Iniciativa Socialista (portada) Constitución europea: en definitiva, sí

Luis M. Sáenz

Iniciativa Socialista, nº 72, primavera 2004
La derrota electoral del Partido Popular en España ha hecho más transitable el camino hacia la aprobación de la Constitución europea. Una Constitución que, sin duda, no es aquella que a mí me gustaría. Pero es que no es "mi" Constitución, sino la Constitución Europea, una Constitución para millones de personas, con opiniones e inclinaciones políticas muy diversas, con muchos, muchos votos para fuerzas políticas de derechas y conservadoras, y bastantes para fuerzas reaccionarias. Refleja, como no podía ser de otra manera, una relación de fuerzas y una realidad.
En todo caso, la aprobación de la Constitución Europea, afectando a 25 países, algunos de los cuales estaban sometidos hace apenas quince años a sistemas totalitarios, será un acontecimiento progresista de dimensión histórica. Algo impensable hace no mucho tiempo.
Los "intelectuales orgánicos" del proyecto neoreaccionario liderado por George Bush lo tienen claro. Marian L. Tupy escribe que "La Constitución Europea propuesta representa la última bocanada del socialismo europeo" ["Where Are You Going, Europe?", 1/7/2003]. De forma más extensa, el mismo autor, director asociado del Project on Global Economic Liberty en el Cato Institute, escribe, junto a Patrick Basham, lo siguiente:
"La Constitución de la Unión Europea está llena de una fraseología peligrosamente vaga, políticamente correcta, incluyendo referencias al "desarrollo sostenible", la "solidaridad intergeneracional", la "economía social de mercado". Además, la Constitución de la Unión Europea también aborda la codificación de algunas prestaciones sociales, esto es, de demandas redistributivas que unos individuos y/o grupos hacen contra otros. Por ejemplo, algunas de las cosas estipuladas en la Carta Europea de Derechos Fundamentales, como el derecho a un empleo, sólo pueden ser garantizadas si se transfiere, de unos ciudadanos a otros, una enorme cantidad de recursos" ["US-EU: The Constitutional Divide", Marian Tupy y Patrick Basham, Washington Times, 2576/2003].
Exageran, no es un proyecto del socialismo, sino el resultado de un consenso. El contenido social de la Constitución Europea es, posiblemente, su parte más atrasada. Exageran, pero lo hacen para combatir la Constitución Europea. La ven como un serio peligro. Como también la ven como una amenaza las corrientes chauvinistas, patrioteras, que en tal o cual país europeo quieren hacer de la "soberanía nacional" bandera contra el avance de una unión política que detestan.

Entendámonos. La Constitución Europea está muy lejos de ser perfecta. En mi opinión, sus dos facetas más criticables son, por un lado, la timidez de los avances hacia una Europa menos intergubernamental y más ciudadana, y, por otro, la parte tercera del proyecto, en la que se abordan aspectos económicos, monetarios, sociales, etc. Y, sin embargo, ¡SÍ A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA!
Debemos intentar introducir modificaciones en ella. Pero si de verdad queremos modificarla, y no simplemente boicotearla, no puede hacerse desde una descalificación global, sino eligiendo cuidadosamente algunos objetivos concretos, especialmente sensibles, en torno a los que podamos agrupar un suficiente número de fuerzas como para lograr que algunos gobiernos los asuman y traten de introducirlos en la Constitución. De esa forma, la Confederación Europea de Sindicatos ha propiciado y propicia presiones sociales para introducir modificaciones en la parte III de la Constitución. O, por citar otro ejemplo positivo, la campaña en favor de la laicidad que reclama la supresión del artículo 51, al que ya algunos Estados habían presentado enmiendas.
Muy distinta es la estrategia que promueve un "no a la Constitución europea", argumentando que es la Constitución del capital. Esa estrategia no lleva, ni pretende llevar, a mejorar la Constitución, sino que se propone hacerla fracasar. Para ello, puede haber dos motivos: uno, que se piense que no es positivo conseguir hoy una Constitución europea, o, al menos, ninguna que entre dentro del rango de lo alcanzable con la actual relación de fuerzas; el otro, que aunque se quiera lograr una Constitución Europea más o menos realista, la que se propone es tan mala que mejor estaremos sin ella. Mi diferencia con la primera opción es "de principio"; pura y simplemente, no queremos lo mismo. Respecto a la segunda, creo que se basa en un análisis y una perspectiva equivocada.

