Notas sobre María
Zambrano
Ximo
Brotons
Iniciativa
Socialista, nº 72, primavera 2004
Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos,
igual que una mañana o una tarde.
Claudio Rodríguez
El filósofo alemán Hegel había
condicionado el conocimiento de lo real (la verdad) a la mediación
de una razón autoconsciente. Hegel llevaba así al platonismo
hasta sus últimas consecuencias y convertía el todopoderoso
e idéntico mundo de las ideas en el no menos omnipotente mundo de
los hechos ideales: éste sería el mundo científico.
Por su parte, el pensador danés Kierkegaard atacó ferozmente
esta noción hegeliana de mediación o reflexión: para
Kierkegaard, sólo puede haber conocimiento cuando se está en
una relación absoluta e inmediata –no relativa ni mediata- con lo
absoluto. Esta sería la vida religiosa.
Tales son los parámetros antecedentes en los que Zambrano desarrolla
su proyecto intelectual y a los que se enfrenta en su obra, bien que de distinto
modo. Ni absolutamente mediada ni absolutamente inmediata, la razón
no puede realmente conocer cualquier cosa sin tener en cuenta el fondo ininteligible
sobre el que se mece. La razón absoluta mediada de Hegel lo sabe todo
porque se sabe toda, pero así anula de hecho el devenir de lo real.
La razón absoluta inmediata de Kierkegaard alcanza el saber total al
precio de entregárselo a lo absolutamente desconocido. En esta encrucijada,
o sea, entre la palabra hecha y el silencio dado, Zambrano buscará
el camino de una palabra que sea al mismo tiempo leal al silencio y creadora
de realidad.
En términos filosóficos, el logro de Zambrano consiste en
transformar la “razón vital” de Ortega en una razón poética
(de poiesis: creación), pues sólo ésta permite unir
poesía y filosofía, o sea, permite reunir a los poetas
(que no son expulsados de la ciudad como en la República de Platón)
y a los filósofos, que mantienen junto al amor por la vida la exigencia
de lucidez y libertad. En otras palabras, la razón poética de
Zambrano intenta aunar lo poético de la razón y lo racional
de la poesía. De este modo, la filósofa española expone
las diferencias del filósofo y del poeta para tratar de hallar, en
el punto de encuentro que los une, la clave de bóveda de un lenguaje
que haga más fraternal y más libre la convivencia humana. Este
punto clave será lo que llamaremos “la palabra liberada del lenguaje”:
tal será la reforma del entendimiento de cuño spinoziano que
desemboca finalmente en la constatación de que la democracia resulta
la más alta obra de arte que los hombres somos capaces de crear.
Las bodas de la palabra y el silencio
En el arte, nos dice María Zambrano, se descubre “el anhelo elevado
a empeño de reencontrar la huella de una forma perdida no ya de saber
solamente, sino de existencia; de reencontrarla y descifrarla”. Zambrano habla
de una forma perdida de existencia “donde por tanto los contrarios no se
enseñoreaban de la llamada `realidad´, ni las abstracciones la
llamada `vida´”. El arte, la forma más alta de expresión
humana, se opone, pues, al Bien platónico, a la Lógica aristotélica,
a la Idea kantiana, al Sistema hegeliano. En tanto palabra humana, el arte
en Zambrano “ha salvaguardado su esencia única situando la experiencia
de lo Insoluble sobre la reflexión acerca de ello: ha superado en suma
la filosofía...”, según el comentario de Cioran a la obra de
la malagueña, y añade: “sólo es verdadero a sus ojos
el verbo que se zafa de las trabas de la expresión o, como ella misma
ha dicho magníficamente, la palabra liberada del lenguaje”.
