Disensiones
sobre Irak
Luis M. Sáenz
Iniciativa Socialista, número 70, octubre 2003
No todas las personas que nos opusimos a la guerra en Irak y a la posterior
ocupación tenemos las mismas motivaciones y expectativas. En muchos
casos, podemos manifestarnos juntos, pero no conviene renunciar a aclarar
puntos de vista. Y digo esto desde la confusión en que me encuentro.
No tengo una “solución” a la grave situación iraquí.
Pero mal iríamos si sólo los poseedores de soluciones pudiesen
hablar. A veces hay que tantear para encontrar -o construir- un camino.
1. En numerosas manifestaciones he escuchado este lema: “los yanquis necesitan
jarabe vietnamita”. Fórmula anacrónica, irresponsable y cretina,
con escaso eco, pero síntoma de una enfermedad extendida en versiones
menos virulentas. Toda descalificación global de una nación
o etnia es estúpida y reaccionaria. Pero sólo quiero hablar
del “jarabe vietnamita”. En la guerra de Vietnam murieron 60.000 soldados
estadounidenses, en su mayor parte procedentes de los grupos sociales más
empobrecidos, y entre dos y cuatro millones de vietnamitas. Las tragedias
y desastres humanos y ecológicos que acompañaron a esa masacre
aún afectan a muchas personas, a los bosques y a las tierras. ¿Puede
alguien desear al pueblo iraquí ser protagonista de un “nuevo Vietnam”?
Si existiese tal posibilidad en las nuevas condiciones de la guerra posmoderna
(que “è qualcosa di meno della guerra moderna, ma è anche qualche
cosa di più della polizia moderna” [Toni Negri, en Guide, Raffaello
Cortina Editore, 2003 Milán]), nuestra primera tarea sería
tratar de impedir un “nuevo Vietnam” para Irak. En vez de calentarnos los
cascos con la promesa de “hazañas” iraquíes contra los ocupantes
lo que debemos hacer es movilizarnos contra la política de nuestros
gobiernos, para cambiarla si podemos y para deslegitimarla en cualquier caso,
y hacerlo de la forma que aune mayores fuerzas en torno a los valores y aspiraciones
que juntaron a millones de personas en las calles del planeta el 15 de febrero
del 2003.
2. Demasiados “diarios de la resistencia iraquí”, demasiados discursos
“anti-imperialistas” en los que se reconoce una clara simpatía o comprensión
hacia todas las acciones armadas dirigidas contra las fuerzas ocupantes,
contra las misiones de la ONU, contra los miembros del Consejo de gobierno
iraquí, tanto da... Se mezclan en el mismo saco acciones de protesta
de la población reclamando servicios sociales, empleos o salarios,
o protestando contra el comportamiento de los ocupantes, con acciones armadas
de grupos “sadamistas” o fundamentalistas. Y si lo que aquí importa
no es “dar caña al yanqui”, sino los iraquíes , es preciso
distinguir.
En Irak influyen, al menos, tres fuerzas reaccionarias: la “autoridad” ocupante,
los restos del baasismo y el fundamentalismo islámico. No creo que
desde la izquierda o desde el movimiento altermundista pueda darse “apoyo
crítico” a ninguna de las tres.
En cuanto al baasismo y al fundamentalismo islámico, el triunfo de
cualquiera de ellos daría lugar de inmediato a regímenes ultrareaccionarios
y a violaciones generalizadas de los derechos humanos. Las posibilidades
de acción política independiente surgidas como “efecto colateral”
positivo, aunque inestable, del derrumbe del régimen de Sadam, sería
borradas. Demócratas, socialistas o comunistas serían de nuevo
carne de patíbulo. Y, si se estableciese un régimen fundamentalista
islámico, el retroceso para las mujeres sería tremendo, incluso
tomando como referencia la época baasista. De los “sadamistas”, bien
sabemos cuál es su “modelo”. Y los fundamentalistas ya están
tratando de ponerlo en práctica, aterrorizando a quienes no se sometan
a él. De hecho, el triunfo de alguna de estas “opciones”, o la disgregación
del país en diversas zonas de influencia, no supondría ninguna
evolución positiva respecto al actual estado de cosas.
