La guerra y la
multitud
Luis M. Sáenz
Iniciativa Socialista, número 69, verano 2003
El 15 de febrero de 2003 tuvo la mayor
movilización de protesta política coordinada a escala mundial
conocida hasta ahora. Su globalización o la nuestra. Aunque el problema
sin resolver es qué quiere decir “nuestra”. No está claro porque
no se trata de una disputa ideológica, sino de un impulso práctico
de autocreación de un movimiento emergente, nuevo, difuso, contradictorio
e incluso con antagonismos en su seno.
Esencialmente, fue una explosión de millones de voluntades individuales,
que sólo esperaban una cita para decir: ¡no a la guerra contra
Irak! No todos los que nos hemos manifestado contra los proyectos belicistas
de Bush aspiramos a las mismas cosas ni queremos mover el mundo en un sentido
más o menos común. De algunos, me siento aún más
alejado que del propio Bush. No obstante, la gran mayoría de quienes
se han manifestado el 15 de febrero expresaban una voluntad de paz, colaboración
y libertad. Frente a lo que parecía el poder sin límites de
un George Bush colocado -de forma bastante irregular, por cierto- a la cabeza
del Estado más potente y mejor armado, se ha alzado una heterogénea
sociedad civil mundial dispuesta a impedir la guerra contra Irak. No lo conseguimos,
pero nos estamos haciendo conscientes de nuestra fuerza, que es la fuerza
de cada una y cada uno, la fuerza de todas y todos.
Las razones de la rebelión
No cabe negar que el 15/2/2003 se manifestaron fundamentalistas religiosos,
“antiamericanos” que se alegraron el 11/9/2001, estalinistas recalcitrantes,
secuaces de Sadam. Claro que sí. Todo gran movimiento social arrastra
en su marcha cierta cantidad de basura. Pero el movimiento en su conjunto
fue una reivindicación de democracia y de paz.
Tal y como Salvo Andò escribia en su artículo “Le preoccupanti
implicazioni della dottrina Bush” (MundOperaio, mayo-junio 2003); “Las manifestaciones contra la intervención
americana en Irak, desplegadas por todo el mundo durante los meses pasados,
no sólo han demostrado la hostilidad de la opinión pública
mundial ante una guerra que muchos han considerado como equivocada, al menos
en lo que se refiere a sus motivaciones oficiales, sino también la
voluntad del ‘pueblo mundial’ de reencontrase idealmente unidos en torno
a los nuevos valores de la humanidad indivisa y de la naturaleza ‘natural’.
Así, este pueblo pretende reapropiarse, en el mundo global, del derecho
de influir sobre las decisiones que afectan a la paz y a la guerra, de ejercitar,
en suma, un fuerte poder de influencia sobre las decisiones políticas
que por sus consecuencias, directas o indirectas, podrían desestabilizar
grandes regiones del planeta, no solamente los territorios que son teatro
de las operaciones bélicas”. En efecto, la multitud clamaba
su oposición a una guerra perfectamente evitable, a la vez que reclamaba
que su voz fuese escuchada ante decisiones de ese calibre, pues no bastaba
con que cada cierto tiempo se contase su voto. Y esa multitud no necesitaba
de grandes argumentos, pues, consciente de la brutalidad que toda guerra
implica, sabía que no es la paz sino la guerra lo que debe ser justificado.
Entre los partidarios del ataque a Irak sólo lo intentaron los más
honestos, aquellos con los que podemos compartir tantas otras cosas pese
a este desacuerdo. Pero personas como André Gluskmann o Adam Michnik,
ajenos a voluntades de dominio e intereses mercantiles, también fueron
incapaces de resultar realmente convincentes, pues las verdades que decían
no avalaban la conclusión bélica.
Ahora bien, a pesar a la contundencia de los sentipensamientos que nos movieron, los
discursos políticos antiguerra imperantes tampoco estuvieron acertados,
polarizados entre una condena genérica de cualquier acción bélica
en la que participe Estados Unidos y una mera reivindicación de la
legalidad internacional, más unas gotas de “autoridad moral” de un
Wojtyla que no vino a España a enfrentarse con el belicismo sino a
trabajar por la confesionalización de la Europa en construcción.
Creo que el movimiento espontáneo fue más sagaz que esos discursos
superpuestos, limitados y de corto alcance, pues sus razones eran más
vitales.
