Dotar al mundo de
reglas de gobernanza
Michel Rocard
Michel Rocard, entrevistado por
Philippe Merlant el 13/9/2001, publicado en TSC nº 71, noviembre / diciembre
2001, y en Iniciativa Socialista primavera 2002
Transversales S/C: ¿Cuáles son sus reacciones, 48 horas después
de los atentados que han enlutado Nueva York?
Michel Rocard: En primer lugar y como todo el mundo, una reacción
de horror, desde luego. En segundo lugar, el crimen organizado a esta escala
tiene algo de tremendamente inquietante. Pero me siento obligado a recordar
que desde hace mucho tiempo vengo abogando porque se emprenda, al más
alto nivel, una reflexión prospectiva sobre la violencia. Y he tenido
a menudo la sensación, en numerosos foros, de no ser escuchado.
Hay que preguntarse también sobre este economicismo que marca hoy
tan profundamente las mentalidades de nuestra sociedad universal. Desde que
todas las dictaduras revolucionarias han mostrado que no eran otra cosa que…
dictaduras, la propia idea de revolución se desvanece. De repente,
las élites del tercer mundo piensan que la única cosa que importa
es conseguir el desarrollo económico. El único debate que parece
subsistir opone a los que piensan que el mercado puede ser la medida de todo
y a los que recuerdan que el desarrollo no es homogéneo a través
del mundo. Pero unos y otros comparten una misma referencia al crecimiento,
medido por el producto interior bruto. Y la idea de que los paradigmas que
rigen la organización del mundo no pueden ser solamente económicos
no se abre paso.
El mundo se ha convertido en una sociedad unificada, pero que no reconoce
prácticamente ninguna regla. Esta constatación es todavía
más verdadera en el dominio económico. Hay que tener presente
que la proporción del PNB por habitante entre países desarrollados
y países subdesarrollados ha pasado de 30 a 60 en el espacio de unas
pocas décadas. Hay ahí una humillación terrible. Por
lo demás, lo que ha pasado en Nueva York es más fruto de la
humillación que de la miseria.
TSC: Frente a estos envites ¿cuál debería ser la respuesta
del mundo occidental?
MR.: Todo va a depender de la manera que Estados Unidos y el mundo desarrollado
traten el asunto para intentar modificar los paradigmas. No importa solamente
el tipo de respuesta a los atentados, sino sobre todo el tipo de respuesta
a la situación planteada por los atentados. En los próximos
seis meses va a jugarse una buena parte del porvenir del planeta para medio
siglo. Frente a desafío semejante, paradójicamente la prioridad
más urgente es tomarse tiempo para pensar. Ciertamente, muchos gobiernos
occidentales financian think tanks, pero estos esfuerzos se hacen principalmente
a nivel nacional: no existen prácticamente lugares de pensamiento dedicados
a los grandes envites internacionales.
TSC: ¿De ahí la idea de reunir a políticos e intelectuales
de varios países, como se hizo del uno al tres de octubre últimos
en Eslovenia?
MR: Efectivamente. Aunque esta iniciativa dispone de medios modestos frente
a la amplitud de los problemas planteados, son raras las ocasiones, como ésta
de Eslovenia, en las que los participantes se consideran a sí mismos
como ciudadanos del mundo antes que como ciudadanos de su propio país.
Además, yo creo que uno de los dramas de la acción política
es el inmenso foso que separa el pensamiento experto del pensamiento decisional.
Es algo que he vivido personalmente, por ejemplo en el momento de la Guerra
del Golfo, cuando yo era el primer ministro.
Me alegro de que estos encuentros, organizados por invitación del
presidente de la República eslovena, Milan Kucan, hayan permitido elevar
el nivel de reflexión sobre los grandes problemas a los que se enfrenta
hoy la humanidad, y de que hayan sentado las bases de un proceso que va asociando
a un número ya grande de responsables.
TSC.- ¿Hace usted un diagnóstico alarmante sobre el actual
estado del mundo?
MR.- Tenemos que reflejar el profundo desfase que se manifiesta entre:
- por un lado, la gravedad sin precedentes de los problemas que afronta
la humanidad hoy en día, y que convierten en problemática su
supervivencia dentro de algunas generaciones (la destrucción en curso
del nicho ecológico, el ascenso de una violencia civil que escapa
a todo control, escasez creciente de agua potable, crisis del productivismo
agrícola, amenazas potenciales desconocidas para nuestra alimentación
o para la propia especie humana resultantes de las manipulaciones genéticas,
emergencia volcánica de una mutación informacional que trastorna
todas las formas de organización, reducción de todas las relaciones
humanas a lo contante y sonante que puede procurar beneficio...);
- por otro lado, la ausencia casi completa de todos estos asuntos en los
debates políticos en curso y la ausencia, aún más evidente,
de toda palanca institucional satisfactoria que permita provocar los debates
o tomar decisiones sobre ellos. El poder global, el de las Naciones Unidas,
está paralizado por el veto en el Consejo de Seguridad y por la dispersión
en la Asamblea General. A la escala pertinente, que es la del mundo, las únicas
instituciones parciales que disponen de un poco de poder -Fondo Monetario
Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio- lo
utilizan sobre todo para mantener el modelo productivo en crisis, y no para
contribuir a su evolución.