En cuanto a las fuerzas de ocupación, que en muy corto plazo se han
ganado un repudio muy amplio de la población, incluso de quienes se
alegraron del derrocamiento de Sadam, la permanencia de Irak bajo la “autoridad”
de la Administración Bush, sosteniendo una descarada operación
de rapiña al servicio de unas cuantas empresas estadounidenses y una
visión de las relaciones internacionales profundamente lerda y prepotente,
basada en la división del mundo en vasallos y enemigos, y en una universal
e unilateral función híbrida policiaco-militar del ejército
de EE.UU., no sólo tendrá efectos nefastos en sí misma,
sino que alimentará la fuerza y el arraigo de la reacción baasista
y fundamentalista, derivando en un triunfo de alguna de estas fuerzas (quizá
vía una alianza con los ocupantes, especialmente en el caso de los
fundamentalistas) o en una ocupación de larga duración sustentada
sobre la fuerza y los peores métodos de la vieja represión
colonialista.
De inmediato, lo fundamental en Irak no es quién gobierna, sino cómo
ganar posiciones de libertad frente a quienes la odian o desprecian. Personalmente,
creo que se trata de un reto descomunal y difícil de ganar. Pero no
hay otro que merezca la pena. A él hay que supeditar las tácticas.
Y los apoyos.
3. Creo, por tanto, que no se trata de aplaudir cualquier acto de “resistencia”,
sino de sostener a aquellos que contribuyan a mantener y ensanchar los limitados
espacios de acción política que se han abierto, a aquellos
que animen o favorezcan nuevas formas de cooperación y asociación
civil y civilizatoria. Favorecer aquellos actos en los que se construya una
nueva potencia democrática de los propios iraquíes, luchando
por sí mismos, no por Sadam ni por falsas “leyes divinas”. Actos,
en esencia, “no guerreros”, aunque no queda excluida la legitimidad de formas
de defensa armada frente a las agresiones de los ocupantes o de grupos baasistas
o fundamentalistas.
Debemos escuchar la voz de los individuos y de las fuerzas políticas,
sociales, ciudadanas que en Irak se comprometan, al menos, con “un
mínimo” de respeto a los derechos humanos que incluya el derecho de
asociación política y sindical y la libre expresión,
una legislación civil no prescrita por los clérigos, un estatus
de las mujeres al menos no inferior al que tenían durante la tiranía
de Sadam, la eliminación de persecuciones étnicas, etc. El
problema es que, incluso aunque ese mínimo no sea demasiado ambicioso,
da la impresión de que esas fuerzas son escasas y de que la guerra
y la forma de administrar la situación por parte de los ocupantes
no conducen, precisamente, a fortalecer a los sectores más o menos
democráticos. Sin embargo, por débiles que puedan ser, nuestro
deber es ayudarles y escucharles. Por ejemplo, muchos de los que se llenan
la boca hablando de la “resistencia iraquí” deberían prestar
atención a lo que dice el propio Partido Comunista Iraquí (www.iraqcp.org),
al que no tengo gran simpatía pero que hoy es una de las voces que
dicen cosas más o menos sensatas respecto a su país.
4. No me siento cómodo con quienes ponen el peso de su argumentación
antiguerra en el unilateralismo y la ruptura de la legalidad internacional.
Son elementos a tomar en cuenta, pero no aisladamente. Lo que se hace unilateralmente
no siempre es necesariamente malo ni lo que se hace multilateralmente es
necesariamente bueno. La legalidad internacional es lo suficientemente ambigua
y dependiente de los Estados -y de otras fuerzas de dominación en
apariencia “no políticas”, desde las multinacionales hasta las iglesias-,
como para que bajo su manto quepan cosas despreciables, mientras que excluya
a expresiones de justa desobediencia, de deseos de libertad, de autodefensa
de los derechos sociales de individuos y poblaciones.
Desde ese punto de vista, que relativiza, pero no desprecia ni minusvalora,
los marcos de consenso entre Estados, resulta conveniente tratar de saber
en qué punto nos encontramos al respecto, al día de hoy, conscientes
de su posible modificación en poco tiempo. Como creo haber escrito
en otra ocasión, Aznar mentía cuando decía que la guerra
estaba legitimada por la ONU, pero tiene razón cuando afirma que el
Consejo de Seguridad de la ONU ha ratificado el establecimiento de la autoridad
de ocupación. Es así. Lo hizo “con la resolución 1483,
que legitimó y avaló a la autoridad de ocupación, dando
al pueblo iraquí únicamente un papel consultivo en el proceso
político de decisión” (PC de Irak, 20/7/2003). Lo que, hasta
el momento, cuestionan los gobernantes de Francia o Alemania no es la autoridad
de la autoridad de ocupación, sino que se les pida poner a su disposición
tropas y dinero. Eso es mucho mejor que lo que hace Aznar, y también
lo es la tímida sugerencia de mayor control por parte de la ONU. Es
muy importante comprender (y aprovechar) el hecho de que las posturas de
los gobiernos de Francia y Alemania en este asunto han sido obstáculos
a los proyectos de Bush, pero también debemos saber que en cualquier
momento podemos observar cambios de rumbo significativos y que ya hay claros
signos de capitulación. Desde luego, ahora parecen muy poco dispuestos
a vetar propuestas de resolución presentadas por la Administración
Bush. El que la Administración Bush no consiga, hasta hoy, una resolución
del Consejo de seguridad que ponga bajo mando de los ocupantes dinero y tropas
avaladas por la ONU es positivo, sin duda. Pero no está descartado
que lo logre y, además, sigue planteada la cuestión de la ocupación
en sí misma, pague quien pague, y también y ante todo la del
futuro de Irak. Y sobre eso no hay verdaderas propuestas alternativas por
parte de ningún Estado ni conviene confiar demasiado en ninguno. En
el caso de los Estados de la UE, a veces no es fácil distinguir lo
que es prudencia de lo que son deseos de no complicarse la vida con las cosas
que ocurren por el mundo. Incluso cuando ese mundo estaba tan cercano como
los Balcanes.
