¿Quién tiene la iniciativa en Euskadi?
José M. Roca
Iniciativa Socialista, 66, otoño
2002
La situación creada en el País Vasco por la prácticamente
simultánea aplicación de los dos procedimientos para ilegalizar
a Batasuna -la vía penal, emprendida por el juez Garzón, y
la vía civil al amparo de Ley de Partidos, emprendida por el Congreso-
ha permitido confirmar algunas impresiones previas, ha desmentido actitudes
que se daban por supuestas y ha supuesto un drástico giro con respecto
a la coyuntura precedente.
Entre las primeras, dos intentos fallidos, un atentado contra la Ertzaintza
en Bilbao y otro contra los juzgados de Tolosa, y uno cumplido en Leiza (un
muerto y varios heridos), han confirmado que la contestación de ETA
ha sido la esperada. Entre las segundas, la respuesta de Batasuna no ha sido
la esperada, ni como partido afectado por la ilegalización ni como
cabeza visible de un movimiento social.
Como parte directamente afectada por una medida cuya legitimidad discute,
sus dirigentes parecen empeñados en dar la razón a Garzón
y en mostrar a Batasuna más como un apéndice de ETA que como
un partido autónomo. La negativa de los diputados abertzales de secundar
la iniciativa del Gobierno vasco de presentar un recurso de inconstitucionalidad
contra la ley que les deja fuera de la legalidad parece indicar que o la medida
les importa bien poco o bien que no quieren utilizar un recurso legal para
defender su permanencia en una legalidad que les ha proporcionado innumerables
ventajas y bastante dinero, con lo cual estarían abandonando su papel
de partido autónomo y siguiendo a ETA, al ir poniendo a prueba las
instituciones hasta lograr su parálisis o su ruptura, y apostando
por defenderse con la resistencia de sus allegados. Pero la movilización
callejera ha sido casi testimonial y el desalojo de sus sedes y tabernas
se ha realizado casi con orden (han resistido menos que los okupas), de modo
que se equivocaban o exageraban, quizá con toda intención,
quienes vaticinaban que la ilegalización provocaría una desmedida
reacción de Batasuna, lo que demuestra que gran parte de la presión
intimidatoria que ejercía sobre la sociedad vasca no provenía
tanto de su propia capacidad cuanto del abandono de responsabilidades del
Gobierno vasco. En todo caso, las iniciativas legales, por rápidas,
enérgicas e inesperadas, han creado gran confusión en las filas
abertzales, que hasta el momento han basado el grueso de su defensa en exigir
a los nacionalistas de EA y del PNV que se resistan a aplicar la ley española,
lo cual muestra las dificultades de Batasuna para movilizar a su gente con
la eficacia necesaria y también el interesado discurso de los nacionalistas
al recomendar paciencia a los no nacionalistas con la excusa de que tomar
medidas contra Batasuna supondría empeorar la situación en la
calle. Pero, muy lejos de eso, en una coyuntura en que ETA no está
en su mejor momento, la táctica de Batasuna reside en acentuar las
contradicciones internas del PNV, ayudada por una EA lanzada a la desesperada
búsqueda de votos abertzales y por el sindicato ELA/STV, que, una vez
más a la vanguardia del soberanismo, está alentando al sector
más intransigente del PNV a romper con la legalidad institucional,
como ya lo hizo -es suyo el dictamen: el Estatuto está agotado- cuando
se trató de justificar el Pacto de Estella.
Las dudas del PNV
Sin embargo esa ruptura con el Estatuto, más fácil de pedir
por quien no gobierna que de hacer, le plantea al PNV no pocas dudas sobre
sus posibilidades y sobre los riesgos que comporta. El Estatuto de Guernica
ha permitido gobernar al PNV durante 20 años de manera ininterrumpida,
asumir importantes competencias, no sin duros forcejeos con los gobiernos
centrales, siempre cicateros, y euskaldunizar de manera notable (y no siempre
amable) la sociedad vasca a través de una porosa red de entidades oficiales
y paraoficiales y de generosas subvenciones, y avanzar, así, en la
formación de la nación nacionalista, lo que le ha proporcionado
una hegemonía casi indiscutida, que ETA ha pretendido vanamente arrebatar.
