La ignorada riqueza de
las asociaciones
Patrick Viveret
Artículo publicado en francés
por Transversales, febrero 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
verano 2001. Patrick Viveret fue encargado por Guy Hascoët, cuando
era secretario de Estado de economía solidaria, de una misión
sobre las nuevas representaciones de la riqueza. Este artículo recoge
parte de los temas evocados en el informe provisional redactado en el marco
de esa misión.
En la mayor parte de los temas de actualidad de estos últimos meses
-de las vacas locas al Erika, del amianto a los accidentes de carretera, de
las consecuencias de la gran tormenta de diciembre de 1999 a la crisis de
los carburantes del otoño de 2000-, hay un elemento común que
se olvida: estas catástrofes son una bendición para nuestro
producto interior bruto (PIB). Esa cifra mágica y su progresión
resumen la gran ambición de nuestras sociedades materialmente desarrolladas
y éticamente subdesarrolladas: ¡el crecimiento! Pues las centenas
de miles de millones de francos que cuestan a la colectividad estas destrucciones
humanas y medioambientales no son contabilizadas como destrucciones sino como
aportes de riqueza en la medida en que generan actividades económicas
expresables en dinero.
Los 120.000 millones de francos de costes directos de los accidentes de
carretera (que generan el triple en costes indirectos), para no tomar más
que un ejemplo, contribuyen, pues, al crecimiento de nuestro PIB. Si suponemos
que el año que viene no hubiera muertos ni heridos en las carreteras
de Francia, nuestro PIB bajaría de manera significativa, Francia perdería
uno o varios puntos en la clasificación de las potencias económicas
y aparecerían numerosos economistas anunciando, en tono grave, que
la crisis ha reaparecido. Y la situación sería peor si desaparecieran
igualmente de estas asombrosas sumas una parte de los 170.000 millones de
francos inducidos por los efectos sobre la salud de la polución atmosférica,
las decenas de miles de millones que va a costar la destrucción de
harinas animales, los aproximadamente cien mil millones generados por los
daños causados por la tormenta del último invierno y, en general,
todas esas destrucciones sanitarias, sociales o medioambientales que parecen
tener la virtud de transformar plomo en oro por medio de la singular alquimia
de nuestros sistemas contables…
Al mismo tiempo, todas las actividades de trabajo voluntario que, gracias
particularmente a las asociaciones acogidas a la ley de 1901, permiten evitar
o limitar una parte de los efectos de estas catástrofes (por ejemplo,
limpiando las playas contaminadas o ayudando a los discapacitados) no generan
ninguna progresión de la riqueza. Contribuyen, incluso, a hacer bajar
el PIB al desarrollar actividades de voluntariado no remuneradas.
Voluntariado contra “lucrotariado”
Parece que andamos cabeza abajo: al tiempo que celebramos la importancia
de las asociaciones, sobre el plano contable continuamos tratándolas,
no como generadoras de riquezas sociales, sino como “sangrías de riquezas
económicas” a tenor de las subvenciones que reciben. Nuestra sociedad,
a pesar de sus declaraciones de principio, facilita mucho más el “lucrotariado”,
la voluntad lucrativa, que el voluntariado. Muy a menudo ocurre que lo que
podríamos llamar la “malevolencia”, o mala voluntad, en sus diferentes
formas, se beneficia del dinero de los contribuyentes, como atestiguan los
recientes ejemplos de pactos corruptos para el desvío de fondos públicos.
Ya es hora de que nos pongamos manos a la obra en la considerable tarea
del cambio de representación de la riqueza y de la función
que juega el dinero en nuestras sociedades. Para la economía solidaria
es un asunto decisivo y para el movimiento asociativo una ocasión a
aprovechar. Sería una trampa mortal dejar que se impongan los criterios
que ignoran las cuestiones ecológicas y humanas y que valoran las actividades
destructivas por ser financieramente rentables. Por el contrario, hay que
retomar la iniciativa y situarse a la cabeza del surgimiento de una sociedad
y una economía plurales, frente a los riesgos de civilización,
ecológicos y sociales que comporta la sociedad de mercado.
Si la economía, en la dirección de los trabajos del premio
Nobel Amartya Sen, debe convertirse, si no en una “ciencia moral”, al menos
en una ciencia que se reconoce al servicio de finalidades morales y políticas,
habrá que volver a interrogarnos, en lo que concierne tanto a la representación
de la riqueza como a su circulación, sobre la orientación de
la voluntad colectiva, sobre esta “buena voluntad”, el voluntariado, término
tan mancillado y poco comprendido. Nada indica mejor la transformación
de los medios en fines, en el corazón del economicismo, que el hecho
de considerar el deseo de ganancias monetarias, la actividad lucrativa, como
un objetivo suficiente en sí mismo. Y el mayor síntoma de la
deriva hacia sociedades de mercado se obtiene cuando los instrumentos de medida
de la moneda invaden el conjunto del campo social hasta convertir la totalidad
del tiempo de vida en lo que los americanos llaman life time value, una reserva potencial
para la mercantilización de todas las actividades humanas.
Una triple alianza a construir
Ahora falta encontrar los actores susceptibles de encarnar y portar tal
cambio de lógica. Los interesados en cambiar el sistema de representación
no tienen el poder, ni la capacidad ni, incluso, la idea, ya que su propio
imaginario se encuentra bloqueado por la interiorización de las categorías
dominantes sobre la riqueza y el dinero. Es el caso de los “perdedores” de
la sociedad de mercado, comenzando por las personas en situación de
miseria, de precariedad o de exclusión. Es el caso, también,
de las fuerzas sociales, culturales y políticas que han inscrito su
propio proyecto dentro del economicismo, reduciéndole así a
un simple cambio en la relación de fuerzas. Una segunda categoría
de actores agrupa a los que saben (o podrían saber) y tienen los medios
de llevar a cabo esos cambios, pero no los quieren porque encuentran ventajoso
el mantenimiento del statu quo: en primer lugar, los miembros del “mundo de
los triunfadores”, esos beneficiarios financieros y simbólicos de
la sociedad de mercado.
Entre estas dos categorías, existen, afortunadamente, algunas piezas
móviles sobre el tablero, susceptibles de jugar un papel determinante,
a condición de que tengan la osadía de superar una visión
reductora de su papel:
- es el caso del conglomerado, todavía considerable, constituido
por los servicios públicos y sociales: Estado, agentes de la protección
social, colectivos locales…;
- el segundo círculo está constituido por todas las fuerzas,
esencialmente asociativas, estructuradas alrededor de fines más elevados
que los del lucro;
- el tercero agrupa a los actores de la economía social y solidaria.
Este último círculo mezcla partes de los otros dos.
Una verdadera estrategia de cambio debe, por tanto, tener como objetivo
favorecer las condiciones de surgimiento de esta “triple alianza”. Se trata,
a comienzos de este siglo, de reencontrar la fuerza original del principio
asociativo: la que busca, por medio y más allá de la economía,
substituir la lógica guerrera de ganadores/perdedores por la lógica
cooperativa de ganadores/ganadores. ¡Qué mejor debate puede
imaginarse para el año en que se cumple el centenario de la ley francesa
de 1901 que, a su vez, es también el año internacional del
voluntariado establecido por las Naciones Unidas!