La producción
de la
cultura de masas
Ignacio Ramonet
Artículo publicado en francés
por Transversales, junio 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
otoño 2001
Ignacio Ramonet es director de
Le Monde diplomatique. Entrevistado por Sacha Goldman.
Transversales
Science/Culture: Comencemos por el final, hablando de la maquinaria
de medición de audiencia que da primacía a la dimensión
cuantitativa de la producción de la subjetividad. ¿Lo cuantitativo
coloca a lo cualitativo en una situación peligrosa?
Ignacio Ramonet: Es una cuestión
central. La producción industrial exige la obtención de rentabilidad
una vez pasado cierto tiempo y eso lleva a la producción en serie
de determinados bienes culturales, convirtiéndose en producción
de estereotipos. En ese ámbito, las preocupaciones de orden empresarial
se imponen muy pronto sobre las de orden artístico. Cuando se relee
a los autores de la Escuela de Francfort, se observa que poseen una extrema
radicalidad. Para ellos, globalmente, toda esta producción serializada,
cinematográfica o radiofónica, literaria o plástica,
sirve para estandarizar, para normalizar, para “transformar al individuo
en masa”. Es lo que Marcuse denominó “el hombre unidimensional”. Estos
autores han conocido muy bien el totalitarismo hitleriano, conocían
intelectualmente el totalitarismo estalinista, pero también vivieron
en los Estados Unidos y conocieron la máquina publicitaria, por lo
que han podido hablar del totalitarismo de la cultura de masas (que juega
el mismo papel que la propaganda en los sistemas totalitarios).
A finales del siglo XIX el primer medio de comunicación de masas
fue la prensa de los Estados Unidos, una sociedad alfabetizada porque los
puritanos protestantes, fundadores de la nación americana, han prestado
siempre mucha atención a la escritura y a la lectura. Después,
llegó la radio, el micrófono, el altavoz, etc. El nazismo,
por ejemplo, no es concebible sin micrófono, altavoz y radio para
dirigirse a las muchedumbres. Después de la guerra, llega el convencimiento
de que el consumo nos libera, particularmente en las democracias. Por tanto,
la publicidad jugará el papel de la diferenciación, de la falsa
individualización. En los países desarrollados, la principal
característica de la segunda parte del siglo XX es el consumo, que
representa, simultáneamente, la llave de la libertad, de la personalidad
y, a fin de cuentas, una fuerte relación espiritual.
TSC: Con el consumo masivo en EE.UU.,
los medios de comunicación de masas, como la televisión, ofrecen
una simplificación y una facilidad de acceso intelectual que se experimenta
de una manera hypnoléptica.
IR: La imagen se encuentra en la
prensa desde hace ya mucho tiempo. Ya en el siglo XIX puede constatarse que
los periódicos más vendidos son los que tienen más imágenes;
a finales del siglo XIX se inventa el belinoscopio, que permite enviar por
telegrama fotos o grabados punto por punto. En París, los dos diarios
que venden más de un millón de ejemplares son Le Petit Journal
y Le Petit Parisien, uno de los cuales está compuesto exclusivamente
por una imagen y un título.
Los historiadores del cine nos dicen que su edad de oro se sitúa
antes de 1914. Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el cine entra
en crisis. El problema es que la crisis se convierte en endémica y
que, desde entonces, el cine se dedica a correr tras aquel periodo de gloria.
Durante ese periodo se construyeron los cines en el corazón de las
ciudades. El cine era la electricidad, la luz, las sombras, el movimiento...
Nunca ha vuelto a producirse una fascinación semejante, incluso el
cine sonoro, que llega durante la crisis de 1929, está asociado a
un periodo muy duro. No produjo, por otra parte, la euforia que provocó
la expansión del cine en sus primeros tiempos.
Otra característica de los actuales medios de comunicación
reside en la aparición de megaempresas. Estos megagrupos no distinguen
entre las diferentes culturas mediáticas que podrían coexistir
en la esfera de la comunicación: prensa, radio, televisión,
cine o publicidad. Incluso podrían añadirse elementos que antes
no estaban situados en esta esfera. Por ejemplo, las ciudades de ocio, tipo
Disneylandia, ahora forman parte del universo de la comunicación.
Estas megacorporaciones están dominadas por firmas que no proceden
del universo de la comunicación. En Francia, el primer gran grupo de
comunicación, propietario de Canal+, es Vivendi, una empresa procedente
de la distribución de agua. ¿Cómo se llega desde al agua
a la comunicación?
TSC: Con “liquidez”...
