La guerra y la ocupación
en Irak
Armando Montes
Iniciativa Socialista, nº
72, primavera 2004.
El futuro de Irak es impredecible, como casi todo lo que depende de la acción
humana y se encuentre en situación de máxima inestabilidad.
En pocos días, pueden tener lugar enormes cambios, así que entre
la situación actual (finales de abril de 2004) y la que haya cuando
esta revista se publique las diferencias podrán ser notables. Pero
podemos reflexionar sobre lo ocurrido hasta ahora.
1. La guerra. Tratar de evitar cualquier guerra es una exigencia ética
y política irrenunciable. Toda guerra, sin exclusiones, trae al mundo
dolores, sufrimientos, desgracias, abusos, jerarquías, víctimas
inocentes. La guerra siembra odios, ansias de venganza, mitologías
sanguinarias en vencedores y vencidos. Toda guerra que pretenda imponer una
doctrina, un sistema político o económico, una dominación
particular, es rechazable y condenable de plano. La única guerra legítima
es aquella que evita más daño que el que causa y se autolimita
al uso de la mínima fuerza necesaria para alcanzar objetivos de defensa
propia o defensa ajena. La alternativa bélica sólo puede aceptarse
como pensable cuando la opción puesta sobre el tapete es elegir entre
la violencia de la intervención y la violencia de la no-intervención.
Ejemplo paradigmático: la comunidad internacional escogió la
violencia de permitir el exterminio de miles de bosniacos en Srebrenica, pese
a que se les había desarmado bajo promesa de protección. Tal
no-intervención fue mucho más mortífera que una acción
armada decidida para impedir el genocidio realizado por el nacionalsocialismo
serbio en sus versiones fascista y estalinista. Pero lo que puede aplicarse
a circunstancias excepcionales no puede convertirse en regla.
2. Esta guerra. Esta guerra no puede ser considerada defensiva en ningún
sentido. Ni defensa propia frente al terrorismo fundamentalista o al propio
Estado iraquí, ni defensa ajena de una población víctima
de genocidio o crímenes en masa.
a) La guerra contra Irak no ha sido una acción defensiva contra el
terrorismo fundamentalista. Todas las afirmaciones acerca de los lazos entre
el anterior régimen iraquí y Al Qaeda carecían de base
racional. A decir verdad, la guerra contra Irak ha ayudado y fortalecido tanto
al fundamentalismo religioso de cariz islámico como a sus versiones
político-militares y terroristas. En primer lugar, porque ha invertido
una ingente cantidad de recursos que podían y debían haberse
dedicado, en lo que al corto plazo se refiere, a la localización y
persecución de Bin Laden y las redes terroristas, pero, en cantidad
aún mayor y con la vista puesta en el futuro, también a nuevas
políticas de cooperación y a promover una solución justa
para el pueblo palestino. En segundo lugar, porque el desprecio "occidental"
hacia la vida y los derechos de los habitantes de Irak o Palestina contribuye
de forma decisiva a multiplicar el número de desesperados, vengadores
y fanáticos proclives a ser captados para el proyecto sanguinario y
totalitario de las corrientes fundamentalistas del islamismo.
b) La guerra contra Irak tampoco puede ser atribuida a una reacción
de defensa propia frente a un Estado agresivo y expansionista. La existencia
de armas de destrucción masiva fue, durante toda la campaña
de propaganda preparatoria de la guerra, el eje esencial de las excusas de
Bush, Blair y Aznar. En sí misma, esa no era una razón suficiente:
¿podemos imaginar qué ocurriría si todos los Estados
con armas de destrucción masiva entrasen en guerra entre sí?
Para que tal argumento pudiese ser siquiera tomado en cuenta debería
ir acompañado de pruebas de que el régimen sadamita se preparaba
para utilizarlas a corto plazo. Pruebas que no existían. Además,
estaba en marcha una investigación internacional sobre el terreno.
