Os cuento una historia que me ocurrió justo hoy. Entro en la cocina
de unos compañeros cooperantes checos y allí me encuentro
a su cocinera. La saludo rápidamente y me pongo a hablar de cosas
de trabajo con los compañeros, quienes intentan seducirme para un
shashlik de cordero (lo más parecido a una parrillada) una tarde
de estas. Ya casi estoy saliendo, cuando me doy cuenta que a la cocinera,
a cuya fiesta de cumpleaños asistí el año pasado, no
la había visto desde hacía seis meses y que ella acababa de
salir de un tratamiento hospitalario. Y yo -bestia bruta- voy y la saludo
con un hola cotidiano, como si la hubiera visto ayer. Obviamente, me disculpé
y solté toda la letanía de cortesía preguntando por
la salud de su familia y suya. Y es que, con toda sinceridad, en ese momento
no tenía la sensación de que me había ido, de que había
vuelto a Madrid en Mayo y regresado al Cáucaso en Septiembre. Así
es el tiempo subjetivo, sin ninguna obligación de corresponder a la
realidad. Como si siempre hubiese estado aquí.
Eso es a modo de introducción. Aquí estoy de nuevo, inesperadamente,
en Ingushetia y Chechenia, aquel pequeño rincón del Cáucaso.
En la misma casa, rodeada casi de la misma gente, hasta el perrito (compañero)
volvió a custodiar nuestra mansión de extranjeros tras mi vuelta,
debo ser de las pocas personas que le tratan bien en esta región de
sovietizados musulmanes de montaña.
El funcionamiento de la oficina se está profesionalizando (aunque
conserva hermosos elementos de improvisación), lo que conlleva un cierto
distanciamiento con nuestros colaboradores locales, quienes recuerdan con
nostalgia aquellos meses iniciales, allá por principios del año
2000, cuando todos dormían en una habitación y compartían
el mismo destino. Y sigue habiendo guardias chechenos de seguridad que duermen
mal en Ingushetia porque no oyen disparos por la noche. Y gente que añora
la primera guerra, cuando había un nosotros y un ellos, hoy disuelto
en una repugnante mezcla de barro y sangre. Nadie sabe quién es quién,
de qué bando, de qué color, qué son capaces de hacer
y qué no, nadie es nadie, todo depende.
Hace meses que sigue la campaña mediática llena de fantasía
y color de que en Chechenia todo ha terminado, que la paz reina a diario
excepto en los momentos que los terroristas, sobra decir que chechenos, vuelan
por los aires algún punto de control militar, algún autobús
o matan a otros chechenos. La vida florece en ese pequeño país,
incluso según el censo ruso realizado hace un par de semanas la población
chechena ha superado el millón de habitantes dentro de Chechenia.
Teniendo en cuenta que tras la primera guerra no eran más que 800.000
y que unos cien mil han emigrado al extranjero o a otras regiones de Rusia,
por no hablar de otras cien mil personas desplazadas en la vecina Ingushetia,
la guerra, desde el punto de vista estrictamente demográfico, beneficia
al pueblo checheno, que crece, se reproduce y florece bajo las bombas y
disparos. Mueren unos cuantos de vez en cuando, pero ésos no cuentan.
La farsa se explica fácilmente: 1/ cuanto más chechenos en
la república, más dinero se puede pedir al gobierno federal
para la región, o sea, para los bolsillos de los funcionarios y mafiosos
de la región; 2/ si la población ha crecido como nunca, ¿quién
se atreve a hablar de víctimas civiles del conflicto?; 3/ si la población
crece y la vida brota por doquier, está más que claro, que
la situación en Chechenia está tranquila y favorable al desarrollo
social y demográfico.
La otra cara de la moneda son los políticos chechenos pro-rusos
y rusos diciendo que los desplazados internos han de volver a Chechenia,
porque es el paraíso terrestre. Que queda muy mal (pero que muy mal)
que un ciudadano de la Federación Rusa lleve casi tres años
viviendo hacinado en una miserable tienda de campaña. Que todos los
males vienen de vivir en esos campamentos insalubres. En dos palabras, ¿por
qué malvivir en un campamento deprimente en otra región, lejos
de tu tierra natal, cuando tu hermosa patria te espera con los brazos abiertos?
Las fuerzas de seguridad apoyan las sabias palabras de los políticos
amenazando a la gente en los campamentos, interrumpiendo el suministro de
gas, agua y electricidad. Todo eso para ayudar a volver a esos chechenos
insensatos a Chechenia. No se sabe bien a dónde, dónde van
a vivir y qué comer, pero ya no estarán en tiendas de campaña
en territorio ajeno, ya no habrá desplazados ni nada de eso, aparentemente
ya no habrá conflicto, nada que los periodistas extranjeros puedan
mostrar como vergüenza de la Gran Rusia. Todos los chechenos felices
en su casa (poco importa que no tenga tejado), ¡qué más
se puede querer!
