siglo XIX, como Durkheim, Simmel,
Tönnies o Weber, mostraban un terrible pesimismo, porque eran conscientes
del fenómeno de desconexión del vínculo social, que se
esforzaron en analizar. Ellos vieron hasta qué punto el principio contractual
- que tiene el mérito inmenso de ayudar al individuo a emanciparse
de la tradición y de las comunidades antiguas - se muestra ineficaz
cuando de lo que se trata es de impulsar a las personas a entrar en relación.
Pero la única respuesta que contemplan es poner sobre el tapete dos
formas nuevas de comunidad, como dos redes de sujeción que permitirían
al vínculo social mantenerse: la comunidad política (en torno
al Estado-nación) y la comunidad del trabajo. Son estos dos caminos,
precisamente, los que se han agotado y convertido en callejones sin salida
durante el curso del siglo XX.
TS/C: ¿Le parece a usted que estos sociólogos se quedaron
atascados en la alternativa entre “contrato” y “comunidad”?
R.S.: Ellos quisieron poner remedio a la debilidad de la relación
contractual inyectando en ella un poco más de comunidad. Pero no vieron
lo que proporcionaba su originalidad al principio asociativo: una relación
que alía libertad, igualdad, autonomía y construcción
del vínculo social a partir de los individuos.
En esa época, la asociación solo era percibida bajo la forma
de las asociaciones particulares, y no como un vínculo social original,
un principio universal susceptible de ofrecer una alternativa simultáneamente
a la comunidad y al contrato. Una tercera vía que no se reduciría
ni a la primera ni a la segunda, ni siquiera a una mezcla de ambas...
TS/C: Si la disgregación del vínculo social se ha analizado
desde hace un siglo, ¿cómo se explica que todo esto no haya
estallado antes?
R.S.: Creo que toda sociedad posee una rica vitalidad que la hace resistir
a esta disgregación social. Frente al liberalismo destructor de hoy,
dos reacciones son posibles:
- la tentación de volver a formas arcaizantes de comunitarismo, tentación
que siempre prepara el terreno de los totalitarismos, nacionalismos e integrismos
de todo tipo;
- la aparición de nuevas formas comunitarias, las asociaciones precisamente,
cuyo actual estado de ebullición las hace capaces de realizar concretamente
el proyecto utópico del asociacionismo.
Pero incluso ahí, es preciso no confundir el efecto y la causa: el
formidable entusiasmo en torno a las asociaciones se explica ante todo por
las relaciones de asociación que los individuos establecen espontáneamente,
o intentan establecer, entre ellos y con la sociedad en su conjunto. En una
sociedad de individuos, lo que induce la transformación social es la
evolución de los vínculos que les unen.
TS/C: Muchos todavía confunden el contrato y la asociación.
¿Explica usted esta confusión por una mala lectura del “contrato
social”?
R.S.: Lo que buscaba Jean-Jacques Rousseau era una forma de gobierno que
correspondiese al momento en que se sale de las comunidades: esta forma, para
él, es el “contrato”. Pero éste no es más que el resultado
de las asociaciones de los individuos libres e iguales. El contrato presupone
la asociación: lo que hace es ratificar la cosa, y la expresión
“cerrar un contrato” es muy elocuente de este punto de vista. En sí
mismo, el contrato es indiferente a los valores de libertad y de igualdad
que presupone... En la época de Rousseau, las condiciones para “hacer
asociación” no existían. Esto explica la mala lectura que se
ha hecho de su obra: se intentó dar la ilusión de asociación
a través del contrato.
Rousseau pensaba que decir las cosas es ya hacerlas. Fueron los revolucionarios
de 1789 quienes debieron afrontar las cuestiones de la puesta en práctica
de estos principios. Y encontraron, esquemáticamente, dos grandes contradicciones.
Primera contradicción: el principio asociacionista supone la libertad
e igualdad de los individuos, no las crea; inmediatamente, la cuestión
que se plantea es saber cuáles son los “dignos” de este principio
y cuáles no lo son. Segunda contradicción: para Rousseau -
por otra parte es ahí donde reside su actualidad teórica-, la
asociación no puede ser más que universal; así, en nombre
de este principio universal, Le Chapelier prohibirá las asociaciones
¡como expresión de particularismos comunitarios!
TS/C: ¿Dos contradicciones que usted considera superadas hoy en día?
