Iniciativa Socialista (portada) IRAK Y LA GUERRA AL TERRORISMO
Al Gore, ex Vicepresidente de EE.UU.
23 de septiembre de 2002
traducción: Itziar Martínez Pantoja Marcotegui

Como todos los estadounidenses, me he estado preguntando qué tiene que hacer nuestro país para defenderse del odio intenso, concentrado y activo que dio lugar al 11 de septiembre, un odio que, debemos suponer, estará acumulando fuerzas para otro ataque. Hablo hoy haciendo un esfuerzo para recomendar un curso específico de acción para nuestro país, un camino que creo preferible al recomendado por el Presidente Bush. Específicamente, estoy profundamente preocupado porque la política que seguimos en este momento en lo que concierne a Irak puede perjudicar seriamente nuestra capacidad de ganar la guerra contra el terrorismo y debilitar nuestra capacidad de liderar al mundo en este nuevo siglo.

Lo primero es lo primero: guerra al terrorismo

Para empezar, creo que ante todo deberíamos concentrar nuestros esfuerzos contra los que nos atacaron el 11 de septiembre y que siguen impunes. La gran mayoría de los que patrocinaron, planearon y ejecutaron el asesinato a sangre fría de más de 3.000 estadounidenses todavía no han sido localizados ni detenidos, ni mucho menos castigados y neutralizados. No creo que debamos permitirnos distraernos de esta urgente tarea simplemente porque sea más difícil y larga de lo esperado. Las grandes naciones perseveran y después prevalecen. No saltan de una tarea inacabada a otra

Somos perfectamente capaces de continuar el curso de nuestra guerra contra Osama Bin Laden y su red terrorista, mientras simultáneamente damos los pasos necesarios para construir una coalición internacional que nos una para derrotar a Sadam Husein de una manera oportuna.

No creo que podamos permitir que nada nos distraiga de nuestro objetivos de vengar a los 3.000 estadounidenses que fueron asesinados y de desmantelar la red responsable de ello. El hecho de que no sepamos donde están no debería hacer que nos centremos en algún otro enemigo cuya posición sea más fácil de identificar.

Sin embargo, el Presidente Bush nos dice que la exigencia más urgente del momento, ahora mismo, no es redoblar nuestros esfuerzos contra Al Qaeda, ni estabilizar Afganistán tras expulsar al gobierno anfitrión de Al Qaeda, sino modificar nuestro enfoque y concentrarnos en el lanzamiento inmediato de una nueva guerra contra Sadam Husein. Y proclama un nuevo y único derecho estadounidense de ataque preventivo a cualquiera que él considere una amenaza potencial futura.

Además, en este álgido momento político Bush exige que el Congreso declare rápidamente que él tiene la autoridad necesaria para actuar inmediatamente contra Irak y, en realidad, contra cualquier otra nación en la región, independientemente de los acontecimientos subsecuentes o de las circunstancias. Las prisas por asumir con tan repentina urgencia que ésta sería la nueva prioridad número uno de EE.UU., desplazando la guerra contra Osama Bin Laden, fue explicada por el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca [Andrew Card] en su ahora bien conocida declaración "desde un punto de vista publicitario, no se lanza una nueva línea de productos hasta después del día del trabajo".

Sin embargo, Irak plantea realmente una seria amenaza a la estabilidad de Golfo Pérsico y deberíamos organizar una coalición internacional para impedir su acceso a las armas de destrucción masiva. Se ha probado que es imposible detener completamente la búsqueda iraquí de armas de destrucción masiva y deberíamos asumir que esto continuará mientras Saddam esté en el poder. Además, ninguna ley internacional puede impedir que los Estados Unidos emprendan acciones para proteger sus intereses vitales, cuando es evidentemente claro que hay que elegir entre la ley y la supervivencia. Creo, sin embargo, que tal opción no se presenta en el caso de Irak. La verdad es que si decidiésemos intervenir, esta acción puede ser justificada dentro del marco de la ley internacional mejor que fuera de ella. De hecho, aunque una nueva resolución de Naciones Unidas pueda ser provechosa para conseguir el consenso general internacional, las resoluciones de 1991 son suficientes desde un punto de vista legal.

