Democracia o barbarie
Philippe Merlant
Patrick Viveret
Artículo publicado en francés
por Transversales, noviembre 2001, y en castellano en Iniciativa Socialista,
invierno 2001-2002
Once de septiembre de 2001. Fecha que ya entró en la historia. Con
la convicción de que a partir de allí nada será como
antes. En los días posteriores, pareció abrirse una brecha en
los discursos de los partidarios del capitalismo mundial: ¿y si hubiese
un hilo conductor entre la globalización sin reglas, promovida desde
hace dos décadas, y los acontecimientos dramáticos de Nueva
York y Washington?
Después tuvo lugar la respuesta americana, la guerra en Afganistán,
la caída de los talibanes…Y todo volvió a cerrarse. Sin duda,
la idea de la necesidad de una intervención económica del Estado
ha vuelto a encontrar un atisbo de legitimidad. Sin duda, la conciencia de
la necesidad de restablecer un poco de orden en el embrollo de las sociedades
offshore y demás paraísos fiscales ha progresado un poco (pero
sólo con respecto a las redes que financian el terrorismo, tranquilícense:
¡no hay que temer ningún efecto colateral por ese lado!). Más
allá, nada…Nada sobre la necesidad de promover un modo de desarrollo
sostenido o de corregir los escandalosos desequilibrios norte-sur. Nada sobre
la capacidad de tener en cuenta la mutación “informacional” para promover
una economía plural. Nada sobre la determinación de reglas y
de instituciones que encarnen una gobernanza democrática mundial. Nada
sobre el imperioso diálogo de culturas y civilizaciones.
¡No a la guerra de civilizaciones
!
Sin embargo, no se responderá al terrorismo mediante el auge de un
integrismo occidental basado en una potencia financiera y militar cuya inutilidad
hemos observado. La humillación y la miseria han sido desde siempre
los terrenos privilegiados del fanatismo. El terrorismo que hoy debe combatirse
es un condensado de odio y de sentido cerrado. El dinero y la fuerza son impotentes
en el terreno emocional. Sólo los valores con un sentido abierto y
la solidaridad pueden ser capaces de afrontar esta formidable energía
negra.
No son sólo los ciudadanos de los Estados Unidos, sino los de todo
el mundo los que están amenazados por la desfiguración de los
valores religiosos. Los orígenes del odio integrista que se encuentran
en la desesperación y la miseria son, lamentablemente, innumerables
y pueden tener otros pretextos. Las naciones y los pueblos de este planeta
deben atacar a esas profundas causas de la violencia y la inseguridad mundial.
Pero la seguridad no puede existir en un mundo donde, según las cifras
oficiales de las Naciones Unidas, la fortuna acumulada por menos de 300 personas
físicas es igual al ingreso de 2.500 millones de seres humanos. Un
mundo donde la libertad de circulación de los capitales se acompaña
de políticas represivas para la circulación de las personas
no es un mundo seguro. Un mundo donde la economía financiera supone
estar basada en la confianza, pero donde cada uno debe aprender a desafiar
al otro en nombre de una lógica competitiva exacerbada, no es un mundo
seguro.
En los años 50, un pequeño núcleo de intelectuales,
en torno a Cornelius Castoriadis, Claude Lefort y Edgar Morin promovió
un grupo y una revista “Socialismo o barbarie”. Esa misma alternativa hoy
es aplicable, sin lugar a dudas, a la democracia. Por un lado, la mutación
“informacional” ha vuelto más necesario y más a mano su
desarrollo:
- Haciendo de la inteligencia humana el primero de nuestros recursos.
- Haciendo posible una globalización sin precedentes.
- Acompañándose de una complejidad creciente que sólo
puede encontrar una respuesta satisfactoria en la multiplicidad de fuentes
de control, es decir, una mayor participación en la toma de decisiones.
Por otro lado, todo indica que estas promesas no fueron cumplidas:
- El capitalismo informacional sojuzga cada vez más las personas
a las finanzas.
- La globalización actual da lugar a un mundo unificado pero sin
reglas.
- El poder político está cada vez más en manos de “profesionales”
quienes, al mismo tiempo, confiesan su impotencia frente a la mayoría
de los fenómenos mundiales.
Ciertamente, la existencia de espacios de democracia constituye un criterio
fundamental. Por lo tanto, no se puede hacer un paralelismo, como lo hacen
algunos, entre el terrorismo y la voluntad hegemónica americana, ya
que sólo la segunda autoriza, en su seno o lateralmente, la contestación
radical.
Para asegurar su legítima defensa, la democracia debe seleccionar
entre los valores auténticos que merecen ser defendidos y la fascinación
por el dinero y por la fuerza. Obsesionados por el economicismo, nuestras
sociedades han olvidado que los seres humanos y la conservación del
entorno son, antes que cualquier otra cosa, el fundamento y condición
de cualquier otra actividad, incluida la económica. Así, la
verdadera fuerza de los Estados Unidos se ha expresado en la cadena de solidaridad
espontánea de miles de personas en todo el mundo, donando sangre para
las víctimas. Este acto de generosidad fue infinitamente más
útil para volver a dar confianza en el futuro que el anuncio de créditos
militares espectaculares o la reapertura de Wall Street.
El peor enemigo: el odio a sí mismo
La humanidad tiene hoy una cita consigo misma porque adquirió la
capacidad de autodestruirse, física y moralmente y porque sabe de
la fragilidad de su planeta y su biosfera. Hoy debe comprender que es para
sí misma, a la vez, su peor enemigo y su mejor oportunidad. Los formidables
adelantos técnicos y científicos que debemos a su inteligencia
deben ser puestos al servicio de una calidad de humanidad renovada. Se trata
de oponer a la fascinación de la muerte, de la violencia y de la intolerancia,
o a la obsesión materialista y a sus propias violencias, una democracia
mundial basada en un ethos mundial. Esa es la conclusión a la que han
llegado los quince intelectuales y políticos, reunidos desde hace un
año por invitación del presidente de la República de
Eslovenia y cuyo último encuentro a finales de octubre es tema de
este número.
Aún hace falta, para conjurar las amenazas que pesan sobre ella,
que la humanidad sobrepase este “odio a sí misma” que la conduce
a veces, contrariamente a las especies animales, a abandonar el simple instinto
de supervivencia. Cada uno presiente que ese odio de la especie humana hacia
sí misma no es del todo extraño a ese “odio a sí mismo”
que todos padecemos, como personas, y del que tanto cuesta desprenderse.
Es por esta razón por la que a partir del próximo número,
que significará el paso de Transversales Science/Culture a una revista
de publicación trimestral, otorgaremos un lugar importante al tema
de la articulación entre transformación personal y cambio colectivo.
En la hora en que los llamamientos marciales a la lucha del bien contra
el mal se dejan oír desde ambas orillas del Atlántico, es precisamente
cuando la humanidad debe atacar su barbarie interior, a menos de preparar
su propia desaparición.