Desde hace unos años venimos asistiendo a un permanente desencuentro
entre las fuerzas políticas democráticas en casi todo lo que
atañe al terrorismo. A partir de 1997, con la crisis del gobierno
plural de Ardanza, el fin del Pacto de Ajuría Enea y el asesinato
de Miguel Ángel Blanco, la política vasca se ha articulado
en dos grandes frentes: el nacionalista y el no nacionalista o constitucionalista.
A partir de ese momento todas las propuestas planteadas han tenido un carácter
unilateral. El principal problema del Acuerdo de Lizarra era que no contaba
con una parte fundamental de la sociedad vasca, se trataba de un pacto de
los nacionalistas más IU. Por su parte el PSOE y el PP difícilmente
pueden plantear con realismo una estrategia contra el terrorismo que no
cuente con la participación y el apoyo del PNV, EA y IU.
El momento culminante de la estrategia de la tensión liderada por
el PP fueron las elecciones vascas de mayo de 2001. El PP y el PSOE fracasaron,
el Lehendakari Ibarretxe, con un discurso electoral moderado y abierto salió
fortalecido sumando votos provenientes de Batasuna que rechazaron el retorno
de ETA a las armas, y de votos moderados temerosos del radicalismo antinacionalista
del PP y el PSOE.
El problema de fondo en estos últimos años ha sido la confusión
entre los dos ejes de conflicto en Euskadi. A la línea divisoria entre
los partidos que rechazan la violencia y aquellos que no la condenan y le
dan apoyo, el PP le ha sobrepuesto la divisoria entre los que plantean una
solución soberanista para Euskadi y los que defienden el mantenimiento
del Estatuto y la Constitución en sus términos actuales. La
confusión entre terrorismo y política es constante y ahí
en buena medida radica el problema. La línea divisoria establecida
por el PP, con el inestimable apoyo del PSOE, no es entre democracia y violencia,
sino entre proyectos políticos que en términos democráticos
son perfectamente legítimos. La perversión de este planteamiento
es que criminaliza el nacionalismo democrático y lo confunde con el
terrorismo, cuando precisamente la solución al terrorismo pasa ineludiblemente
por el acuerdo con el PNV y EA.
El silogismo que plantea el PP es el siguiente: el terrorismo es un problema
político que tiene sus raíces en el nacionalismo con el que
tiene objetivos coincidentes, el Gobierno vasco no combate suficientemente
el terrorismo, en consecuencia para derrotar a los terroristas hay que derrotar
al nacionalismo.
La actuación del PNV también ha tenido un carácter
frentista, marcada por el mismo sesgo unilateral. Desde una perspectiva catalanista
no puede dejarnos de sorprender la poca atención que presta el nacionalismo
vasco a la cohesión social del país como requisito fundamental
de cualquier proyecto de construcción nacional. La política
del PNV, sin duda claramente contraria al terrorismo, ha tenido por objetivo
articular y fortalecer el bloque nacionalista, superando las divisiones en
su seno, con el pacto con Euskal Herritarrok en Lizarra, o atrayendo los votos
de la izquierda abertzale, con permanentes guiños ideológicos.
Sus mensajes y propuestas se han dirigido a una parte de la sociedad vasca,
no al conjunto del país. Ahí reside su fuerza, pues le permite
sumar los votos necesario para mantenerse en el poder, y su debilidad, al
carecer de apoyos fuera del campo nacionalista, restando credibilidad a cualquier
proyecto de fortalecimiento del autogobierno vasco o de reforma superadora
del actual marco institucional.
Cuando el PNV se ha sentido acorralado, ya sea por la instrumentalización
que el PP hizo del movimiento de rechazo al asesinato de Miguel Ángel
Blanco, o en estos momentos por la ley de partidos y la actuación
del juez Garzón, que amenazan con provocar un enfrentamiento entre
nacionalistas partidarios de cumplir la ley y partidarios de desobedecerla,
siempre termina planteando la huida hacía delante con propuestas de
carácter soberanista, como las planteadas en Lizarra o, recientemente,
con la propuesta realizada por Ibarretxe de convertir Euskadi en un Estado
libre asociado. El PNV no se ha caracterizado precisamente por una gran sensibilidad
hacia los miles de personas que viven amenazados en Euskadi por ETA, ni por
el déficit de representatividad política que supone que una
parte del espectro político vasco no pueda expresarse y actuar con
plena libertad.
La Ley de Partidos Políticos es un peldaño más en esta
ya larga escalada de desafíos mutuos y desencuentros. Iniciativa per
Catalunya Verds (ICV) la hemos rechazado por razones jurídicas y políticas,
pues dudamos seriamente de su constitucionalidad. El fundamento de la Ley
de Partidos, por el cual la mayoría del Congreso de los Diputados aprobó
iniciar el proceso de ilegalización de Batasuna, es el silencio y
la no condena de esta formación política de los atentados.
