Se acabó el cuatrienio negro, la etapa
ominosa o los años bobos. Tres calificaciones que con más o
menos acierto buscan similitud con otros momentos históricos. El “bienio
negro” (noviembre 1933-febrero 1936) significó el fracaso de las fuerzas
más reaccionarias y parásitas de la sociedad española
por imponer el fascismo institucional como solución a los problemas
del país. Los gobiernos Lerroux y Samper con Gil Robles como cabeza
visible del fascio se estrellaron con la revolución de octubre de
1934. Aún triunfando, su descrédito fue tan ingente y su descomposición
tan acelerada que nada pudieron hacer ante la avalancha social que se les
vino encima. Desde entonces, buscaron nuevos caminos y nuevos partidos (de
la CEDA al Ejército).
Los “años bobos” definieron el ambiente reinante de las fuerzas
sociales dominantes durante el régimen de la Restauración (1875-1923).
Grupos dominantes cuya alianza (burguesía, nobleza, Iglesia, Ejército
y por supuesto, la monarquía) no tenía otro objeto que impedir
la irrupción social de un decidido y generoso movimiento obrero.
La Semana Trágica de 1909 contra las aventuras coloniales en Marruecos,
la huelga revolucionaria de agosto de 1917 y el “año rojo” de 1919
fueron suficientes para que, poco después, el régimen saltase
hecho añicos bajo la preeminencia que la monarquía concedió
al Ejército a fin de salvar el conjunto.
La “década ominosa” (1823-1833) comienza con la liquidación,
por los “cien mil hijos de San Luis”, del trienio liberal. Fernando VII reintroduce
las relaciones sociales del Antiguo Régimen, retorna la Inquisición,
es la época del ministro Calomarde, de los crímenes del “Ángel
exterminador”, del ajusticiamiento de Riego y Torrijos entre otros muchos.
El país es forzado a retroceder 400 años, condenado a revivir
entre las tinieblas del pasado, a percibir el dominio de los serviles y
el olor a fraile. Pero la muerte del tirano finiquita, para siempre, unas
estructuras de poder ya erradicadas en cualquier nación civilizada.
En todos estos momentos, incluyendo la etapa aznarista, siempre se descubre
una inequívoca presencia, la de la Iglesia. Desde el cura Merino a
Rouco Varela, pasando por Segura o Goma, firmes representantes del odio de
esa institución a la razón, a la libertad o a todo intento
de modernización del país, por modesto que fuese.
Sin embargo, cuando, a pesar de la inmensa oposición demostrada,
el régimen aznarista parecía consolidado, una inesperada movilización
social lo hunde estrepitosamente, revelando el profundo desconocimiento que
la derecha tiene respecto de la sociedad que gobierna. Es como si su derecho
a gobernar tuviera fundamentos providenciales.
La acumulación de factores negativos contra el Gobierno había
tomado forma de zig-zag. Así, profundos descensos de su credibilidad
se compensaban con la solidez del bloque social de la derecha, y si este
dato era insuficiente aparecían las debilidades y miserias de la oposición
“tranquila”.
Una vez superada la etapa centrista, a través de la mayoría
absoluta, se disponen a modificar los equilibrios sociales y políticos
surgidos de la Transición. Ponen en tensión al conjunto de
la sociedad, hacen que el poder, lejos de redistribuirse, se concentre en
uno de los polos que conforman toda relación humana y/o social. Dicho
de otra manera, concentra el poder en el poderoso, desde la economía
a la familia, pasando por la escuela, la empresa o la política internacional.
Una concepción exclusivista del poder, que tiene, necesariamente,
raíces antidemocráticas.
Pero para cambiar la naturaleza de la democracia, disminuir su calidad,
limitarla a la esfera institucional... ha sido necesario invertir las políticas
fiscales, impulsar agresivas medidas de privatización de lo público,
empobrecer el sistema de protección social, recuperar la simbología
patriotera y centralista...
