Sobre los límites
de Europa
Ángel
Barón Crespo
Iniciativa Socialista,
nº 72, primavera 2004
Es cierto que muchos ciudadanos de la Unión Europea
no sabrán qué Estados se han incorporado a ella recién,
y difícilmente podrían responder a preguntas como estas: ¿entran
Eslovaquia y Eslovenia, o sólo una de las dos? ¿Dónde
están?
No obstante, la ampliación de la UE sitúa a Europa definitivamente
como el entorno geopolítico más dinámico de la segunda
mitad del siglo XX y del comienzo del siglo XXI. Primeros pasos en 1956,
sucesivas ampliaciones, caída del muro, fin de la dictadura stalinista
o “socialismo real”, reunificación de Alemania, moneda común...
Las cosas van deprisa en la vieja Europa, basta comparar lo que se nos ha
movido el suelo europeo con lo poco que se ha movido el continente americano,
en lo que el inmovilismo político de EEUU y su proyecto imperial y
nacionalista, así como los populismos y clientelismos de la dirigencia
latinoamericana tienen mucho que ver.
El establecimiento de los límites del proyecto de integración
europea es uno de los espacios del pensamiento político en los que
la derecha piensa, dice y opina mucho más que la izquierda.
La cuestionada entrada de Turquía en la próxima ampliación
de la Unión, está ligada a la propuesta mención a las
raíces cristianas de Europa, sitúa al problema en la más
caliente actualidad, y hace de la política internacional un asunto
interno de la UE.
Las fronteras de América se fijaron, fundamentalmente, en el siglo
XIX, y las lindes fijadas en el siglo XX (Bolivia-Paraguay, Brasil, Ecuador-Perú)
corresponden más a las luchas de reparto de poder y riquezas entre
oligarquías locales y cárteles internacionales que a movimientos
de integración política. El peso del imperialismo estadounidense,
máximo poder regresivo en la actualidad, ha tenido mucho que ver con
ello.
Las raíces inmediatas del proyecto político de la Unión
Europea están en las necesidades comerciales de ordenación
del Carbón y el Acero, anzuelo para picar y palanca del proceso de
creación, y en el pavor ante la herencia de las dos últimas
guerras mundiales. Siguiendo el diagnóstico de Marx y tantos otros
sobre el papel de las fronteras, se trataba de ir bajándolas poco a
poco para asegurar la paz, la democracia y el progreso.
Son también un triunfo de la sociedad civil, de “los mercaderes”,
codo con codo con los políticos profesionales. Es la sinergia entre
la sociedad civil y las mejores tradiciones de los políticos, como
artistas que cambian las sociedades, usando el consenso, la negociación
y la búsqueda de ventajas para las partes implicadas, la que ha creado
este proceso, que funciona como las bicicletas, sin rumbo claro aparentemente
y avanzando sólo cuando se pedalea.
Como todo proceso democrático no es puro, avanza a ratos, se para
a veces, hay pueblos como los noruegos que dicen que no, otros sólo
quieren un poco, hay muchos listos que se lo apropian, que lo quieren secuestrar,
y a veces no se entiende qué le preguntan a uno: Maastrich, Niza,
la nueva Constitución europea...
El nombre de Europa nace de la mitología griega. Las raíces
etimológicas de Europa están fuera del continente: Europa,
hija de Agenor, es una princesa de Tiro, en Líbano hoy día,
raptada por Zeus, en forma de toro y llevada a Creta. Europa, pues, nace en
Asia. Las raíces históricas de Europa están incardinadas
en la historia de la humanidad como posiblemente ningún otro proyecto
político lo esté: Grecia, el imperio romano, el carolingio,
el sacro imperio romano-germánico -con la iglesia católica
frenando como siempre-, las grandes revoluciones de la ilustración,
las internacionales obreras, todos ellos han escrito, hablado, actuado y están
presentes en la idea de la unión de los pueblos de Europa.
Las fronteras actuales de la Unión Europea están fuera del
continente: las colonias francesas de la Polinesia, ¿son Europa? Los
cohetes europeos despegan de la Guayana francesa, en América del
sur, Groenlandia es parte de Dinamarca, Ceuta y Melilla, que en el mapa son
africanas, están en la Unión Europea, Macao y Hong Kong han
pasado a China desde la Unión Europea; hasta en la Antártida
hay territorios gobernados por países de la Unión.
El continente, por su parte, tiene fronteras complicadas: ¿Armenia
está en Asia? Turquía es europea y asiática, y no digamos
Rusia: Siberia no es europea, pero un parte importante de su población
es rusa. ¿Llegamos, pues, hasta Vladivostok?
Además, todo el mundo cercano quiere estar en la Unión Europea:
Turquía, Marruecos, Ucrania, Rusia... Europa es la solución
de muchos conflictos externos e internos: la antigua ex-Yugoslavia no se
despeña por la senda de los baños de sangre de nuevo porque
Europa la contiene. Y porque existe Europa. Francia, Alemania e Inglaterra
dejaron da apoyar el que cada uno de sus “países amigos” balcánicos
destrozaran a su vecino. Irlanda del Norte, el país vasco, la
misma Bélgica no tienen encaje nada fácil si no es en Europa.
La unificación de Alemania se ha podido hacer por existir la Unión
Europea. Miterrand decía que Alemania le gustaba tanto, que prefería
que hubiera dos.
Es particularmente de interés subrayar qué ocurriría
si Israel, el estado tapón creado por Europa y Estados Unidos para
seguir anulando y explotando al mundo árabe, fuera a ingresar – no
a estar asociado, sino a ingresar- en la Unión. ¿Podría
un país que no permite al que no sea judío poseer tierra, que
no tiene fronteras internacionales reconocidas, que tortura a sus súbditos,
podría el país más antiárabe del mundo –oiga,
que los semitas son los árabes-, el más condenado por la ONU,
entrar en la Unión? Un paso en la buena dirección sería
exigir a Israel el cumplir con la legislación de la Unión Europea
para competir en Eurovisión.
De cara a los retos que tenemos enfrente en esta era de la inteligencia,
en la que como nunca antes en la historia de la humanidad el desastre y el
paraíso han estado tan cercanas, con las tremendas capacidades de
destrucción disponibles en tantas manos, con el desastre ecológico
a la vuelta de la esquina, y tanta necesidad de contención y control,
una Europa fuerte es necesaria para muchas cosas: contener a EEUU, favorecer
la democracia en África y Asia, fortalecer la ONU, y un largo etcétera.
No es suficiente, pero sí necesario.
Por ello creo que hay que hacer más Europa, en intensidad democrática,
en fortalecimiento de la Unión y en extensión. Más Europa,
más libertades, menos fronteras, más paz.
Debemos abrir el proceso laico de integración europea, cuya identidad
es asumible por cualquier sociedad humana respetuosa de sus integrantes y
progresista. Turcos, Palestinos, Israelíes, Chechenos, Azeríes,
Rusos, Marroquíes, Argelinos ¡Todos a Europa!