Iniciativa Socialista (portada) ¡Los echamos!

José Luis Mateos

Iniciativa Socialista, nº 72, primavera 2004


Se  acabó el cuatrienio negro, la etapa ominosa o los años bobos. Tres calificaciones que con más o menos acierto buscan similitud con otros momentos históricos. El “bienio negro” (noviembre 1933-febrero 1936) significó el fracaso de las fuerzas más reaccionarias y parásitas de la sociedad española por imponer el fascismo institucional como solución a los problemas del país. Los gobiernos Lerroux y Samper con Gil Robles como cabeza visible del fascio se estrellaron con la revolución de octubre de 1934. Aún triunfando, su descrédito fue tan ingente y su descomposición tan acelerada que nada pudieron hacer ante la avalancha social que se les vino encima. Desde entonces, buscaron nuevos caminos y nuevos partidos (de la CEDA al Ejército).
Los “años bobos” definieron el ambiente reinante de las fuerzas sociales dominantes durante el régimen de la Restauración (1875-1923). Grupos dominantes cuya alianza (burguesía, nobleza, Iglesia, Ejército y por supuesto, la monarquía) no tenía otro objeto que impedir la irrupción social de un decidido y generoso movimiento obrero. La Semana Trágica de 1909 contra las aventuras coloniales en Marruecos, la huelga revolucionaria de agosto de 1917 y el “año rojo” de 1919 fueron suficientes para que, poco después, el régimen saltase hecho añicos bajo la preeminencia que la monarquía concedió al Ejército a fin de salvar el conjunto.
La “década ominosa” (1823-1833) comienza con la liquidación, por los “cien mil hijos de San Luis”, del trienio liberal. Fernando VII reintroduce las relaciones sociales del Antiguo Régimen, retorna la Inquisición, es la época del ministro Calomarde, de los crímenes del “Ángel exterminador”, del ajusticiamiento de Riego y Torrijos entre otros muchos. El país es forzado a retroceder 400 años, condenado a revivir entre las tinieblas del pasado, a percibir el dominio de los serviles y el olor a fraile. Pero la muerte del tirano finiquita, para siempre, unas estructuras de poder ya erradicadas en cualquier nación civilizada.
En todos estos momentos, incluyendo la etapa aznarista, siempre se descubre una inequívoca presencia, la de la Iglesia. Desde el cura Merino a Rouco Varela, pasando por Segura o Goma, firmes representantes del odio de esa institución a la razón, a la libertad o a todo intento de modernización del país, por modesto que fuese.
Sin embargo, cuando, a pesar de la inmensa oposición demostrada, el régimen aznarista parecía consolidado, una inesperada movilización social lo hunde estrepitosamente, revelando el profundo desconocimiento que la derecha tiene respecto de la sociedad que gobierna. Es como si su derecho a gobernar tuviera fundamentos providenciales.
La acumulación de factores negativos contra el Gobierno había tomado forma de zig-zag. Así, profundos descensos de su credibilidad se compensaban con la solidez del bloque social de la derecha, y si este dato era insuficiente aparecían las debilidades y miserias de la oposición “tranquila”.
Una vez superada la etapa centrista, a través de la mayoría absoluta, se disponen a modificar los equilibrios sociales y políticos surgidos de la Transición. Ponen en tensión al conjunto de la sociedad, hacen que el poder, lejos de redistribuirse, se concentre en uno de los polos que conforman toda relación humana y/o social. Dicho de otra manera, concentra el poder en el poderoso, desde la economía a la familia, pasando por la escuela, la empresa o la política internacional. Una concepción exclusivista del poder, que tiene, necesariamente, raíces antidemocráticas.
Pero para cambiar la naturaleza de la democracia, disminuir su calidad, limitarla a la esfera institucional... ha sido necesario invertir las políticas fiscales, impulsar agresivas medidas de privatización de lo público, empobrecer el sistema de protección social, recuperar la simbología patriotera y centralista...