Sin embargo, el bloque social al que representa y al que dota de expresión
política no se ha resquebrajado. Ni la huelga general del 20-J, ni
el Prestige, ni la guerra de Irak, ni las movilizaciones estudiantiles, ni
la compra de las elecciones en la Comunidad de Madrid, ni los asuntos de
corrupción (de Gescartera a Fabra) se han presentado más como
cualidades del estadista astuto que como formas concretas de degeneración
de la democracia. Su bloque social ha soportado todas las sacudidas, incluso
el 11-M y la escandalosa manipulación subsiguiente (el PSOE no ha ganado
por trasvase de votos, apenas 500.000 sobre 10.900.000). La CEOE, la Iglesia,
las poderosas empresas ex-públicas, el aparato de Estado, la Justicia,
el pequeño propietario, las profesiones liberales, la patronal de
la enseñanza y sanidad privadas, los restos de la vieja España...
no se han sentido defraudados por el comportamiento aznarista. Es más,
ahí han encontrado la cohesión y decisión a la que aspiraban
desde los lejanos tiempos de la Transición.
Afortunadamente para la democracia, el 14-M liquida esa hegemonía
aunque siga vigente su poder para influir y determinar el rumbo de las cosas.
En definitiva, “cuatrienio negro”, “años bobos” o “etapa ominosa”
sirven para caracterizar este periodo de transición hacia atrás,
“transición del cangrejo” como acertadamente lo denomina esta revista.
La sensación de alivio que la sociedad experimenta indica, sobre todo,
el punto intolerable al que se había llegado.
Cuatro días
Cuatro días de continuos cambios en el estado de ánimo de
una sociedad convulsionada. Una sociedad que sin el protagonismo de su representación
política desbroza de hora en hora caminos que el día de la
víspera resultaban impensables.
Hoy podemos entender que el día 11-M no era posible alguna forma
de reflexión. Solamente comprobar la magnitud de un desastre que
aumentaba con cada noticia. Aparte de la solidaridad cívica, es el
Gobierno el que se erige en informador único y en intérprete
exclusivo de esa información. ¿Cree la sociedad lo que se le
cuenta? Aunque sobren motivos para la duda, no hay ni tiempo ni argumentos
capaces de desplazar el espanto. En los escasos momentos de lucidez puede
pensarse que con los servicios de información de Interior, con los
ingentes presupuestos destinados a este fin, cualquier estudiante podría
sospechar que no es autoría de ETA (interesantes algunas reflexiones
sobre la diferencia entre terrorismo laico y religioso). No obstante, la
mayoría, incluidos PSOE e IU, asintió ante la versión
del Gobierno. Quizás resultaba mezquino, en medio de la conmoción,
cuestionar las informaciones oficiales. No queríamos pensar que el
Gobierno pretendía rentabilizarlo electoralmente.
Pero es Aznar quien nos hace recuperar la conciencia: la convocatoria
de la manifestación, su decisión excluyente de lemas y objetivos
no son accidentales. La información hace sentir sus primeros efectos
(quien estuviera en Sol el mismo 11-M habrá escuchado peticiones de
pena de muerte, insultos a Ibarreche y Carod... pero también protestas
sin duda, estimulantes). La rueda de prensa de Acebes previa a la manifestación
carece de carácter informativo, su sentido es estrictamente político.
La manifestación no debe desviarse de su objeto, es decir, el terrorismo
asociado al nacionalismo periférico. Así sucede en Madrid (salvo
en la zona de Atocha), pero no en el resto del país.
Pero existen novedosos sistemas de información y comunicación,
medios no sometidos, prensa extranjera y a la vez, una creciente exigencia
social: ¡Queremos la verdad! La tarde-noche del ¡Pásalo!,
la que acertadamente ya se denomina noche de la dignidad. Una iniciativa
social que toma forma de rebelión democrática, una defensa de
la democracia con la sociedad civil como protagonista, sin que ni PSOE ni
IU contribuyan al éxito (lo que no es precisamente un halago).
La derecha hispana reaccionó como sabe, es decir, exigiendo que
la manipulación y la mentira se expandiesen sin obstáculos.
Toda la ruindad y miseria del presidente, del candidato, de sus dirigentes
y, por qué no, de muchos de sus votantes consideraron la tragedia como
un instrumento más susceptible de instrumentalización política.
¿Podría hacerlo de otra forma? No. Resulta excesivamente
complicado para quien recupera la imagen de las “dos Españas”, porque
no puede dejar de pensar en que las víctimas son de segunda categoría,
que pueden ayudar a camuflar la responsabilidad política que contrajeron.
