Homenaje a Víctor
Alba
(1916-2003)
Iniciativa Socialista, primavera 2003.
Víctor Alba:
los frutos de la izquierda (Ir)
Juan Manuel Vera: Dignidad y Heterodoxia (Ir)
Ignacio Iglesias: In memoriam de Víctor Alba (Ir)
Víctor Alba
Los frutos de la izquierda
Se reproducen las páginas finales del libro ¿Dónde
está la izquierda? (Barcelona, Editorial Planeta, 1982)
Si la izquierda debe renovar su pensamiento partiendo de cero, si ha de
descartar a cuantos son de derecha sin saberlo, si ha de democratizar y libertizar
sus propias organizaciones, entonces, ¿para qué queremos la
izquierda? ¿No sería mejor iniciar un movimiento nuevo, que
no hubiera de librarse de todos esos pesos muertos?
La respuesta me parece simple: la izquierda, antes que un movimiento o
una ideología, es una actitud, la inconformista. De ella surgen las
organizaciones para expresarla. De ella derivan las ideologías para
racionalizada. Aunque se quisiera, no podría renunciarse a este pasado.
Una actitud es siempre, quiérase o no, una continuación, aunque
haya que pensada partiendo de cero.
La actitud de izquierda, de inconformismo, ha sido fructífera. Lo
que hace la vida vivible para los no privilegiados, lo que hoy permite esperar
que será mejor en el futuro, se debe a la acción y al pensamiento
de la izquierda en el pasado. La derecha, por definición, no cambia
nada por propia iniciativa. La evolución de la sociedad es algo de
lo que la izquierda no ha estado ausente.
Que no haya destruido sino sólo suavizado la explotación
del hombre por el hombre; que no haya hecho imposible, sino sólo
más difícil, la opresión de pueblos e individuos, no
significa que la izquierda, el inconformismo, haya fracasado. Conviene señalar
los éxitos de la izquierda, desde la enseñanza pública
hasta el servicio militar obligatorio, desde el sufragio universal hasta
el divorcio y la igualdad legal de los sexos, desde la idea de libertad a
la de igualdad, desde los derechos humanos al concepto de pleno empleo, desde
la idea de soberanía popular a la de autodeterminación, desde
la autogestión a la socialización, porque en la balanza de
la historia pesan mucho más que sus fracasos. Conviene destacarlo
precisamente cuando es evidente la necesidad de una renovación desde
los fundamentos, porque sin la confianza que da tener un pasado fructífero,
acaso la renovación no pasara de un revoque de fachada. Con ese pasado
detrás, con los problemas del presente delante, con las posibilidades
que uno y otros abren, ¿qué inconformista puede sentirse vacilante,
tímido o dudar de sí mismo?
Que lo conseguido no haya sido todo lo que se quería significa que
queda mucho por hacer, y, por tanto, que la izquierda es necesaria. Que
haya habido éxitos y fracasos significa que la acción de la
izquierda no se halla escrita en las estrellas o los dogmas, que es resultado
de la voluntad de los hombres y no está predeterminada por la historia.
La vida es, a la vez, más fácil y más difícil
que en el pasado, los problemas, más angustiosos, y los medios de
resolverlos, más complejos. La acción de la izquierda es, pues,
más estimulante. Podemos mirar hacia atrás y decirnos: ¡Cuánto
se ha hecho! Y creando el porvenir podemos exclamar ¡Cuánto
queda por hacer!
Una empresa sin fin
Si queda tanto por hacer, si hay que pensar desechando mitos, fetiches,
clichés e hipotecas ideológicas, si se han de buscar soluciones
a problemas creados por otros (los capitalistas), si se han de crear los anticuerpos
del virus totalitario de que la izquierda es portadora (como cualquier movimiento
político) y del de las tendencias oligárquicas (como en cualquier
organización), si se ha de rechazar a quienes, disfrazados de izquierda,
actúan como derecha, y se han de establecer normas éticas que
fijen límites a lo que se puede hacer y señalen lo que no se
ha de hacer, por beneficioso que parezca, y si nada de esto es cosa de coser
y cantar y todo entraña riesgos, incomodidades y sacrificios, entonces,
¿Por qué emprender este camino? Si ser de izquierdas exige
pasar por todas estas pruebas, ¿quién se sentirá tentado
a ser de izquierdas? ¿Qué puede atraer hacia una izquierda
que ofrece una revisión trabajosa de las ideas cómodas, un
rigor inconfortable en la conducta, un rechazo de procedimientos fáciles
y una exigencia constante de pulcritud en el pensar y el actuar?
