Los universales, peligros
y respuestas genéricas
Jean Chesneaux
Iniciativa Socialista, número 69, verano 2003
Jean Chesneaux es profesor
emérito de historia en la Universidad parís VII y presidente
de honor de Greenpeace-Francia . Transversales
Science Culture 004, cuarto trimestre 2002.
El debate sobre los “nuevos universales”
sólo tiene sentido si se consideran en su justa medida las amenazas
a las que el género humano, por usar esa bella expresión del
siglo XVIII, se está enfrentando. ¿Cómo definir y promover
una regulación de estos nuevos peligros?
Nos resulta familiar el siniestro cortejo formado por estas amenazas y peligros:
nueva pobreza mundial; inseguridad permanente, tanto social y moral como militar;
retrocesos de la democracia; atentados contra los derechos de las personas,
especialmente las mujeres; incremento de la barbarie interindividual y colectiva;
niños maltratados y pervertidos; degradación del entorno natural;
pandemia del SIDA; migraciones masivas y caóticas; gran delincuencia
internacional. Y la lista se puede prolongar fácilmente... Son males
que definen algunos rasgos esenciales.
Todos afectan al Norte y al Sur, a los grandes países y a los pequeños,
a los desheredados y a los privilegiados. Males que se burlan de las fronteras
y desafían a los aparatos de Estado, cuya “soberanía” se hace
ilusoria. Y, sobre todo, estos “agujeros negros” se ensanchan, se amplifican.
Una amplia mayoría de las sociedades del mundo sigue estando muy lejos
de alcanzar condiciones de vida auténticamente humanas. Ante los desmanes
de la modernidad en su especifidad radical, ante las pretensiones de que los
mercados rijan el planeta, deben reaccionar los pueblos, las sociedades y
los Estados. Todos tenemos la sensación de que es preciso responder
en común para reconquistar un espacio público transfonterizo,
instituir nuevas responsabilidades internacionales, tomar y financiar amplias
iniciativas de solidaridad humana, apoyándose sobre principios que
deben ser reconocidos por todas las sociedades humanas, entre los que podemos
evocar los principales:
- el derecho a una vida material decente, que permita satisfacer las necesidades
cotidianas de alimento, alojamiento y vestimenta;
- el respeto que se debe a las mujeres, su derecho a un pleno desarrollo
social, físico y moral;
- la protección de la infancia contra malos tratos, humillaciones
y manipulaciones, incluyendo a los niños-asesinos y a los niños
prostituidos;
- la seguridad en su sentido más amplio, incluyendo su aspecto militar
(la paz), pero también los aspectos sociales, ambientales (lugares
contaminados), financieros (las tasas de inflación con dos dígitos);
- el respeto de los derechos humanos: libertades políticas y cívicas,
integridad física (torturas), igualdad...
- la protección del medio ambiente como prioridad natural (respirar,
beber...) y cultural.
Una noción que se remonta al
siglo XIV
Para designar estos principios, ha aparecido la idea de reactivar un término
que se usaba en el siglo XIV: los universales [Alain de Libera, La Querelle
des universaux, Le Seuil, 1996]. En esa época, y hasta el siglo XVII,
ese término se refería a los resortes escolásticos de
la lógica, como género, proprium, accidente. Nuestros nuevos
universales rigen la gobernanza de las sociedades humanas, se imponen como
referencias de cultura política que todas las sociedades del mundo
deben poder reapropiarse y considerarlas como suyas sin sentirse incómodas
al hacerlo.
Los nuevos universales, tal y como se los entiende aquí, son, en
su mismo principio, reglas éticas de alcance “genérico”. Sólo
pueden convertirse en una fuerza activa si son tomados en consideración
por el conjunto del género humano. Los espacios institucionales y especialmente
los Estados no pueden ser obviados, pero deben ponerse al servicio de estas
reglas y principios. Se trata de ofrecer las bases de defensa y de respuesta
que permitan a las sociedades afrontar peligros y las crisis que se acumulan
en nuestro horizonte común: gran pobreza mundial y SIDA, degradación
de la “ecosfera”, turbios tráficos, agresiones contra las mujeres,
etc. Para ser más exactos, la universalidad de estos principios, para
no ser simplemente retóricos, requiere el concurso activo de todas
las sociedades del mundo dentro de su diversidad.