Pues bien, el arte para Zambrano ha de ser esta palabra liberada y liberadora,
esta palabra vivificante que se enfrenta a las palabras edificantes de las
filosofías sistemáticas. Y, como ya se ha dicho, esta palabra
se mantiene leal al silencio de la soledad: “Escribir es defender la soledad
en que se está”. Pero en el fondo paradójico de la soledad hierve
el deseo de vida común: pues la defensa de la soledad celebra la “victoria
de un poder de comunicar”. En la soledad ineliminable los hombres recuperan
su libertad individual: “Se escribe para reconquistar la derrota sufrida
siempre que hemos hablado largamente”. Y se escribe para defendernos y acaso
vencer a la totalidad: “Partiendo del centro de nuestro ser en recogimiento,
irán a defendernos (las palabras) ante la totalidad de los momentos,
ante la totalidad de las circunstancias, ante la vida íntegra”. A favor
de la libertad humana, la palabra liberada del lenguaje “lleva la humanidad
del hombre a límites recién descubiertos, a límites de
la hombría, del ser hombre con lo inhumano”. Y la soledad “sedienta”
tiene “sed de vencer por la palabra los instantes vacíos idos, el fracaso
incesante de dejarnos ir por el tiempo”.
Así se hace público el secreto (que todos los totalitarismos
pretenden arrogarse). Este secreto, “verdad de lo que pasa en el secreto seno
del tiempo”, es “el silencio de las vidas”; el silencio que anida en todos
nosotros y por el cual “la comunidad de escritor y público” se forma
“en el acto mismo de escribir el escritor su obra”. De esta manera “la palabra
se volverá hacia lo que parece ser su contrario y aun enemigo: el
silencio. Querrá unirse a él, en lugar de destruirle. Es `música
callada´, `soledad sonora´, bodas de la palabra y el silencio”.
Pero lejos de ensimismarse, esta palabra “es activa, operante, palabra-acción
sin necesidad de que sea imperativa”. Y para ello se requiere no dejarse
arrastrar por la riada del lenguaje, por su embrujamiento (Wittgenstein).
Para ilustrar la palabra-acción mencionada, Zambrano pone hermosos
ejemplos de cómo ante “conjuros, exorcismos, invocaciones” se abren
puertas, templos, tesoros que conducen a un espacio nuevo de vida y libertad:
es la aventura de lo humano. En su libro La sculpture de soi, Michel Onfray
también ha señalado recientemente esta función “performativa”
del lenguaje: “Rematerializando la palabra, se recupera el gesto primitivo
puesto en acción por todas las mitologías cuando establecieron
la génesis de sus cosmogonías: la palabra es fundadora, permite
el advenimiento del sentido y de la forma en el caos”.
Pero el desvelamiento del secreto comporta, en cierta medida, el desvelamiento
del cuerpo. “La participación del cuerpo –movimientos de traslación
que dejan de ser simple traslación, simple andar, circunambulación,
danza- cumple la acción de la palabra sagrada” por la cual se “tiene
acceso a espacios y a dimensiones del tiempo, a un espacio-tiempo, menos divergentes
de como en el vivir cotidiano se encuentran”. Y de ahí que Zambrano
arremeta contra la filosofía platónica que acaba expulsando
a los poetas desafectos de la ciudad: “Lo que Platón hace, en realidad,
es teología y mística”. Pero es precisamente por la mística
y por la poesía por lo que Zambrano salva a Platón, para elevarlo
a rango de poeta místico en el que “el toro de la sangre y de la muerte”
se convierte en “blanco cisne”. Este Platón más erótico
que eidético será recuperado en la modernidad por la voluntad
insaciable de Schopenhauer, cuyo aún culpabilizado “tú debes”
quedará definitivamente borrado por el jubiloso “yo quiero” de Nietzsche.
El Fiat lux encarnado se convierte de este modo en creación: “Transformación
de lo sagrado –oculto, ambiguo, inaccesible- en lo divino –manifiesto, unívoco,
si se ha seguido la justa vía”. En este punto Zambrano habla del “anhelo
de la inmaculada concepción”, o sea, de lo impecable. Pero para disipar
las ilusiones religiosas, lo hace de una manera trágica, es decir,
asumiendo plenamente su imposibilidad: “Palabra originaria, nunca se puede
dar, mas toda palabra dada viene de ella. Y de ahí la fidelidad que
encadena ya en el solo plano de la moral, a quien ha dado una palabra, la
suya, su palabra, que es suya justamente porque la ha dado”. Palabra de honor.