IR: A través de una cultura
particular. La comunicación ha sido conmocionada por la denominada
revolución digital. Antes, los avances tecnológicos afectaban
a alguno de los tres sistemas de comunicación más desarrollados:
la escritura, la imagen y el sonido. Con lo digital tiene lugar la primera
evolución que concierne tanto al sonido como a la imagen y al texto.
Todo lo que se emita se transformará en ceros y unos, ya sea un sonido,
una imagen o un texto. Circulará por un canal a la velocidad de la
luz y saldrá convertido nuevamente en texto, imagen o sonido. Puede
decirse que para ser una empresa de la comunicación es necesario tener
la cultura de la distribución de un fluido, como la tiene una empresa
en la distribución de agua. Si sabes distribuir un fluido, se trata
de una misma cultura, ya sea electricidad, agua, cable, teléfono o
Internet.
Cuando Internet se extendió hacia el gran público, a mediados
de los 90, era un medio de comunicación basado en lo escrito.
Aún hoy sirve para enviar correos electrónicos, para consultar
bases de datos -en su mayor parte con texto-, periódicos, enciclopedias,
etc., pero con el aumento de la capacidad de transporte se privilegiará
cada vez más la imagen. En lo sucesivo, la preocupación de los
magnates de Hollywood será saber lo que ocurrirá cuando se
pueda solicitar y recibir una película a través de Internet.
De la misma forma, las empresas especializadas en la venta de CD y discos
han comenzado a preocuparse en cuanto se ha hecho posible recibir música
por Internet. Podría decirse, por tanto, que Internet está a
punto de inclinarse hacia el universo de la imagen, fácil de consumir
pero en realidad muy difícil de leer, en el sentido crítico
del término. Antes de poder descifrar un texto hay que aprender a leer,
mientras que se tiene la impresión de que no hace falta aprender a
leer una imagen, por ser analógica.
TSC: ¿Está cercano
el día en que todos estén de acuerdo en que el cine es solamente
un producto adaptado al gusto de los consumidores y que no tiene nada que
ver con lo que se denomina “creación artística”?
IR: Esta pregunta se plantea hoy
de forma más dramática que nunca, aunque ha jalonado toda la
historia del cine. El mercado del cine depende mucho de su clientela. Pero
la clientela principal del cine proyectado en las salas es gente muy joven
a la que gusta un tipo de películas fácilmente consumibles,
un cine de acción y efectos especiales, con temas recurrentes. Un
cine de estereotipos, que dice cosas diferentes, pero para decir siempre
la misma cosa. Una gran parte de la producción de Hollywood ha sido
calibrada, estandarizada, formateada para ese público. Frecuentemente
se piensa que la forma pertenece a los artistas y el contenido al mercado,
pero el mercado condiciona la forma. No quiero decir que no haya artistas,
pero cada vez escasean más. Estamos ante una producción tan
repetitiva que muy frecuentemente resulta desalentadora.
Actualmente, una película se estrena en decenas o incluso en centenares
de salas dentro de un país, y la duración de esta “primera vida”
es muy corta. En Francia, al cabo de un año más o menos, las
películas pueden volver a verse en televisión, primero en las
cadenas por cable y después sobre la red hertziana destinada al público
más masivo, multiplicándose por diez o veinte el número
de espectadores. La tercera vida, la más larga, es una vida en vídeo
o en DVD; las películas pueden comprarse o alquilarse y se conservan
en las bibliotecas, como los libros.
Observando la vida de una película, comprobamos que su mayor parte
tiene lugar sobre la pequeña pantalla. Esto condiciona la realización.
Por ejemplo, cuando se hace una película no se usarán muchos
planos generales, porque se ven mal en la pantalla. No debemos olvidar lo
que, con perspicacia, ha dicho Jean-Luc Godard: “Una película en televisión
no es una película, sino la reproducción de una película”.
Además, no se proyecta a la misma velocidad, en las salas se hace a
24 imágenes por segundo. En la televisión, las películas
son más cortas y se encuadran de otra forma. En consecuencia, se hacen
muchos primeros planos, campos y contracampos. ¡Basta con ver los telefilmes
o las series para darse cuenta!
TSC: ¿Y el porvenir del cine?
IR: Beaumarchais decía que
“el arte vive de restricciones y muere de libertades”. Hay restricciones
y el mercado impone bastantes. Hay una muy buena película sobre este
tema, Barton Fink, de los hermanos Cohen, que plantea cómo un autor,
totalmente salvaje y libre, queda atrapado en el corsé de las restricciones
de Hollywood, lo que muchos autores han conocido. Pienso en Faulkner, que
fue guionista en Hollywood y sin embargo un autor libre, o en John Fante,
al que se le conoce esencialmente como escritor pero que ha reescrito centenares
de guiones.