También tenemos que tomar en cuenta la relación entre nuestro objetivo nacional de cambio de régimen en Irak y nuestro objetivo de victoria en la guerra contra el terror. En el caso de Irak, el éxito sería más difícil si los EE.UU. están solos, pero sería posible. Por el contrario, la guerra contra el terror requiere evidentemente una cooperación internacional amplia y continua. Nuestra capacidad para asegurar este tipo de cooperación puede verse severamente dañada por una acción unilateral contra Irak. Si la Administración tiene motivos para opinar de otra manera, debería compartir dichos motivos con el Congreso, puesto que pedir al Congreso que apruebe esta acción bien podría perjudicar una tarea más urgente: continuar atajando y destruyendo la red internacional del terror.

Yo fui uno de los pocos Demócratas en el Senado estadounidense que apoyó la resolución de guerra en 1991. Y me sentí traicionado por la precipitada salida del campo de batalla de la primera administración Bush, incluso cuando Saddam reinició su persecución de los kurdos del Norte y los chiítas de Sur, grupos a los que que habíamos animado a rebelarse contra Saddam. Se debe resaltar, sin embargo, que las condiciones en 1991, cuando aquella resolución se debatió en el Congreso, eran muy diferentes a las condiciones de este año cuando el Congreso se dispone a debatir una nueva resolución. Entonces, Sadam había enviado sus ejércitos a través de una frontera internacional para invadir Kuwait y anexionarse su territorio. Este año, 11 años más tarde, no hay tal invasión; en cambio estamos preparados para cruzar una frontera internacional para cambiar el gobierno de Irak. Por muy justificada que pueda estar nuestra propuesta de acción, este cambio tiene consecuencias para la opinión mundial y puede afectar a la guerra contra el terrorismo si procedemos unilateralmente.

En segundo lugar, en 1991, el primer presidente Bush construyó paciente y hábilmente una amplia coalición internacional. Su tarea era más fácil que la que enfrenta su hijo, en parte debido a la invasión de Kuwait por Sadam. Sin embargo, todas las naciones árabes, excepto Jordania, apoyaron nuestros esfuerzos militares y algunas de ellas suministraron tropas. Nuestros aliados en Europa y Asia apoyaron la coalición sin excepción. Este año, por el contrario, muchos de nuestros aliados en Europa y Asia se oponen a lo que el presidente Bush hace y los pocos que nos apoyan condicionan su apoyo a la existencia de una nueva resolución de las Naciones Unidas.

Tercero, en 1991 existía una resolución de Naciones Unidas antes de de que comenzara el debate en el Congreso; este año aunque tengamos una autoridad residual basada en las resoluciones que se remontan a la primera guerra en Irak, hemos comenzado a buscar una nueva resolución de Naciones Unidas pero estamos aún lejos de conseguirla.

Cuarto, la coalición formada en 1991 pagó todos los gastos significativos de la guerra, mientras que esta vez se pedirá a los contribuyentes estadounidenses que carguen sobre sus propios hombros los cientos de millones de dólares en gastos.

En quinto lugar, el presidente George H. W. Bush esperó deliberadamente al final de las elecciones de renovación parcial del Congreso en 1990 para pedir el voto al comienzo del nuevo Congreso en enero de 1991. El presidente George W. Bush, por el contrario, pide el voto en este Congreso inmediatamente antes de la elección. Más que hacer esfuerzos para disipar la preocupación interior y exterior sobre el papel de la prudencia en el desarrollo de su programa, el Presidente se burla públicamente de las consecuencias políticas para los demócratas de un voto "No" – incluso el Comité Nacional Republicano envía publicidad basada en el mismo tema - de acuerdo con la estrategia política claramente descrita en el inapropiado disco de ordenador de un ayudante de la Casa Blanca, que aconsejó a los republicanos que su principal plan de juego para el éxito en la elección que tendría lugar al cabo de unas semanas era "centrarse en la guerra". El vicepresidente Cheney, mientras tanto, describía indignado como "reprochables" las sugerencias de motivación política. La semana siguiente llevó su discurso de estrategia de guerra al espectáculo de Rush Limbaugh.