La fractura planetaria entre Occidente
y no-Occidente
Pero resulta que fue en Occidente donde apareció la noción
de “derechos humanos”, desde el Bill of Rights de la revolución americana
hasta el caso Dreyfus y la fundación de la Liga de los Derechos Humanos.
Los movimientos feministas, como denuncia de una antigua opresión y
como proyecto innovador de sociedad, nacieron en el siglo XIX en Europa. En
las países anglosajones “desarrollados” se ha afirmado por primera
vez la conciencia ecológica y desde ellos se ha lanzado, por ejemplo,
un movimiento como Greenpeace. Las primeras iniciativas internacionales para
promover una “cultura de paz” tuvieron lugar en Suiza en los años 1850-1860,
apoyadas por Víctor Hugo. Y podríamos seguir ampliando la lista...
Sin embargo, los nuevos universales tienen para el no-Occidente tanto sentido
como para Occidente, como veremos más adelante. El uso del término
“no-Occidente”, que toma como referencia a Occidente en el marco de nuestra
fractura planetaria, no debe ocultar un contenido rico y diverso, que incluye
grandes formaciones históricas originales, como China, África
negra o India; grupos marginalizados pero que se han mantenido firmes, como
bereberes, canacos, amerindio o aborígenes australianos., grupos particularmente
combativos pero introvertidos, localizados por ejemplo en el Cáucaso
o en las regiones mediterráneas, y también culturas exógenas,
trasplantadas al corazón de Occidente, como ocurre en nuestros suburbios
en los que convive un arco iris de culturas.
La contradicción es evidente, profunda, entre la estrechez del espacio
cultural del que proceden nuestros universales (una pequeña parte del
mundo habitado) y la amplitud planetaria de las necesidades. Esta contradicción
domina todo el debate. Puede enunciarse así: en el no-Occidente, o
“lado Sur”, se requiere la aplicación de los nuevos universales de
forma tan imperiosa como en el Norte, pero proceden de la cultura política
occidental, al menos en cuanto a su formulación inicial, corriendo
por ello el riesgo de ser recusados por este no-Occidente, en tanto que último
avatar de la vieja pretensión occidental de regentar el mundo.
¿Cómo salir de este callejón sin salida? ¿Cómo
pueden ser partícipes nuestros universales del conjunto de las culturas
del mundo? No se logrará con un simple llamamiento a que Occidente
respete, tardíamente, al no-Occidente, en el marco de una reconciliación
por el “diálogo de las culturas”. Esa es, por ejemplo, la posición
de Michel Serres, que saluda “la llegada del humanismo universal” [“L’humanisme
universel qui vient”, Le Monde, 2/7/2002] y explica que “la mundialización
de las culturas... la instauración de un tronco común de los
saberes..., favorecería el avance de la paz en el mundo”. Una propuesta
irénica, que elude la polémica y los antagonismos, pero confusionista
y desculpabilizadora, pues supone que el problema está ya resuelto
y exonera inmediatamente a Occidente de sus responsabilidades históricas.
Sin embargo, a Occidente corresponde precisamente asumir iniciativas propias
para eliminar el foso planetario que él mismo ha creado.
En la mesa común sobre la que deben elaborarse en común los
nuevos universales, Occidente se encontrará ante un no-Occidente que
no llega con las manos vacías. Nos propone prácticas sociales
de solidaridad, desde el Magreb; métodos originales de análisis,
desde el pensamiento chino, analizados en diversas obras de François
Jullien, como el sentido de las contradicciones y el acento colocado sobre
un devenir en perpetua renovación; otras visiones del ser y del mundo,
particularmente en el ámbito de las relaciones con la naturaleza y
en el arte de “habitar el tiempo” [se esboza una antropología de las
“culturas del tiempo” en mi libro Habiter le Temps, París, Bayard,
1996]; discursos fundacionales, como los de Confucio, Buda, Mahoma... Michel
Serres tiene razón en que este rico fondo de experiencias colectivas
debería tener pleno lugar en un humanismo universal. Debería...
pero a condición de que sean retiradas dos pesadas cargas preliminares.
