Iniciativa Socialista (portada) Todo un mundo en sólo dos imágenes

René Passet

Iniciativa Socialista, número 69, verano 2003
Sacha Goldman entrevista a René Passet. Transversales Science Culture 004, cuarto trimestre 2002. Iniciativa Socialista 69, verano 2003.

Sacha Goldman.- ¿No es cierto que la representación del mundo en el ámbito de lo económico es una de las dimensiones ineludibles para poder comprenderlo?
René Passet.- Para comprender los problemas sociales, el paro, la exclusión social o los temas ligados al medio ambiente, es preciso pasar por la esfera económica. En particular, hay que comprender de qué modo el poder económico se ha desplazado, pasando desde el ámbito de los Estados, es decir, desde la esfera pública y de la nación, a otra esfera, una esfera mundial de intereses financieros privados, de los que se derivan tanto una lógica como unas políticas responsables de los problemas citados. Si no se ve esto, si no se comprende que se vive en un sistema dirigido por una lógica accionarial, no se comprende nada de la economía, pero tampoco de los problemas sociales o de los fenómenos naturales.
Pero también es cierta la afirmación recíproca. Toda representación de la economía reposa, consciente o inconscientemente, sobre una concepción del mundo. En cada época, los instrumentos de exploración de los que disponemos nos dan una cierta visión del universo y la aplicamos a nuestros diferentes campos de investigación. Un ejemplo: cuando creíamos, con Newton, que el universo funcionaba como un mecanismo de relojería, extrajimos de esa idea la teoría del equilibrio general, derivada de la concepción newtoniana, como el propio autor de la citada teoría, Walras, dijo muy claramente. No se trata solamente de algo cultural, como creen los bárbaros que hoy se dedican a erradicar de la economía toda historia del pensamiento. Por el contrario, es muy importante comprender los fundamentos lógicos de cada representación contemporánea de la economía si se quiere determinar su alcance y sus límites.

SG.- Davos y Porto Alegre: ¿dos capítulos de la misma cosa? ¿fenómenos contradictorios o complementarios?
RP.- Nuestro amigo Edgar Morin nos diría que “Todo lo que es complementario es contradictorio y todo lo que es contradictorio es complementario”, a lo que me sumo con mucho gusto. Entiendo Davos como la expresión de un cierto sistema económico, cuya lógica deriva del dominio de los intereses económicos y financieros que antes evocábamos.  Existe una contradicción fundamental entre, por un lado, una economía cuyo único objetivo legítimo fuese transformar la naturaleza para satisfacer las necesidad humanas y, por otro, la pretensión propia del sistema accionarial  que se propone explicar y orientar esta economía partiendo, precisamente, de aquello que de ella está puesto en cuestión: las finalidades de la economía financiera. Davos, de hecho, representa esa pretensión.
La posición de Porto Alegre es a la vez complementaria y contradictoria. Complementaria, porque se trata de una afirmación de la primacía de la finalidad humana despreciada en Davos. En ese sentido, el Foro Social Mundial llena una laguna: pone en evidencia la “variable olvidada”. Era evidente que, un día u otro, la componente humana de la economía, rechazada durante demasiado tiempo, reafirmaría su presencia. No hacía falta ser profeta para prever que ocurriría.
Es también contradictoria con Davos, pues están presentes dos lógicas radicalmente opuestas. Una, construida totalmente sobre la finalidad del dinero y convirtiendo al ser humano en instrumento de esta finalidad, conduce a una sociedad carente de significación. La otra, que coloca a la persona y a las finanzas en sus lugares respectivos como finalidad e instrumento, es la única que puede volver a dar sentido al mundo, re-encantar el mundo, como a veces se dice. A eso contribuye Porto Alegre, y lo hace de la mejor manera, “haciéndolo” y no solamente hablando de ello, ya que se trata de una movilización que pone en pie a hombres y mujeres a los que los señores de la economía desean mantener de rodillas y sometidos pasivamente a la ley del sistema. Pues bien, eso se ha acabado. Gracias a Porto Alegre, los dominadores tendrán que hacer frente a personas puestas en pie. Desde el primer Foro Social Mundial tuve conciencia de que estaba participando en este importante giro de la historia humana.