Pero, queridos niños, todo eso no es más que un cuento. Os
envío una foto de Grozny, mis colaboradoras y yo, junto con nuestro
"hombre de seguridad" sentadas en la terraza de una cafetería en la
capital chechena. Comiendo helado, bebiendo zumo y viendo a la gente pasar.
Aparentemente todo normal, incluso el helado más rico de lo habitual.
Uno se acostumbra ya a los trajes de camuflaje, que tal vez reflejen una
postura ecologista, y a los coches que gracias a los permanentes puntos de
control militares forman incomprensibles atascos. Como si todo fuera normal
en esa ciudad.
Mientras tanto, siguen las arbitrariedades de los soldados en los puntos
de control, en los controles-saqueos de casas y poblados (las famosas "operaciones
de limpieza"), la gente sigue desapareciendo, apareciendo torturada o muerta.
Todo por dinero, claro: hay que pagar para que no te detengan, hay que pagar
para que te suelten, hay que pagar para que entreguen tu cadáver
a tu familia. Economía de mercado. Hay que pagar por vivir, nada
es gratis. Y uno se defiende como puede, con dinero o volviéndose
un ser muy miserable de apariencia y existencia, volviéndose alcohólico
o drogadicto, para que ya no forme parte de esa extraña categoría
animal "hombre" y no pueda ser visto como un enemigo potencial del imperio.
Y tras la apariencia de terrazas por la calle, casas en reconstrucción
y chechenas superarregladas ceñidas en sus faldas con tacones de aguja,
todo sigue igual yendo a peor.
Todo grupúsculo humano se convierte en una mafia sangrienta: los
soldados federales, la nueva policía chechena, las crecientes bandas
de drogadictos, los niños de la calle que esnifan pegamento y esos
extraños grupos pseudomusulmanes, etiquetados a veces como wahhabitas
y autodenominados "dzhamaat", cuyos líderes oscilan entre la droga
y el delirio y escasamente superan los veinticinco años. La noche es
el tiempo de caza, la gente se acuesta como si fuera la última noche.
Y en esa región, tan fabulosa y tranquila vista desde Moscú,
seguimos trabajando. Somos los de afuera y los que viven durante las horas
de luz, así que somos nosotros los que más podemos disfrutar
del teatro de la creciente recuperación y bienestar de Chechenia. Gracias,
camaradas.
Yo sigo como antes, trabajando con niños hasta los 14 años
con niños y jóvenes. Los centros de rehabilitación psicosocial
siguen desarrollándose como antes. Ahora estamos tomando vuelo en
prevención de VIH/SIDA, drogas y tabaco. Con cuidado, ya que estos
temas son culturalmente tabú, con el respaldo del clero musulmán
y los organismos estatales. Estamos preparando una campaña (megacampaña,
ya que en Chechenia nunca se hizo ninguna) para el día internacional
contra el SIDA. Y preparando proyectos de educación para la tolerancia
de los jóvenes. Todo por ahora muy fresco, animado, con muchas técnicas
informales y nuevas ideas. Ya veremos lo que saldrá.
Obviamente, la vida de los extranjeros difiere mucho de los locales, aunque
yo ya estoy a caballo entre las dos categorías (me estaré
metamorfoseando), gracias a mis amigos chechenos e ingushes (entiéndase
también amigas, ya conozco la tendencia a malinterpretar...), que
me corrompen y sumergen en su vida en todas sus expresiones. Y eso con todas
las limitaciones que tengo como extranjera, aunque ya he desarrollado un
eficiente sistema de corruptela de guardias, de negocio de contrafavores
por viajes y actividades fuera de lo planeado y de lo permitido, y todo
abanico de relaciones pseudomafiosas que me dan un poco más de libertad
y cercanía de las que una se pueda jactar. (Sean tan amables de no
difundir esta confesión ante las agencias de la ONU, ante las cuales,
obviamente, somos todos ángeles.) Como siempre, hay mucho trabajo,
porque todo depende de la inventiva de uno, poco tiempo y muchas buenas
intenciones. Espero que se lea entre líneas que estoy aquí
muy contenta, habiendo ya renunciado a analizar racionalmente por qué
en una región tan alejada y distinta de la mía (de las mías)
me siento tan bien. Por hoy eso es todo, llueve.