Iniciativa Socialista (portada) El Gobierno de Cuba
y su alejamiento del socialismo
Roberto Simeón

Iniciativa Socialista, verano 2003.
Roberto Simeón es Secretario del Comité de Dirección del Partido Social-Revolucionario de Cuba. Texto escrito el 19 de junio de 2003, desde el exilio.


Al desplomarse el 1 de enero de 1959 la dictadura del General Batista e instaurarse el nuevo gobierno, de Fidel Castro, desde el primer momento, se produjo una discrepancia progresiva e irreconciliable entre los factores que compartieron la lucha armada contra el régimen que acababa de desaparecer.
El primer sector donde resultó evidente la confrontación con el régimen que se instauraba fue en el movimiento obrero organizado, donde se comenzó a imponer la política que ha continuado hasta el presente. Aparecieron dirigentes obreros subordinados al gobierno central, designados directamente por el gobierno o “elegidos” por asambleas manipuladas, sin importar que no hubieran tenido la menor experiencia sindical. Esta dirigencia “elegida” no representaba ni representa, pues el estilo ha durado hasta ahora, a los trabajadores, pero sí al Gobierno, cuyas orientaciones ha impuesto a la clase obrera sin otra opción.
Es importante considerar las características del actual Gobierno desde su inicio. Ha existido un paralelismo desestabilizador e incoherente: por una parte, la estructura aparente, con funcionarios visibles, que aspira a pasar por institucional, y otra real, que ejerce su mando sin responder a ninguna norma salvo las que dimanan en ese instante de la cabeza personal del poder, que no se obligaba ni por principios ni por normas legales preestablecidas. Este gobierno real ha ejercido el poder con absoluto desprecio por el derecho como fundamento de la sociedad organizada.
La teoría de la unicidad del estado, la funcionalidad del partido-gobierno y el llamado marxismo-leninismo-martiano recientemente proclamado; cuyo único interprete es Fidel Castro, obstaculiza todo desarrollo doctrinal y el proceso de reencauzamiento revolucionario.
El orden jurídico o estructura legal del poder no corresponde a la realidad. La intervención del Partido, las fuerzas policíacas y los funcionarios que obran en actividades que no les corresponden crean una confusión disfuncional que paraliza la administración, las organizaciones “de masa”, las estructuras laborales básicas y, en general, a todo el país. Con frecuencia una misma persona ejerce funciones partidistas, policíacas, administrativas y de dirección de las organizaciones sectoriales. Las órdenes se reciben a través de personas supuestamente vinculadas directa y verticalmente de “algún jefe superior”, aunque la representatividad de éste sea ajena a la estructura administrativa correspondiente. Cuando algún funcionario no atiende debidamente sus responsabilidades explícitas, situación ésta muy frecuente en todos los niveles, se ofrecen dos explicaciones que paralizan cualquier indagación ulterior: “es orden de arriba”, con respecto a la orden, o “está en la otra cosa”, para justificar al funcionario ajeno a su función.
Si evidentemente el orden jurídico no corresponde a la realidad, tampoco la subordinación de las “instituciones” al “Partido” es real. Éste, en el mejor de los casos, es una entidad inmediatamente obediente a las altas esferas del poder; entiéndase: al jefe de estado y sus íntimos allegados. Ninguna jurisdicción aparece exactamente delimitada. La “Seguridad” o la “Contrainteligencia” parecen estar presentes en todas partes, lo que coarta, de entrada, cualquier iniciativa. Esta sensación de estar siempre ante un aparato, visible o no, que puede indefectiblemente destruir a cualquiera -sea esto una realidad en la situación concreta casual, sea efecto de un miedo endémico internalizado en la población--, incluye dentro del marco coactivo a los miembros del Partido, de la administración y aún de los cuerpos represivos.
La estructura inorgánica del estado, la única real, produce la incapacidad del gobierno para diseñar y acometer programas a mediano y largo plazo, ya en lo económico ya en cualquier otro campo que no sea el militar policiaco. Hay por parte del gobierno un verdadero horror a dar la más mínima participación responsable a estructuras en la base social que no estén totalmente determinadas y teledirigidas por la autoridad superior. Esto se ha manifestado muy especialmente en el empeño por mantener absolutamente sometidos bajo el “partido-gobierno” a los sindicatos obreros, lo que, por supuesto, pone en evidencia la condición no socialista del régimen.