R.S.: La primera lo está en la medida en que todos los individuos
se consideran, de hecho, como libres e iguales: estos dos principios eran
todavía abstractos en 1789, pero desde entonces se han afianzado en
la cabeza -y en el corazón- de la gente. La tendencia actual al crecimiento
de las desigualdades no destruye este sentimiento, solo arriesga ser origen
de nuevas rebeliones.
La segunda contradicción está igualmente superada en la medida
en que las asociaciones actuales no tienen ya mucho que ver con las comunidades
tradicionales, basadas en la jerarquía y la exclusividad: en su seno,
las relaciones jerárquicas son débiles, relativas, limitadas
en el tiempo, y los individuos pueden pertenecer simultáneamente a
multitud de asociaciones. Tampoco encontramos ya a mucha gente que afirme
que las asociaciones particulares amenazan la asociación universal.
TS/C: Si los sociólogos no percibieron todo el alcance del principio
asociacionista, ¿podemos decir que los socialista “utópicos”,
en cambio, lo calibraron bien?
R.S.: Completamente. Y en mi libro insisto en la actualidad de su pensamiento,
al menos en tres aspectos.
En primer lugar, ellos tienen ante su vista el espectáculo del fracaso
del individualismo liberal, pero presienten igualmente los atolladeros, incluso
las catástrofes, a las que puede llevar el comunitarismo “colectivista”.
No quieren volver atrás respecto a las conquistas del individualismo,
rehusan -a instancia de Proudhon, particularmente- todo poder impuesto desde
arriba y buscan abrir una tercera vía bautizándose a sí
mismos como “socialistas asociacionistas” (siendo a sus ojos el segundo término
al menos tan importante como el primero).
Además, estiman que el principio fundador del vínculo social
debe vivirse en lo cotidiano, en todas las actividades del individuo y particularmente
en la esfera del trabajo (de ahí la creación, en 1848, de los
Talleres nacionales). Para ellos, el poder debe proceder del conjunto de las
asociaciones de base que se asocian a su vez: su visión de la democracia
es ya de entrada de naturaleza federalista.
Por último -y es la consecuencia de lo precedente-, tienen una visión
universal de este principio. En una de sus obras, dedicada al federalismo,
Proudhon evoca en estos términos la construcción de Europa.
Para estos socialistas, está claro que el principio de asociación
solo tendrá éxito imponiéndose a nivel mundial. Porque
será el final de las comunidades cerradas sobre sí mismas.
TS/C: ¿Le parece a usted que la visión que tuvieron de la
democracia económica sigue teniendo actualidad?
R.S.: Si bien su intuición de que el vínculo social debe construirse
pegado a lo cotidiano me sigue pareciendo acertada, hoy en día lo cotidiano
no se reduce, lejos de ello, al trabajo asalariado en la empresa. Es preciso
reconocer las competencias, el saber y la actividad de los individuos, en
cualquier esfera en la que las ejerzan. Pasamos del individuo productivo a
la “producción del individuo” en la que éste es menos el instrumento
de su producción que su materia prima. Es lo que yo llamo el sector
“cuaternario”: una economía centrada sobre la producción del
individuo y sobre su desarrollo personal, por lo tanto una economía
“existencial”, que concierne a todos los aspectos de la vida individual, en
el trabajo y fuera del trabajo.
Este terreno corresponde, por naturaleza, a la vocación de las asociaciones.
Así que no hay que extrañarse si su peso en la economía
no cesa de crecer: en Francia, emplean el equivalente de 800.000 personas
a tiempo completo. Pero esta cifra minusvalora su contribución real
a la producción de riqueza: la producción asociativa es fundamentalmente
no monetaria y no mercantil, tanto si hablamos del vínculo social,
de la participación ciudadana, como del intercambio de información
y de servicios...
Naturalmente, el principio asociacionista se encarna en primer lugar en
las estructuras de la economía social y solidaria. Pero cada vez más
empresas privadas comprenden también que su establecimiento constituye
un factor determinante de cara a llso resultados. Cuanto más vayamos
hacia una producción presidida por lo inmaterial, más se impondrá
la necesidad de edificar las relaciones sociales sobre bases de reconocimiento,
de libertad, de igualdad... y por tanto de asociación.
TS/C: Las condiciones de puesta en práctica del principio de asociación
le parecen hoy en día cumplidas, pero ¿no hay todavía
obstáculos y dificultades por franquear?