No se trata de hacer política como si los Estados no existiesen. Forman
parte de la situación y juegan un papel en ella. Se trata, simplemente,
de tener claro que el movimiento altermundista, el movimiento por la paz,
el movimiento de movimientos, no puede ser dependiente de los Estados ni
cifrar en ellos sus esperanzas. Pero sí debe presionarles, forzarles,
controlarles, influirles... Ese, y no otro, es el enfoque que podemos darle,
si queremos mantener ese confuso término, a la reivindicación
de “multilateralismo”: ningún esencialismo respecto a la “bondad”
intrínsica de Europa frente a Estados Unidos y ningún papanatismo
ante “la misión” de tipos como Bush, ninguna apología de tal
o cual Estado y ninguna ignorancia de las diferencias que en cada momento
hay entre ellos, ninguna confianza pánfila en un seudogobierno del
mundo basado en estructuras intergubernamentales y ningún retorno
imposible a la guarida del Estado nacional frente a las dinámicas
mundializantes. “Multilateralismo”, en su mejor sentido, debe indicar nuestra
voluntad de contrapesar a unos poderes con otros, de aprovechar grietas y
contradicciones en el seno del orden de dominación global, de no renunciar
a utilizar ninguna herramienta institucional para avanzar o defendernos,
de intentar imponer nuevas políticas en los espacios donde podemos
influir con la voluntad de que desde ellos se propaguen a espacios más
amplios. Lo que no vale es el “multilateralismo” que se queda en lo procedimental
y que quiera someter la política y la potencia emancipadora al consenso
entre unos cuantos Estados. Ni, claro está, nos vale el “unilateralismo”
según el cual Bush puede hacer lo que quiera en el mundo, Putin en
Chechenia y los mandarines rojos en China y Tibet.
5. ¿Qué podemos hacer? Para empezar, seguir protestando. Al
fin y al cabo, movilizarnos aquí es la mejor ayuda que podemos dar
a la población iraquí, siempre y cuando que lo hagamos en torno
a ejes razonables y no nos ahoguemos en disparates sin fin. Movilizarnos,
además, en torno a aquello que pueda recuperar la cohesión
del movimiento del 15 de febrero. No me refiero a repetir manifestaciones
tan numerosas como aquellas, lo que por ahora es muy difícil, sino
a recuperar una cohesión “cultural”, de voluntades, en torno a las
aspiraciones que entonces nos unieron.
Aquí, en España, tenemos dos asuntos “internos” que no debemos
abandonar, sino revitalizar, pues hasta ahora han sido tomados de forma muy
tímida, más bien de trámite, excepto por algunos colectivos.
El primero, la exigencia de responsabilidades políticas por las mentiras
descaradas que Aznar y su gobierno nos contaron para defender su apoyo a
la guerra. El segundo, aunque no menos importante, dar una cobertura masiva
a la decisión con la que los familiares y amigos de José Couso
vienen reclamando una investigación sobre su asesinato y el castigo
de los culpables. Problemas “del pasado” que tienen, sin embargo, plena vigencia
en la medida que nos tomemos en serio que la democracia es algo más
que un juego de “tú me eliges y luego yo hago lo que quiera”.
