La idea de Europa
y la constitución europea
José
Antonio Errejón
Iniciativa Socialista,
nº 72, primavera 2004
Las gentes que vivimos en el ámbito de
los Estados que integran la UE vemos como se acerca el momento de promulgación
de la Constitución europea en un clima de indiferencia y desentendimiento
generalizados. Siempre ha sido así a lo largo de la historia comunitaria.
Tal parece que los padres fundadores hubieran deseado y planificado un ámbito
político “frío”, una modalidad extremadamente pasiva del Estado
del Bienestar que por entonces se desarrollaba, indiscutido, en toda Europa.
Los tiempos, sin embargo, han cambiado y la constitución de la UE
no parece traer la promesa del bienestar, la justicia social y la ciudadanía
entre sus preceptos.
Entre sus defensores más progresistas se la concibe como el paso
decisivo, el término del proceso de constitución de Europa,
el que inaugura o puede hacerlo un periodo histórico en el que las
relaciones con Estados Unidos podrían superar la subordinación
histórica iniciada al final de la 2ª Guerra Mundial. La potencia
Europa con su modelo social y su legado histórico de la Ilustración
podría entrar en condiciones ventajosas en la competencia con los
otros dos polos de la Tríada, USA y Japón.
El famoso modelo social europeo aparece, no obstante, bastante desdibujado
en el proyecto de Constitución. En vano se buscará en él
un precepto constitucionalizador del trabajo como contienen la Constitución
italiana de 1948 y la española de 1978. Se proclaman como objetivos
de la Unión combatir la marginación y fomentar la justicia
social pero no se la dota de competencia alguna para legislar en esta materia.
Se proclama, asimismo, el pleno empleo como objetivo de la Unión pero
su consecución queda claramente supeditada a la estabilidad económica.
En realidad en esta expresión y en lo que la consagra como parte
del vigente Tratado está el núcleo duro de la constitución
europea, la auténtica constitución material. Una constitución
del capital y para el capital europeo, los estatutos de la clase de los señores
de las grandes corporaciones. Los estatutos del capital europeo para mejorar
su posición competitiva en el mercado mundial.
En ese sentido el proyecto de constitución europea ni siquiera
puede entenderse como una alternativa al poder USA, pues, como alguien ha
dicho en frase feliz “lleva inscrito un ADN similar con algún cromosoma,
por el momento, un poco menos brutal y un poco más político”
(Fernández Durán). La pasajera existencia de ese cromosoma en
modo alguno puede entenderse en conexión con los contenidos del llamado
Estado social y democrático. Los contenidos sociales, cuando los hay,
están remitidos a las constituciones de los Estados miembros.
Así que es más práctico buscar la efectiva entraña
constitucional europea en el Pacto de Estabilidad y en las instituciones
de política monetaria, el euro y el Banco Central.
El euro como depósito de valor, como activo refugio en una época
en la que parece haberse iniciado ya la fuga del dólar, como lo prueba
que el 20% de todas las reservas mundiales de los bancos centrales estén
en euros, en una progresión que no deja de crecer. Precisamente la
demostración de poderío militar USA, entre otras funciones,
pretende contrarrestar esa tendencia con el fin de que la mayor parte de
los capitales mundiales acudan al dólar para sostener los déficits
por cuenta corriente y presupuestaria en Estados Unidos.
La acusación de los intelectuales orgánicos del Imperio,
(Kagan por ej.) por el egoísmo de Europa que no quiere asumir sus
responsabilidades militares en el gobierno del capitalismo global, busca
recordar a todos los poderosos del mundo su obligación de sostener
financieramente al ejército de USA como defensa del sistema mundial
de dominación.
De forma que la UE no parece que pueda soslayar por más tiempo
el dotarse de un “instrumento de Defensa” merecedor de tal nombre si quiere
mantener sus posibilidades de competir con Estados Unidos. Detrás de
una moneda que ya es la segunda divisa de reserva internacional, tiene
que haber un proyecto político militar que la sustente. Y es esta
la razón por la que la Estrategia de Defensa presentada por Solana
en Salónica acompaña al propio proceso de ratificación
de la Constitución. Por decirlo de alguna manera, la Estrategia de
Defensa para combatir, emulando a USA, al “terrorismo internacional”; pero
también para asegurar las fronteras con países como Rusia, Irán
o el propio Irak (cuando entre Turquía). En el reciente conflicto
con Francia y Alemania por el incumplimiento del Pacto de Estabilidad, y
aun cuando no se ha hecho público, ha estado también presente
la pretensión de que los gastos militares no computen para el cumplimiento
del límite del 3% de déficit público.
Este es el contexto de situación, contradictorio ciertamente, en
que debe ser considerado el proyecto de constitución europea.
El proyecto de Constitución Europea significa de hecho la revisión
y denuncia del pacto social del 45 por las clases poseedoras, el miedo que
la resistencia antifascista sembró entre dichas clases, en buena medida
simpatizantes del nazi fascismo, es lo que las empuja a aceptar dicho pacto
social consagrado en constituciones en unos casos como la italiana y en
políticas de fomento a la demanda para impulsar la recuperación
económica…
Desde los años setenta del pasado siglo estas clases, con el concurso
de los partidos políticos mayoritarios, han desatado una ofensiva
sin precedentes contra diferentes cláusulas de ese pacto social… En
Italia fue la supresión de la escala móvil de salarios, en Gran
Bretaña las privatizaciones y el ataque a los derechos sindicales y
laborales, en España los procesos de reconversión industrial
y la consagración del empleo temporal y precario, etc.