La respuesta es sencilla: el placer. El placer de juzgar lo que se acepta
y se rechaza, de estar inconforme con lo que desagrada y de tratar de cambiar
aquello que funciona mal, que humilla, oprime o explota. En fin de cuentas,
el placer de ser uno mismo y no una copia de otros, de actuar por propia
cuenta -junto con muchos otros-, para decidir el propio destino en la medida
en que esto en cada caso y lugar es posible. El placer, en suma, de ser amo
de sí mismo antes de llegar a ser amo de todo junto con todos.
Este placer es tan intenso, tan indispensable cuando se ha gozado, que
asusta a muchos; la penosa preparación para los riesgos que entraña
su goce parece agua de rosas comparada con el dolor de dejar las cosas como
están, de no contribuir, por poco que sea, a que mejoren.
Ser de izquierdas no es pertenecer a un partido, buscar el poder, querer
sustituir la propiedad privada, hacer la revolución o introducir
reformas. Esto son solamente medios. Ser de izquierdas es participar en
una empresa común -de unos pocos a veces, de muchos en ocasiones-,
una empresa que jamás puede considerarse terminada, que debe renovarse
sin cesar. Afirmar que la sociedad debe cambiar no es garantizar que los
oprimidos no se convertirán en opresores, ni que los explotados de
hoy no sean los explotadores de mañana. Pero es apostar a que se logrará
fomentar las condiciones para que se desarrolle una sociedad en la que las
tendencias del hombre a oprimir y explotar no podrán satisfacerse.
Se trata, en fin de cuentas, de que una comunidad entera aprenda a reprobar
ciertas conductas y aprobar otras. Decir que esto es soñar equivale
a ignorar la historia. ¿Quién aceptaría hoy la esclavitud?
Sin embargo, unos siglos atrás, la servidumbre era "normal" y todavía
hace un siglo se libró una guerra civil para acabar con la esclavitud.
Hacia esta izquierda, pertenecer a la cual será un placer, se van
dando pasos. El análisis del fenómeno comunista es un paso
hacia la inmunización contra la tentación dictatorial. La renuncia
gradual al Estado filantrópico y a la economía de mercado
es un paso hacia la propiedad del hombre por sí mismo. La constatación
de que el aumento incesante de la producción no sólo es imposible
sino también inconveniente, es otro. Y otro lo será cuando
la gente en vez de decir: "Confiamos en vosotros para que resolváis
nuestros problemas", exclame: "Confiamos en nosotros para resolver nuestros
problemas." Eso será, más que un paso, un salto.
Con el tiempo, se verá la sociedad no como una entidad superior
a los individuos, que los condiciona, sino como resultado de la voluntad
de los individuos, que la determinan.
Entonces, la izquierda podrá volverse conservadora y dejar el paso
a un nuevo inconformismo de esa sociedad nueva. Y una nueva empresa común
vendrá a continuar la empresa común, siempre incompleta, de
la izquierda de hoy.
Pan y rosas
En 1912, las obreras del vestido de Massachusetts, en huelga, desfilaron
por las calles de Boston llevando pancartas en las que se leía: "Queremos
pan y rosas." A la izquierda le toca ahora no sólo encontrar la manera
de producir y distribuir el pan, que por paradoja ha de reducirse de tamaño,
sino también de cultivar en mayor número las rosas, para que
alcancen a todos.
No hay recetas infalibles para eso, sino ideas que han de someterse a prueba.