En el editorial del número de Mondoperaio antes citado, Luciano Vasconi
escribe: “Las guerras no son justificables
por votación, menos aún por parte de un organismo internacional
que en su mayor parte (enorme mayoría) no es, de hecho, democrático.
Las guerras se justifican por legítima defensa, en caso de agresiones,
o por razones humanitarias, para poner fin a masacres, para impedir la prosecución
de delitos masivos”. Estoy de acuerdo en el criterio, aunque no la
conclusión de Vasconi, partidario de esta guerra.
No hay legítima defensa, porque ni la tiranía de Sadam había
participado en los últimos años en agresiones externas ni había
bases razonables para considerar que estaba a punto de hacerlo. No se ha encontrado
ningún vínculo entre Sadam y el 11/9/2001, a diferencia de
la evidente alianza entre Bin Laden y los dirigentes talibanes en el
mismo proyecto teocrático ultrareaccionario, violento y esclavizador
de las mujeres.
No había tampoco masacre masiva que impedir, ya que en la fase actual
la brutalidad criminal del régimen de Sadam, indiscutida e indiscutible,
no adoptaba la forma de genocidio o exterminios en masa. Los enterramientos
masivos de opositores que ahora están saliendo a la luz datan de años
atrás, años en los que sí habría estado justificada
una intervención político-humanitaria. Años en los que,
por cierto, Sadam fue armado hasta los dientes por los gobernantes de Estados
Unidos para promover la guerra contra Irán. La guerra puede justificarse
si evita matanzas, pero no para “vengar” matanzas de hace varios años.
Años en los que muy pocos nos manifestamos contra Sadam.
La ocupación neocolonial y
la legalidad internacional
El comportamiento de las fuerzas ocupantes y de la Administración
tras la “finalización” de la guerra da muestras de neocolonialismo
primario, desprecio absoluto a la población iraquí y sus necesidades,
profunda ignorancia del suelo que pisan y marcada ausencia de cualquier proyecto
razonable para la democratización y el autogobierno de Irak. Garantizaron
la seguridad del ministerio del Petróleo pero permitieron el saqueo
de grandes tesoros culturales. Disparan contra manifestaciones, detienen a
jóvenes, casi niños, por cualquier grito de protesta, registran
las casas apuntando a las cabezas de sus habitantes. Cierran sus oídos
antes las crecientes protestas de trabajadores de la sanidad que requieren
medios, ante empleados públicos a quienes nadie paga, ante quienes
piden que funcionen los servicios básicos... Ocupantes dispuestos a
seguir sobre ese terreno al menos diez años, como han declarado destacadas
figuras de la Administración Bush.
Lo ocurrido da la razón a las voces que se opusieron a la guerra,
aunque no, claro está, a todo lo que se dijo contra ella. Bush y Blair,
con Aznar de recogepelotas, ya no pierden el tiempo tratando de justificar
la guerra, para ellos la victoria es argumento. Así que ni siquiera
han puesto mucho empeño en lavar las mentiras con que amañaron
su coartada principal. No sólo no se han encontrado armas de destrucción
masiva, sino que salen a la luz informes de los propios servicios secretos
controlados por el trio de las Azores en los que viene a decirse que tales
armas no existen o, al menos, que nada confirmaba que existiesen.
Lamentablemente, lo que ha venido a demostrarse también es que la
victoria es argumento no sólo para los vencedores, sino también
para los Estados que, por razones muy diversas, se mostraron contrarios a
la guerra. La resolución 1483 del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, de 22/5/2003, es una capitulación en toda regla, un acto de
cobardía y cinismo. Sin ninguna palabra de condena, la resolución
reconoce la autoridad del mando unificado establecido por las potencias ocupantes.
En sus manos se deja, con pequeños matices, el control del petróleo
y el Fondo de Desarrollo para Irak, llegando hasta el descaro de conceder
la solicitada inmunidad para la mercancía petróleo procedente
de Irak hasta que no se encuentre en manos de los compradores, inmunidad que,
de hecho, se está dando también a los crímenes de guerra
que puedan haberse cometido durante la ocupación. Aunque creo que
no puede hablarse con un mínimo rigor y sin demagogia de genocidio,
hay numerosos indicios de crimenes de guerra, siendo el asesinato de José
Couso el más conocido aquí, pero no el único, y creo
que se siguen cometiendo cuando se dispara contra manifestaciones, por citar
un ejemplo. Ni Sadam, genocida, debe ser impune a la justicia internacional,
ni tampoco los crímenes de guerra que puedan haber cometido las fuerzas
ocupantes.