Por una parte, Occidente debe renunciar a esa especie de absolutista Dominat
romano, a la renta de situación que, desde Cristóbal Colón,
le autoriza a dominar el mundo y a dictarle qué es lo universal. Por
otra parte, ciertas tendencias del no-Occidente hacia la inmovilización
en un bunker integrista también representan un obstáculo radical.
Deben dejar lugar a un trabajo paralelo para separar las aportaciones positivas
de estas “otras” sociedades, de las que he citado algunos ejemplos, de sus
prácticas de clausura social y moral. Examinemos algo más de
cerca estas dos cuestiones previas antes de preguntarnos de qué manera,
en un movimiento de confianza recíproca, se podrían construir
nuevos universales, dignos de ambos vocablos.
Cuestionar el imperialismo occidental
La reflexión sobre los “nuevos universales” y el esfuerzo para pensar
el porvenir del planeta sobre la base de valores y principios apropiables
por el conjunto de las sociedades del mundo pasan de forma imperativa por
un “trabajo” (en el sentido psicológico del término) de Occidente
sobre sí mismo. Trabajo que debe tener por objeto cinco siglos de imperialismo
occidental desencadenándose sobre el resto del mundo con una buena
conciencia perfecta, así como sobre el “modelo” de desarrollo propuesto
-impuesto en los hechos- a las otras sociedades, un modelo que ha resultado
desastroso, incluso para Occidente, y sobre la idea misma de un “universal”
abstracto e intemporal del que Occidente se ha atribuido desde el siglo XVIII
un cuasi monopolio intelectual, que viene a rematar su dominación económica
y política.
En resumen, las particularidades coyunturales que han hecho aparecer en
Occidente determinados principios fecundos (derechos humanos, movimientos
feministas, conciencia ecológica...) no confieren ninguna prelación
ni ningún título exclusivo para definir lo universal en su
generalidad.
Como ha demostrado Sophie Bessis [L’Occident et les autres, histoire d’une
domination, La Découverte, 2001] sólo ha practicado hacia el
Sur una “conminación mimética”. Nunca se ha resignado a la pluralidad
de las sociedades del mundo, a la “biodiversidad cultural”. Cuando lo ha
intentado, ha sido travistiendo esta pluralidad dinámica, reducida
a conceptos fijos, “culturas”, “civilizaciones” inmovilizadas en el relativismo
de sus “invariantes”, puntos de vista que se remontan al romanticismo alemán
o a Gobineau, antes de ser devueltos al mercado muy recientemente por Huntington,
cuyas ideas (El choque de civilizaciones) han sido objeto de vivos ataques.
Las aportaciones del Sur, muy sustanciales, como se verá más
adelante, han sido minusvaloradas en Occidentes, que no las ha reconocido,
pues los pueblos del Sur pasaban por pueblos dominados, vencidos, afectados
por una especie de decadencia histórica.
Occidente tiene todo por ganar si se compromete en este trabajo sobre sí
mismo. Más aún, en ello se juega su destino. Cuestionar su renta
de situación es la única vía que puede evitar que los
pueblos del Sur se precipiten hacia los “universales de sustitución”,
espejismos nefatos tipo Al Qaeda. Que estos integrismos asesinos hayan usurpado
indebidamente una postura de defensores de los desheredados del Sur no limita
su popularidad entre ellos. Occidente ha podido aprenderlo ya en Bali, Karachi,
Kenia y otros lugares. Pero los pueblos del no-Occidente, si bien tienen derecho
a exigir a Occidente esta “revisión desgarradora”, también tienen
que hacer su parte del camino, renunciando, a favor del interés común,
a encerrarse en sus invariantes, e implicándose en una perspectiva
endógena de reevaluación de sus logros originales, aquellos
que pueden enriquecer nuestros “nuevos universales”.