Este proceso de deliberación en el Congreso priva al país del tiempo necesario para realizar un análisis minucioso de lo que se puede ocultar tras todo esto. Tal consideración es aún más importante debido al fracaso de la Administración para presentar una evaluación de cómo piensa que irá el curso de la guerra, aunque haya dado vía libre a personas tanto de dentro como cercanas a la Administración para sugerir que será una fácil conquista. Tampoco ha dicho mucho la Administración para aclarar su idea sobre qué seguirá al cambio de régimen o sobre el grado de compromiso que Estados Unidos está preparado para aceptar en Irak en los meses y años posteriores a que tenga lugar un cambio de régimen.

Desplazando el foco, centrado inicialmente en la guera contra el terrorismo tras el 11 de septiembre, hacia la guerra contra Irak, el presidente evidentemente ha desperdiciado la simpatía, la buena voluntad y la solidaridad hacia Estados Unidos y las ha transformado en una sensación de duda profunda e incluso en hostilidad. En sólo un año, el presidente de algún modo ha malgastado el vuelco internacional de simpatía, de buena voluntad y de solidaridad que siguió los ataques del 11 de septiembre y lo ha convertido en cólera y aprensión dirigida mucho más hacia los Estados Unidos que a la red terrorista, al igual que logramos malgastar en un año los mayores excedentes presupuestarios de la historia y convertirlos en déficits fiscales masivos. Ha agravado esto afirmando una nueva doctrina de prevención.

La doctrina de prevención se basa en la idea de que en esta era en la que proliferan los conflictos de baja intensidad y en el contexto de una sofisticada amenaza terrorista, los Estados Unidos no pueden esperar a tener pruebas de una amenaza mortal totalmente establecida, sino que se debe actuar cuanto antes.

El problema de la prevención es que en primer lugar no es necesaria para dar a los Estados Unidos motivos para actuar en defensa propia contra el terrorismo en general o Irak en particular Pero esto es una cuestión relativamente menor comparada con las consecuencias a más largo plazo que se pueden prever con esta doctrina. Para empezar, la doctrina se presenta en términos ampliables, lo que significa que aunque Irak sea el primer punto de aplicación, no es necesariamente el último. De hecho, la lógica misma del concepto sugiere una cadena de compromisos militares contra una sucesión de estados soberanos: Siria, Libia, Corea del Norte, Irán, etc., en cualquier parte donde exista una combinación de interés por armas de destrucción masiva con un papel de anfitrión o participante en operaciones terroristas. Esto también significa que si el Congreso aprueba la resolución sobre Irak recién propuesta por la Administración, simultáneamente creará el precedente para llevar a cabo acciones preventivas en cualquier parte, en cualquier momento o cuando cualquier futuro presidente lo decida.

La Administración de Bush podría estar comprendiendo que la cohesión nacional e internacional son los puntos estratégicos. Pero ésta es una lección retrasada desde hace mucho tiempo y no aceptada de modo uniforme y coherente por los principales miembros del gabinete. Desde el principio, la Administración ha funcionado de modo calculado para agradar a la parte de su base ocupada por la extrema derecha, a costa de la solidaridad entre los estadounidenses y entre EE.UU. y sus aliados.

En el ámbito interno, la Administración, que ha tardado meses en aceptar la necesidad de crear una institución externa a la Casa Blanca para gestionar la defensa de la patria, ha obligado al Congreso a quitar protecciones sociales a decenas de miles de empleados federales.

Mucho más perjudicial, sin embargo, es el ataque de la Administración a los derechos constitucionales fundamentales. La idea de que un ciudadano estadounidense pueda ser encarcelado sin recurso al proceso judicial ni apelación, y que esto se pueda hacer según el criterio del presidente o de aquellos que actúan en su nombre, es inaceptable.

