Globalizar la democracia
para salir de la anarquía
Benjamin Barber
Artículo publicado en francés
por Transversales, noviembre 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
invierno 2001-2002. Benjamin Barber
es politólogo estadounidense, autor de Dijhad versus McWorld, Cisclée de Brouwer, 1996. Agrupamos
bajo título común dos notas, una del 9 de septiembre y otra
del 18 de septiembre.
Nota del 9 de septiembre de 2001
La democracia, en tanto que lucha por la igualdad y la justicia, es un proceso
perpetuamente “en crisis”, pero los desafíos críticos a los
que están hoy confrontadas las democracias son únicos; pues
comportan adversarios indeterminados y un poder sin cabeza visible que se
desarrolla en el interior de una sociedad global en la que los Estados-nación
democráticos se han convertido en agentes ineficaces de la justicia
social.
La paradoja del nuevo siglo reside en la globalización de las entidades
económicas, fiscales y comerciales (así como de las ideologías
de privatización y globalización que las sostienen) y en la
ausencia de una globalización de entidades cívicas y democráticas
capaces de regularlas y encuadrarlas. El capitalismo ha salido de su “caja”,
el Estado-nación, que tradicionalmente le mantuvo (relativamente, desde
luego) cívico y justo; se le ha dejado en libertad en una arena internacional
donde se ha vuelto salvaje, en detrimento de las naciones, que se han quedado
rezagadas, y de los ciudadanos del mundo que no poseen herramientas de control
y de regulación eficaces para esta lid internacional.
Las instituciones democráticas, incluso las que son sólidas
en el interior de las naciones (¡lo que no es siempre el caso!), no
pueden asumir su papel en las arenas globales donde no hay otra cosa que relaciones
de poder. E incluso a instituciones internacionales como las salidas de Bretton
Woods (Banco Mundial, FMI, OMC), que son técnicamente susceptibles
de control por los Estados miembros, se les ha permitido convertirse en instrumento
de intereses económicos privados, que en numerosos casos controlan,
no solamente el mercado mundial, sino también a los gobiernos nacionales
democráticos: basta con ver, por ejemplo, el papel del dinero en las
campañas electorales estadounidenses o la incapacidad de los partidos
socialdemócratas europeos para evitar la ideología de la privatización
y su devastadora guerra contra los bienes públicos o la res publica.
Esta crisis global de la democracia está exacerbada en Estados Unidos
por los problemas específicos debidos a una Administración americana
unilateralista en la cima y aislacionista en su encarnación popular.
El poder militar, económico y político ejercido en esta palestra
global por el Gobierno americano y por las fuerzas económicas hace
de los Estados Unidos un actor clave dentro de estas paradojas, pero también
un elemento necesario si se quiere una respuesta democrática eficaz
a los retos de la economía global. Sin embargo, la tendencia histórica
de Estados Unidos a sustraerse a las responsabilidades (aislacionismo) y
el unilateralismo arrogante y miope de la Administración actual hacen
de este país un mal socio en la persecución de estrategias democráticas
globales. Esta dimensión “americana” del problema merece una atención
especial.
Mi propio punto de vista es que la crisis global de la democracia, precipitada
por la globalización, no puede ser contrarrestada por las estrategias
“antiglobalización”. Exige más bien el despliegue imaginativo
de políticas globales de democratización que reencajen la economía
en un marco democrático, no en un marco democrático nacional,
sino en un nuevo marco global cuyos contornos falta por definir. La experiencia
europea, incluso aunque tiende a una integración más económica
que cívica, puede dar algunas pistas sobre una respuesta apropiada.
El confederalismo americano ofrece otra perspectiva. El movimiento cívico
internacional en expansión (como por ejemplo “Civicus”) es también
prometedor, a poco que consiga encarar más adecuadamente el reto de
hacer de contrapeso al poder económico de los agentes del mercado global.
Y finalmente, el papel del aparato tradicional de las Naciones Unidas, incluso
teñido de diversas formas por las ideologías y debilitado por
el rechazo de las grandes potencias, sobre todo Estado Unidos, a participar
en él (ver el caso reciente de la conferencia sobre el racismo en Durban),
debe ser examinado de nuevo, para ver si es posible que juegue un papel significativo.
Incluso si nuestro orden del día tiene una resonancia utópica,
es profundamente práctico porque surge de la necesidad de legitimar
las relaciones de poder en el nivel global, de igual forma que estas relaciones
en otro tiempo fueron legitimadas en el nivel de los Estados-nación
a través del contrato social, de la constitucionalidad y del Estado
de derecho.
La alternativa a este escenario voluntarista no significa solamente la continuación,
siempre destructiva, de la anarquía de los mercados globales. Arriesga
también con convertirse en un dominio absolutamente no democrático
de las instituciones económicas privadas sobre nuestras vidas públicas;
un dominio fundamentalmente ilegal y, a largo plazo, probablemente tan destructivo
para las relaciones económicas como para las relaciones políticas.