Sin embargo, el bloque social al que representa y al que dota de expresión política no se ha resquebrajado. Ni la huelga general del 20-J, ni el Prestige, ni la guerra de Irak, ni las movilizaciones estudiantiles, ni la compra de las elecciones en la Comunidad de Madrid, ni los asuntos de corrupción (de Gescartera a Fabra) se han presentado más como cualidades del estadista astuto que como formas concretas de degeneración de la democracia. Su bloque social ha soportado todas las sacudidas, incluso el 11-M y la escandalosa manipulación subsiguiente (el PSOE no ha ganado por trasvase de votos, apenas 500.000 sobre 10.900.000). La CEOE, la Iglesia, las poderosas empresas ex-públicas, el aparato de Estado, la Justicia, el pequeño propietario, las profesiones liberales, la patronal de la enseñanza y sanidad privadas, los restos de la vieja España... no se han sentido defraudados por el comportamiento aznarista. Es más, ahí han encontrado la cohesión y decisión a la que aspiraban desde los lejanos tiempos de la Transición.
Afortunadamente para la democracia, el 14-M liquida esa hegemonía aunque siga vigente su poder para influir y determinar el rumbo de las cosas.
En definitiva, “cuatrienio negro”, “años bobos” o “etapa ominosa” sirven para caracterizar este periodo de transición hacia atrás, “transición del cangrejo” como acertadamente lo denomina esta revista. La sensación de alivio que la sociedad experimenta indica, sobre todo, el punto intolerable al que se había llegado.
Cuatro días
Cuatro días de continuos cambios en el estado de ánimo de una sociedad convulsionada. Una sociedad que sin el protagonismo de su representación política desbroza de hora en hora caminos que el día de la víspera resultaban impensables.
Hoy podemos entender que el día 11-M no era posible alguna forma de reflexión. Solamente comprobar la magnitud de un desastre que aumentaba con cada noticia. Aparte de la solidaridad cívica, es el Gobierno el que se erige en informador único y en intérprete exclusivo de esa información. ¿Cree la sociedad lo que se le cuenta? Aunque sobren motivos para la duda, no hay ni tiempo ni argumentos capaces de desplazar el espanto. En los escasos momentos de lucidez puede pensarse que con los servicios de información de Interior, con los ingentes presupuestos destinados a este fin, cualquier estudiante podría sospechar que no es autoría de ETA (interesantes algunas reflexiones sobre la diferencia entre terrorismo laico y religioso). No obstante, la mayoría, incluidos PSOE e IU, asintió ante la versión del Gobierno. Quizás resultaba mezquino, en medio de la conmoción, cuestionar las informaciones oficiales. No queríamos pensar que el Gobierno pretendía rentabilizarlo electoralmente.
Pero es Aznar quien nos hace recuperar la conciencia: la convocatoria de la manifestación, su decisión excluyente de lemas y objetivos no son accidentales. La información hace sentir sus primeros efectos (quien estuviera en Sol el mismo 11-M habrá escuchado peticiones de pena de muerte, insultos a Ibarreche y Carod... pero también protestas sin duda, estimulantes). La rueda de prensa de Acebes previa a la manifestación carece de carácter informativo, su sentido es estrictamente político. La manifestación no debe desviarse de su objeto, es decir, el terrorismo asociado al nacionalismo periférico. Así sucede en Madrid (salvo en la zona de Atocha), pero no en el resto del país.
Pero existen novedosos sistemas de información y comunicación, medios no sometidos, prensa extranjera y a la vez, una creciente exigencia social: ¡Queremos la verdad! La tarde-noche del ¡Pásalo!, la que acertadamente ya se denomina noche de la dignidad. Una iniciativa social que toma forma de rebelión democrática, una defensa de la democracia con la sociedad civil como protagonista, sin que ni PSOE ni IU contribuyan al éxito (lo que no es precisamente un halago).
La derecha hispana reaccionó como sabe, es decir, exigiendo que la manipulación y la mentira se expandiesen sin obstáculos. Toda la ruindad y miseria del presidente, del candidato, de sus dirigentes y, por qué no, de muchos de sus votantes consideraron la tragedia como un instrumento más susceptible de instrumentalización política.
