| El sueño verdadero En el cenit del día un derrumbe se escucha silencioso: es el ínfimo estruendo de la nube que quiebra su lograda figura para ser de sí misma sólo un eco en lo alto. Todo está en su solsticio, en su plena apariencia mientras el sol lo abrasa. Y a la herida del hombre su latido le presta el frágil corazón de la que cree su hora en la burla del tiempo. Todo vive muriendo y, sin embargo, qué arraigado saberse cierto y hondo en la misma raíz del desarraigo, qué morada a cubierto en la brusca intemperie, qué verdad este sueño cristalino de agosto. Oración pagana Sopla recio a mi espalda, viento oscuro y tenaz del desarraigo, confúndeme los pasos y sitúa mi norte donde no halle el amparo de esta mansa morada. Quiero arder en la noche como un fuego sin dueño mientras la noche dure, y que el santo egoísmo de quien busca el placer y renuncia al soborno con que compra el resguardo voluntades me atraviese de espinas por pretender la rosa. Yo le entrego al diablo cuanto tengo por mío, y que él lo malvenda, y sólo pido a cambio caminar a su lado. De la paz pusilánime que en el orden anida no mendigo limosna: que el desconcierto traiga su cizaña a la casa que mis manos levanten. Porque sólo en el roto corazón de lo turbio he encontrado la luz verdadera del fuego, que las sombras me lleven, y yo lleve conmigo, cuando sea la hora, la clara vecindad de la tiniebla ardida de mi noche a la noche. |
Descabalada
ciencia Descabalada ciencia misteriosa nuestra felicidad: esta brisa tranquila bajo el sol del espíritu, breve tregua del alma con los cielos azules que fomentan acaso el inmortal anhelo de una alada conciencia más allá de la muerte. Dulce engaño del cuerpo que ha gozado su alto vuelo de sal sobre otro cuerpo, y ligero se siente, y sus alas procuran espantar un instante su condición orgánica para soñarse un día —corrompida la fruta— sabor agradecido, aroma al menos, ingrávida memoria de la dicha que es ahora en la tarde. Parece hoy suficiente salvación albergar la esperanza de una muerte que sea duermevela, cansancio vespertino en el verano satisfecho y redondo de haber sido, contemplativo exilio, amortiguado eco lejano y cadencioso de nosotros. Firmamento irisado de los días felices, quién pudiera salvarte, como imagen cumplida del trayecto, en la hueca retina del no ser, o siquiera preñar el negativo estricto de la nada que seremos con el polen de luz de esta alegría. |