Riqueza, trabajo
e ingreso garantizado
André
Gorz
Artículo publicado en francés
por Transversales, junio 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
otoño 2001.
André Gorz, sociólogo, autor
de Misères du présent, richesse du possible (Éditions
Galilée). Este texto se enmarca en las reflexiones en torno al informe
sobre las representaciones de la riqueza y las nuevas formas de pago e intercambio
elaborado por Patrick Viveret para la secretaría de Estado para la
economía social durante el gobierno Jospin.
Según Patrick Viveret, la historia del pensamiento económico
evidencia cuatro “no-pensados” (1). Refleja, en el plano teórico, el
“espíritu del capitalismo”, pero no da cuenta de la ruptura política
y cultural propia de su surgimiento. Max Weber, a mi entender, ha hecho de
forma convincente el relato de esta ruptura. Él la hace inteligible
sin pretender explicarla. Muestra solamente cómo, súbitamente,
ante la decadencia y corrupción del orden tradicional, comerciantes
relativamente jóvenes y muy minoritarios decidieron aplicar las reglas
del cálculo económico a las relaciones con sus proveedores y
clientes: comprar al menor precio posible forzando a competir entre sí
a sus proveedores (los tejedores) y vender con el máximo beneficio
monopolizando la oferta de las calidades más apreciadas. Nada había
provocado esta ruptura con un modo de vida confortable y rutinario basado
sobre el “vivir y dejar vivir”. El cambio era, ante todo, un cambio de mentalidad,
cuyo trasfondo cultural había sido facilitado por el cientifismo -habría
que decir el matematicismo- dominante, para el cual sólo existen realmente
las propiedades matemáticas, sólo es “verdadero” lo que se puede
calcular y expresar en números. Todo lo demás es subjetivo,
sobreañadido al ser por la subjetividad.
La pasión calculadora-racionalizadora encontraba en la economía
un fecundo terreno. Calcular, como mostrará Husserl, “es dejar
fuera del circuito todos los modos de pensar y todas las evidencias que no
son indispensables para la técnica del cálculo”. Los resultados
obtenidos por esta técnica no deben nada a las preferencias subjetivas
del calculador. No le son imputables y no tiene que responder por ellas, ya
que son “verdaderas” independientemente de su intención y no hace falta
que sean validadas por ninguna autoridad. Más es y “vale” más
que menos; el éxito es mensurable; la virtud, llave del éxito,
es confirmada objetivamente por éste; “ganar dinero es virtuoso”; la
economía de mercado es una moral fundada sobre leyes objetivas, o
incluso una religión. La autonomización de la economía
respecto a la política, a la ética, a la estética tiene
su fuente en la “técnica del cálculo” que descalifica todo lo
que no es mensurable y cuantificable, al igual que “las ciencias matemáticas”
descalifican, indica Husserl, las certezas de lo vivido. La violencia -y el
fetichismo- de la moneda toma su fuente en la medida de todo valor por medio
de una unidad de medida cuantificante, indiferente por esencia a lo cualitativo.
Acoger favorablemente la certeza vivida de la pluralidad de los valores (los
“fines legítimos”, dice Alain Caillé) exige por tanto una pluralidad
de unidades de medida (indicadores, según Patrick Viveret). Esta pluralidad
de patrones no puede, sin embargo, servir de fundamento para una economía
plural, pues ésta pertenece a otro orden.
Las “plantillas de evaluación” que utilizan indicadores no monetarios
nos sacan, en mi opinión, del orden de la economía. Creo que
ese es, en realidad, su objetivo no declarado. Su función es designar
prioridades, fines, riquezas que no son monetarizables ni tampoco mensurables
por un patrón común, ni, por tanto, intercambiables entre sí.
Designan “lo otro de la economía”, los límites y vetos ante
los que debe replegarse, aquello a lo que debe servir, en resumen, el proyecto
de desarrollo, de sociedad, al que la economía debe servir y que no
puede ser definido a partir de la economía misma.
El desarrollo humano como finalidad
En un pasaje no muy conocido de los Grundisse,
Marx se pregunta qué es la riqueza “una vez despojada de su limitada
forma burguesa”; responde que no es otro cosa más que el desarrollo
del intercambio universal de la totalidad de las facultades y capacidades
humanas “en tanto que tales, como fin para sí mismas, no medidas según
algún patrón establecido”. Lo que gusta e interesa más
de este pasaje es que las “facultades de goce, de producción, de creación,
de conocimiento”, etc., no son entendidas como “fuerzas productivas” que
permiten la creación de riqueza, sino como fines en sí mismas,
la riqueza misma. Así, estamos más allá del productivismo,
más allá de la habitual manera de considerar la “materia prima”
como “materia prima de la riqueza”.
Considerar el desarrollo de las facultades humanas como creación
de riqueza es ya, en efecto, abandonar una concepción mercantil-utilitaria-economicista
de la riqueza. Tomar el desarrollo humano como fin en sí mismo quiere
decir que vale por sí mismo, independientemente de su utilidad económica
inmediata. Sólo no siendo funcional al proceso de producción
inmediato puede fecundar la orientación, la finalidad y la naturaleza
de la producción y de los intercambios económicos, “poniéndolos
en su lugar”. Si solamente es funcional a la producción económica,
engendrará individualidades planas, mutiladas, inadaptadas para el
ocio (otium, scholé), salvo cuando se presenta bajo la forma de mercancías
consumibles (2).
