Iglesia, drogas y libre albedrío
GASPAR FRAGA. Director editorial
de la revista CAÑAMO (http://www.canamo.net). Artículo publicado
en Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004
Adán y Eva comieron el fruto prohibido del arbor scientiae, ofrecido
por el animal más heterodoxo y underground, y esa experiencia edénica
del mordisco al fruto del árbol del conocimiento expulso del paraíso
a la pareja primigenia, castigada a “ganarse el pan con el sudor de sus
frentes”. Toda una metáfora, muy cercana a lo que podía ser
la primera idea sobre el sometimiento del proletariado; idea que Marx rechazó
con otra célebre metáfora: “La religión es el opio de
los pueblos”. La Iglesia justifica su intervencionismo en el problema de
las drogas por su proximidad al suicidio; acto humano, de libre albedrío,
para el que la Iglesia sólo promete el averno. E, igualmente, para
el consumidor de drogas también reserva el paraje infernal… ¡aunque
en vida!
Desde que en 1834 se abolió la Inquisición en España,
los intentos para desvincular a la Iglesia del Estado, salvo en el caso
de la “desamortización” de Mendizabal en 1836, han sido tímidos,
cuando no raros, pues ni la Constitución de 1869 ni los desordenados
y cortos once meses de vida de la I República (1873) lograron apartar
de los asuntos y administración estatal a la Iglesia. De manera que
no fue hasta la proclamación de la II República, el 14 de
abril de 1931, cuando, por primera vez en la historia de España,
la influencia eclesiástica es clara y tajantemente apartada
del control de la sociedad civil gestionada por el Estado laico republicano.
Pero, tras de la Guerra Civil (1936-1939) y la victoria de los rebeldes
apoyados por la Iglesia, bien consolidado ya su régimen, Franco firmó
en 1953 el Concordato con la Santa Sede, bajo el papado de Pío XII.
Tratado que renovó privilegios a la Iglesia española y que
nuevamente garantizó su injerencia en la educación y el funcionamiento
de la sociedad española, situación que se mantuvo hasta la
transición constitucional de 1978. Injerencia y privilegios “adquiridos”
históricamente que aún se continúan a pesar de la denominación
del Reino de España en la Constitución como Estado laico.
Hace pocos meses, las declaraciones del cardenal Rouco en contra de los
derechos de los homosexuales y a favor del estamento familiar, junto a sus
comentarios de que el reconocimiento de dichos derechos eran un grave perjuicio
para la Seguridad Social y la Hacienda Pública administradas por el
Estado, son otro ejemplo de la injerencia eclesiástica. Y aún
más recientemente (20/09/04), el obispo de Jerez de la Frontera, en
su comunicación titulada La Iglesia, la familia, la mujer, denunció
la “larga campaña que el laicismo más beligerante” viene librando
contra la cultura y valores del cristianismo. Dos ejemplos actuales que tienen
su antecedente en las sonadas campañas promovidas por el recién
fallecido cardenal Marcelo González contra la Ley del Divorcio (1981)
y contra la misma Carta Magna de 1978, a la que tildó de “ser atea”,
anatematizando a toda la sociedad española, laica otra vez desde ese
año por derecho constitucional.
Desde siempre las iglesias –sean cuales fueren, pero la católica
con mayor ahínco– han querido confundir las ideas y comportamientos
de sus fieles. El libre uso de la palabra, está mediatizado desde
la “confusión” de la Torre de Babel y posteriores dogmas de fe han
proscrito cualquier desviación heterodoxa del pensamiento cristiano
(arrianos, cátaros, valdenses, illuminatti, místicos, etc.).
De modo que si mencionar el pecado es poder convocar al diablo, cuando se
trata de libertad de expresión para la Iglesia todo se puede descontrolar.
Por tanto, tolerar el consumo de cannabis (de drogas, en general), como alterador
de la conciencia –y desinhibidor del entendimiento imbuido por imposición
religiosa–, como experiencia hedonista y existencial, es cuestión
prohibida, pecaminosa y fuera de todo dogma eclesial.
Y, sin embargo, algo que poseía un efecto alterador de la conciencia,
como era en su origen la Eucaristía, hoy es sacramento en el que
ni el pan es pan ni se reparte el vino y que, simbólicamente, sólo
sirve para obnubilar el entendimiento de la feligresía. Sacramento
“trucado” a través de cuya administración se desea mantener
la creencia de que el sacramentado se “transubstancia” para estar próximo
a la epilepsia con Dios. Cuerpo-pan que se adhiere al paladar sin “colocar”;
substancia incapaz de transignificar al ser humano. La Eucaristía
es pues un acto ineficaz en el sentido que daban a estos actos de catarsis
los ritos clásicos eleusinos o délficos, destinados a proporcionar
la in-divinación, la presencia divina en el interior del sacramentado,
en su comunión conducente al conocimiento del dios dentro suyo. Comulgantes,
el hombre con su dios, ambos portadores ya de la divinidad, se mezclaban
en la visión alterada de la conciencia del creyente.