¿Podría hacerlo de otra forma? No. Resulta excesivamente complicado para quien recupera la imagen de las “dos Españas”, porque no puede dejar de pensar en que las víctimas son de segunda categoría, que pueden ayudar a camuflar la responsabilidad política que contrajeron. Así, engañan a Naciones Unidas, adoctrinan a las embajadas con un discurso increíble, presionan a los directores de los medios de comunicación, aunque muchos se dejen, mienten a los corresponsales extranjeros, amenazan la seguridad del resto de Estados europeos... En fin, el comportamiento más despreciable de nuestra historia reciente.
La noche de la dignidad, la de la rebelión democrática ajena a la legalidad, significó un impulso democrático merecedor de reivindicarse. Permitió comprender y visualizar que la sociedad demandaba la verdad, a la vez que repudiar la obscenidad de los que nos han gobernado.
Al día siguiente, les pusimos en su sitio. Un sitio demasiado benevolente, habida cuenta del coste que nos han supuesto los delirios de grandeza.
Ha ganado la gente de izquierdas
Así ha sido, a pesar de la concepción “olímpica” de la política con que habitualmente se nos acosa. Concepción que sitúa al ciudadano o ciudadana como espectador o seguidor de uno de los “equipos” en liza. Zapatero y Rajoy serían considerados “cracks” y, en consecuencia, el resto simples aspirantes a la “permanencia”.
Pero la política es algo más complejo que cualquier simplificación al uso. No es tanto ser o quedar primero como la capacidad de agrupar, de influir, de determinar..., e incluso, debilitar las opciones antagónicas.
Tampoco puede olvidarse que los votos no necesariamente expresan identidad con el partido, candidatos o programa que los recibe. Numerosas veces, y ésta es una de ellas, puede votarse contra algo más que votar por algo. En el caso del 14-M una nueva victoria del PP tenía rasgos profundamente amenazadores, se corría el riesgo de culminar la “segunda transición”, esa especie de retroceso a las relaciones sociales del franquismo aunque sin franquismo. Para evitar eso votamos y eso fue lo que dijeron los resultados.
Fuera de lugar estuvo el compromiso de Zapatero de gobernar sólo en el supuesto de ser primero en votos o en escaños ¿Qué hubiese hecho? ¿Tendríamos que pagar todos y todas esta veleidad? ¿Qué pensarían los empresarios que compraron a Tamayo y Sáez? Lejos de ser un golpe de audacia, se convirtió en una especie de chantaje caprichoso ejercido sobre el electorado de izquierdas. Aunque peor suena eso de “...agradecemos a los electores la confianza depositada en nuestro partido” (Simancas, tras las elecciones repetidas en Madrid, octubre de 2003).
En fin, dentro de la general satisfacción por los resultados, muchos hubiesen preferido un mayor reequilibrio entre los partidos estatales de la izquierda (un poco menos PSOE, un poco más IU). En cambio IU, a pesar del intachable comportamiento de Llamazares, sigue pagando la factura heredada de la etapa Anguita, pues sólo así pueden explicarse algunos análisis de su dirección. Veamos:
- Considerar que los procesos electorales necesariamente implican la contraposición de modelos políticos y sociales. ¿Cuál es el modelo social de esos dirigentes de IU? Escuchar a A. Pérez disertar sobre el asunto puede producir escalofríos.
- No entender y confundir deliberadamente dos fenómenos diferentes: polarización social y polarización política. La primera no necesariamente conduce a la segunda (bipartidismo permanentemente denunciado por esos mismos dirigentes).
- Por último, la renuncia a pensar en el voto a IU como voto útil. Han preferido el dilema del voto IU-voto valiente. Sin comentarios.
En fin, hemos ganado. Y no hemos podido celebrarlo. Por eso, lejos de establecer reservas ante las iniciativas del futuro Gobierno, prefiero interpretar el “no nos falles” como un soberano compromiso de transformaciones demandadas por la mayoría social, con ella misma como protagonista. En este sentido, los resabios preventivos no ayudan a participar en la experiencia. Un nuevo impulso democrático en la dirección de incrementar los derechos y la libertad de la persona, de recuperar el espacio de lo público y el valor de las políticas sociales, de apostar por la construcción democrática de Europa, lo que es sinónimo de ruptura con repelente legado aznarista. Que todo lo que dejamos en pie durante la Transición logremos que desaparezca para siempre.
Madrid, 29 de marzo de 2004