Tal y como yo entiendo el proyecto de Constitución Europea, no cabe duda de que concibe una economía de tipo capitalista. Realmente, sería absolutamente asombroso que 25 países como los que hoy podrían formar la nueva UE decidiesen hacerlo sobre bases absolutamente diferentes a las que rigen en cada uno de ellos. Yo diría que, efectivamente, bastantes de los contenidos de la Constitución son "liberistas", tendentes hacia el fomento de una sociedad de mercado... pero no más que lo son las propias constituciones nacionales de cada uno de los veinticinco países o que los acuerdos que los mismos están estableciendo en otros foros internacionales. Por otra parte, algunos de esos contenidos son lo suficientemente ambiguos para que, en definitiva, su interpretación dependa de la correlación política y social de fuerzas. Esta Constitución no nos evitará la pelea que se está dando y habrá que dar en torno a los servicios públicos, a la protección social, a la defensa de la "excepción cultural" (entendida de forma no patriotera ni provinciana). Pero tampoco nos condena a la derrota en ella, salvo si entendemos que el eje de la oposición a la lógica capitalista de mando y depredación se centra en la preferencia de los "capitalistas nacionales" frente a los de fuera, pues, efectivamente, lo que la Constitución Europea dificulta enormemente es la protección del capital en función del país de procedencia. ¿Y a quién le importa? Si hay que defender un servicio público contra una operación privatizadora que lo condena a la degradación, hagámoslo con uñas y dientes, contra un gobierno nacional o contra la Comisión europea. Pero no, desde luego, para que se entregue a una Sociedad Anónima inscrita en España en vez de a una que lo esté en Andorra, Bélgica, Nueva York o las Barbados.
Tras un fracaso de la Constitución Europea, el escenario previsible sería el siguiente: mantenimiento y reforzamiento del peso de los gobiernos en el seno de la UE, con un debilitamiento del papel de la Comisión y del Parlamento Europeo; involución en la UE hacia formas de coordinación esencialmente económicas y comerciales, con una devaluación de lo político; reforzamiento en los países procedentes del antiguo bloque soviético de una tendencia favorable a tejer alianzas preferentes con EEUU; economías tan capitalistas como lo son hasta ahora, pero con menores contrapesos políticos; auge de nacionalismos reaccionarios...
Más allá de lo que no nos guste del proyecto de Constitución Europea, y más allá de la ingeniería político-futurista que nos permitiría proponer un texto de Constitución Europea que recogiese todo aquello que nos gustaría fuese Europa, lo que de vez en cuando no está de más hacerlo para sugerir vías de avance, hay una batalla política de alcance histórico: Constitución Europea, ahora. ¿Cualquier Constitución, nos preguntará alguno? No, cualquiera no. Por ejemplo, a una Constitución que extendiera la pena de muerte por toda Europa, habría que decir un no rotundo; y no a una Constitución que no incluyese una carta de derechos fundamentales. El problema político planteado es mucho más concreto: al actual proyecto de Constitución Europea, digamos "Sí", incluso aunque no mejore en nada sobre su actual redacción. Es decir: a esta Constitución, ¡Sí!, pues tenerla es muchísimo mejor que carecer de ella. Y si conseguimos mejorarla, ¡Sí, Sí, Sí!
No me entusiasma el texto. Preferiría otro, más político, más social, más laico, con más derechos sociales garantizados, con más protección de los servicios públicos, con más peso del Parlamento europeo y menos influencia de los gobiernos nacionales. Pero me entusiasma pensar que veinticinco países europeos, tanto Francia como Hungría, tanto Alemania como Polonia, puedan ser capaces de adoptar una Constitución de este tipo, que no quita a los ciudadanos de ningún país los derechos que les otorga su propia Constitución y sí les ofrece otros. La Constitución Europea no nos evita los conflictos ni nos resuelve los problemas, pero genera otro espacio político desde el que abordarlas. Un espacio político "más nuestro", más mundialista, más a la altura de desafíos que desbordan por los cuatro costados a cualquier Estado europeo. Un espacio que nos abre nuevos horizontes y que nos compromete a pelear para que sea utilizado en beneficio de toda la humanidad y no para construir una utópica fortaleza frente a las mujeres y los hombres que a lo largo y ancho del planeta sufren por las ansias de dominación de otros.
Puede hacerse. La decisión de Zapatero de retirar las tropas de Irak ha tenido grandes repercusiones en el escenario mundial. De forma casi inmediata, ha arrastrado a otros países a seguir el ejemplo. ¿Nos imaginamos la influencia que pueden llegar a tener las decisiones de política exterior y cooperación que tomase esta Unión Europea? Claro está que nada garantiza que el rumbo que se siga sea el adecuado. Ni en la UE, ni en un Estado, ni en un pequeño municipio. Aquí no hay nada asegurado. Pero si queremos avanzar tenemos que hacerlo como mundialistas que, por serlo, somos también europeístas. Por nosotras y nosotros, pero también por nuestras hermanas y hermanos que, hace poco escapados de dictaduras totalitarias estalinistas, siguen hoy bajo el peligro del capitalismo más salvaje comandado ahora por antiguos burócratas "comunistas", de confrontaciones etnicistas, de violación de los derechos individuales, de la hostilidad de un Estado ruso aún dirigido por kagebistas... La Constitución Europea no diluye esos peligros, pero no dejará de ser un punto de apoyo sobre el que hacer palanca.