Todos estos ataques no han conseguido, sin embargo, los resultados deseados.
Es verdad que no han cesado de disminuir las rentas salariales y su peso
en términos de PNB en estas tres últimas décadas.
No obstante lo cual las economías europeas no han conseguido la
superación neta de una crisis económica que, si empezó
siendo crisis de sobre acumulación, ahora es también y en cierta
medida, una crisis de subconsumo. Un subconsumo que expresa la expulsión
y marginación de franjas importantes de la población del acceso
al mercado, su caída en el agujero de la “demanda insolvente”, su
invisibilidad como consumidores.
La Constitución Europea pretende consagrar ese estado de marginación
y extrañamiento a pesar de las proclamaciones más arriba mencionadas.
Sus inspiradores seguramente albergan la convicción de que tales fenómenos
son inherentes a las sociedades complejas, abiertas y competitivas; fenómenos
a los que, todo lo más, pueden aplicarse determinadas ortopedias.
No es Europa, pues, la que se constituye. Es un ámbito de regulación
de los negocios pertenecientes a las corporaciones que tienen su sede en
los Estados que integran dicho ámbito. Por eso el “nacimiento
de la Europa política” tiene tan escaso aliento.
Pero Europa no nos es indiferente. No podemos contentarnos con decir un
no a la Constitución del capital desde la invocación de unos
Estados nacionales del Bienestar que no volverán en la forma en la
que los hemos conocido en una época dorada.
Han sido los Estados, todos los Estados, quienes han preparado el dictado
del capital transnacional las condiciones históricas que hacen posible,
entre otros, el proyecto de Constitución Europea. Ni bajo esa forma
–ni mucho menos aún- bajo la forma quimérica de “proyectos
nacionales auto centrados” son pensables sociedades y economías de
la complejidad e interdependencia que han alcanzado las que integran la actual
UE.
No es posible desconocer las profundas transformaciones surgidas en las
últimas décadas por esas sociedades que sólo por convicción
y hábito llamamos alemana, francesa o española. En realidad
lo que llamamos globalización económica ha sido sólo
un aspecto, un epifenómeno me atrevería a decir, de profundos
procesos sociales de transformación en el curso de los cuales
han sido radicalmente alteradas las condiciones de partida.
Debajo de la historia oficial de Europa abierta con la firma de los Tratados
del carbón y del acero hay una infrahistoria mucho más
fecunda aunque callada. La han escrito los trabajadores españoles,
italianos, griegos, turcos, portugueses, rumanos, yugoslavos que acudieron
al corazón de Europa a levantarla de la destrucción con sus
trabajos y sus luchas. Con unos y con otras han empujado un formidable
proceso de desarrollo y de innovación económica y tecnológica.
El poder capitalista se ha pegado a esta fuerza incontenible que la ha rentabilizado
hasta el límite, con la ayuda de los instrumentos del keynesismo y
muy en primer lugar del consumo de masas.
El reformismo del capital o el capitalismo reformista, se ha adecuado
bien durante treinta años en el nicho ecológico del Estado
nacional. El contenido social de las Constituciones nacionales, los derechos
sociales, y una clase obrera sindicalizada han empujado las velas del crecimiento
económico hasta fines de la década de los sesenta del pasado
siglo. El consenso nacional entre el trabajo y el capital ha sido considerado
satisfactorio durante este tiempo y eso ha congelado la idea de Europa.
La idea de Europa no es, en efecto, exclusivo patrimonio de intelectuales
y estadistas. No es ésta la ocasión para un análisis
histórico en profundidad sobre los antecedentes de esta idea en los
sectores populares. Sólo con una corta mirada por el pasado siglo
es posible encontrar en la experiencia del sufrimiento compartido por los
obreros de uniforme franceses, alemanes, británicos o rusos en los
campos de batalla entre 1914 y 1918, común sentimiento de identidad
que vive incluso a pesar del envilecimiento y la desmoralización,
producido por el apoyo a la guerra por los dirigentes de La Internacional.
Después, la barbarie nazi fascista realimenta este sentimiento.
Bajo su delirio racista y genocida en la experiencia más terrible
que han visto los siglos, mujeres y hombres, procedentes de todos los puntos
de Europa, comprueban sobreviviendo al exterminio la posibilidad de otra
Europa, que otra Europa es posible.
En cada uno de estos hitos históricos, la idea de Europa no se
circunscribe a un ámbito territorial determinado ni, mucho menos,
a una herencia cultural compartida. Europa es el nombre que adopta el sueño
y la esperanza de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Un proyecto
permanentemente abierto, que no admite clausuras ni fronteras. Un proyecto
de vida en comunidad fundado en la potenciación de la diversidad,
tanto como en la expansión de la capacidad social de cooperación.