Armas presuntamente ofensivas y expansionistas que no fueron usadas ni siquiera
en el curso de la guerra. Armas de las que hoy puede afirmarse casi al 100%
que no existían, no sólo por las declaraciones de los inspectores
que trataron de encontrarlas hasta que la guerra interrumpió su trabajo,
sino también por algo tan revelador como el que no sean encontradas
en un país ocupado... por "ocupantes" muy interesados en localizarlas.
Quien sí posee armas de destrucción masiva y vínculos
estrechos con el fundamentalismo es el Estado paquistaní, considerado
por Bush como su aliado.
c) La guerra de Irak no ha evitado un genocidio o crímenes masivos.
En Irak, en el año 2003, no había genocidio ni crímenes
en masa, aunue sí una feroz represión. Los hubo, especialmente
entre 1987 y 1989, con el beneplácito de los entonces gobernantes de
Estados Unidos. Pero entonces no hubo intervención, y en el recurso
a la guerra para evitar matanzas no cabe la retroactividad. El régimen
sadamita ha sido, hasta el último de sus días, y lo sigue siendo
la corriente política que se identifica con él, dictatorial
y sanguinario. Con frecuencia, sus opositores eran torturados y asesinados.
Características comunes a bastantes Estados actuales en el mundo, varios
de ellos considerados como aliados por George Bush. ¿Deben ser barridas
del mapa todas las dictaduras por medio de intervenciones militares externas?
Mi opinión es tajante al respecto: no. En ausencia de genocidios y
exterminios masivos de población, esa no es la vía adecuada.
En las condiciones represivas del Irak sadamita durante los últimos
años, que no eran las mismas que a finales de los ochenta, habrían
hecho falta muchísimos años para que el número de muertes
provocadas por la represión interna alcanzase la dimensión de
las que ha causado la guerra. Una guerra que tampoco ha traído la
democracia.
3. La mentira. Los gobiernos de Bush, Aznar y Blair mintieron a su población
para justificar e imponer una guerra. Aún en el caso irreal de que
esta guerra hubiese puesto fin a un genocidio, por lo que no cabría
oponerse a ella aunque quizá sí a la forma de llevarla a cabo
y los planes políticos posteriores, el comportamiento de Bush, Blair
y Aznar hacia sus propios conciudadanos habría estado igualmente basado
en la mentira y en un intento descarado de manipulación. La defensa
de la población iraquí frente a los abusos del régimen
sadamita no fue nunca el argumento dado para justificar la guerra. Sólo
a posteriori, tanto más cuanto más "tardan" en aparecer las
armas nucleares, químicas y biológicas, las alusiones a la situación
interna de Irak han comenzado a tomar relevancia en boca de la diplomacia
estadounidense. La propaganda prebélica difundida insistentemente
desde los gobiernos encabezados por el trío de las Azores giró
en torno a dos mentiras: a) Irak tiene armas de destrucción masiva;
b) Esas armas pueden ser utilizadas directamente por el Estado iraquí
o por grupos terroristas fundamentalistas -Al Qaeda en particular- vinculados
a él. Ambas cosas han resultado ser falsas. Más aún,
ya en aquellos momentos había suficiente información para saber
que lo más probable es que fuesen falsas, y todo lo sabido desde entonces
ha venido a ratificarlo.
Ante un gobierno que cree realmente que hay circunstancias extremas que
exigen una guerra y trata de convencer de ello a su población, es
posible mantener cierto respeto y cierto diálogo, aunque si no se
comparten sus razones haya que desarrollar una radical oposición a
la guerra. Pero con gobiernos que se inventan las razones -uno, el de Bush,
para lanzar una guerra decidida de antemano por motivos muy diferentes a
los expresados, los otros para sumarse al "sol que más caliente" y,
en el caso de Aznar, por haber encontrado en Bush el liderazgo reaccionario
a la altura de su propia mentalidad- no cabe más que decir que son
gobiernos indignos, con legitimidad de origen (aunque en el caso de Bush
eso sería bastante discutible, dada la sombra del fraude electoral
que pesa sobre su elección) pero sin legitimidad de ejercicio.
