Sida y medicamentos:
las asociaciones se movilizan
los enfermos ganan
Jacky Mamou
y Gilles Raguin
Artículo publicado en francés
por Transversales, junio 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
otoño 2001.
Jacky Mamou es presidente de honor
de Médicos del Mundo. Ha publicado L’Humanitaire expliqué
á mes enfants (Éditions du
Seuil). Gilles Raguin es vicepresidente de Médicos del Mundo.
La globalización acelerada de los intercambios, las grandes migraciones
y los conflictos armados, junto a la miseria y el debilitamiento del sector
sanitario público hacen que hoy el Sida represente la primera causa
de mortalidad en los países del hemisferio Sur, sobrepasando ya al
paludismo. Según ONU-Sida, 14 millones de personas han muerto de la
terrible enfermedad en dos decenios. La pandemia ataca ya a más de
33 millones de personas, dos tercios de ellas en el África subsahariana.
Afectando principalmente a los adultos jóvenes, el VIH es un potente
destructor de las economías y de las sociedades. En un país
como Costa de Marfil, casi 300 maestros mueren cada año como consecuencia
de esta dolencia. Se estima que el 30% de los mineros sudafricanos son seropositivos.
Las admisiones en los principales hospitales de África del Sur se deben,
en un 40%, a casos de sida, y la esperanza de vida pasará allí
de 60 a 40 años en poco tiempo...
La suerte de los niños es particularmente dramática. Cada
día 8.500 niños contraen la enfermedad, transmitida la mayor
parte de las veces por su madre afectada, y 2.500 mueren de ella. Esta hecatombe
ha tenido como consecuencia 13 millones de huérfanos... Disgregación
de las familias, perturbaciones escolares masivas, la marginalización
y exclusión sociales de los enfermos se multiplican. Con sobrada razón,
el Banco Mundial considera que “el Sida constituye hoy en día la mayor
amenaza para el desarrollo del África subsahariana”.
Y, sin embargo, se han registrado progresos significativos dutante los últimos
años en las posibilidades de tratamiento de los pacientes. Por supuesto,
no se puede hablar de curación, pero sí de mejoras importantes
en el estado de salud de los enfermos. Nuevas moléculas antirretrovirales
como las antiproteasas, asociadas entre sí (se habla comúnmente
de “triterapia”), han llegado al mercado. Fabricadas por los grandes laboratorios
internacionales, estas medicinas cuestan muy caras. El coste anual de una
triterapia se estima en unos 7.500 euros. Para hacer memoria, recordemos que
1.200 millones de personas viven con menos de un dólar al día.
Evidentemente, estos tratamientos son inaccesibles a los enfermos del hemisferio
Sur. Incluso terapéuticas elementales como antidiarreicos, antimicóticos
o sulfamidas, que sirven para luchar contra las complicaciones más
frecuentes del sida, son inabordables para la gran masa de personas infectadas.
Los enfermos están al Sur, los medicamentos
al Norte
La creación de ONU-Sida abrió, hace algunos años, algunas
esperanzas, que sin embargo pronto fueron decepcionadas. Jonathan Mann, que
asumió su dirección, dimitió de ésta por su fracaso
frente al egoísmo de los países desarrollados y la falta de
valor de los dirigentes de los Estados tocados por la pandemia galopante.
Recientemente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha dedicado
por primera vez una sesión extraordinaria para declarar la “guerra
al Sida”. ¡Ya era hora! Por su parte, algunos Estados, como Francia
bajo el impulso de Bernard Kouchner, han tenido iniciativas interesantes,
como el Fondo Internacional de Solidaridad Terapéutica, que desgraciadamente
no dispone de medios financieros importantes.
La ONU y los Estados, aunque se dieron cuenta de la magnitud de la catástrofe
anunciada, apostaron por la prevención y la educación para,
al menos, contener la expansión de la enfermedad, esperando el descubrimiento
de la vacuna milagro. Unos pocos Estados, como Uganda, han conseguido estabilizar
el fenómeno con el apoyo de las asociaciones locales. Pero el ir tomando
conciencia de los plazos, probablemente dilatados, de la puesta a punto de
la vacuna y la llegada de nuevos tratamientos han ido volviendo insostenible
la situación sanitaria en muchos países del Sur. En India, en
Tailandia, en Brasil, en África del Sur, equipos de investigadores
han sido capaces de reproducir las nuevas moléculas a costes mucho
más reducidos que los fijados por las grandes firmas farmacéuticas.