La gobernación de las instituciones vascas, el empleo permanente del
discurso victimista, la habilidad para ejercer una constante presión
sobre los gobiernos centrales, la utilización de una lealtad siempre
dudosa y condicionada a la obtención de recompensas, una calculada
ambigüedad sobre sus últimos fines y la opacidad de sus relaciones
con ETA han colocado al PNV como una pieza esencial para cualquier solución
que se proponga a los problemas de Euskadi y le han permitido hasta ahora
llevar la iniciativa sin correr demasiados riesgos. En parte, ha podido resistir
el desgaste que supone ejercer el poder durante tanto tiempo porque ha desviado
hacia el Estado central las consecuencias de uno de los factores que más
erosionan a los gobiernos en tiempos de conflicto: el orden público.
En esta materia al Gobierno vasco le ha bastado con aparentar ser neutral
y mirar hacia otro lado cuando los abertzales conculcaban la ley y privaban
de derechos fundamentales a los vascos no nacionalistas. Durante años,
la Ertzaintza, en vez de convertirse en una fuerza pública garante
de los derechos de todos los vascos, se ha conformado con actuar como si
fuera una fuerza de interposición de la ONU, colocándose entre
los defensores de las víctimas y los jaleadores de los verdugos, pero
ahora al Gobierno vasco le toca el lado feo de las competencias de orden
público: aplicar la ley a un aliado para dejarlo al margen de ella
y actuar con dureza contra el movimiento abertzale para acabar con una impunidad
tantos años consentida. Y a eso es a lo que Ibarretxe no parece estar
dispuesto, porque no le gusta ver cómo los vascos (o sea, los nacionalistas)
se rompen la cara entre ellos, cuando ha contemplado impertérrito cómo
vascos verdaderos (abertzales) han roto la cara y algo más a vascos
no verdaderos, o simples ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca
pero no vascos, según una de las brillantes clasificaciones de Arzalluz.
Hasta ahora, una de las piedras angulares del discuso del PNV ha sido afirmar
que la derrota de ETA no era posible ni deseable; que la salida policial
al tema de la violencia estaba condenada al fracaso y que había que
buscar, a través del diálogo, una solución política
para ofrecer a ETA una salida airosa (una “pista de aterrizaje”), pero el
auto de Garzón obligando al Gobierno vasco a colaborar en la derrota
de ETA ha puesto en un brete al PNV y ha agrandado las diferencias entre
quienes no pueden admitir que sea el Gobierno vasco el que se enfrente a
Batasuna, precinte sus locales e impida sus manifestaciones, y otro sector,
minoritario, que no ve con buenos ojos que el PNV pueda colocarse al margen
de la legalidad ignorando las resoluciones judiciales.
La puesta en marcha casi simultánea de la doble vía -penal y
civil para dejar fuera de la ley a Batasuna ha hecho aflorar una vez más
la contradictoria relación que el PNV y EA mantienen con ETA y su
entorno, con los que comparten un proyecto de “construcción nacional”,
pero de quienes les separa el proyecto derivado de los intereses de su base
social (la lucha de clases agazapada tras la lucha nacional).
Los dirigentes del PNV han mostrado su oposición a la Ley de Partidos
desde que comenzó su trámite parlamentario (Arzalluz señaló
pronto que la Ley era una antesala de los estados de excepción y que
se buscaba dejar fuera de la ley a todos los nacionalistas) alegando que
apoyaban la persecución de los delitos pero sin dejar fuera de la
ley a Batasuna, sin embargo, la calificación que ya habían
merecido las actuaciones del juez Garzón (garzonadas, según
Arzalluz) indicaba que persistían las reservas con que habían
recibido las medidas destinadas a combatir a ETA y a su orla de asociaciones.
En este sentido, el repentino interés mostrado por distintos responsables
del Gobierno vasco por la libertad de asociación y de manifestación,
supuestamente amenazadas por el auto del juez, que, según el portavoz
del Ejecutivo vasco, incrimina a la mayoría de la sociedad vasca,
son el complemento retórico del recurso de inconstitucionalidad, de
la querella por prevaricación del Gobierno de Ibarretxe contra Garzón
y de la decisión de la Mesa de la Cámara vasca de no privar
de grupo parlamentario a Batasuna, al considerar nula de pleno derecho la
suspensión cautelar del grupo parlamentario abertzale solicitada en
el auto del juez.