Así que, si bien la guerra tuvo lugar al margen de la legalidad internacional,
sus consecuencias, la ocupación y los actos de guerra que bajo ella
prosiguen gozan de legalidad internacional. Una legalidad otorgada por el
genocida Putin, que no dejó de serlo cuando se oponía a esta
guerra, por los dictadores de China, y, lamentablemente, también por
las democracias de Francia y Alemania. De los Estados, no fiarse.
La legalidad internacional es un valor a defender y a promover, pero no
un valor absoluto. Es una legalidad defectuosa, sesgada, marcada, en primer
lugar, por el hecho mismo de ser “inter-nacional” y no mundialista y transnacional,
sometida a las limitaciones impuestas por el juego entre Estados y gobiernos
nacionales, muchos de ellos dictatoriales, otros gobernados por grupos con
voluntad de dominación, casi todos enfermos de nacionalismos y patriotismos.
Una legalidad que no surge directamente de una voluntad ciudadana, sino mediada
por consensos y mercadeos entre Estados, una legalidad que carece de los medios
para imponerse de forma igual para todos. Por tanto, una legalidad asimétrica
y en cierta medida impotente, salvo cuando quien puede, quiere. Y si “quiere”,
suele ser a su modo, en aras de sus propios intereses.
Ante esa situación, se requiere más legalidad internacional,
no menos. Avanzar desde el inter-nacionalismo a lo transnacional, no replegarse
hacia lo nacional. Promover convenciones internacionales, afianzar el papel
del Tribunal Penal Internacional, dotar a la ONU de medios propios de intervención
rápida ante catástrofes humanitarias, genocidios, hambrunas,
etc. Moverse, pues, en el marco de la legalidad internacional, en la medida
que sea posible. Pero no hacer de ella un fetiche. Las personas, primero.
Valores más importantes pueden pedir una oposición firme a iniciativas
adoptadas por el Consejo de Seguridad y en otras ocasiones exigir actuaciones
fuera de ese marco. Plantearse así las cosas es moverse en un terreno
extremadamente delicado, sometido a interpretaciones interesadas y a justificaciones
burdas. Así es. Pero la acción política es así,
es opción y decisión, no aplicación mecánica de
esquemas que todo resolverían.
La resolución 1483 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
capitula ante la guerra hecha sin su autorización. La ratifica, la
legaliza a posteriori y, además, santifica la ocupación. Y además
es una autorización cobarde, de carroñeros dando vueltas en
torno a la pieza cazada por el tio de Texas y el primo de Londres a la espera
que caiga alguna chuletilla. Pero Irak no es un ánimal abatido, sino
millones de seres humanos con derechos.
Ahora
Ahora, ninguna nostalgia por el régimen de Sadam, claro está.
Si algo ha mejorado en Irak, es precisamente que Sadam y sus secuaces no gobiernan,
aunque algunos de esos secuaces ya han sido recolocados por “la Autoridad”.
La población no estaba dispuesta a luchar y morir por semejante régimen.
Y su derrumbe ha abierto, contradictoriamente, ciertos espacios positivos,
posibilidades nuevas, que no nos hacen aprobar la guerra pero que sería
estúpido negar. Los partidos políticos han abierto sedes y
están comenzando a publicar periódicos. Y los iraquíes
se están movilizando, realizando manifestaciones de protesta, que,
aunque en algunos casos son reprimidas a tiros por los ocupantes, bajo el
régimen de Sadam habrían sido aplastadas con muchísima
mayor brutalidad.
Esa reanimación social es la esperanza para Irak, junto a cambios
políticos en Estados Unidos y el avance del movimiento altermundista
a lo largo del planeta para hacer frente al proyecto de Bush. Pero la primera
esperanza recae sobre los iraquíes mismos, sobre los embrionarios grupos
democráticos y sobre la organización de acciones de protesta
en la calle, combinando las exigencias inmediatas dirigidas a “la Autoridad”,
que no por ser ilegítima está menos obligada a satisfacer las
necesidades básicas y derechos de la población, con la crítica
a la propia ocupación en cuanto tal y la denuncia de toda operación
de expolio de los recursos naturales del país.