Para tener éxito, debemos agrupar las fuerza políticas y cívicas
para edificar nuevas formas de cooperación internacional, permitiéndonos
así crear una infraestructura cívica capaz de aceptar el desafío
democrático.
Nota del 18 de septiembre de 2001
La necesidad de encontrar una manera de democratizar un sistema global hasta
ahora definido por la anarquía, la avidez y el poder privado que margina
sistemáticamente a pueblos enteros ha sido siempre un mandato de la
justicia y de la imparcialidad. Sin embargo, este mandato ha tendido a ser
considerado como discrecional: la gente bien intencionada podía reflexionar
sobre ello, pero de ahí a hacer algo... Con el reciente ataque sobre
Estados Unidos, está claro que este mandato se ha convertido en una
necesidad, porque si la respuesta militar es una prioridad en nuestras mentes,
será más bien la apertura de un segundo frente cívico
y económico lo que decidirá el desenlace.
Los terroristas no están comprometidos en una negociación
sobre los términos de la globalización. Son los guerreros de
la Jihad opuestos a la modernidad, a la Ilustración, a la civilización
en su encarnación moderna, con sus vicios y virtudes. Pero los terroristas
se rodean de un amplio sostén popular tácito, o al menos de
cierto torvo consentimiento. Este entorno de cólera y desesperación
alimenta la rabia terrorista y da una cuasi-legitimidad a sus campañas
de destrucción. Pero es este entorno el que puede ser modificado por
nuestros propios actos. Mientras los terroristas de la Jihad apuntan a la
destrucción de la globalización en sus manifestaciones económicas
y culturales, la enorme comunidad de los enfurecidos y marginados espera tener
una parte en ella. No desean unirse para destruir las instituciones democráticas,
sino que celebran la destrucción solamente en la medida en que no
participan en la construcción. Son adversarios recalcitrantes que,
si se les diera la ocasión, preferirían disfrutar de la modernidad
y sus beneficios, si no fueran tan a menudo las víctimas de la injusta
distribución de los bienes de la modernidad.
Cuando observamos la realidad desde el lugar desde el que ellos están
obligados a verla, la globalización y el despliegue imperial del poder
económico de los Estados Unidos nos hacen ver sólo la anarquía
en lugar de la esperada prosperidad. Nuestro orden económico internacional
es para ellos un mundo de desorden. Nuestro neoliberalismo, antagónico
de toda reglamentación estatal, de toda institución de control
legal y político, de todo intento de globalizar la democracia y la
justicia, se percibe como una indiferencia brutal a su bienestar y sus demandas
de justicia global. Los mercados mundiales exigen una ausencia total de intervención,
pero esta supremacía de la esfera privada sobre la esfera pública
es otro nombre para la anarquía. Así pues, el terror no es más
que la enfermedad que engendra la anarquía. Y el desorden a partir
del cual las instituciones financieras y comerciales piensan extraer beneficios
es el mismo desorden que aprovechan los terroristas.
Los mercados y las instituciones financieras globalizadas, ya sean multinacionales
o pequeños especuladores en divisas, tienen una profunda aversión
por el control de los Estados-nación. El terror hace la guerra a la
soberanía, utilizando la interdependencia de los transportes, de la
comunicación y de las otras tecnologías modernas para volver
porosas las fronteras y quitar toda pertinencia al control de los Estados.
Como los niveles de seguridad no tienen referencias internacionales, en
ausencia de un organismo para imponerlas los terroristas desafían
las fronteras sin tener que preocuparse de una opinión pública
global que podría aislarles, ni de la policía y las instituciones
jurídicas que podrían impedírselo o imponer un embargo
sobre los países que les acogieran. El desorden internacional que
favorecemos en nuestras relaciones económicas es el mismo que favorecen
los terroristas en el servicio de su objetivo de destrucción.
Hay en esto una ironía particular para los Estados Unidos. Mientras
alientan la ausencia anárquica de soberanía a nivel mundial,
se resisten al más débil compromiso que concierna a su soberanía
nacional. Estados Unidos se planta con dureza ante la perspectiva de ceder
aunque no sea más que una astilla de su propia soberanía, se
trate de la comandancia de la OTAN en sus campañas militares, de los
organismos políticos de las Naciones Unidas que intentan negociar acuerdos
globales, de los tratados internacionales como los que se refieren a las
minas antipersona o al efecto invernadero (Kyoto), de las instituciones supranacionales
llamadas a ponerlos en vigor (el Tribunal Internacional de Justicia, por
ejemplo).