Así, engañan a Naciones Unidas, adoctrinan a las embajadas
con un discurso increíble, presionan a los directores de los medios
de comunicación, aunque muchos se dejen, mienten a los corresponsales
extranjeros, amenazan la seguridad del resto de Estados europeos... En fin,
el comportamiento más despreciable de nuestra historia reciente.
La noche de la dignidad, la de la rebelión democrática ajena
a la legalidad, significó un impulso democrático merecedor
de reivindicarse. Permitió comprender y visualizar que la sociedad
demandaba la verdad, a la vez que repudiar la obscenidad de los que nos han
gobernado.
Al día siguiente, les pusimos en su sitio. Un sitio demasiado benevolente,
habida cuenta del coste que nos han supuesto los delirios de grandeza.
Ha ganado la gente de izquierdas
Así ha sido, a pesar de la concepción “olímpica”
de la política con que habitualmente se nos acosa. Concepción
que sitúa al ciudadano o ciudadana como espectador o seguidor de uno
de los “equipos” en liza. Zapatero y Rajoy serían considerados “cracks”
y, en consecuencia, el resto simples aspirantes a la “permanencia”.
Pero la política es algo más complejo que cualquier simplificación
al uso. No es tanto ser o quedar primero como la capacidad de agrupar, de
influir, de determinar..., e incluso, debilitar las opciones antagónicas.
Tampoco puede olvidarse que los votos no necesariamente expresan identidad
con el partido, candidatos o programa que los recibe. Numerosas veces, y
ésta es una de ellas, puede votarse contra algo más que votar
por algo. En el caso del 14-M una nueva victoria del PP tenía rasgos
profundamente amenazadores, se corría el riesgo de culminar la “segunda
transición”, esa especie de retroceso a las relaciones sociales del
franquismo aunque sin franquismo. Para evitar eso votamos y eso fue lo que
dijeron los resultados.
Fuera de lugar estuvo el compromiso de Zapatero de gobernar sólo
en el supuesto de ser primero en votos o en escaños ¿Qué
hubiese hecho? ¿Tendríamos que pagar todos y todas esta veleidad?
¿Qué pensarían los empresarios que compraron a Tamayo
y Sáez? Lejos de ser un golpe de audacia, se convirtió en una
especie de chantaje caprichoso ejercido sobre el electorado de izquierdas.
Aunque peor suena eso de “...agradecemos a los electores la confianza depositada
en nuestro partido” (Simancas, tras las elecciones repetidas en Madrid, octubre
de 2003).
En fin, dentro de la general satisfacción por los resultados, muchos
hubiesen preferido un mayor reequilibrio entre los partidos estatales de
la izquierda (un poco menos PSOE, un poco más IU). En cambio IU, a
pesar del intachable comportamiento de Llamazares, sigue pagando la factura
heredada de la etapa Anguita, pues sólo así pueden explicarse
algunos análisis de su dirección. Veamos:
- Considerar que los procesos electorales necesariamente implican la contraposición
de modelos políticos y sociales. ¿Cuál es el modelo
social de esos dirigentes de IU? Escuchar a A. Pérez disertar sobre
el asunto puede producir escalofríos.
- No entender y confundir deliberadamente dos fenómenos diferentes:
polarización social y polarización política. La primera
no necesariamente conduce a la segunda (bipartidismo permanentemente denunciado
por esos mismos dirigentes).
- Por último, la renuncia a pensar en el voto a IU como voto útil.
Han preferido el dilema del voto IU-voto valiente. Sin comentarios.
En fin, hemos ganado. Y no hemos podido celebrarlo. Por eso, lejos de
establecer reservas ante las iniciativas del futuro Gobierno, prefiero interpretar
el “no nos falles” como un soberano compromiso de transformaciones demandadas
por la mayoría social, con ella misma como protagonista. En este sentido,
los resabios preventivos no ayudan a participar en la experiencia. Un nuevo
impulso democrático en la dirección de incrementar los derechos
y la libertad de la persona, de recuperar el espacio de lo público
y el valor de las políticas sociales, de apostar por la construcción
democrática de Europa, lo que es sinónimo de ruptura con repelente
legado aznarista. Que todo lo que dejamos en pie durante la Transición
logremos que desaparezca para siempre.
Madrid, 29 de marzo de 2004