En términos meramente católicos, a partir del trucaje in-divinativo
de creerse a salvo de todo mal viaje –al infierno– mediante la ingesta de
la hostia, debería observarse la gula (un vicio capital) como otra
imposición religiosa, que no obstante ser de prohibición,
el fiel católico de misa dominguera suele transgredir a menudo, bien
sea por un hartón de fabada asturiana, exponiéndose a un “cólico
miserere”, o bien por el delírium trémens como alcohólico
crónico. Y, siendo ambas sustancias legales –”como Dios manda”–,
aunque sí vicio por moral religiosa (¿hay gula en la adicción
al tabaco?) hay escasa o nula crítica eclesial. Pero cualquier otra
sustancia, –sobre todo ilegal–, capaz de revelar o alterar la identidad,
la visión mortal de la divinidad, a pesar de poder ser también
un estado eucarístico, para la Santa Iglesia Católica Apostólica
Romana (póngase acento daliniano), no vale; es sustancia pecaminosa
que debe llevarse al confesor so pena de acabar en el infierno quienes la
ingieren.
Iglesia, droga y toxicomanía(1), es un documento apocalíptico,
a modo de manual, editado por la Pastoral de la Salud (ministerio de sanidad
del Vaticano), en noviembre de 2001. Por su carácter admonitorio,
moralista, es otro intento de injerencia en el comportamiento de la sociedad
laica universal. Es un manual que por presentación y contenidos, falto
de fuentes científicas serias de referencia, ostenta un claro amarillismo
informativo. La estrategia de la Iglesia de hoy, ya en el siglo XXI, aún
consiste en alarmar a su parroquia con miedos de tiempos preilustrados sin
reconocer los cambios sociales post-industriales ni querer admitir las costumbres
de nuestra era tecnológica. De tal forma es, que todo el ideario y
comportamiento del ser humano actual tiende a desenmascarar y rechazar cualquier
fundamento de fe con que la desacreditada Iglesia se obceca en mantener a
flote sus dogmas. Semejante a una gran estafa para creyentes inópicos,
quiere salvar sus privilegios y seguir disfrutando del gigantesco patrimonio
obtenido a lo largo de 2000 años con fraude espiritual para continuar
anunciando el perenne “milagro” salvador de la humanidad, su catecismo, como
mejor oferta en venta de su obsoleto catálogo. No obstante su descrédito
–sobre todo entre la juventud–, movida por la paranoia de la paulatina y
progresiva pérdida de poder, la Iglesia se revuelve excretando homilías,
anatemas y condenas a diestro y siniestro. De hecho “mira la paja en el
ojo ajeno sin ver la viga en el propio”, pues muy a su pesar, la Iglesia
ha de estar ya acostumbrada a leer noticias casi a diario sobre sus curas
pederastas e, incluso, drogadictos, como las referidas a Marcial Maciel(*),
fundador de la secta Legionarios de Cristo (en la que parece milita la ex
"primera dama" Ana Botella). Pero esto sólo es un "accidente",
aunque son estos accidentes los que proporcionan a la Iglesia su acérrima
vindicación contra desviaciones que suceden en su interior y que
tratan siempre de ocultar a la opinión pública, al tiempo
que no admiten sucedan en la sociedad laica y de ahí su pertinaz
intervención en ésta. Y es que, como señala José
Manuel Vidal, periodista especializado en lo religioso, “la Iglesia católica
no se ha adaptado al momento actual, que exige mensajes claros y muy directos
(…), no sabe comunicar”. Este periodista, corresponsal religioso de El Mundo,
añade que “en España la imagen institucional de la Iglesia
es de las peores. Está a igual nivel que la Policía y el Ejército”.
En el mencionado manual Iglesia, droga y toxicomanía, el Vaticano
dice que “el ser humano no tiene derecho a dañarse a sí mismo”
y, haciéndole así esclavo de su mandato, añade que tampoco
lo tiene “a abdicar de su dignidad personal”, sancionando con inapelable
moral cualquier desviación que el ciudadano laico muestre en su actuación
social. El manual recurre al chantaje diciendo que “la droga ataca no sólo
al mundo juvenil sino también al infantil”, culpando a los padres,
principalmente, y también a políticos y educadores, de la
responsabilidad que tienen en caso de legalizar las drogas, pues ello llevaría
a la “destrucción de futuras generaciones”. Apela la Iglesia no sólo
a los valores antedichos, sino que, entrando en camisa de once varas, inmiscuyéndose
otra vez en el ordenamiento del Estado laico, recomienda al mismo Estado
como “velar por el bien común (…) protegiendo los derechos, estabilidad
y unidad de la familia” que salvaría al mundo del daño de
las drogas. Y señala que si no hay demanda no habrá oferta
(verdad de Perogrullo), agregando que la prevención reside en la
educación con “valores que dignifiquen la vida” y que la demanda
de droga decrecerá con “el profundo sentido del amor y del sexo”:
aquí se preguntará el lector si este manual de la Iglesia es
coherente con sus propios dictados acerca del sexo o si quien esto escribe
no entendió bien. Pero, no hay error, así está escrito
en el citado manual.