Pero el terrorismo se ha burlado de la soberanía. ¿Qué
ha representado el secuestro de los aviones, la destrucción de las
torres del World Trade Center y el ataque sobre el Pentágono, sino
una profunda negación de la soberanía americana? El terrorismo
es la forma negativa y depravada de esta interdependencia que, en su forma
positiva y benéfica, Estados Unidos rehusa reconocer.
Hemos querido persuadirnos de que nuestras opciones actuales son, por una
parte, una independencia feliz y segura que nos deja al timón de nuestro
destino americano, y, por otra parte, una interdependencia pervertida a través
de organismos internacionales “extranjeros” como la ONU o el Tribunal Internacional.
Ahora bien, no hemos gozado de independencia real desde las grandes guerras
del último siglo, y ciertamente no después de la llegada del
SIDA y del West Nile Virus (WNV) [Se trata de un virus emergente. En 1999
provocó una epidemia en Nueva York y sus alrededores. La epidemia se
propagó a otros Estados, y fueron infectadas también otras regiones
del mundo occidental. La enfermedad presenta un severo ataque neurológico
y su tasa de mortalidad es muy alta entre hombres, caballos y pájaros.
Este brote epidémico no tenía precedente y permanece inexplicado],
del efecto invernadero y de la sangría de empleos de una economía
americana herida. Por lo mismo, la interdependencia no es una amenaza extranjera
contra la que podamos protestar, es una realidad interna que domina nuestras
vidas. Precisamente los terroristas han apostado sobre la interdependencia
de nuestros sistemas económicos y tecnológicos cuando ha paralizado
la nación. No solamente han comprometido nuestra soberanía,
sino que han explotado el debilitamiento de la soberanía ya instalado
en nuestro mundo económico y tecnológico. En la América
rural premoderna de Andrew Jackson, cuando las comunidades vivían en
autarquía, el terrorismo sistemático no era una opción.
Hoy en día nuestra elección no es entre la independencia asegurada
y la renuncia a nuestra soberanía; sino más bien, por una parte,
entre una interdependencia relativamente legítima y democrática
(cooperación entre naciones, participación en los tratados y
tribunales y en el establecimiento de instituciones transnacionales eficaces)
y, por otra parte, una interdependencia radicalmente ilegítima y no
democrática. Podemos estar seguros: el terrorismo es un producto de
la interdependencia destructiva, una versión depravada de la globalización,
no menos vigorosa que los mercados globales. Aprovecha también pretendidas
reivindicaciones de soberanía nacional; se beneficia igualmente de
la ausencia de instituciones internacionales ejecutivas, policiales y judiciales;
explota la anarquía global para incitar a la anarquía nacional
y al debilitamiento continuo de la capacidad de las naciones para controlar
su propio destino.
A finales del siglo XIX, cuando el gobierno federal era claramente más
débil que hoy en día, la ausencia de la ley facilitaba la vida
de los bandidos barones de nuestras metrópolis capitalistas en vías
de expansión y de los bandidos desperados de las praderas del Oeste.
El sistema global de hoy parece movido por la misma anarquía a través
de la cual las fuerzas expansionistas del capitalismo salvaje desparraman
su injusticia mientras las fuerzas reaccionarias de un terrorismo igualmente
salvaje esparcen una ideología antimoderna rabiosa que siembra el miedo
y el caos, esperando poner de rodillas a la democracia tanto como al capitalismo.
El proyecto de globalizar la democracia y extender el control soberano de
los pueblos sobre los asuntos globales apunta tanto hacia los asuntos económicos
que perjudican los intereses públicos y al bienestar social de poblaciones
enteras como a las conspiraciones de los guerreros de la Jihad determinados
a destruir el sistema global y los países que se benefician de él.
La guerra contra el terrorismo y la guerra contra la injusticia global se
han convertido en una sola guerra. Ni la afirmación presuntuosa de
soberanía ni la simple manifestación de poder militar triunfarán.
A corto plazo, la guerra consistirá en servicios de inteligencia
y en el despliegue de los medios necesarios para extirpar la generación
actual de terroristas. Pero en el seno de la anarquía y de las desigualdades
generadas por el desorden global, germinarán nuevas semillas, tan rápidamente
como las anteriores sean desarraigadas. A largo plazo, es preciso un segundo
frente cívico. Y sólo el vigor de esta segunda campaña
determinará el resultado final de la lucha.
El camino hacia una campaña victoriosa contra el terror global nos
llevará a una confrontación directa con la anarquía global
y las injusticias creadas por el desorden internacional. Y esta confrontación
nos obligará a dejar de lado las ventajas económicas de la anarquía
de las que se beneficia el primer mundo, para poder atender a la igualdad
y la justicia para todos.
La guerra en este segundo frente será más dura, más
compleja y mucho más costosa que la campaña militar, porque
exigirá que América se acerque al mundo contra el que se ha
intentado proteger derrochando su capital. Sin embargo, la gran virtud de
esta guerra, tanto más difícil, está en el hecho de que
puede ser ganada.