Las facultades cognitivas, estéticas, imaginativas, etc., exigidas
por la mutación del modo de producción no se aprenden en la
formación profesional acelerada ni en la enseñanza escolar.
Expresan lo que he denominado “trabajo de producción de sí mismo”,
y eso pide tiempo. Actualmente, el tiempo, formalmente “fuera del trabajo”,
de la producción de sí mismo supera, por mucho, al tiempo de
trabajo inmediato. Para estar a la altura de las exigencias de su trabajo
inmediato, una gran y rápidamente creciente proporción de personas
activas deben disponer de capacidades y disposiciones que superan en mucho
aquellas que exige su trabajo inmediato. Aparece así una tensión
creciente entre el trabajo inmediato y el trabajo de producción de
sí mismo que el anterior implica, así como entre sus respectivas
temporalidades. La importancia del trabajo de producción de sí
mismo tiende a superar a la del trabajo inmediato y el sentido de la vida
tiende a desplazarse hacia el primero. De hecho, se hace imposible considerar
que solamente produce riqueza el trabajo inmediato y que sólo su tiempo
de trabajo da derecho a recibir un ingreso. Igualmente, se hace imposible
la dependencia entre la magnitud de ese ingreso y la cantidad de horas empleadas
en ese trabajo. La mayoría de la población activa, por otra
parte, no dispone ya de un empleo estable y a jornada completa y, además,
la mayor parte de las personas con menos de 35 años tampoco lo desean,
pues prefieren una vida multidimensional, multiactiva, policéntrica...
La importancia tendencialmente preponderante del trabajo de producción
de sí mismo actúa como un lento veneno sobre la relación
salarial y va minando la idea de “trabajo” y la “ley del valor”. El trabajo
de producción de sí mismo, en efecto, no puede reducirse a una
cantidad de “trabajo simple, trabajo abstracto” comparable e intercambiable
con cualquier otro tipo de trabajo. Su producto y su rendimiento no son mensurables.
No tiene valor de cambio calculable, no es mercancía.
El lugar que ocupa -el desarrollo de los conocimientos, capacidades, cualidades
personales, aptitudes para el intercambio, para la cooperación, etc.-
confiere legitimidad y credibilidad a la exigencia de un ingreso desligado
del “trabajo” y presta atención a todas las riquezas que tampoco son
mensurables según un patrón universal, ni intercambiables entre
sí, como es el caso de la vida, de la cultura, del tejido relacional
y de la naturaleza, que es fin en sí misma desde el punto de vista
estético, bien común universal desde el punto de vista social
y fuerza productiva desde el punto de vista económico.
¿Hacia una nueva economía?
El estatuto del trabajo de producción de sí mismo, la definición,
la producción, los modos de transmisión, de reparto y de puesta
en común del saber, la tendencia del capital a privatizarle y monopolizarle
para convertirle en fuente de un ingreso, todo esto es, desde ahora, lo que
está en juego en un conflicto central.
Reconocer las riquezas no comercializables, no monetarizables, hacerlas
libremente accesibles a todos, prohibir su privatización, monopolización
y valorización capitalista... todo esto exige que un ingreso suficiente
deje de depender del trabajo inmediato y de su cantidad, que se encuentra
en rápida disminución.
Es preciso entender que se están haciendo inevitables las licencias
parentales de educación (3) y las licencias sabáticas
cada vez más largas, más frecuentes y retribuidas de forma conveniente.
Hay que saber ampliar las brechas abiertas en el sistema, más allá
del cual se esboza otra economía: “el anarco-comunismo realmente existente”
-como lo denomina Richard Barbrook- de la comunidad virtual del sistema Linux,
en la que se bosqueja “el modelo de una nueva organización del trabajo
y de los intercambios... la posibilidad de una permanente concertación
sobre lo que conviene producir, dónde y cómo”. Liberados del
mercado y del poder del dinero, los participantes en las redes tiene su propia
moneda virtual, como las SEL, pero sin medir el valor de lo que intercambian
según un patrón-tiempo. “No es impensable -puede leerse en
Electronic Business Engineering- que este sistema se haga tan determinante
para el trabajo del siglo XXI como lo fue la organización industrial
para el siglo XX” (4).
NOTAS
(1) Los no-pensados ecológico, ético, político y antropológico
(informe de Patrick Viveret).
(2) Ver en el último libro de Jeremy Rifkin, L’Âge de l’accès (La Découverte,
2000), los capítulos sobre la comercialización de la cultura
y la industria del ocio.
(3) En Suecia, trece meses de licencia por niño, a repartir entre
madre y padre, con un ingreso igual al 80% del salario.
(4) La obra citada, bajo la dirección de A.W. Scheer y M. Núttgens,
agrupa las comunicaciones alas Jornadas internacionales de la informática
económica (Heidelberg 1999). Cito una comunicación de T.H. Malone
y R.J. Lauterbacher: “The Dawn of the I-lance Economy”.