La situación, pese a los elementos parciales positivos señalados,
es altamente peligrosa, en Irak y en el mundo. La Administración Bush,
formada por fundamentalistas cristianos y mercaderes de baja estofa, que ni
siquiera representan intereses “del capital” en su conjunto, sino intereses
de banda, carece de todo interés por propiciar en Irak un desarrollo
democrático y acelerar el acceso al autogobierno. Por otra parte, hay
el altísimo riesgo de los espacios vacíos sean ocupados por
los clérigos, abriendo paso al desarrollo a otro fundamentalismo islámico
en la zona, que se sume a los ya existentes. La Administración Bush
no está implicada en un combate contra el fundamentalismo teocrático
y feminicida, sino que, por el contrario, ha renunciado a ese combate para
en beneficio de un proyecto de matón mundial, con guerras “preventivas”
permanentes contra unos o contra otros, con rasgos que ni siquiera son imperialistas,
sino más bien neocoloniales, mirando hacia el siglo XIX pero desde
una ignorancia y una distancia mucho mayor de la que el colonialismo original
mantenía respecto a sus colonias. Ejemplo claro de esta irresponsabilidad
es el escandaloso comportamiento hacia el Afganistán postaliban, olvidado
una vez más por Occidente, que parece no haber comprendido que en
el futuro de ese pobre y destrozado país se podría estar jugando
la principal baza en la batalla contra los Bin Laden del mundo. No hay mayor
tarea en la acción contra las corrientes teocráticas islámistas
que la democratización de Afganistán y la plena recuperación
de los derechos de las mujeres. La erradicación del poder de los talibanes,
la reincorporación de las mujeres a la escuela y al trabajo, la presencia
de dos mujeres en el gobierno afgano son indicadores de una situación
mejor, pero mala, inestable y en grave riesgo mientras fuera de Kabul todo
esté en manos de señores de la guerra y de un talibanismo social
que mantiene a la mayor parte de las mujeres bajo el burka por temor a las
represalias... Olvidar a Afganistán es un crimen.
Volvamos a Irak. La guerra, desgraciadamente, no ha terminado. El movimiento
de resistencia a ella tampoco. Me parece justa y razonable la propuesta del
partido comunista iraquí, que exige la retirada de las fuerzas ocupantes,
la instauración de una autoridad interina bajo mandato de las Naciones
Unidas y su colaboración con la sociedad civil para un diálogo
que pueda conducir a un gobierno provisional iraquí. No debe olvidarse
que democratización implica una combinación de mecanismos de
decisión abiertos a toda la población, por un lado, y garantías
de libertades individuales y derechos humanos básicos, por otro. Los
ocupantes deben irse inmediatamente, pero no para que vuelva Sadam ni para
que ocupen el poder los clérigos y decidan esclavizar a las mujeres
y aplastar “infieles”, aunque sea con elecciones por medio. La comunidad internacional,
en vez de avalar la ocupación, debería comprometerse en un
camino que permita un desarrollo gradual y paralelo de la democratización
y del respeto de los derechos humanos en Irak. Pero en esas cosas no está
muy preocupada la “comunidad de naciones”. El compromiso y la presión
sólo puede partir de la comunidad de individuos que el 15 de febrero
llenaron las calles.
Bush puede estar pensando en otras guerras. Contra Irán, contra Corea
del Norte, contra vaya usted a saber quien... Países los citados con
dictaduras odiosas, que deben ser repudiados. Pero la guerra no es la forma
de democratizar el mundo. Las movilizaciones de protesta que están
teniendo lugar en Irán son mucho más dañinas para el
fundamentalismo que las amenazas de Bush, en cuyas preocupaciones no entra
lo de la democratización.
Hay que mantener la alerta ciudadana. Y aprender de los errores cometidos
en las movilizaciones contra la guerra a Irak. Pues los resultados de las
elecciones del 25 de mayo nos aportan indicios de que quizá hubo comportamientos
escasamente integradores hacia quienes se oponían a la guerra pero
no se identificaban plenamente como “izquierda”, de que quizá en varias
ocasiones el tono alto y la palabra fuerte sustituyó a la cada vez
más necesaria pedagogía política, de que a veces se eligió
la consigna propia frente a la común, de que la izquierda no es inmune
ante la intolerancia. No obstante, ha sido una emocionante y bella experiencia.
Sí, el mundo está en la calle.