¿Y respecto a Irak? España está jugando un papel en
lo que allí ocurre y nos corresponde por tanto aceptarlo o exigir
que se modifique. En ese sentido, consignas como “fuera de las tropas de
ocupación” dan respuesta a parte del problema, pero por esa misma
parcialidad no son, por sí solas, una respuesta válida. Por
sí solas, insisto, pues yo también creo que debe ponerse fin
a la ocupación. La gran discusión no es si debe haber allí
tropas españolas o no debe haberlas. El centro de gravedad desde el
punto de vista político es la ocupación y, para ser más
precisos, “la autoridad de ocupación”. Por descontado que esa autoridad
se apoya sobre la fuerza armada, aunque también sobre cierta “aceptación”
implícita de la mayor parte de las corrientes político-étnico-religiosas
de Irak, que miran con malos ojos a EE.UU. pero por el momento prefieren
aprovechar vacíos de poder para ganar posiciones de cara al futuro
o, en el mejor de los casos, para utilizar las nuevas oportunidades de acción
política que se abrieron tras la guerra. Así que hay que tomar
en cuenta esa complejidad para poner en cuestión la “autoridad de
ocupación”, como hay que evaluar los riesgos de que Irak se hunda
en una guerra civil o nuevas tiranías si no se fortalecen las tendencias
hacia un marco de convivencia más o menos democrático, con
muchas limitaciones posiblemente, pero “respirable”. Y en eso, desde la autonomía
de los movimientos ciudadanos, es dónde debemos tener en cuenta la
ventaja concreta que en este caso tiene la “multilateralidad” sobre la “unilateralidad”,
pero sólo en la medida que lo “multilateral” no derive en acatamiento
de lo decidido y hecho “unilateralmente”.
La reivindicación política que podemos expresar en estos momentos
ante el gobierno español es, ante todo, la ruptura de la alianza de
ocupación. Hacer frente a Bush y sus planes no es decirle que ponga
él los soldados y el dinero; hacer frente a Bush es afirmar que la
“autoridad” por él establecida se sustenta sólo en la guerra
y que no es reconocida. Hacerlo y llevar esa postura a las instituciones
internacionales. Por descontado, las posibilidades de conseguir que Aznar
dé ese paso son mínimas, pero muchas veces hay que pelear por
100 para conseguir 40. Además, las reivindicaciones ante los gobiernos
tienen también un aspecto cultural, de pedagogía política
y de cuestionamiento de hegemonías.
En este momento y ocasión, creo que la propuesta más razonable
sería la del establecimiento transitorio, en el camino hacia un gobierno
provisional iraquí y un proceso constituyente, de una autoridad conjunta
y pactada entre las Naciones Unidas (con la menor presencia posible -nula
incluso- en sus misiones de los Estados que hicieron la guerra, salvo acuerdo
explícito y consensuado con “el lado” -o “lados”- iraqui) y el actual
Consejo de gobierno, que sin duda no es “gobierno”, no ha sido elegido por
nadie y cuenta con una marcada presencia de fuerzas no comprometidas con
un desarrollo democrático (aunque no todas son así, también
hay componentes democráticas y de izquierda), pero que tampoco puede
ser visto como una especie de “petenismo” iraquí o como “títere
del imperialismo”.
Si de diplomacia y política estatal hablamos, lo que no cubre la totalidad
ni lo más importante del ámbito de la acción política
y cultural a realizar, no parece que sea hoy posible articular formas de
diálogo que tengan en cuenta a la sociedad iraquí sin tomar
en consideración a ese “Consejo de gobierno”, con todas sus limitaciones
y tensiones internas, ni que haya una manera mejor de poner fin a la ocupación,
sin lavarse las manos ante el posible estallido de una guerra civil y la
necesidad de ayuda internacional a la reconstrucción y democratizaciòn
de Irak, que aquella que pasa por la erradicación de la “autoridad
de ocupación” y la intervención de la ONU, con todas sus muchas
limitaciones, algunas superables por medio de reformas y otras consustanciales
a la forma “Estado nación” en que sigue basándose. La propuesta
de este diálogo es, simplemente, un tanteo, un intento de evitar lo
peor, un esfuerzo por explorar todas las posibilidades, salvo aquellas que,
inevitablemente, llevan al precipicio.
En realidad, posiblemente la mejor ayuda que pudiera recibir la población
iraquí fuese la derrota de Bush en Estados Unidos, pero para las elecciones
presidenciales aún queda algún y tiempo y será, al fin
y al cabo, una decisión de los estadounidenses -o de unas “máquinas
de contar” con más margen de error que cualquier sondeo-, aunque podemos
echarles una mano promoviendo una resistencia decidida, con alternativas,
al proyecto reaccionario de George Bush para Irak, para Palestina, para EE.UU.
y para todo el planeta, pero sin caer en la trampa de apoyar otros proyectos
tanto o más reaccionarios.