Y en esta fragilidad de la lealtad de la palabra es donde puede nacer una
comunicación libre que supere la oscuridad eterna de la muerte con
la luz multicolor de la vida: “Y el color nace del fuego que hay en la luz,
del agua que hay en el aire, de la tierra que absorbe fuego y agua y que los
guarda –vela- en su oscuridad dándolos luego la luz en su forma visible”.
Y así es como surge el arco iris (símbolo del “esfuerzo del
hombre”, Fausto, Goethe) del que Spinoza, gran pensador de la democracia,
escribió un tratado en sus últimos días, hoy perdido.
Es la luz que reside “entre cielo y tierra” la que anuncia en la aurora
la salida del sol que ha de traernos el día: “Ya que el alba hace
sentir la germinación de la luz, y antes que el sol aparezca como
su fruto, hay un tiempo inmenso, pues que todo es en ella inmensidad, un
lago de calma y de quietud, de luz blanca”. Y es esta luz la que pone de
manifiesto las posibilidades más radicales de los hombres, lejos también
de las falacias científicas: “Ir más allá de la ciencia
del bien y del mal, atravesar su sombra, han buscado hacer siempre las humanas
artes-pensamiento, todas ellas herederas del lenguaje sagrado que recrea y
vivifica bajo la sola copa del Árbol de la Vida, lo que sin duda era
lo que habitaba la mente de Nietzsche cuando escribió: `Todo lo que
se hace por amor se hace más allá del bien y del mal´”.
Volvamos a los filósofos y a los poetas. El filósofo parte
con violencia hacia la búsqueda del ser, de la idea y de la unidad;
el poeta es el apegado a la multiplicidad, a la pasión y a lo efímero.
“La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía
busca, es requerimiento guiado por un método”, escribe Zambrano en
Filosofía y poesía. Y ambos, filósofo y poeta, quedan
escindidos bajo el Árbol del Conocimiento: “El logos, -palabra y razón-
se escinde por la poesía, que es la palabra, sí, pero irracional”.
El género híbrido que nace de esta divergencia “será
la retórica”.
El poeta “tiene lo que no ha buscado y más que poseer, se siente
poseído”. El poeta “vive prendido a la palabra; es su esclavo”, mientras
que el filósofo “quiere poseer la palabra, convertirse en su dueño”.
Pero hay algo que los une, hay algo que une lo irracional y lo racional:
es el “sueño creador”. Y aquello que lo manifiesta en su más
alto grado es el amor, “vértigo de la poesía” o poesía
impregnada de lucidez: “En el amor está la cuestión verdadera.
El amor es cosa de la carne; es ella la que desea y agoniza en el amor, la
que por él quiere afirmarse ante la muerte. La carne por sí
misma, vive en la dispersión; mas por el amor se redime, pues busca
la unidad”. La carne se hace filosófica, humana; la palabra se hace
creadora, libre: el sueño creador.
La democracia como obra de arte
Pero existe algo todavía más común al filósofo
y al poeta: “En los dos la libertad es lo único real”. Sólo
que “la poesía se separa de la filosofía en este instante en
que la libertad se dirige hacia el poder; en el instante en que el afán
de ser peculiarmente hace separarse del origen”, es decir, en el instante
en que la filosofía se convierte en “saber real” (Hegel) o teología.
Para siquiera convivir con los monstruos que crea, la filosofía debe
entonces reconocer la verdad ya “como parcial”, y “la misma razón descubridora
del ser” debe reconocer “la diferencia injusta entre lo que es, y lo que
hay”. Al actuar así el filósofo se acerca al terreno de la
poesía; “y la poesía, al sufrir el martirio de la lucidez, se
aproxima a la razón”. De esta forma, la verdad parcial se prolonga
en la poesía de la justicia, que finalmente se despliega como política
democrática.
La ciudad aparece entonces como objeto principal del arte de vivir humano,
castigado en nuestro siglo por totalitarismos de toda especie y condición.