Lo que la izquierda haga ha de depender, ante todo, de las aspiraciones
y la voluntad de quienes tienen su vida por delante, y no de quienes, como
yo, ya no tenemos más que experiencia de lo luchado. Es su vida la
que se decide y, por tanto, a ellos corresponde escoger cómo quieren
vivirla. Esta elección estará influida, inevitablemente, por
la situación económica del país, por los errores concretos
que haya cometido el capitalismo local, por la coyuntura internacional, por
lo que se herede, por la visión del futuro que se tenga, y también,
en gran medida, por el análisis que se haga de la realidad.
Nadie inventó ni construyó el capitalismo. Lo que haya de
venir tampoco se inventará ni construirá, sino que ha de fluir
de las contradicciones, abusos y errores del capitalismo y de los aciertos
de la izquierda en evitar que, ante distintas alternativas, las cosas marchen
hacia las menos buenas o las peores y empujadas hacia las mejores.
La izquierda ha de hacer lo que la derecha no sabe, no quiere o no puede
hacer, pero que es necesario para que la vida sea vivible. Ante este empeño,
no estará por demás recordar lo que el viejo Lissagaray escribió
hace más de un siglo: "El que ofreciera al pueblo falsas leyendas
revolucionarias y el que lo divirtiera con canciones, sería tan criminal
como el geógrafo que trazara mapas embusteros para los navegantes."
Se ha lanzado siempre contra la izquierda la acusación de que es utópica,
de que sueña, de que le falta contacto con la realidad. Esto ha sido
cierto cuando ha querido actuar con los métodos de la derecha, pero
no cuando es realmente de izquierdas. Entonces, lo mejor que hay en el hombre
sale a flote.
¿Es que no podemos imaginar una sociedad en la cual no se considere
que el aumento de la producción es la única medida del progreso?
¿Es que tenemos tan poco respeto por el hombre que no creemos verosímil
una sociedad en la cual se estime más importante distribuir equitativamente
el ingreso que aumentar obsesivamente la producción y que se mida
el éxito por el bienestar y no por el consumo? ¿Es que vamos
a creer que todo aquello que hoy no sabemos imaginar es inimaginable, que
lo que no nos molesta no puede molestar a nadie, que lo que nos agrada debe
agradar a todos, que nuestros pequeños vicios y fallas son "naturales",
universales, eternamente insuperables?
Ciertos sistemas sacan a flote lo que de diablo hay en la persona humana,
y otros sacan a flote lo que en ella hay de ángel. Los del segundo
tipo son más eficaces, funcionan mejor y causan menos dolor que los
del primero. No estamos condenados a que siempre lo peor de nosotros determine
nuestras acciones y permita a los salvadores de cualquier color manipularnos.
Jaurès señaló el modo de alcanzar esto cuando dijo:
"No es remontando arbitrariamente el curso de la historia que seremos fieles
a los trabajadores de antaño, sino prolongando su obra. Pues es al
descender hacia el mar que el río se mantiene fiel a sus fuentes".
Juan Manuel Vera
Víctor Alba (1916-2003):
dignidad y heterodoxia
Hay inconformistas que lo son durante unos años. Después,
abandonan toda actividad social, “van a lo suyo” y recuerdan, a veces, las
cosas de cuando eran jóvenes y radicales. Hay, en cambio, inconformistas
que lo son toda la vida. El pasado 10 de marzo murió uno de ellos,
el escritor y antiguo militante del POUM Pere Pagès, más conocido
por el seudónimo de Víctor Alba, un destacado representante
de una generación de luchadores antifascistas y antiestalinistas
que, además de sufrir la persecución y el exilio, padecieron
la calumnia y el olvido. En otro país la muerte de alguien como Víctor
hubiera sido noticia en los telediarios. Aquí, ya sabemos que los
espíritus libres, valientes y heterodoxos no reciben los laureles
que se otorgan, sin embargo, a tantos que han mostrado cobardía frente
al poder durante toda su vida.