SG.- Esa es la percepción del mundo simbolizada en cierta forma por esas dos imágenes contradictorias: Davos y Porto Alegre.
RP.- He intentado explicarlo en mi pequeño Elogio del mundialismo. En Porto Alegre, veíamos por televisión las imágenes de Davos. Allí estaban personajillos vestidos totalmente de gris, ocultándose tras las ventanillas opacas de sus coches, escoltados por la policía, circulando por calles atestadas de policías, protegidos por barreras móviles, engullidos tras los muros de una especie de bunker donde deliberaban entre sí. Y esa gente, que se protegía hasta ese punto del mundo al que temían, pretendían encarnar el mundo y hablar en su nombre.
Nosotros estábamos en la calle. Éramos esa multitud multicolor por su piel y por sus ropas, alegre, pacíficamente invasora de las calles. Y me decía a mí mismo: “Somos el mundo, nosotros, llegados de todo el planeta, estamos aquí, llenamos las calles y somos portadores de la voz del mundo. ¿A cuento de qué esas gentes, que se ocultan de la vida y que sólo representan los intereses financieros, tienen la pretensión de hablar en nuestro nombre?”. Aún llevo dentro de mí, muy fuertemente impresas, estas dos imágenes, que tanto contrastan. Imágenes que, en mi opinión, simbolizan bien nuestro problema.

SG.- Jöel de Rosnay estaba en Davos la víspera del primer Porto Alegre. Se encontraba tras el vitrado ventanal de un gran palacio, con Bill Gates y Bill Clinton, y veía a José Bové perseguido por la policía... ¡Qué imagen del capitalismo y de la contestación a él!
RP.- Siento amistad hacia José Bové y admiro su coraje, pero la imagen del contestario golpeado es bastante banal. Para mí es mucho más fuerte y mucho más profundamente significativa la imagen alegre y llena de vida de la multitud pacífica de Porto Alegre, entre la que, por otra parte, se encontraba José Bové. No pretendo minimizar su papel al decir esto, muy por el contrario, ya que su ejemplo ha contribuido mucho a que este acontecimiento pudiese llegar a producirse.
A través de los sucesivos Porto Alegre se ha expresado una y otra vez esta misma multitud, cada vez más numerosa, esta fuerza apacible de la que se desprende una extraordinaria impresión. Es el símbolo de lo que los poderosos deberían entender si no quieren que algún día la violencia se imponga sobre la reivindicación pacífica de los oprimidos. En Porto Alegre los pueblos salen de su pasividad para hacerse escuchar. Hoy se han movilizado millones de personas en todo el mundo para expresar su oposición a la guerra de Bush. En países como Inglaterra o España, que se han asociado a la política de Bush, la opinión pública desautoriza masivamente a sus gobernantes, que corren el riesgo de tener que pagar, mañana, cara su actitud. Acaba de manifestarse una potencia política, pero también se convertirá en una potencia económica: podemos imaginarnos, efectivamente, consignas mundiales de boicot, susceptibles de poner de rodillas a las más grandes transnacionales que hayan cometido actos especialmente condenables.
Una nueva fuerza crece y transforma totalmente las relaciones de poder a escala planetaria.

SG.- José Bové que rompe o la multitud que baila forman parte de la sintaxis de una cierta contestación...
RP.- Ante la pasividad de los poderes públicos, la ruptura de los MacDonald o las acciones dirigidas a arrancar los cultivos de Organismos Genéticamente Modificados expresan una legítima protesta. En Brasil escuché decir a José Bové, respecto a una acción contra plantaciones transgénicas, que “Nos hemos limitado a hacer cumplir la ley”, y era verdad, ya que esos cultivos eran ilegales en Río Grande...
Cuando hablo de violencia, me refiero a la tragedia de Manhattan, así como a tantas violencias de Estado que la prepararon, y a otras que, desgraciadamente, le seguirán. Algunos insinuaron que esa tragedia debería llenarnos de satisfacción, lo que es una infamia. Me siento orgulloso, por el contrario, de haber terminado Elogio del mundialismo, antes de los acontecimientos del 11 de septiembre, con un llamamiento a los gobiernos a que escuchen a la multitud de Porto Alegre, para evitar que se produzcan acontecimientos trágicos. Pues esta multitud no solamente no deseaba lo peor, sino que no tenía otro objetivo que el de anticiparse a ello y evitarlo convenciendo a quienes ejercen el poder de que hay que cambiar de política mientras quede tiempo para ello. Lamentablemente, el llamamiento de los pueblos no fue escuchado. Y no parece que lo sea ahora, pese a Manhattan.
Las violencias que se preparan sólo pueden exacerbar el odio que, de generación en generación, trae nuevas violencias.