Aznar, que fue el más mentiroso de todos y quien menos se esforzó
para explicar su postura, ya ha caído. Sin presentarse a las elecciones,
es cierto, pero a nadie se le oculta que la derrota de Rajoy ha sido la derrota
de Aznar. No falta mucho para que la ciudadanía estadounidense decida
también. ¿Caerá Bush? Sería algo harto deseable.
4. La ocupación. Una vez finalizada la primera fase la guerra, sobre
el terreno se mezclaron las consecuencias positivas del derrumbe del régimen
de Sadam con las consecuencias desastrosas de la guerra y de la ocupación.
Una actitud por parte de la comunidad internacional para maximizar las primeras
y minimizar las últimas habría podido reconducir la situación
hacia los resultados menos malos posibles. Derrocar a Sadam no justifica la
guerra, pero una vez que ésta había tenido lugar podía
intentarse fomentar la democracia y los derechos humanos. De hecho, a causa
del vacío creado, surgieron nuevas posibilidades de acción política,
utilizadas tanto por colectivos de carácter progresista como por fuerzas
fundamentalistas. No obstante, dados los objetivos e intereses que impulsaron
la guerra, el comportamiento de la autoridad de ocupación era incompatible
con el desarrollo de los aspectos positivos de la nueva situación.
Los ocupantes no se preocuparon por la seguridad de la población,
por la reconstrucción de los servicios básicos, por la promoción
de los derechos humanos, sino sólo de la apropiación de los
sectores económicos claves del país y la creación de
condiciones para mantener su propia presencia sobre el territorio.
Tal y como declara el Partido Comunista de los Trabajadores de Irak:
Las masas iraquíes no han visto realizarse las promesas de libertad
y democracia hechas por EEUU. Por el contrario, lo que han visto es un escenario
sombrío, la transferencia de la administración de la sociedad
a grupos religiosos, etnocéntricos y tribales que, social y políticamente,
parecen salidos de las cavernas de la edad de piedra. En Irak, nada ha ganado
el pueblo. No ha visto un nuevo Irak reconstruido, sólo ha visto hambre,
paro, indigencia. No ha ganado la prometida libertad, sino que ha obtenido
inseguridad, caos y el desinterés absoluto que hacia la vida, el derecho
y la libertad tienen las tropas de bandidos ligados al Islam político.
En tales condiciones, se ha abierto una dinámica hacia lo peor. Las
tropas de ocupación, embarcadas por los políticos en una guerra
criminal pero que en la primera fase de las operaciones no parece haber buscado
intencionadamente la masacre de población civil, han entrado ya en
una vía en la que los crímenes de guerra son cotidianos. En
Faluya, las víctimas civiles se cuentan por centenares. Las fuerzas
políticas y sociales democráticas iraquíes tienen cada
vez más difícil ocupar un papel protagonista. Los fanáticos
fundamentalistas "aprovechan el descontento popular y explotan la justa cólera
de las masas en beneficio de sus propios intereses" (declaración del
PCT antes citada). Movimientos de ese cariz, como el denominado Ejército
del Mahdi, "han creado una pesadilla para las mujeres, los jóvenes
y los amigos de la libertad (...) oprimen a las mujeres y a los jóvenes,
niegan todos sus más elementales derechos políticos y civiles
por medio de la violencia sistemática y cotidiana. No vacilan en emplear
los métodos más despreciables e inhumanos para imponer su ley".
Ese es el punto al que nos ha llevado una ocupación fundada sobre
la ignorancia, la soberbia, la rapiña. En Nasiriya y otras zonas del
país, trabajadores metalúrgicos y sanitarios han impedido que
sus centros de trabajo fuesen convertidos en campos de batalla, negándose
a evacuarlos, y los residentes de algunas zonas se han opuesto a la entrada
de los ocupantes y del Ejército del Mahdi. Son signos positivos, pero
no parece que hoy por hoy formen parte de un movimiento ya lo suficientemente
poderoso como para abrir a corto plazo una vía democrática,
al menos si no cuentan con el apoyo de la comunidad internacional.