En cuanto a otros países, el desdén de la Administración hacia las opiniones de otros está bien documentado y no hace falta repasarlo aquí. Es más importante tener en cuenta las consecuencias de una emergente estrategia nacional que no sólo celebra la fortaleza estadounidenses, sino que parece glorificar la noción de predominio. Si lo que Estados Unidos representa para el mundo es el liderazgo en una comunidad de iguales, entonces nuestros amigos son legión; si lo que representamos ante el mundo es el imperio, entonces quienes serán legión son nuestros enemigos.

En esta coyuntura decisiva de nuestra historia es vital que veamos claramente quienes son nuestros enemigos y que tratemos con ellos. También es importante, sin embargo, que en el proceso conservemos no sólo nuestra identidad como individuos, sino nuestra naturaleza como un pueblo consagrado al imperio de la ley.

Los peligros de abandonar Irak

Además, si obtenemos éxito rápidamente en una guerra contra los ejércitos iraquíes, debilitados, agotados y de cuarta categoría, y después abandonamos rápidamente aquel país como el presidente Bush ha abandonado Afganistán tras una rápida derrota de su ejército de quinta categoría, el caos resultante podría plantear fácilmente un peligro mucho mayor para los Estados Unidos que el que en este momento representa Sadam.

Sabemos que ha almacenado suministros secretos de armas biológicas y químicas por todos los rincones de su país. No tenemos ninguna prueba, sin embargo, de que haya compartido ninguna de sus armas con un grupo terrorista. Si Irak llega a parecerse a Afganistán, sin autoridad central, pero con jefes militares locales y regionales con fronteras porosas e infiltraciones de Al Qaeda, entonces estos dispersos suministros de armas de destrucción masivas podrían llegar a manos de grupos terroristas.

Si acabamos la guerra en Irak del mismo modo en que terminamos la guerra en Afganistán, fácilmente podríamos estar peor de lo que estamos hoy. Recientemente, cuando preguntaron al Secretario Rumsfield sobre cuál sería nuestra responsabilidad en la reestabilización de Irak tras una invasión, él dijo, "son los iraquíes quienes deben reunirse y decidir".

Durante uno de los debates de la campaña 2000, cuando preguntaron al entonces gobernador Bush si EE.UU. debería comprometerse en algún tipo de "reconstrucción de una nación" después de una guerra en la que hayamos implicado a nuestras tropas, él respondió con una pura expresión de lo que que es ahora la doctrina de Bush: "Creo que no. Pienso que lo que tenemos que hacer es convencer a la gente que vive en aquellas tierras para que construyan las naciones. Tal vez estoy omitiendo algo aquí. ¿Vamos a tener en EE.UU. una especie de cuerpo de construcción de naciones? De ninguna manera".

Los acontecimientos de los últimos 85 años proporcionan una amplia evidencia de que nuestro enfoque para conseguir la paz tras la guerra es casi tan importante como ganar la propia guerra. La ausencia de una inteligente reconstrucción nacional tras la primera guerra mundial condujo directamente a las condiciones que hicieron a Alemania vulnerable al fascismo y al ascenso de Adolf Hitler e hizo a toda Europa vulnerable a sus perversos designios. Por el contrario, la visión inteligente incorporada al plan de Marshall, a la OTAN y al esfuerzo por la reconstrucciónd e otras naciones después de la segunda Guerra Mundial condujo directamente a las condiciones que favorecieron la prosperidad y la paz durante muchos años desde que esta ciudad dio a luz a las Naciones Unidas.

Hace dos décadas, cuando la Unión Soviética reclamó su derecho a lanzar una guerra preventiva en Afganistán, correctamente animamos y apoyamos el movimiento de resistencia que, una década más tarde, logró derrotar los esfuerzos del ejército soviético. Lamentablemente, cuando los rusos se marcharon, abandonamos a los afganos y la carencia de cualquier programa coherente de reconstrucción de nación condujo directamente a las condiciones que favorecieron las bases terroristas de Al Qaeda y el plan de Osama Bin Laden contra el World Trade Center. Increíblemente, después de derrotar a los talibanes bastante fácilmente, y a pesar de las promesas del presidente Bush de que nunca volveríamos a abandonar a Afganistán, hemos hecho precisamente esto. Y ahora los talibanes y Al Qaeda están volviendo rápidamente para instalarse allí otra vez. Apenas dos años después de que abandonásemos Afganistán por primera vez, Sadam Hussein invadió Kuwait. Después de una campaña militar brillante, los EE.UU. abandonaron antes de tiempo los esfuerzos para destruir el ejército de Saddam y le permitieron permanecer en el poder.