SG.- El famoso malentendido entre mundialización y antimundialización es una trampa. En Elogio del mundialismo se trata muy bien este tema. Me gustaría que reflexionaras sobre este asunto terminológico.
RP.- Estamos ante una verdadera estrategia de recuperación. Se puede constatar que cada vez que el pensamiento opuesto al sistema elabora un concepto que le molesta, éste reacciona en dos fases. En la primera, se opone frontalmente, pero después, cuando eso no resulta ya suficiente, recupera el concepto, desnaturalizándolo al principio, invirtiéndolo después. Ese es el caso, por ejemplo, del “desarrollo sostenible”, un concepto que fue creado -y creo estar bien situado para hablar de ello- para provocar la toma de conciencia de que no se podía asegurar la reproducción de las economías a lo largo del tiempo si no se tomaban en cuenta las exigencias de las esferas social y natural implicadas en toda acción humana y, por tanto, en toda acción económica. Los mecanismos reguladores de estas esferas obedecen a sus propias leyes y deben ser considerados, por lo tanto, como restricciones que deben ser respetadas por el juego de la regulación económica.
Ante problemas ambientales que no pueden negar, los defensores del sistema, tras habernos dicho que al preocuparnos de las regulaciones sociales y naturales salimos del campo de la economía y dejamos de ser economistas, se empeñan ahora en recuperar el desarrollo sostenible afirmando que, en último término, la naturaleza, transformada por el trabajo humano, no es más que un capital.  En consecuencia, según ellos, solamente el capital, tanto bajo su forma natural como bajo su forma técnica, es productivo. Lo que pretenden decir es que basta con gestionar el capital, sin salir de la esfera económica, para asegurar la perennidad de los recursos. Cuando el capital natural escasea, basta con compensarlo con un crecimiento del capital técnico, de forma que un capital total constante garantiza un flujo constante de recursos. ¡Con lo que queda demostrado!
Es absurdo. Si el capital natural disminuye es porque el gasto de él supera a los flujos de reconstitución. Si reforzamos el capital técnico para mantener los gastos de capital natural, corremos hacia la catástrofe. Un día, para ilustrar esto, me inventé una historia de conejos y cazadores. Cuando el flujo de conejos disminuye, se multiplica la potencia de fuego de los cazadores para mantener el flujo... ¿y cuando ya no quedan conejos? Entonces todo queda reducido, como en Tartarín de Tarascón, a practicar el tiro al gorro, pero un gorro sobre un plato no alimenta a nadie.
Lo que está ocurriendo respecto a la mundialización expresa exactamente la misma estrategia de recuperación y tergiversación de los conceptos. Precisamente porque somos “mundialistas”, militantes por una aproximación entre los pueblos del mundo, combatimos contra cierta forma de mundialización basada exclusivamente en los intereses de las finanzas y de las transnacionales controladas por aquellas. Una mundialización que aumenta las desigualdades en el mundo en vez de aproximar a los pueblos.
Así que nos denominan “anti”, porque el “anti” es el que se opone, el que no es constructivo y rechaza el progreso. “Anti”, porque tiene una connotación negativa. El “anti” es el que mira hacia atrás y rechaza el progreso técnico. Sin embargo, nuestras posturas nada tienen que ver con esto. Decimos que las tecnologías son siempre ambivalentes: portan, al mismo tiempo, las mayores esperanzas y los mayores peligros, lo que se aplica muy particularmente a las biotecnologías. Eso es precisamente lo que hay que manejar, para que emerjan los lados positivos, no los negativos.
Una de las principales consecuencias de esta posición no es el rechazo general e incondicional de estas tecnologías sino el rechazo a dejar su desarrollo en manos de las decisiones de la economía de mercado. No denunciamos la tecnología, sino una economía que gira en torno a la fructificación de los patrimonios financieros y desnaturaliza las perspectivas de las tecnologías para volverlas contra el ser humano. Así, por ejemplo, la posibilidad de que las máquinas alivien al ser humano del esfuerzo y la fatiga se transforma en paro, miseria y exclusión social... en nombre de la eficacia del aparato productivo.
La pregunta a hacerse es: ¿para qué esa eficacia, si no sirve al bienestar de las personas? Creo que esta postura comienza a ser notada, como indica el hecho de que para designarnos se esté utilizando el término “altermundialistas”. En efecto, lo que queremos es “otra” mundialización.