5. La retirada de las tropas. La decisión de José Luis Rodríguez
Zapatero de adelantar el retorno de las tropas sin esperar al 30 de junio
ha sido justa e inteligente. Tras su decisión, la mayor parte de los
comentaristas proclives a la guerra han basado en "la deslealtad con los aliados"
sus críticas a la primera medida tomada por el gobierno socialista.
Muy pocos entre ellos siguen hablando aún de armas de destrucción
masiva y excusas similares. Lo que dicen ahora es más cínico,
pero también más sincero: había que ir a la guerra...
porque Bush lo había decidido.
Ninguna política de Estado, ninguna "alianza" justifica hacer una
guerra injusta. No estamos hablando de concesiones administrativas, de tiras
y aflojas comerciales, estamos hablando de la guerra, es decir, de la muerte.
Y, en la situación en que se encuentra Irak, las tropas españolas
no tienen ninguna función positiva que jugar. Sólo les quedaba
que llegase el momento de matar o de ser matados. Para nada. Sólo para
que los Aznar, los Rajoy y similares puedan ir dándoselas de amigos
de Bush. Esa gente fue la que acusó a quienes queríamos la
paz de estar deseando que muriesen soldados españoles. Cabrones...
No, no queremos que mueran ni que maten... para nada. El retorno era urgente
y la decisión debe ser aplaudida. De hecho, la vuelta a casa tiene
lugar demasiado tarde, no por culpa de Zapatero, claro. Hoy es 26 de abril.
Leo en "El País digital":
Soldados españoles han matado esta mañana a seis milicianos
iraquíes y han detenido a otros siete tras sufrir una nueva emboscada
en Diwaniya, donde realizaban tareas de reconocimiento habitual. La unidad
atacada por los rebeldes es la misma que ayer repelió un ataque en
esa zona, que se saldó con la muerte de dos insurgentes.
La vuelta a casa de las tropas no es, no debe ser, un repliegue hacia dentro,
un "pasar" de lo que en Irak está ocurriendo. La decisión tomada
por el gobierno español ha removido el escenario, otros países
anuncian que retirarán sus tropas. El gobierno Zapatero puede jugar
un papel excepcional para promover una nueva política internacional,
y en particular europea, hacia Irak y Palestina. Lo que allí está
ocurriendo es una verdadera amenaza de "destrucción masiva" para todo
el mundo.
Esta nueva política no debe limitarse a reclamar la soberanía
iraquí y abandonar Irak. Las tropas de ocupación deben irse.
Pero el futuro de la población iraquí nos concierne, tanto más
cuanto que un gobierno español se pringó hasta las cejas en
la guerra canalla y en la ocupación. Pues también tiene razón
Salam Alí, del Partido Comunista de Irak (se trata de un partido diferente
al antes citado), al señalar que "Es muy irresponsable decir que el
pueblo iraquí decida su futuro sin darle más alternativa que
apoyar a gente como Sadar o a fuerzas extremistas reaccionarias". No se trata
de elegir entre la ocupación, ladrona y opresora, y el "vámonos
y que se las apañen solos". Se trata de otra política, que reconozca
el derecho de los iraquíes a decidir su destino, lo que quiere decir
dos cosas: el derecho a gobernar su país y el derecho de cada iraquí
a gobernar su propia vida en un marco de respeto de los derechos humanos.
A quien eso defienda, hay que apoyar. Con implicación de las instituciones
internacionales, especialmente de la ONU.
Rebwar Ahmad, dirigente del PCT de Irak, propone que "La seguridad y el
orden deben ser garantizados en el país por un gobierno provisional
en cooperación con fuerzas multinacionales, excluyendo de ellas a
EEUU y a sus aliados en esta guerra". Puede ser un camino a explorar. En
todo caso, mientras en Irak siga la autoridad de ocupación y las tropas
de ocupación, esa vía está cerrada, pues en esas condiciones
cualquier intervención de la ONU sería vista como la de mero
acompañante de Bush. Por eso, aquí y ahora, nuestra primera
responsabilidad es seguir diciendo: ¡no a la ocupación!