Conociendo los elementos que caracterizan al actual gobierno podemos comprender por qué se producen los problemas concretos de la situación presente que agobian a nuestra sociedad, y, de la misma manera, cómo el gobierno actual, progresivamente se va alejando de los valores que sustanciaron el pensamiento de la Revolución Cubana, y por qué no puede comprender el creciente esfuerzo de los social-revolucionarios para reencauzar el proceso mediante lo que proponemos como la necesaria “socialización” del estado y “desestatización” de la sociedad. Esto quiere decir: hacer que el poder político, en forma progresiva, lo asuman los órganos de las bases sociales: comunidades populares, sindicatos, asociaciones campesinas, universidades y otros que se crearen en la acción participativa del pueblo.
Creo que estamos en condiciones, después de las informaciones generales ofrecidas, de comprender los problemas que sufre el pueblo cubano a consecuencia del progresivo distanciamiento del actual gobierno de los valores sobre los que se sustentara la Revolución Cubana, con los cuales aparecieron públicamente comprometidos los que, en una u otra forma, asumimos el poder al desplomarse el régimen de Batista. Podemos, además, considerar la situación nacional en Cuba y avizorar el proceso de cambio.
Al desplome de la Unión Soviética, durante el llamado “período especial”, progresivamente se han ido implantando las más denigrantes prácticas capitalistas, cosa que afecta a los sectores más amplios e indefensos de nuestra sociedad..
La “dolarización” del comercio ha engendrado tres órbitas económicas no correctamente diferenciadas ni diáfanamente interrelacionadas, y desde ninguna de ellas se puede constituir un sistema capaz de crear condiciones para superar la crisis económica, mucho menos la profunda crisis social. Ambas crecen y se entrelazan amenazadoramente para obstruir irreparablemente la posibilidad de realizar el proyecto original.
Las orbitas económicas existentes (la del dólar, la del peso y la del mercado informal) combinadas producen, primeramente, una incontrolable desarticulación social, con irritantes diferencias económicas, que se muestra como una tensión psicológica y sociológica enfermiza, y una profunda frustración nacional en los más amplios sectores de la población, que ponen en duda los valores de la Revolución y la viabilidad misma del estado nacional.
No se cuenta con ningún cálculo confiable de los costos de producción, ni hay un flujo comercial dentro de unas reglas coherentes, mucho menos una relación entre el valor trabajo y el rendimiento del mismo en la distribución interna. Resultado de esto es el bajísimo índice de productividad, la dispersión y degradación del esfuerzo y el paupérrimo nivel de vida y civilización material determinable por el consumo. La población lo percibe como un desmedido abismo entre “lo que podría tener y se reclama como calidad de vida”, y lo que se obtiene, sin que pueda por su cuenta hacer nada por superarlo.
La distancia entre los estratos sociales (los que poseen y mandan y los que trabajan y obedecen) es cada vez mayor y menos justificable dentro de una sociedad que se proclama socialista. Esto facilita, a todos los niveles, la corrupción, que se alimenta de las contradicciones, y de la cual todos se sirven para su beneficio particular.
Los ejecutivos de las empresas semiprivadas son funcionarios, militares retirados o familiares de estos-, que disfrutan de un nivel comparable con el de los empresarios extranjeros, de lo cual hacen ostentación confraternizando socialmente con los que se han enriquecido en el “comercio informal”, una modalidad ésta del “mercado negro tolerado”, auspiciado o al que se está asociado. En este mercado negro es perseguido, pero cada vez resulta más ampliamente tolerado por muy variadas razones. Las persecuciones casuales se pretenden justificar como casos de incidencia particular: “el ciudadano tal o cual infringió la ley”.