SG.-Hay una tensión entre la economía que explota al ser humano y la economía hecha para éste. Esta tensión repercutirá en la política y en los retos geopolíticos durante los próximos años...
RP.- Sí, el movimiento nace de la tensión entre esas dos formas económicas. Una cierta tensión en necesaria. Un mundo perfecto sería un mundo atrozmente aburrido, un mundo estático que no iría a ninguna parte. La imperfección es lo que hace que el mundo marche. Pero, recíprocamente, cuando el mundo evoluciona sin que ningún contrapeso serio se oponga al juego de las fuerzas dominantes, es seguro que el sistema llegará hasta el límite de sus contradicciones y se derrumbará, a través de inmensas catástrofes y costes humanos.
Nuestro papel, contestatarios organizados, no es permitir que el sistema perdure moderando sus excesos. Nuestro papel es transformarle desde dentro para contribuir a prever las catástrofes que inevitablemente se producirán si se permite que el sistema vaya hasta las últimas consecuencias de su lógica. Transformarle desde el interior quiere decir cambiar las raíces de los poderes que determinan las políticas del sistema, lo que no tiene nada que ver con el tibio reformismo que se limita a buenas intenciones y no cambia las cosas de forma profunda. Es preciso que el poder deje de ser exclusivamente el poder de los accionistas, para que pase a ser el poder de la colectividad en todos los ámbitos, desde la empresa al planeta pasando por la nación.

SG.- Con la mundialización, ¿no ha surgido la necesidad de poner en marcha una nueva gobernanza?
RP.- No hay nueva gobernanza que valga si no se modifica el poder de raíz, con el espíritu que acabo de indicar. Ayer, el capitalismo era “empresarial”. El empresario poseía el poder y tenía ante él a una clase obrera numerosa, organizada en sindicatos relativamente poderosos. La política de las empresas era un resultado de la confrontación entre estos dos grupos humanos. Como reconocía Ford, los empresarios habían entendido que para vender sus mercancías era necesario distribuir el poder de compra. Por su parte, los sindicatos habían entendido, aunque no lo dijesen, que los empresarios podrían distribuir salarios importantes si invertían, y que para eso tenían que realizar ganancias. Y Keynes lo teorizaba. Aunque las negociaciones fuesen duras, pues no hay que dar una imagen rosa de este periodo, siempre se alcanzaba un entendimiento, porque entre las partes había una cierta convergencia objetiva de intereses: salario y ganancia se alimentaban mutuamente. Esto dio lugar a lo que en Francia se denomina los “Trente glorieuses”, en referencia al periodo 1945-1975.
Actualmente, las cosas son muy diferentes. El poder de la empresa está en manos de las finanzas, del accionariado. Sin embargo, la renta de los accionistas se alimenta solamente de lo que quita a las demás rentas. El discurso oficial se ha convertido en el discurso del “demasiado”... demasiado en cuanto a los otros, claro está: demasiada masa salarial (y ante ella la flexibilidad del salario y el empleo como respuesta), demasiado presupuesto social (ante que se oponen los nuevos discursos sobre pensiones y sobre el sistema de salud), demasiado Estado (el discurso sobre la reducción de los impuestos), demasiada ayuda pública internacional... Algunos fondos de pensiones han llegado a denunciar el exceso de inversiones productivas en detrimento de la distribución de dividendos.
Ese discurso es también el discurso sobre el equilibrio y los criterios de Maastricht, según el cual el déficit presupuestario alimenta la subida de precios y deteriora el valor real del interés nominal... Toda convergencia ha desaparecido, hay una situación de antagonismo desde la propia raíz, y para equilibrar las cosas sólo puede recurrirse a las relaciones de fuerza contractuales. Y esto lleva al paro, la miseria, la exclusión social, la agravación de las desigualdades  a escala mundial...
Para disponer de algunas oportunidades de cambiar esta situación hay que yugular el poder de las finanzas. Por ahí hay que comenzar, todo depende de eso. Mientras no se haya asegurado el control de la política sobre las finanzas que no se venga a hablar de nueva gobernanza: eso sólo da coartadas a los poderes establecidos.