TSC: O Salman Rushdie, que concebía y redactaba publicidad...
IR: Sí, u otro autor que procede de la publicidad, Ridley Scott,
el apreciado autor de Hannibal, de Gladiator o de Alien...
Por regla general, los productores dicen que dan a los ciudadanos exactamente
lo que piden. Si pidiesen otra cosa, se les daría. Nos dicen que la
demostración es que un autor tan singular como Jean-Luc Godard hace
una película a la que los críticos consideran como obra maestra,
pero el mercado decide y no funciona en él. Se tiene la impresión
de estar encerrado en un sistema cuasicientífico que hace del mercado
árbitro supremo. Lo que queda, una vez que se somete la cultura al
mercado, es la cultura de masas.
TSC: ¿Un denominador abstracto que nivela todo?
IR: Sí, el mercado escoge. Se proponen varios productos, el mercado
escoge y sigue repitiéndose así durante todo el tiempo. Hay
una especie de darwinismo cultural, ya que en el mercado de la cultura sólo
sobreviven los productos escogidos por los ciudadanos. Este razonamiento conduce
a una homogeneización cultural: la world culture, la misma para todos,
ya que poco a poco las condiciones económicas y políticas se
hacen similares para todos. En los barrios acomodados de todas las ciudades
del mundo se consumen prácticamente los mismos productos de consumo
masivo.
Con este fenómeno de homogeneización, si se sigue esta forma
de razonar hasta el final, la cultura está de más en el mundo
actual. Sólo sirve para satisfacer a pequeños grupos caracterizados
como “elitistas”, porque hay una especie de neofascismo del mercado, que desprecia
a los intelectuales, privilegiados excesivamente sutiles y que no están
contentos cuando todo el mundo lo está, o creadores que quieren darse
el lujo de ser diferentes cuando, evidentemente, ser diferente cuesta muy
caro. Más valdría tener la humildad de ser como todo el mundo.
TSC: ¿Cómo explica entonces el éxito de Le Monde diplomatique,
realizado por intelectuales que plantean complejas preguntas sobre el porvenir
del mundo, la economía, el medio ambiente, el genoma, la ética
de los medios de comunicación?
IR: Para empezar, se trata de una pequeña excepción, casi
desdeñable si se la compara con el número de espectadores de
la CNN o de los grandes conglomerados tipo Vivendi-Universal. Una vez relativizado
este fenómeno podemos plantearnos cómo explicarlo. Pienso que
en nuestras sociedades los ciudadanos reciben mejor educación que
nunca. En Francia, hay más jóvenes entre 18 y 23 años
en la Universidad que fuera de ella, lo que no había ocurrido nunca.
Estos muchachos y muchachas han aprendido a tener un enfoque crítico,
han tenido roce con la creatividad, la cultura, etc. Una parte de ellos,
que han tomado gusto a la especulación y a la reflexión, pide
otra relación con los medios de comunicación.
La base de nuestro éxito procede de un enfoque periodístico
crítico, insumiso, que no ha aceptado como Evangelio lo que se nos
ha repetido durante los años 80, todo ese discurso sobre lo neoliberal
como nueva salvación para el género humano. Es una publicación
cuyos colaboradores proceden de todos los países: americanos, alemanes,
británicos, italianos... Un cruce de caminos en el que algunos periodistas,
expertos, críticos, intelectuales o creadores pueden expresarse. Hemos
intentado contribuir con bastante rapidez al análisis de la mundialización:
hemos propuesto y denunciado conceptos como el “pensamiento único”,
hemos participado en la gran movilización contra el acuerdo multilateral
de inversiones, hemos sostenido al movimiento social francés de noviembre-diciembre
de 1995 porque veíamos en él un signo del renacimiento de las
protestas colectivas. Hemos sido solidarios con el movimiento cívico
en los Estados Unidos, con Ralph Nader, con José Bové, con el
subcomandante Marcos, que ha publicado textos originales en nuestra revista.
Le Monde diplomatique ha intentado acompañar este período y,
en ocasiones, precederle. Pues el movimiento actual no puede ser solamente
de protesta, debe ser también un movimiento que haga propuestas. Formamos
parte de quienes han dicho que había que crear algo como el Foro Social
Mundial de Porto Alegre, criticando lo que se hacía en Davos. Creo
que la revista ha acompañado este periodo de forma pertinente. No habríamos
podido hacerlo si no nos hubiesen seguido lectores cada vez más numerosos
y cada vez más activos en la sociedad.