El peligro de los repliegues identitarios
Lo propio de los “universales de sustitución”, frecuentemente religiosos,
es encerrarse simultáneamente en un inmovilismo intemporal, un rechazo
a todo devenir evolutivo, y en un separatismo basado en la oposición
radical entre dentro y fuera. Replegados sobre sí mismos, no hacen
referencia a la condición humana en tanto que tal, esa condición
humana hacia la que apuntan nuestros universales “genéricos”. Su mensaje
sólo concierne a los “creyentes”, ya fuesen no hace mucho los del catolicismo
integrista a la española, ya sean los extremistas musulmanes o brahamanistas.
Las fuerzas conservadoras de Asia u Oriente Medio denuncian como “intrusión
neoimperialista” las voces occidentales que les acusan. El hecho extraño
es la complacencia con que esos llamamientos al repliegue identitario son
repetidos en Occidente, tanto por los medios neotradicionalistas de la “Nueva
Derecha” como en algunos descarriados ambientes de la extrema izquierda,
lo que representa una segunda, y no menos extraña, colusión.
Hemos visto a una socióloga “liberada” [Annick Hermet, Le Monde diplomatique,
junio 1997] pedir a sus lectores que “abandonen la posición etnocentrista”
y comprendan “el complejo de valores” del que procedía el asesinato
en Estrasburgo de Nazmiye, joven turca asesinada por sus parientes varones
sin más motivo que haber iniciado una relación amorosa libremente
escogida. La Revue de mauss ha propuesto, no hace mucho, análisis que
pedían aceptar la excisión genital de las mujeres como un “derecho
a la diferencia cultural”.
Pero hay voces procedentes de esas sociedades que denuncian los inmovilismos
y los separatismos. Aunque de ocho siglos atrás, el nombre de Averroes
sigue cargado de sentido. Actualmente, movimientos feministas del África
negra condena la excisión. Teólogos musulmanes rechazan la muerte
por lapidación de las mujeres adúlteras, en la Nigeria islamista.
Jóvenes canacos rechazan el rutinario despotismo de los ancianos de
la tribu. El escritor egipcio Sonallah Ibrahim defiende en sus novelas los
derechos de las mujeres, desafiando el muy machista magisterio de la universidad
islámica El-Hazar [Catherine Bedarida, “Sonallah Ibrahim, l’utopie
par les femmes”, Le Monde, 5/11/20002]. Intelectuales de Singapur defienden
a los disidentes encarcelados por su rechazo al tradicionalismo confuciano,
convertido allí en ideología de Estado.
Pero también es en el Sur donde se concentran la mayor parte de los
abusos denunciados en los informes anuales de Amnistía Internacional,
de los que Occidente tampoco queda al margen. La suerte de las mujeres, poco
envidiable en nuestros países, es mucho peor en el no-Occidente, frecuentemente
en nombre de imperativos “culturales”. El Sur está abrumado por la
degradación del entorno natural, la contaminación de los suburbios,
la calidad detestable del agua. Y las guerras “locales”, casi todas situadas
en ese mismo Sur, han causado más víctimas a lo largo de medio
siglo que la muy mortífera Segunda Guerra Mundial. Hechos constatados
que podrían multiplicarse. El no-Occidente tiene tanta necesidad de
estos “nuevos universales” como pueda tenerla Occidente. Tanto para protegerse
de sí mismo como para resistir a las gravosas tendencias del modelo
dominante.
Separar los nuevos universales de
su matriz occidental
¿A quién corresponde, pues, trazar la línea de demarcación
entre los logros positivos de las sociedades del no-Occidente, que pueden
contribuir a la afirmación de nuestros “nuevos universales”, y las
prácticas que atentan gravemente contra los valores comunes del género
humano? Es muy reconfortante que desde el sur se alcen voces contra éstas
últimas. ¿Pero puede quedar indiferente Occidente?