SG.- ¿No es posible imaginar otros caminos respecto a la gobernanza mundial?
RP.- Creo que una de los cosas reprochables a este sistema es que ha destruido toda noción de sentido y toda idea de valor. Desde el momento en que se asigna como finalidad del sistema aquello que, incapaz de dar sentido, debería ser instrumento, se desemboca en una sociedad trastornada. Ha llegado el momento de promover el gran encuentro entre intelectuales y responsables políticos. Creo bueno que, de vez en cuando, unos y otros se reúnan, tomen un poco de distancia para pensar los asuntos del mundo. Haberlo comprendido es el gran mérito del Presidente de Eslovenia, Milan Kucan. Esta iniciativa se enmarca hoy en la perspectiva de la formación del Consejo internacional ético, político y científico, que podría ser algo muy importante en los años venideros.
¿Qué se podría pedir a este Colegio? Es algo muy delicado, ya que, por un lado, hablamos de un universo en el que sería necesario reencontrar el sentido de los valores. Pero los valores son múltiples y se corre el peligro de que algunos quieran imponer su visión del mundo, de forma similar a como lo han hecho sesenta intelectuales estadounidenses después de lo ocurrido en Manhattan el 11 de septiembre de 2001, diciéndonos que Estados Unidos no quiere imponer sus valores al mundo, pero que hay valores universales que han sido adoptados por Estados Unidos. En este ámbito, hay que ser muy modestos, lo que también quiere decir ser muy ambiciosos: resituar lo humano en el corazón de las cosas. ¡Sería una gran revolución!
Entonces, ¿sobré que asuntos podemos intentar hablar, dando primacía a los valores, de manera que puedan tener un alcance mundial? Creo que hay que partir de las cosas en torno a las cuales todo el mundo puede entenderse.
Desde el punto de vista humano, ¿qué puede considerarse fundamental?
Pues precisamente los derechos fundamentales de la persona, lo que afecta al ser, a la sanidad, a la educación, todo lo que afecta a las necesidades fundamentales, al acceso a los bienes básicos, a las riquezas naturales, como el agua potable o el aire, bienes que deberían ser proclamados como bienes comunes de la humanidad, sobre todo cuando se anuncian crisis.
Igualmente, hay que garantizar el respeto a las normas sociales y ambientales por parte de las actividades económicas y financieras. Actualmente nos encontramos en una situación bastante aberrante, en la que la única institución internacional dotada de un poder judicial es el organismo comercial, la Organización Mundial de Comercio (OMC). Ni la OIT ni las grandes convenciones internacionales referentes al medio ambiente están dotadas del instrumento que les permitiría hacer respetar los valores que proclaman. El resultado aberrante de esto es que la ley comercial tiende a sustituir los principios y derechos fundamentales que, según la carta de la Naciones Unidas, deberían primar sobre todos los demás. Una economía sólo puede ser sostenible si respeta estas normas y principios.

SG.- ¿Podemos decir que la tarea más importante es luchar contra la simplificación del análisis?
RP.- Nos confrontamos a la complejidad. La complejidad del mundo en el que vivimos se manifiesta a través de la generalización de las interdependencias. Y es mejor tenerlas en cuenta que comportarse como si no existiesen, pues lo real siempre termina por vengarse y siempre tiene la última palabra.
Tratar a los organismos genéticamente modificados o a las biotecnologías como si se estableciesen relaciones directas entre genes y caracteres puede estar cargado de consecuencias dañinas, pues las interacciones provocan que nunca se sepa lo que se está haciendo cuando se manipula un gen.
Pero lo complejo no es necesariamente equivalente a lo complicado. Ante situaciones complejas, se llega a los procedimientos más simples, o menos complicados, aplicando los instrumentos de la complejidad. Por ejemplo, se pueden resolver problemas no lineales usando las matemáticas lineales, pero al precio de un gran número de iteraciones que lo complican mucho. Es mucho más simple, en este caso, aplicar matemáticas no lineales. La complicación no es, por tanto, complejidad, sino una complejidad inútilmente exagerada precisamente por querer negarla. Un día un colega me dijo que las cosas de la economía eran lo suficientemente complicadas para que no haga falta cargar las tintas con la complejidad. Ya que se había expresado públicamente, no pude impedir hacerle notar, de la misma manera, que había dicho dos tonterías en la misma frase. La primera era haber confundido complejidad y complicación. La segunda, afirmar que al tomar en cuenta la complejidad se incrementaba la complicación, cuando, en realidad, al aplicar los instrumentos de la complejidad a situaciones complejas se llega a los enfoques más simples para esa situación. No dio la impresión de apreciarlo... ni de haberlo entendido.
No estamos ya en la época en la que el universo podía ser entendido como un mecanismo de relojería relativamente fácil de dominar. Ahora, entramos en contacto con potencias a las que no podemos controlar totalmente. Ese es el lado trágico de la situación, ese poder de influir sobre los mecanismos de un mundo del que sabemos tan poco. Sería necesaria tanta sabiduría. ¡Y los (ir)responsables de este planeta nos conducen hacia tanta locura!