Zambrano no elude repensar la llamada crisis de Occidente, que desde Spengler
nos viene atosigando de forma recurrente: “¿Y por qué, cabe
preguntarse, por qué esta crisis? Justamente porque hay historia, es
decir, porque el hombre en su ser no puede permanecer allí donde ha
llegado, sino que la vida humana es de tal condición que exige que
el hombre viva como viajero que no se afinca en parte alguna y que todo lugar
sea casi al mismo tiempo de llegada y de partida”. Y aquí, siguiendo
los estudios realizados por Castoriadis, cabe insistir en que la historia
es creación, emergencia de la alteridad y autoalteración de
la sociedad humana. Por tanto, la razón occidental está en crisis
porque no puede permanecer por más tiempo en su absolutismo, ni puede
resignarse a un relativismo absoluto; la razón poética debe
abrirse al diálogo democrático (a la comunicación libre
de la palabra-acción) para crear nuevas formas de realidad social,
nuevas instituciones políticas en vista de la “doble fidelidad a lo
absoluto y a la relatividad”: a lo absoluto que hay en cada cual como inocencia
originaria y a la relatividad que implica el vivir no tan inocentemente en
el tiempo histórico. Sólo así puede hacerse retroceder
al monstruo del totalitarismo, o puede evitarse la arteroesclerosis de la
democracia.
La razón poética de Zambrano asume el devenir no como repetición
de lo idéntico, sino como profundización en la alteridad de
la que se hace surgir lo nuevo. Así, la razón política
no proyecta ningún sueño absoluto a la realidad, que por así
decir estalla en la acción creadora, pero tampoco se deshace en los
relativismos de ésta. No suprime la libertad o la deja en estado comatoso,
sino que, doblemente fiel al absoluto de su núcleo poético o
imaginario y a lo relativo de su necesaria socialización, convierte
la posibilidad más radical de los hombres en una libertad común.
En suma, ¿cuál es la finalidad de la palabra aliada al silencio
si no la libertad?: “Todo lo mudo parece ser una emisión, una emanación
por consistente que su presencia sea, por total que sea su realidad, como
la naturaleza entera misma, que parece emanación de un centro remoto
donde reside la palabra que la sostiene y que la envía. La mudez en
el hombre responde a esta palabra que el centro de todo guarda, y quien cae
en ella se queda sumergido dentro de esa totalidad que se le presenta e inevitablemente
a la expectativa de una palabra reveladora que le devuelva, al par, a ese
espacio interno, a ese vacío viviente donde la palabra humana nace,
lo que podría ser enunciado fielmente diciendo: a su libertad”.
Las bodas del silencio y de la palabra establecen los principios de la libertad
de pensamiento, expresión y acción democráticas. De la
Idea a la expresión, del Lenguaje a la palabra, de la Historia a la
acción: la razón poética se torna en palabra-acción
y en expresión-pensamiento que pugnan por hacer surgir del silencio
la palabra crítica y autónoma de la actividad democrática.
“El carácter de absoluto atribuido a la razón”, dice
Zambrano, “y atribuido al ser es lo que está en crisis, y la cuestión
sería encontrar un relativismo que no cayera en el escepticismo, un
relativismo positivo. Quiere decir que la razón humana tiene que asimilarse
el movimiento, el fluir mismo de la historia, y aunque parezca poco realizable,
adquirir una estructura dinámica en sustitución de la estructura
estática que ha mantenido hasta ahora. Acercar, en suma, el entendimiento
a la vida”.
Bibliografía:
“Por qué se escribe”, en ZAMBRANO, M., Hacia un saber del alma: Alianza,
Madrid, 1987
“Apuntes sobre el tiempo y la poesía”, en ZAMBRANO, M., Obras reunidas:
Aguilar, Madrid, 1971
“Apuntes sobre el lenguaje sagrado y las artes”, en ZAMBRANO, M., Poeta:
La Habana, Cuba, 1944
“La reforma del entendimiento”
“La reforma del entendimiento español”
ZAMBRANO, M., Filosofía y poesía: FCE, Madrid, 1993
ZAMBRANO, M., Persona y democracia: Anthropos, Barcelona, 1992