Para quienes no conozcan a Víctor Alba lo primero que habría
que hacer es remitirles a su enorme bibliografía, con más
de cincuenta libros publicados y cientos de artículos. Fue pionero
en muchos temas. Escribió el primer libro sobre la España
franquista en 1946 (Insomnie espagnole) y la primera historia de la República,
en 1948. Sobre el POUM y la revolución del 36 escribió importantes
libros que desvelaron la naturaleza de la intervención estalinista
contra los revolucionarios independientes españoles, como El marxismo
en España, El Partido Comunista en España y las biografías
de Nin y Maurín. En 2003 publicó Los colectivizadores, sobre
esa experiencia obrera. Respecto a la lucha antifranquista destacan La oposición
de los supervivientes y su Historia de la resistencia antifranquista. Abordó
la novela en alguna ocasión, siendo finalista del premio Planeta con
El pájaro africano (que refleja la actuación clandestina del
POUM). También fue autor de numerosos ensayos sociológicos
trasversales, abordando, antes que nadie, la historia social del campesinado,
la mujer, la juventud o la vejez.
Víctor Alba empezó a militar muy joven en el POUM. Participó
en la actividad clandestina en los primeros años del franquismo, siendo
detenido en 1942 y encarcelado en la prisión Modelo de Barcelona.
En 1945 marchó al exilio a Francia (donde colaboró con Albert
Camus en Combat), después a Méjico y desde 1957 a Estados Unidos.
Desde 1965 inició una brillante carrera universitaria como profesor
de ciencias políticas y de historia del movimiento obrero, a pesar
de no haber obtenido nunca un título universitario. En toda su trayectoria
fue un opositor incansable al franquismo y denunció permanentemente
los crímenes del estalinismo, al que consideraba ajeno a la izquierda
y enemigo acérrimo de los ideales de igualdad y libertad.
Víctor era un rebelde, un ateo y un gran observador de la realidad.
Vivía pendiente de lo que pasaba en el mundo y nunca le importó
ir contra la corriente. Hombre de izquierda durante toda la vida, defendió
sus ideas socialistas, libertarias y democráticas hasta el último
aliento.
Ignacio Iglesias
In memoriam:
Pere Pagès (Víctor Alba)
La noticia del fallecimiento de Víctor Alba me llegó de esa
manera brutal que suelen adoptar las malas nuevas referentes a familiares
próximos o a los buenos amigos. No hace mucho que desapareció
un viejo amigo y compañero:, Eugenio Granell; ahora es otro compañero
y asimismo viejo amigo: Víctor Alba. Compruebo con pena que me sobran
los dedos de una mano para contar los compañeros que me quedan de
aquellos tiempos de lucha en las filas del POUM.
Conocí a Pagès -yo siempre le llamé por su verdadero
apellido y no por el seudónimo que adoptó y por el que era
conocido- hace ya muchísimos años, allá por enero de
1937, cuando pude llegar a Barcelona, después de no pocas peripecias,
de mi Asturias natal, para ingresar como redactor político de La Batalla,
entonces diario, de cuya redacción ya formaba parte Pagès.
Era muy joven –casi todos éramos jóvenes- pero ya hacía
tiempo que había iniciado sus actividades periodísticas, siendo
aún estudiante en la Universidad de Barcelona, primero en El Día
gráfico y luego en Última Hora, para pasar luego
a La Batalla cuando el órgano principal del POUM vio la luz
como diario a finales de julio de 1936.
Pagès era un periodista de pies a la cabeza, con curiosidad por
y para todo, capaz de forzar todas las puertas y de meter la nariz allí
donde acontecía algo interesante y digno de comentar. Puede decirse
que llevaba el periodismo de investigación en la sangre, por decirlo
así, si bien con los años se fue aplacando a medida que se
convertía en un escritor que se dedicaba más al análisis
sereno de los acontecimientos y hechos históricos. Fue un trabajador
infatigable hasta los últimos días de su existencia y prueba
indiscutible es la cantidad de libros que publicó, amén de
sus artículos en numerosos diarios y revistas. Salvo poesía
-la musa Polimnia no le otorgó sus favores, al igual que me sucedió
a mí, dicho sea de paso- escribió sobre todo lo divino y humano.
Se le deben, además de dos novelas aceptables, una historia del POUM
en cuatro volúmenes, otra del Partido Comunista de España,
otra de la segunda República, varios libros sobre la transición
española, otros respecto a América Latina, etc.