TSC.- Un diagnóstico como éste estimula el deseo de que se
ponga en marcha una “gobernanza mundial”. ¿Cómo le parece que
sería posible avanzar en esta dirección?
MR.- El sueño de ver al mundo capaz de darse reglas de gobernanza
aceptadas y sancionadas me parece fuera de nuestro alcance, por lo menos a
corto plazo. Pero me parece posible una acción continua en dos direcciones
simultáneas.
La primera es la adopción de tratados que permitan poner en marcha
sistemas de supervisión dotados de dispositivos de sanción.
Este es el caso en todos los dominios en los que la consciencia de la opinión
pública mundial parece suficiente para permitir concluir con éxito
negociaciones que tiendan a establecer convenios operativos. Esto es lo que
está en juego en las negociaciones sobre la atmósfera después
de la conferencia de Kyoto; en el de los trabajos de Riccardo Petrella y muchos
otros que intentan conseguir un “contrato mundial del agua”. Esa es también
la cuestión en juego en las negociaciones que preparó, el pasado
julio, la Asamblea general de las NU para debatir un proyecto de “convención
mundial sobre armas ligeras”; o incluso el de la creación de un derecho
de injerencia en materia de derechos humanos a partir de la puesta en marcha
del Tribunal Penal Internacional.
La otra dirección consiste en poner la experiencia disponible al
servicio del aumento de la toma de conciencia de lo que está en juego
en estas cuestiones. Hay que hacer evolucionar la cultura de la opinión
mundial para ayudar a salir de la simplificación y de la inmediatez
donde las confinan los medios de comunicación en sus prácticas
actuales. Esto implica reencontrar el sentido de duración (para comprender
los riesgos ecológicos hay que pensar en plazos de medio siglo o más),
el de complejidad (los dramas ecológicos o epidemiológicos y
los conflictos son producto de sistemas complejos en los que interaccionan
múltiples elementos), el de globalidad (ni la contaminación
ni las epidemias conocen fronteras) y el de lo progresivo (una buena gobernanza
no está hecha sólo de buenas reglas, exige seguramente también
buenas prácticas y buenos hábitos).
TSC.- Esta idea de gobernanza mundial ¿le parece que va ganando puntos?
MR.- La clave de toda mejora en la gobernanza mundial, simple y evidente,
debe ser recordada sin cesar: consiste en la constatación de que toda
sociedad debe someterse a reglas, so pena de tener que someterse a la ley
del más fuerte. Por lo tanto lo que hay que construir es una doble
legitimidad: la de la regla de derecho como principio de organización
y la de un sistema de instituciones que tenga el poder de emitir estas reglas
o normas.
La mayor parte de los Estados contemporáneos, grandes o pequeños,
aceptan más o menos estos principios, aunque discutan con dureza el
detalle de las reglas que se proponen y rehusen a veces su adopción
si juzgan que su aplicación les será desfavorable. Pero hay
un gran país cuya cultura colectiva no se acomoda a estos principios.
Para Estados Unidos el concepto de reglas internacionales corresponde únicamente
al de conveniencias al servicio de los intereses americanos, no es algo que
esté en su cultura. Firman frecuentemente tratados que no ratifican
(Versalles, Kyoto, el acuerdo de 1997 con la federación de Rusia sobre
la herencia de la ex-URSS en materia de diplomacia nuclear...), se conceden
a sí mismos un derecho permanente a tomar decisiones unilaterales en
materia de reglas comerciales y buscan, incluso en este momento, desligarse
del tratado de 1972 sobre los sistemas de defensa antimisiles.
La cuestón más importante de la gobernanza mundial es hoy
ésta: ¿el inmenso poder de Estados Unidos permanecerá
al servicio exclusivo de sus intereses o se pondrá al servicio de
la promoción de reglas mundiales que, consecuentemente, se aplicarían
a ellos mismos también? Hay fuerzas importantes actuando ya en este
sentido, incluso en los propios Estados Unidos. Asegurar su triunfo mediante
la solidaridad de todas las fuerzas mundiales preocupadas por un Estado de
derecho en el mundo, es sin duda el objetivo político más importante
de esta época.