Reformas radicales
Philippe Merlant
Artículo publicado en francés
por Transversales (TSC), junio 2001, y en castellano en Iniciativa
Socialista, otoño 2001
En estos últimos dos años, da la impresión de que el
ritmo de la historia se haya acelerado. Mientras que algunos creen ver
a la sociedad civil irremediablemente hundida en la impotencia y la resignación,
asistimos, sin embargo, a una efervescencia inédita, a un desarrollo
sin precedentes de los movimientos cívicos y sociales. TSC ha elegido consagrarles el dossier
central de este número con el deseo de describir y analizar el sentido
de este “nuevo estado de gracia” donde los ciudadanos intervienen en campos
cada vez más numerosos, más diversos…
En Francia, desgraciadamente, nos encontramos a las puertas de un periodo
preelectoral. ¿Desgraciadamente? Sí, ya que el pasado nos demuestra
que tales periodos son raramente favorables a la elevación del nivel
de reflexión, a la movilización ciudadana, al debate de las
cuestiones de fondo. En el juego de palabras que se establece, lo que verdaderamente
está en juego se escapa por la trampilla. Apostaríamos a que,
por ejemplo, las cuestiones ligadas a los riesgos que nos hacen correr los
grandes trastornos climáticos o el diktat de la sociedad de mercado
o los fallos de la democracia representativa o las derivas éticas que
supone la clonación humana y la investigación sobre los embriones
o la necesidad de la puesta en marcha de una economía que admita una
pluralidad de fines legítimos… en resumen, todas estas cuestiones
que nos parecen centrales para crear un mundo más humano, más
democrático y solidario… no estarán en el centro de la campaña
que se aproxima.
Lo que está planteado es el papel de la política como herramienta
de transformación. Desde los poderes establecidos, en particular desde
la izquierda gubernamental, se vislumbra claramente una concepción
“reformista”. Por otro lado, el derrumbe de las perspectivas marxistas (incluyendo,
de forma edulcurada, a la socialdemocracia) ha echado por tierra la idea de
una visión global del mundo actual y de la sociedad deseada. Las reformas
propuestas parecen limitarse a algunos pequeños retoques de un sistema
del que su lógica profunda no se pone en cuestión.
Este timorato reformismo conduce a que un gran número de actores
cívicos y sociales, decepcionados por las políticas tradicionales,
abracen la causa “revolucionaria” que, a pesar haber abandonado mayoritariamente
la idea de un “gran despertar”, continúa creyendo que la apropiación
colectiva de los medios de producción es el último remedio a
todas las miserias humanas y siguen subestimando las cuestiones ligadas a
la calidad de los procesos democráticos.
Superar la contradicción entre reforma
y revolución
Esta oposición clásica entre reforma y revolución amenaza
con remontarnos treinta años atrás, en pleno corazón
de los años 70: no superarla, en su momento, nos ha costado, sin duda,
buena parte de la capacidad de administrar (y digerir) lo adquirido en mayo
del 68.
Superarla claramente significa promover la idea de “reformas radicales”.
En este número, René Passet explica, a propósito de las
instituciones financieras internacionales: “Hay quien no parece desear más
que pequeños retoques. Otros cuestionan de arriba a abajo el sistema
económico actual. Y, finalmente, hay otros, entre los que me cuento,
situados en una dinámica de reformas radicales.”
Lo que se dice sobre las instituciones financieras internacionales puede
aplicarse a todos los grandes asuntos ya descritos: preservación de
la biosfera, protección de la vida, renovación democrática,
puesta en marcha de una economía plural, etc. En todos estos casos,
el dominio de la sociedad de mercado ha sido tal que hará falta inyectar
buenas dosis de radicalidad para invertir la lógica. Al mismo tiempo,
esto sólo puede llevarse a cabo mediante la senda democrática
que asocie al conjunto de los actores implicados, según un proceso
auténticamente “reformista”.
Cuatro criterios de radicalidad
Muy bien, ¿pero cómo se reconocerá que una reforma
es radical? Sin proceder aquí a un análisis riguroso, se pueden
evocar cuatro criterios susceptibles de contribuir a la “radicalidad” de tal
o cual medida.
- Pensar según una lógica sistémica.
En un mundo cada vez más complejo, una reforma que no se refiera
más que a un aspecto de las cosas suscita, inevitablemente, efectos
perversos. Sea cual sea el punto de aplicación inicial, conviene pensar
en las potenciales interacciones con los campos conexos. Un buen ejemplo
de reforma “sistémica” nos lo ofrece la puesta en marcha del dispositivo
“empleo para jóvenes”: la preocupación original -crear empleos-
se cruzó con otras dimensiones (emegencia de servicios “no rentables”,
profesionalización de nuevos oficios, permanencia de actividades asociativas…).
- Hacer retroceder el dominio del mercado.
Si la apropiación por el mercado de todos los aspectos de la vida
humana es el principal peligro que nos amenaza, toda reforma que contribuya
a disminuir este dominio va bien encaminada. A la inversa, por más
generosa que parezca, una medida que contribuya a extender la lógica
del mercado a nuevas esferas -pensamos en el sistema del “derecho a contaminar”-
debe ser tomada con precaución.
- Crear procesos positivos.
Reformar significa amenazar lo existente. Reformar radicalmente, como lo
ha demostrado André Gorz, consiste en crear un proceso que permita,
a partir de una conquista parcial, preparar la etapa siguiente. La calidad
del proceso dado importa tanto como la misma reforma. Y todo lo que contribuya
a favorecer la intervención ciudadana constituye un “plus”. Lo que
supone, inevitablemente, poner en cuestión las fuentes del poder.
- Tomar en cuenta el factor humano.
“Ser radical, es tomar las cosas desde la raíz, y la raíz
del hombre es el hombre”, afirmaba el joven Marx. Si se trata de combatir
la esencia de los mecanismos de poder, la voluntad transformadora deberá
también consagrarse en reducir los mecanismos personales que hacen
de la voluntad de poder una verdadera droga. Asimismo, la “reforma radical”
no vendrá solamente del exterior, nacerá también de nuestros
propios comportamientos.