Frente a la nueva escala de riesgos mundiales de todo
tipo, es urgente avanzar hacia la unidad política de una Europa que
afronte el reto de construir unas nuevas razones y prácticas civilizadoras
para el Siglo XXI basadas en derechos universales ampliados. En un mundo polarizado
y cada vez más peligroso, el proyecto de Constitución Europea
es hoy un sueño histórico de esperanza. Es un viejo proyecto
de integración colectiva ciudadana en una Unión Europea que
actúe como guardadora de valores cívicos y de solidaridad por
encima de las distinciones e intereses particulares de los estados miembros,
y más allá de las lógicas destructivas de la economía
y el individualismo mercantil.
La aprobación de la Constitución Europea por una mayoría
de la ciudadanía puede ser el inicio de un camino esperanzador hacia
la realización de este viejo sueño europeo. Por modestos e
insuficientes que puedan resultar estos primeros pasos, su novedad histórica
llama la atención: es el nacimiento de un espacio nuevo y unitario
de la acción política con gobierno supranacional de 25 países
y con 450 millones de personas como nueva ciudadanía europea fundada
en derechos fundamentales, democracia y dialogo internacional.
Este ensayo europeo es un paso histórico de unificación sociedades
separadas hasta ahora por la división de los estados y por sus intereses
particulares. Constituye un ensanchamiento de derechos y deberes de ciudadanía,
y una apuesta por una mayor integración y seguridad conjunta en un
escenario mundial dominado por la economía globalizadora, sin gobernabilidad
política y lleno de amenazas.
El llegar a un documento y propuesta común de Constitución
ha sido un parto difícil y lleno de contratiempos entre tantas partes,
y en un proceso condicionado por las reglas de consenso y por los intereses
tan distintos y opuestos de los estados miembros. Pero ha ganado la idea
de una Europa unida bajo un nuevo espacio político de acción
colectiva y una común identidad europea instituyente que unifica y
dignifica, en lugar de basarse en el territorio que divide y enfrenta. Es
un proyecto común vital para poder ocupar un lugar de protagonismo
y reconocimiento en un mundo cada vez más interconectado, peligroso
e incierto, y con problemas de escala mundial que escapan y superan las posibilidades
de acción de los estados.
El resultado histórico claro está que no se corresponde con
el ideal que desearíamos de un modelo federal europeo con un gobierno
europeo que fuera elegido directamente por los votantes y la ciudadanía
europea, con una separación clara de poderes, y con una fácil
capacidad de actuación en campos diversos (sociales, ambientales,
sociales y fiscale)s, y por encima de las políticas y leyes particulares
de los territorios estatales. Pero sin embargo, no podemos pasar por alto
que hay avances históricos muy significativos en el terreno de los
derechos democráticos de ciudadanía y de gobernabilidad.
Al aumentar sustancialmente el poder de co-decisión del Parlamento
Europeo en decenas de nuevas áreas hasta ahora reservadas a las decisiones
multilaterales y a los acuerdos realizados a puerta secreta por parte de
los gobiernos en el Consejo Europeo, no hay duda que en comparación
con el presente de las instituciones comunes europeas, supondrá que
ganaremos más democracia, más participación y debate
público, más transparencia y capacidad de decisión ciudadanas.
El proyecto de Constitución Europea establece por la primera vez
un rango e identidad jurídica para la UE que instaura la Carta de Derechos
Fundamentales que, entre otros avances, elimina para siempre la pena de muerte,
protege los derechos de todo tipo de minorías y establece mecanismos
de democracia participativa mediante la posibilidad abierta de iniciativas
legislativas populares. Tampoco cierra las puertas a la participación
directa de las autonomías regionales y culturales, que deja en manos
de los estados miembros, y con ello ofrece un nuevo campo de estrategia
y lucha en el futuro. Con estos primeros pasos y avances democráticos
podremos construir y llevar a Europa más lejos, incluso para corregir
a las insuficiencias de este texto constitucional en el futuro.
En los tiempos que vivimos de divisiones y fragmentaciones extremas, no
es poca cosa el iniciar un periplo común en la región del mundo
con más garantías del bienestar social y con más compromisos
con la ecología planetaria, la solidaridad internacional y la paz.
No podemos olvidar que la gran mayoría de las tentativas institucionales
de enfrentarse con los nuevos dilemas y retos globales han salido de Europa:
Kyoto, el Tribunal Penal, el Tratado de Bioseguridad, el Acuerdo sobre Minas...
En un mundo al borde del colapso y que puede tenga que sufrir otros cuatro
años más de Bush, la unidad europea se hace más necesaria
que nunca.
Tendremos la gran responsabilidad de celebrar el primer referéndum
del continente y su resultado marcará la pauta para la respuesta
popular en otros países. Un resultado en España de fuerte
apoyo ciudadano a la Constitución enviará un mensaje claro
al resto de los países europeos y daría un empuje para seguir
construyendo Europa después de la ratificación. En cambio,
un pobre resultado con una baja participación o altos niveles de rechazo,
reforzaría a las opiniones antieuropeístas y de los euro escépticos
que respaldan los partidos populistas y de extrema derecha de Europa, que
optan por salidas anacrónicas e incapaces de poner mínima racionalidad
y control al mundo desbocado de la globalización económica,
con la idea de mantener los privilegios y el encierro particular de los estados
nacionales.
Nuestra responsabilidad histórica está favor del avance de
esta nueva integración política en Europa y a pesar de las
insuficiencias del texto constitucional. De ganar el NO a la Constitución
europea, en lo real y práctico significaría un bloqueo de este
sueño de convergencia, y reforzaría la situación actual
de una Europa amordazada por los intereses particulares y la omnipotencia
de los estados en un mundo que camina sin frenos de emergencia.