Por muy rechazable que sea moralmente el silencio ante los crímenes
de ETA, no es razón suficiente para ilegalizar a una fuerza política.
Ya existen suficientes instrumentos jurídicos en el Código Penal,
para poner fuera de la Ley cualquier tipo de organización que utilice
medios ilícitos.
No estamos a favor de la impunidad de nadie ante la Ley, tampoco de Batasuna.
La vía judicial para la ilegalización es legítima si
se aplica con rigor y garantías suficientes. La actuación del
juez Garzón carece de estos requisitos. No se puede ser juez, fiscal
y parte al mismo tiempo, y es una contradicción dictar un auto de ilegalización
de una fuerza política sin encausar a sus dirigentes. La ilegalización
ha de tener por objetivo evitar que se continúen realizando actos
delictivos, pero no prohibir derechos individuales fundamentales como el
derecho de manifestación.
La Ley de Partidos y el discurso del PP en materia de terrorismo se inscriben
en un contexto internacional caracterizado por el belicismo antiterrorista
de la Administración norteamericana. Probablemente, sin este clima
internacional el Gobierno no se hubiera atrevido a promover la ilegalización
de un partido que cuenta con el apoyo del 10% de la sociedad vasca.
Además de una chapuza jurídica la Ley de Partidos es un grave
error político y una medida inútil contra el terrorismo. Es
un error porque cristaliza la división entre las fuerzas políticas
democráticas, ninguna medida será eficaz si no cuenta con
un amplio apoyo de los partidos democráticos vascos. Las últimas
elecciones autonómicas Batasuna perdió la mitad de su electorado
precisamente por negarse a condenar la violencia, la ilegalización
encubre su decadencia y pérdida de apoyo social, cohesionándola
internamente y brindándole un inmerecido protagonismo público.
Y se trata de una medida inútil porque desgraciadamente los atentados
van a continuar, con el añadido de que ETA utiliza la ilegalización
como argumento para atraerse las simpatías o la comprensión
de sectores que en los últimos años se habían distanciado
del terrorismo. Batasuna no ha desaparecido, ha pasado a la clandestinidad.
Es ingenuo pensar que dejarán de colgar carteles, convocar manifestaciones
o mantener su estructura organizativa. Las fuerzas de seguridad tienen un
nuevo objetivo, a la compleja tarea de combatir a ETA se le añade el
de perseguir las actuaciones de una nueva red ilegal en la que se ha convertido
Batasuna.
Observamos con desazón cómo la situación política
en Euskadi se crispa aún más, cómo se avanza estación
a estación hacia un choque de dos trenes, sin que nada les detenga,
contaminando el debate político en toda España. Estamos convencidos
que hay sectores sociales, tanto en España como en Euskadi, que no
se sienten identificados con el frentismo, que creen que la sociedad es mucho
más plural y que no es posible otra solución que el diálogo,
la negociación y el pacto.
Las soluciones unilaterales no sirven, como se ha demostrado sobradamente.
Para abrir una nueva etapa que supere el actual enfrentamiento es imprescindible
restablecer la línea divisoria entre los que condenan la violencia
y los que la apoyan. En segundo lugar hay que distinguir el problema de
la violencia, del problema de encaje de Euskadi con el Estado o de la no
identificación de una parte significativa de la sociedad vasca con
el marco constitucional.
La historia ha demostrado con creces que ETA está fuera de la realidad
política, los intentos de negociación siempre han terminado
mal, las negociaciones de Argel y el Pacto de Lizarra fracasaron por el maximalismo
de ETA. Las fuerzas políticas tienen que dejar bien claro que con la
violencia no se consigue nada. ETA no representa al pueblo vasco, es una organización
sin razón de ser y un obstáculo para plantear alternativas
que vayan más allá del marco constitucional. Lo que produce
realmente pánico a ETA es convertirse en un problema estrictamente
de orden público y no en un problema político.
En segundo lugar la existencia de ETA no puede ser obstáculo para
plantear el problema político de fondo que subyace en la situación
de Euskadi, el reconocimiento pleno de los derechos nacionales de Euskadi.
Sin violencia es legítimo y democrático plantear cualquier
proyecto político. El PP y el PSOE no pueden deslegitimar una propuesta
por el hecho de ser soberanista, siempre que se exprese por los cauces democráticamente
establecidos. Ahora bien, el futuro de un pueblo no pueden decidirlo la mitad
más uno de sus ciudadanos, es necesario dialogar, llegar a acuerdos
para conformar una identidad nacional compartida y su relación con
el resto del Estado, a partir del reconocimiento de la plurinacionalidad.
Con la democracia todo es posible, sin la democracia nada.