Pero esto sólo sería así prescindiendo de los acuerdos
de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que organizan nuevas reglas
de juego para el acceso a los medicamentos. El acuerdo sobre los derechos
de propiedad intelectual en lo relativo al comercio (TRIPS, en sus siglas
en inglés) implica el reconocimiento legislativo de la propiedad de
las patentes, en concreto las de las industrias farmacéuticas, por
un periodo de veinte años. ¡Imposible desde ese momento, para
los países pobres, fabricar o comprar los antivirales! Pero, por otra
parte, la mención en los textos de la OMC del concepto de “urgencia
sanitaria” autoriza a un Estado a fabricar localmente las moléculas
con royalties bajos (las “licencias obligatorias”) o incluso a adquirir los
medicamentos que sean menos caros en el mercado mundial (las “importaciones
paralelas”).
¿Quién podría discutir la urgencia sanitaria? Sin embargo,
se han ejercido sobre Tailandia presiones terribles, con amenazas de represalias
económicas, desde la Administración americana, que ejerce de
portavoz de los grandes laboratorios. Incluso viajó Al Gore a África
del Sur para hacer entrar en razón a un gobierno culpable, desde su
punto de vista, de haber votado una ley en 1997 que permite recurrir a la
urgencia sanitaria.
¿El derecho de patente prima sobre
el derecho de los enfermos?
Durante la última cumbre de la OMC en Seattle, el pasado 30 de noviembre,
numerosas ONG y coaliciones asociativas insistieron en la adopción
de la “excepción sanitaria”, lo que implicaba que son precisos esfuerzos
especiales para hacer accesibles los medicamentos al gran número de
enfermos de los países del Sur. En Francia, Agir ici, Act Up, Aides,
Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras, Re Med, Ensemble contre
le Sida, y una treintena de otras organizaciones, lanzaron una campaña
con el tema “laboratorios y políticos, ¡implícaros!”.
Se dirigió una carta abierta al Primer ministro “para comprometer a
Francia en el apoyo a la puesta en marcha de financiaciones bilaterales y
multilaterales que permitan a las poblaciones del Sur afectadas por el Sida
acceder por fin a los tratamientos. Pero también para defender, durante
las negociaciones en la OMC, las posibilidades previstas por los acuerdos
internacionales sobre la propiedad intelectual, tanto las importaciones paralelas
como las licencias obligatorias”.
Al abrirse el proceso ante el Alto Tribunal de justicia de Pretoria, enfrentando
al gobierno sudafricano y a 39 laboratorios, la movilización estaba
en su punto máximo. Los ciudadanos se agruparon localmente en torno
a la Treatment Action Campaign que se constituyó en parte civil. El
combate cambia entonces de dimensión. En lugar de quedarse exclusivamente
en el terreno jurídico de las patentes, bascula hacia una simple pregunta:
¿el derecho de patente prima sobre el derecho de los enfermos? En las
grandes firmas farmacéuticas “empiezan a no sentirse contentos...”.
Algunos clubs de inversión ética se movilizan. Oxfam dirige
una campaña de lobbying, en el estilo anglosajón. MSF lanza
una petición pidiendo a los laboratorios que retiren su demanda. En
este clima, muy desfavorable a su imagen, los querellantes acaban por retirarse
de este “mal pleito”.
Es un formidable avance, en primer lugar para los enfermos que van a acceder
más fácilmente, al menos en ciertos países, a los tratamientos.
Hay que tener claro que esta victoria no libera de su responsabilidad a
los gobiernos de los países pobres, que dedican tan pocos medios a
la salud y a la educación en beneficio de los gastos militares. Invita
también a hacer reflexionar a los países del Norte para que
no se limiten a ser los portavoces de las grandes compañías.
Y tampoco debe ocultarnos que muchas de las enfermedades tropicales no son
ya objeto de investigación farmacéutica porque “no son rentables”.
Poco después se dedicó al sida una sesión especial
de la ONU, a finales de junio. Se dirigió un mensaje claro a los países
miembros, particularmente a los más ricos, para que contribuyan substancialmente
a la puesta en marcha de un fondo global de las Naciones Unidas destinado
a luchar contra el sida, el paludismo y la tuberculosis.
Las asociaciones de ciudadanos, tanto las del Sur como las del Norte, apoyaron
esta propuesta. Ellas ya han jugado un papel considerable en este combate,
con algún éxito. Un ejemplo para meditar... y para repetir.