R.S.: Naturalmente. La primera dificultad está en el poder de atracción
demasiado débil de las asociaciones, particularmente en el ámbito
nacional: ¿cómo es posible, por ejemplo, que se pueda organizar
un encuentro como el de Porto Alegre mientras eso mismo parece fuera de lugar
a escala de Francia?. Creo que son numerosas las asociaciones que funcionan
todavía demasiado sobre sus “clientelas” y que son reacias a plantearse
el asociarse entre sí. En muchos casos los individuos, en sus relaciones
entre ellos, encarnan mejor el principio asociacionista que las propias asociaciones,
cuyo funcionamiento se inspira todavía demasiado a menudo (ampliamente)
en los principios contractuales o comunitarios.
La segunda dificultad es su fragilidad financiera: las subvenciones públicas
las ponen en una situación de dependencia frente a los poderes públicos,
mientras que las reglas de juego con el sector privado no están clarificadas.
Personalmente, yo defiendo el establecimiento de grandes fundaciones, por
sectores de actividad, mezclando la financiación pública y la
privada. Y deseo que se distinga las asociaciones de utilidad pública
(de las otras) para pasar de la “caridad pública” a la financiación
“de derecho”: pues de lo que se trata es de evaluar lo que estas asociaciones
hacen ganar a la colectividad evitando ciertos sobrecostes sociales, ecológicos
o societarios.
La tercera dificultad se debe a las reticencias de los políticos.
Desde este punto de vista soy partidario de una revisión completa de
la composición, el papel y el lugar que ocupa el Consejo económico
y social: debería convertirse en la segunda cámara de nuestra
Asamblea nacional, una verdadera “cámara de asociaciones”, mientras
que el CES actual sólo cuenta con seis miembros “asociativos” ¡sobre
un total de 160!
TS/C: Detrás de estas reformas, ¿no está usted dibujando
un nuevo régimen político?
R.S.: Históricamente, cada nueva forma de de vínculo social
ha producido el nacimiento de un régimen político inédito.
Así, la relación “contractual” ha desembocado en el régimen
representativo. Si se admite que la asociación constituye la forma
contemporánea del vínculo social, hay que hacer emerger un “asociacionismo”
político. Porque la democracia representativa, tal como ha sido pensada
y practicada durante decenios, ya no está adaptada. Hace falta integrar
la idea de una multiplicidad de representaciones, dentro de la cual cada
ciudadano pueda ser a la vez representante y representado. Volvemos a los
principios de la democracia según Aristóteles: cada uno debe
ser, por turno, a veces gobernante y a veces gobernado.
TS/C: El talón de Aquiles del asociacionismo ¿no es también
que descansa, in fine, en la calidad de la relación humana, que es,
todos lo sabemos, cualquier cosa menos evidente?
R.S.: Mejorar la capacidad de todos para vivir juntos debería ser
una prioridad de la educación. Y el itinerario escolar debería
obligatoriamente incluir una materia asociativa reconocida. Porque donde se
aprende a vivir juntos, incluyendo a los que no se gustan entre sí,
es en las asociaciones. Desde este punto de vista, la existencia de consejos
municipales de jóvenes o de “asociaciones-junior” me parece que va
en buena dirección.
Semejante evolución supone, volviendo a lo anterior, que las asociaciones
se den reglas de juego muy estrictas, por ejemplo sobre la no acumulación
de mandatos. Desde el momento en que pretendan representar a la sociedad civil,
sería inconcebible ver aparecer una “clase de profesionales asociativos”
del mismo modo que se ha estructurado una clase política aparte. La
asociación debería ser un modelo para la política. Además,
si queremos evitar que las asociaciones -que asumirán cada vez más
misiones de servicio público- no deriven hacia un funcionamiento institucional,
es preciso que mejoren su democracia interna. Este debería ser el
primer criterio para aquéllas que deseen ver reconocida su utilidad
social.
TS/C: ¿El movimiento cívico y social que está emergiendo
le parece portador de una dimensión”asociacionista”?
R.S.: No suficientemente, sin duda. Se ve claramente que una buena parte
de este movimiento está todavía atrapado (en la dicotomía
intelectual) entre “contrato” y “comunidad”: un golpecito de timón
hacia un lado, luego hacia el otro...Es aún dificultoso pensar colectivamente
lo que cada vez más personas experimentan personalmente: el hecho de
haberse convertido en individuos “relacionales”, en “asociados”. En los efectos
de esta toma de conciencia individual es donde yo pongo mis esperanzas.