No debemos dar lecciones a los demás, desde la altura de nuestra
dominación multisecular. ¿Pero debemos renunciar a tomar la
palabra? Esto nos lleva a ese trabajo sobre nosotros mismos, como cuestión
previa esencial. Haciendo ese esfuerzo nos ganamos el derecho a criticar
ciertas prácticas que tienen lugar “en casa de otros”, en nombre de
los principios que hemos violado con tanta frecuencia, incluyendo, en primer
lugar, el respeto a otros pueblos.
Una vez planteadas estas dos cuestiones previas, ¿cómo separar
los nuevos universales de su matriz occidental? Solamente sobre la base de
sus logros originales y de sus propias experiencias podrán tener acceso
los otros pueblos del mundo, los pueblos del Sur, a modos de legitimación
interna de estos principios que para ellos “vienen de fuera”. Habría
que asegurar una acogida adecuada a estas experiencias, saberes y prácticas
que durante mucho tiempo no hemos reconocido. De hecho, Occidente comienza
a abrirse a las “artes del vivir” del no-Occidente, dejando de ver en ellas
meros arcaísmos condenados a desaparecer. Se está buscando en
ellas puntos de fijación contra la banalización consumista que
nos invade, palancas que nos ayuden a rehumanizar nuestras propias sociedades.
Bastarán aquí dos ejemplos. Uno es el de las prácticas
medicinales y farmacológicas amerindias, asiáticas o africanas,
que han ganado un lugar entre nosotros; el otro es el de novelas policiacas
muy populares en las que los detectives navajos Joe Leaphorn y Jim Chee [autor:
Tony Hillermann] o el mestizo aborigen “Bony” [autor: John Upfield] son muy
superiores a sus colegas blancos precisamente por tener el alimento de otra
cultura. Estos ejemplos resultan interesantes porque conciernen al intelecto,
a los mecanismos del espíritu humano. Van mucho más allá
de las imitaciones superficiales, recetas de cocina, modas sobre la forma
de vestir o cuentos para niños, aceptados con prudente benevolencia
por algunos occidentales imbuidos de sentimiento de superioridad pero que
admiten un poco de “pimienta” en su ordinaria vida. Llegamos así a
la idea, más ambiciosa, de que ciertos puntos de vista y ciertas prácticas
del no-Occidente pueden venir al encuentro de nuestros universales, nutrirles
y contribuir, aunque se formulen de diversa forma, a un universal auténtico.
Por ejemplo, en cuanto a la defensa del medio ambiente, de los derechos
humanos, del derecho a la paz... En plena apoteosis de la modernidad técnica,
los amerindios, africanos u oceánicos mantienen su convicción
de ser parte de la naturaleza, y por tanto la exigencia de respetar todo lo
posible a las especies vivientes, y más aún el aire, el sol,
las aguas. Estas tradiciones “producen sentido”, en un mundo que agrede nuestro
entorno natural y en el que los fieles de un cartesianismo “dominador y posesor”
de la naturaleza, como el Ministro de Educación Nacional de Francia,
Luc Ferry, están considerados como rezagados. Podemos pensar que esta
cultura de pertenencia a la naturaleza formaba parte de “la parte universal”
que el melanesio Jean-Marie Tijabou deseaba compartir con Occidente: “Si
hoy puedo compartir con un no-canaco de mi país lo que poseo de la
cultura francesa, a él le resulta imposible compartir conmigo la parte
de un universal contenida en mi cultura melanesia, pues seguimos siendo un
pueblo dominado” [La Présence kanak, París 1996]. No es diferente
la perspectiva propuesta por el coreano Kim Dae-jong. Según él,
respeto de la persona e ideal democrático “están simultáneamente
presentes en las dos tradiciones, oriental y occidental”, aunque no siempre
se hayan realizado como sistema social. Kim propone también conciliar
el Contrato social según Locke y el derecho a un “buen gobierno” según
Mencius [entrevista con Philippe Pons, Le Monde, 17/7/1995]. Tales convergencias,
y otras que se han intentado a partir de la cultura musulmana, no son un
ejercicio de estilo. Contribuyen a universalizar efectivamente lo que resulta
estrecha en nuestro universal “ a la occidental”.