Han aparecido mil formas rudimentarias de la producción artesanal, del comercio y de los servicios, pero el 80% de los insumos -por decir una cifra estimativa- proceden de la depredación de las empresas públicas o del trasiego ilegal tolerado a cambio de comisiones. Esto, a más de degradar a la clase trabajadora y destruir y hacer inoperante el aparato productivo, y hace que el esfuerzo socialmente organizado sea cada vez menos considerable, y crea, por otra parte, un nuevo sector de la sociedad –producto directo del mercado informal-- aquéllos a los que el pueblo llama “macetas”, quienes hacen ostentación, sin el menor pudor, de sus bienes espuriamente obtenidos, ante una clase trabajadora que no tiene acceso a los mismos.
Los que por cuenta propia disfrutan del área dólar –porque sus familiares les mandan desde el exterior alguna remesa, porque tienen acceso al turismo o a empresas extranjeras o mixtas o al trasiego ilegal, o porque han obtenido alguna “premiación estimulante” de parte de la empresa estatal privilegiada, o son artistas o profesionales, con acceso al extranjero, etc.- exhiben su éxito particular ante la masa, que no puede alcanzar tal nivel de vida. Esta población es fundamentalmente trabajadora, está ubicada en la empresa estatal, y no puede participar en el trasiego del “comercio informal” por imposibilidad material o por que su formación ética se lo impide.
La absoluta estatización, partidización o “fidelización” de la vida y la cultura, dentro de un seudomarxismo de fanfarria consignal publicitaria, ha confundido la capacidad de análisis y especulación tanto dentro del gobierno como de la población común. Esta sustitución del pensamiento por la pura proposición propagandística intencional o por la adaptación mimética del discurso a “lo que se permite decir” y a “lo que el otro quiere escuchar”, produce como un espejismo, un montaje espectacular, un bullicio indescifrable, donde cada quien habla sin ser entendido, para engatusar al que la contempla de paso.
Este caos interno, siempre sobreviviente por flotación y maniobra oportuna, propicia y estimula, por reacción, un “antirrevolucionarismo” que fácilmente se acomoda a los intereses foráneos (especialmente a los de los Estados Unidos, pero no exclusivamente). Esto duplica la enajenación y bloquea la posibilidad de constituir una fuerza alternativa, crítica y mirante al futuro.
Ante la enajenante realidad que sufre la nación cubana, de donde un grupo cada vez más importante de la población frustrada pretende emigrar. La causa directa de este éxodo cada vez mayor se debe principalmente a la creciente renuncia del actual gobierno a los valores originarios de la Revolución Cubana, a la insistente instigación de los factores contrarrevolucionarios, y al financiamiento permanente de toda campaña desestabilizadora y anti-nacional, llevada a cabo por sectores regresionistas o comprometidos con los intereses extranjeros que la sustentan.
La nación cubana, actualmente, carece de un movimiento obrero organizado que represente a la clase. Los sindicatos legalmente constituidos no son más que organismos burocráticos, dependientes y de coacción, subordinados al partido-gobierno.
Dos sectores visibles reclaman una consideración especial por parte de los que trabajamos para viabilizar una reconciliación nacional: las Fuerzas Armadas, por su no participación en actos de represión a la población, su capacidad técnica y prestigio histórico, y la Iglesia Católica, que ha ofrecido soporte moral a un núcleo importante de la población y que no se ha comprometido con la campaña desestabilizadora en esta etapa de la sociedad cubana ni ha manifestado tendencia regresionista en modo alguno.
Considerar a las Fuerzas Armadas y a la Iglesia Católica en un proceso de reencauzamiento de la Revolución Cubana no quiere decir en modo alguno que los social-revolucionarios no tenemos, como primera preocupación del trabajo creador, el hacer que el sindicato se convierta en el órgano representativo de la comunidad del trabajo -no partidista, democrático y corresponsabilizado en la dirección económica y de la seguridad social en el país-, y que, en esa condición, asuma una posición directora en el proceso de lograr que el pueblo, a través de sus comunidades campesinas, municipales e intelectuales, se incorpore, en modo consciente y responsable, a la disposición de su destino.
No nos interesa volver atrás ni recuperar un tiempo indefectiblemente superado. Lo vivido puede enseñarnos, pero se exige el esfuerzo creador constante, en todos los sentidos, para avanzar hacia el futuro. La Revolución Cubana será verdaderamente más radical mientras más firmemente sustente los valores intemporales de los que parte.