Esta presión por comenzar una nueva guerra tan rápidamente como sea posible tendría una consecuencia potencialmente más seria: el daño que esto puede hacer no solamente a las perspectivas de Estados Unidos de ganar de la guerra contra el terrorismo, sino a las perspectivas de EE.UU. para mantener el liderazgo histórico que comenzamos a proporcionar al mundo hace 57 años, precisamente aquí en esta ciudad sobre la bahía.

Lo que debería hacer el Congreso

Creo, por lo tanto, que la resolución que el presidente ha pedido al Congreso que apruebe es demasiado amplia en la autoridad que concede, y debe ser limitada. El presidente debería tener autorización para tomar medidas para enfrentarse con Sadam Hussein por estar rompiendo éste las condiciones de la tregua y ser por lo tanto una amenaza continuada a la seguridad de la región. A esto hay que añadir que su continua búsqueda de armas de destrucción masiva es una amenaza potencial a los intereses fundamentales de los Estados Unidos. Pero el Congreso también debería exhortar al presidente a esforzarse para obtener una nueva resolución del Consejo de Seguridad para el cumplimiento incondicional e inapelable de Irak dentro de un período definido de tiempo. Si el Consejo no aceptase tal demanda, hay otras opciones que permanecen abiertas, pero en cualquier caso el presidente debería ser exhortado a tomarse el tiempo necesario para lograr el apoyo internacional más amplio posible para su programa de acción. Previendo que el Presidente se encaminará hacia una acción unilateral, el Congreso debería establecer ahora cuál es la opinión de la administración respecto a las secuelas de un ataque estadounidense con el objetivo de un cambio de régimen

Expresamente, el Congreso debería determinar por qué el presidente cree que la acción unilateral no dañará severamente la lucha contra las redes terroristas, y qué medidas se están tomando frente a los posibles efectos de ataques químicos y biológicos contra nuestros aliados, nuestras fuerzas militares e incluso en nuestra propia casa. La resolución también debería requerir compromisos del presidente de que la acción en Irak no distraerá la continuación y mejora del trabajo de reconstrucción de Afganistán, y que los Estados Unidos se comprometerán a seguir el desarrollo de la reconstrucción de Irak.

La resolución del Congreso debería dejar explícitamente claro que la potestad para iniciar estas acciones deriva de las resoluciones existentes del Consejo de Seguridad y de la ley internacional, y que no requieren ninguna nueva doctrina de prevención, que dada su gravedad debe seguir siendo discutida.

Doctrina de prevención

La semana pasada el presidente Bush agregó un nuevo elemento perturbador a este debate proponiendo una nueva y amplia doctrina estratégica que va mucho más allá de cuestiones relacionadas con Irak y afectaría a la relación básica entre los Estados Unidos y el resto de la comunidad mundial. El artículo 51 de la carta de Naciones Unidas reconoce el derecho de cualquier nación a defenderse, incluyendo el derecho en algunas circunstancias a tomar acciones preventivas con el fin de enfrentarse a amenazas inminentes. El presidente Bush ahora afirma que emprenderemos acciones preventivas incluso si la amenaza no es inminente. Si otras naciones defienden el mismo derecho, entonces la ley será rápidamente sustituida por el reinado del miedo. Cualquier nación que perciba circunstancias que eventualmente podrían conducir a una amenaza inminente podría justificar por esta situación el inicio de acciones militares contra otra nación. Una parte tácita de esta nueva doctrina parece ser que reclamamos este derecho para nosotros y sólo para nosotros. Es, en este sentido, parte de una estrategia más amplia de sustituir ideas como la fuerza de disuasión y la contención por lo que algunos miembros de la administración denominan "predominio".