Nos separó el final de la guerra civil: él cayó preso
en Valencia y yo me fui al exilio en Francia. Años más tarde
pasó clandestinamente la frontera pirenaica y llegó a Paris,
donde volvimos a encontrarnos, creo que a comienzos de 1946. Permaneció
en la capital francesa poco más de un año, donde siguió
escribiendo y publicando artículos en periódicos y revistas
parisinos, además de casarse con una chica francesa, la Loute
como él la llamaba, simpática e inteligente que le ayudó
no poco. Se trasladó luego a Méjico, donde podía tener
más amplio campo para sus actividades periodísticas puesto
que allí ya residía una gran parte del exilio republicano en
el que figuraban bastantes compañeros y conocidos suyos. Y así
sucedió, ya que pronto pudo ingresar en la redacción de Excelsior,
el diario mejicano de mayor difusión, publicando al mismo tiempo
varios libros sobre temas latinoamericanos y sobre Cataluña.
En 1957 se marchó, con su esposa y la hija que habían tenido,
a Washington, para ocuparse de las publicaciones de la OEA (Organización
de los Estados Americanos) entre las que figuraba Panoramas, una interesante
revista de cuestiones sociales. Mas años después, en 1965,
se instaló en Kansas, en cuya Universidad inició Víctor
Alba su nueva andadura como profesor de ciencias políticas y de historia
del movimiento obrero, temas que prosiguió explicando dos años
después en la Universidad de Kent, en el Ohio, de cuyo profesorado
formó parte hasta finales de los años ochenta en que se jubiló,
así como su esposa Loute, que daba clases de lengua y literatura
francesas en la misma universidad. Ya jubilados ambos regresaron a España,
instalándose en San Pedro de Ribas y luego en Sitges, en las cercanías
de Barcelona, a donde habían trasladado previamente su inmensa biblioteca
de mas de veinte mil volúmenes y su importante archivo, donados años
mas tarde al Archivo Nacional de Cataluña, al Centro de Estudios
Históricos Contemporáneos de la Universidad de Barcelona,
a la Biblioteca de Cataluña y al Ateneo barcelonés.
Instalado, pues, en tierras catalanas tropezó con los estalinistas
y sus amiguetes, que no perdonaron jamás a los antiguos militantes
del POUM de haberles desenmascarado ante los trabajadores, los cuales susurraban
por todas partes que Víctor Alba era un agente de la CIA (aclaremos
que para ellos siempre fuimos agentes de alguien: durante nuestra guerra
civil lo éramos de Franco, luego de Hitler y finalmente de la CIA
norteamericana). Nuestro amigo escribió a este respecto: “Dicen que
soy pronorteamericano y antiruso, yo, que no soy pro ningún país,
ni siquiera del mío. Rechazo el sistema soviético porque se
ha apropiado y ha corrompido todos los términos que me son caros.
Rechazo el sistema americano porque se pone como modelo. Y no acepto a los
que me dicen que si critico a los comunistas hago el juego a McCarthy, ni
a los que repiten que si critico a McCarthy hago el juego a los comunistas.”
Víctor Alba prosiguió impertérrito escribiendo sus artículos,
publicando sus libros y dando conferencias por todas partes. Era la mejor
respuesta a los difamadores.
Fue igualmente un viajero infatigable, puesto que conoció medio
mundo. Siempre me he preguntado, asombrado, cómo se las arreglaba
para hallar tiempo para sus múltiples actividades. Mantuvimos una
correspondencia continua, sobre todo desde su instalación en Kent,
hasta hace un par de años en que, sin duda fruto de la edad, remplazamos
las cartas por el teléfono. Hablábamos de todo, salvo de las
enfermedades que nos aquejaban. En sus Memorias, tituladas Sísifo
y su tiempo, escribió: “No me da miedo morir, pero me cabrea la idea
de dejar de vivir y de no ver el desenlace de lo que ahora empieza [...]
Me aterra la idea de convertirme en un vegetal envuelto en sábanas”.
No ocurrió así, puesto que hasta un par de días antes
de su muerte contó con todas sus facultades y su vitalismo, no obstante
la enfermedad que le roía el cuerpo. Su recuerdo perdurará
en todos los que fuimos sus amigos.