Con el mismo espíritu, se puede pensar que en Francia las prácticas
de solidaridad activa entre los inmigrantes magrebíes, pobres y menos
pobres, jóvenes y viejos, ilustran concretamente nuestros derechos
humanos, frecuentemente muy abstractos entre los “franceses de pura cepa”.
De hecho, los “sin techo” que vagabundean en un desarraigo solitario por el
Metro parisino pertenecen casi todos a esta última categoría,
y muy raramente son inmigrantes. La práctica social va por delante,
si la formulación teórica no tiene el rigor querido por nuestras
“élites republicanas”.
Podemos pensar también en el éxito del budismo en Occidente.
Cuenta con cinco millones de fieles en Francia, tanto como un Islam frecuentemente
mucho más expresivo. El budismo es ambiguo en su visión cíclica
y desligada del devenir histórico, pero sus principios de tolerancia,
compasión y, sobre todo, no-violencia, le distancian de nuestras sociedades
implacables y beligerantes.
La altermundialización, respuesta
a los peligros planetarios
Abstracción generosa, el universal salido de la “Ilustración”
no impide que el siglo XVIII sea la edad de oro del neoesclavismo moderno.
Este universal se despliega en el siglo XIX junto a la expansión imperialista
planetaria, en nombre del derecho a dominar a las “razas inferiores”. El siglo
XX ha maltratado a este universal: la vida humana no contaba casi nada en
la matanza de 1914-18; o en Nankin en 1937, o en Auschwitz, en Hiroshima,
en el Vietnam asolado, y más recientemente en torno a los Grandes Lagos
africanos o en la ex-Yugoslavia. Otra gran luz de esperanza universal, prendida
en Rusia en octubre de 1917, desembocó en la barbarie y el escarnio.
¿Podrá nuestro siglo XXI afrontar esta tarea de Sísifo?
Los nuevos universales, cuya problemática he esbozado, no son una
simple puesta al día de principios más antiguos. Son respuestas
a nuevos peligros, como la gran pobreza mundial o la degradación de
la ecosfera. Hay una imperiosa necesidad de que tanto Occidente como el no-Occidente
puedan apropiarse de ellos. Cada sociedad debe vivir en la fecunda tensión
entre su propia identidad, su “ser” historizado y por tanto particular, y
su condición genérica, su pertenencia a un género humano
que afronta peligros comunes.
Ningún país puede reivindicar una ecuación preestablecida
y privilegiada entre su ser singular y nuestros universales. La mundialización
neoliberal está en el corazón de nuestra crisis de sociedad,
una crisis transfonteriza.
Pero los “mercados” pueden ser cualquier cosa menos un auténtico
universal. Lejos de proponernos un arte de “vivir juntos” en la superficie
de la tierra, pretenden alienarnos, casi en el sentido mercantil del término.
Los nuevos universales son espacios en los que anclar nuestro rechazo a que
el mundo sea una mercancía.
Al recusar el despotismo del mercado mundial, ¿es preciso predicar
solamente un repliegue hacia nuestros jardines particulares? En lugar de diabolizar
lo global en sí mismo, como los extremistas que han producido el término
acusador de “globalitario”, ¿no podríamos avanzar hacia lo
que comienza a denominarse la “altermundialización”? Es decir, la
capacidad conjunta de los pueblos y de los países del mundo para afrontar
juntos los nuevos peligros planetarios. Afrontarlos juntos, pero guardándose
mucho de caer en las alquimias de fusión, irracionales y adulteradas
del estilo new age. Nuestros universales, el respeto a las personas, la preservación
del entorno, el derecho a una vida decente, las garantías de paz y
seguridad, están, por el contrario, enraizadas en lo concreto, en
el terreno histórico, en los logros propios de cada sociedad, para
cumplirlos y para superarlos. Trastornando un mundo inmovilizado en el mosaico
de su mapa político, estos universales pueden contribuir a alimentar
la determinación común de las diversas sociedades humanas,
para afrontar juntos lo que nos amenaza. En definitiva, una “salida de la
crisis” que sea hacia adelante, no hacia atrás.