Esto se debe a que el presidente Bush se está presentando ante nosotros con una propuesta que contiene en su seno una de las decisiones más trascendentales en nuestra historia: la decisión de abandonar la que pensábamos que, si queríamos sobrevivir, ra la misión de Estados Unidos en el mundo. Lograr un mundo en el que las naciones se dirigen por una ética común codificada en forma de ley de internacional.

La misión de Estados Unidos en el mundo

Nos hemos enfrentado anteriormente a una situación similar, al finalizar la segunda guerra mundial. En aquel momento, el poder de EE.UU. en comparación con el resto del mundo era aún mayor de lo que es ahora, y la tentación era claramente usar aquel poder para asegurarnos que no habría ningún competidor ni ninguna amenaza a nuestra seguridad durante el futuro previsible. La opción que elegimos, sin embargo, fue constituirnos en cofundadores de lo que ahora consideramos la era de la posguerra, basada en los conceptos de seguridad y defensa colectivas, manifestada ante todo en las Naciones Unidas. A través de los peligrosos años que siguieron, cuando entendimos que la defensa de la libertad requería estar preparados para poner la existencia de la propia nación en la balanza, nunca abandonamos la creencia de que lo que luchábamos por alcanzar no estaba limitado a nuestra propia seguridad física, sino que abarcaba también las esperanzas del género humano aún no alcanzadas. La cuestión que tenemos ante nosotros es si ahora nos enfrontamos a circunstancias tan horribles y tan nuevas que debemos escoger un objetivo contra el otro.

Es razonable concluir que afrontamos un problema que es grave, crónico y que probablemente empeore con el tiempo. ¿Pero es necesaria una doctrina general de la prevención para manejar este problema? En lo que concierne a las armas de destrucción masiva, la respuesta es claramente no. La Administración Clinton lanzó una serie masiva de ataques aéreos contra Irak con el objetivo de limitar su capacidad para conseguir armas de destrucción masiva. No se percibió ninguna necesidad de nueva doctrina o nuevas potestades para hacerlo. El factor restrictivo era el estado de nuestro conocimiento acerca del paradero de algunos objetivos y la preocupación por limitar las consecuencias sobre la población civil, que en algunos casos podría haber sufrido enormemente.

¿Sadam Hussein es una amenaza inminente? Y si lo es, ¿Estados Unidos es libre de actuar sin el permiso internacional? Si representa una amenaza inminente, seríamos libres de actuar conforme a los acuerdos generalmente aceptados del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que reserva a los Estados miembros el derecho de actuar en defensa propia.

Si Sadam Hussein no presenta una amenaza inminente, ¿es justificable que la Administración busque por todos los medios el precipitar una confrontación, encontrar un motivo para la guerra y atacar?

Hay que hacer notar que más retrasos sólo dan ventaja a Saddam Hussein, y que el reloj lleva corriendo una década. Por lo tanto no es necesario volver otra vez al punto de partida. Pero si tenemos cualquier preocupación por el apoyo internacional, sea por su valor político o material, acelerar el proceso será costoso. Incluso los que ahora convienen que Sadam Hussein debe irse, pueden dividirse profundamente sobre la sensatez de que los Estados Unidos se presenten como impacientes por hacer la guerra.

Al mismo tiempo, el concepto de prevención es accesible a otros países. Hay muchos imitadores potenciales: India/Paquistán; China/Taiwán; no olvidemos Israel/Irak o Israel/Irán. Rusia ya ha citado esta doctrina anticipando una posible presión militar en Georgia, alegando que este Estado no ha hecho lo suficiente para bloquear las operaciones de rebeldes chechenos. Lo que hace esta doctrina es destruir el objetivo de un mundo en el que los Estados se consideran sujetos a la ley, en particular en cuanto al empleo de la violencia contra otros Estados. Ese concepto sería desplazado por la noción de que no hay ninguna ley aparte de la discrecionalidad del Presidente de los Estados Unidos.

Creo que podemos defendernos con eficacia en el extranjero y en casa sin olvidar nuestros principios. De verdad, creo que el éxito en nuestra defensa depende precisamente de no abandonar aquello por lo que abogamos.