SÍ AL SUEÑO EUROPEO

DAVID HAMMERSTEIN. Eurodiputado, miembro del Grupo Verde del Parlamento Europeo. Publicado en Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004

Frente a la nueva escala de riesgos mundiales de todo tipo, es urgente avanzar hacia la unidad política de una Europa que afronte el reto de construir unas nuevas razones y prácticas civilizadoras para el Siglo XXI basadas en derechos universales ampliados. En un mundo polarizado y cada vez más peligroso, el proyecto de Constitución Europea es hoy un sueño histórico de esperanza. Es un viejo proyecto de integración colectiva ciudadana en una Unión Europea que actúe como guardadora de valores cívicos y de solidaridad por encima de las distinciones e intereses particulares de los estados miembros, y más allá de las lógicas destructivas de la economía y el individualismo mercantil.
La aprobación de la Constitución Europea por una mayoría de la ciudadanía puede ser el inicio de un camino esperanzador hacia la realización de este viejo sueño europeo. Por modestos e insuficientes que puedan resultar estos primeros pasos, su novedad histórica llama la atención: es el nacimiento de un espacio nuevo y unitario de la acción política con gobierno supranacional de 25 países y con 450 millones de personas como nueva ciudadanía europea fundada en derechos fundamentales, democracia y dialogo internacional.
Este ensayo europeo es un paso histórico de unificación sociedades separadas hasta ahora por la división de los estados y por sus intereses particulares. Constituye un ensanchamiento de derechos y deberes de ciudadanía, y una apuesta por una mayor integración y seguridad conjunta en un escenario mundial dominado por la economía globalizadora, sin gobernabilidad política y lleno de amenazas.
El llegar a un documento y propuesta común de Constitución ha sido un parto difícil y lleno de contratiempos entre tantas partes, y en un proceso condicionado por las reglas de consenso y por los intereses tan distintos y opuestos de los estados miembros. Pero ha ganado la idea de una Europa unida bajo un nuevo espacio político de acción colectiva y una común identidad europea instituyente que unifica y dignifica, en lugar de basarse en el territorio que divide y enfrenta. Es un proyecto común vital para poder ocupar un lugar de protagonismo y reconocimiento en un mundo cada vez más interconectado, peligroso e incierto, y con problemas de escala mundial que escapan y superan las posibilidades de acción de los estados.
El resultado histórico claro está que no se corresponde con el ideal que desearíamos de un modelo federal europeo con un gobierno europeo que fuera elegido directamente por los votantes y la ciudadanía europea, con una separación clara de poderes, y con una fácil capacidad de actuación en campos diversos (sociales, ambientales, sociales y fiscale)s, y por encima de las políticas y leyes particulares de los territorios estatales. Pero sin embargo, no podemos pasar por alto que hay avances históricos muy significativos en el terreno de los derechos democráticos de ciudadanía y de gobernabilidad.
Al aumentar sustancialmente el poder de co-decisión del Parlamento Europeo en decenas de nuevas áreas hasta ahora reservadas a las decisiones multilaterales y a los acuerdos realizados a puerta secreta por parte de los gobiernos en el Consejo Europeo, no hay duda que en comparación con el presente de las instituciones comunes europeas, supondrá que ganaremos más democracia, más participación y debate público, más transparencia y capacidad de decisión ciudadanas.
El proyecto de Constitución Europea establece por la primera vez un rango e identidad jurídica para la UE que instaura la Carta de Derechos Fundamentales que, entre otros avances, elimina para siempre la pena de muerte, protege los derechos de todo tipo de minorías y establece mecanismos de democracia participativa mediante la posibilidad abierta de iniciativas legislativas populares. Tampoco cierra las puertas a la participación directa de las autonomías regionales y culturales, que deja en manos de los estados miembros, y con ello ofrece un nuevo campo de estrategia y lucha en el futuro. Con estos primeros pasos y avances democráticos podremos construir y llevar a Europa más lejos, incluso para corregir a las insuficiencias de este texto constitucional en el futuro.
En los tiempos que vivimos de divisiones y fragmentaciones extremas, no es poca cosa el iniciar un periplo común en la región del mundo con más garantías del bienestar social y con más compromisos con la ecología planetaria, la solidaridad internacional y la paz. No podemos olvidar que la gran mayoría de las tentativas institucionales de enfrentarse con los nuevos dilemas y retos globales han salido de Europa: Kyoto, el Tribunal Penal, el Tratado de Bioseguridad, el Acuerdo sobre Minas... En un mundo al borde del colapso y que puede tenga que sufrir otros cuatro años más de Bush, la unidad europea se hace más necesaria que nunca.
Tendremos la gran responsabilidad de celebrar el primer referéndum del continente y su resultado marcará la pauta para la respuesta popular en otros países. Un resultado en España de fuerte apoyo ciudadano a la Constitución enviará un mensaje claro al resto de los países europeos y daría un empuje para seguir construyendo Europa después de la ratificación. En cambio, un pobre resultado con una baja participación o altos niveles de rechazo, reforzaría a las opiniones antieuropeístas y de los euro escépticos que respaldan los partidos populistas y de extrema derecha de Europa, que optan por salidas anacrónicas e incapaces de poner mínima racionalidad y control al mundo desbocado de la globalización económica, con la idea de mantener los privilegios y el encierro particular de los estados nacionales.
Nuestra responsabilidad histórica está favor del avance de esta nueva integración política en Europa y a pesar de las insuficiencias del texto constitucional. De ganar el NO a la Constitución europea, en lo real y práctico significaría un bloqueo de este sueño de convergencia, y reforzaría la situación actual de una Europa amordazada por los intereses particulares y la omnipotencia de los estados en un mundo que camina sin frenos de emergencia.