Así las cosas, parece que, tras un presunto conflicto de competencias,
lo que está sobre el tapete es el intento del Gobierno vasco de alterar
unilateralmente las jerarquías del sistema jurídico vigente
al hacer prevalecer la decisión de un parlamento autonómico
(pero con intención soberanista), amparada en una norma particular,
un reglamento, sobre una norma de aplicación general, como es el Código
Penal, en la que ha apoyado Garzón sus diligencias. Con lo cual, aparte
del deseo de entorpecer su aplicación y de crispar la situación,
que siguen formando parte de los habituales quehaceres del PNV, la decisión
de la cámara autonómica tiene pocas posibilidades de prosperar,
pues, como señalaba el catedrático José M. Gómez-Benítez
(El País, 26-IX-2002, p. 16): El Código Penal es legislación
general, cuya aplicación no puede ser obstruida por normas internas,
como son los reglamentos parlamentarios, ya que, si así fuese, los
propios Parlamentos y sus parlamentarios podrían declararse ajenos
a las leyes generales, utilizando, precisamente, su propia legislación
interna. Dicho de forma gráfica, la aplicación del Código
Penal no necesita, digamos, el “pase foral”. En consecuencia, ni el reglamento
del País Vasco ni ningún otro puede regular los supuestos de
suspensión de las asociaciones ilícitas previstos en el Código
Penal. La Mesa del Parlamento del País Vasco no necesita, por tanto,
habilitación expresa alguna de su Reglamento para aplicar una resolución
judicial firme basada en el Código Penal (...) Dentro de la legalidad
vigente, el Parlamento del País Vasco tiene, pues, la obligación
ineludible de suspender el grupo parlamentario vinculado a Batasuna, ya que
ello no menoscaba el ejercicio de las funciones parlamentarias de sus integrantes
dentro del Grupo Mixto.
¿Quién tiene la iniciativa?
En apariencia, las dudas en el PNV y su división entre los partidarios
de volver al Pacto de Ajuria Enea (Anasagasti) y los de avanzar -sin complejos,
según el Consejero de Justicia, Azkárraga (EA)- hacia la independencia
(Arzalluz, Egibar) y la intención de Ibarretxe de reformar el Estatuto
para caminar hacia ese fin, han dejado la iniciativa en manos de los constitucionalistas
del PSOE y del PP, pero sobre todo del PP, que en los últimos años
ha puesto sobre la mesa dos asuntos que hasta ahora estaban fuera de toda
discusión. El primero de ellos es considerar que, dada la diversidad
de la sociedad vasca, dividida, en términos electorales, casi al cincuenta
por ciento entre nacionalistas y no nacionalistas, en el País Vasco
es tan legítimo un gobierno nacionalista como otro que no lo sea.
El segundo asunto puesto en discusión es otro de los tópicos
puestos en circulación por los nacionalistas: que el problema del
terrorismo sólo admite como solución una negociación
política.
En ambas iniciativas y en las medidas en que se han concretado, el PP, acuciado
por la prisa de Aznar, que quiere arreglar el mundo antes de marcharse, ha
mostrado toda la prepotencia, intransigencia y malos modos que sus dirigentes
son capaces de desplegar, llegando incluso a insultar a sus más cercanos
aliados (calificar de cobardes a los catalanes es un dislate), pero ello
no debe hacer olvidar que, a pesar de las reservas que pueden suscitar algunos
artículos de la Ley de Partidos, tales medidas han sido bien recibidas
por un sector del electorado vasco, agobiado por la presión de los
abertzales, y que han supuesto un intento para cambiar una situación
estancada desde hacía mucho tiempo y evidentemente injusta para una
parte no desdeñable de la población vasca.
Lo más lamentable es que, por el momento y quizá durante mucho
tiempo, la iniciativa política permanezca en manos de la derecha, o
mejor dicho, haya pasado de la derecha católica nacionalista euskalduna
a la derecha católica nacionalista españolista y que, después
de más de dos décadas de gobernación nacionalista, las
diversas izquierdas aparezcan más débiles y divididas que nunca
sobre este asunto.
Estando así las cosas, a la hora de cerrar el sumario de la revista,
diversos movimientos del PNV indican que si bien ha perdido, por el momento,
la iniciativa, sus dirigentes no van a permitir que la situación siga
así por mucho tiempo. Algo tendrán que decir en el Alderdi Eguna.