Peor aún es el documento Responsabilidad de todos, pastoral
de Juan Pablo II (2). Aquí, el Papa abunda en lo mismo y dice que
“la drogadicción juvenil es producto de la destrucción de la
familia, herida de muerte por el divorcio, la permisividad de costumbres
y falta de educación en las escuelas, tanto privadas como gubernamentales”
(que no dice religiosas). El documento, en su apartado Por una vida digna,
predica sandeces tales como que las drogas se apoderan de la voluntad de
los seres por “las fuertes sensaciones de placer (cocaína), de fuerza
y energía (heroína), y de liberación mental (alucinógenos
como cannabis o LSD)” añadiendo que “se posesionan del metabolismo,
sistema nervioso y centros vitales”; es por ello que las drogas “atentan
gravemente contra la dignidad de la vida”. Tras de este “cuadro clínico”
es normal que el documento prosiga alarmando con la “enfermedad espiritual
de los jóvenes”, pues les impide ser funcionales y convivir con los
demás, así como “odiar todo lo que sea norma de urbanidad”.
Hay en este documento descripciones equivocadas (¿fuerza y energía
de la heroína?), así como de temor ante la “liberación
mental” atribuida al cannabis y LSD. En definitiva, siendo ejemplo de la
infalibilidad de Juan Pablo II no es un texto serio.
Y es que la “educación científica y religiosa son incompatibles”,
según dijera el biólogo y matemático J.B.S. Haldane
(3), quien añadía que “el clero ha dejado de interferir en
el estado avanzado educativo, pero mantiene aún su control sobre la
educación infantil”. Es decir, “los niños han de saber de Adán
y Noé, en vez de saber de Darwin; de David que mató a Goliat,
en vez de Koch que mató al cólera; sobre el ascenso de Cristo
a los cielos, en lugar del ascenso de Montgolfier y los hermanos Wright”.
Y aún prosigue Haldane, “se les enseña a aceptar afirmaciones
sin evidencias demostradas, lo cual les hace fáciles presas de charlatanes
para toda su vida”.
De modo que, cuando, como loros bien amaestrados, los redactores del manual
vaticanista repiten las falacias, ya bien conocidas y refutadas por los
estudiosos cannábicos, tan sólo están mostrando la
hipocresía de sus argumentos religiosos contra el cannabis. Argumentos
que son un desdén a la fuerza creadora del Dios que dicen defender,
pues al contrario que otras muchas religiones que reconocen el valor intrínseco
de las plantas para la sobrevivencia del hombre, el lobby católico
–junto a otras iglesias del cristianismo protestante reformado– apoya la
prohibición del cannabis (y otras sustancias ilegales) faltando al
respeto del Gran Creador en Su obra universal. Así, el papa criticó
la distinción entre drogas blandas y duras pues ésta “subestima
el riesgo inherente de cualquier aproximación a los productos estupefacientes
y en particular al problema de la dependencia” (4)
Para concluir… ¡Ojo! No se incita aquí al consumo de cannabis
u otras drogas ni se juzga si la droga es algo bueno o malo. Sólo
se defiende el derecho del libre albedrío de los adultos a decidir
qué es lo bueno o qué es lo malo para sí mismos. La
Iglesia no tiene autoridad ni derecho a recomendar qué sustancias
se pueden o no se pueden consumir; como tampoco decir qué se debe
o no se debe pensar. El ciudadano libre puede envenenarse lentamente o hacerlo
súbitamente con la sustancia de su elección. Es decir, puede
envenenarse libre y legalmente con tabaco, pero no con cannabis. O como cantaba
el grupo madrileño Mil dolores pequeños, parafraseando al J.
Stuart Mills de On liberty: “de la piel pa’dentro mando yo/las fronteras
del Estado se acaban en mi piel”
NOTAS
1.- Iglesia, droga y toxicomanía, Pastoral de la Salud, Ciudad del
Vaticano. 2001
http://www.conferenciaepiscopal.es
http://www.healthpastoral.org/emergentpains/drugs/lozdroga02_es.htm#castellano
2.- Las Drogas Responsabilidad de todos
http://www.laverdadcatolica.org/las%20drogas.htm
3- Haldane, John Burdon Sanderson (1892-1964); genetista y biólogo
británico de origen hindú. Trabajó en la aplicación
del análisis matemático a los fenómenos genéticos,
en la teoría evolutiva y en los métodos para medir la unión
de los genes. Entre otras obras, escribió Enzymes (1930), Heredity
and Politics (1938) y Marxist Philosophy and the Sciences (1938).
4- Juan Pablo II recuerda que luchar contra las drogas es tarea de todos
http://www.aciprensa.com/notic1997/octubre/notic172.htm
(*) En http://arcanorevista.tripod.com/grandestemas/00017.02.html puede leerse:
DENUNCIAS CONGELADAS.-En 1997 dos ex Legionarios, José Barba y
Arturo Jurado, que habían pertenecido a la Legión y que decían
haber sido víctimas de abuso sexual por parte de Maciel iniciaron
un proceso legal en su contra. En 1998, Jurado y Barba, junto al sacerdote
Antonio Roqueñí, ex juez eclesiástico, buscaron en Roma.quien
les llevara su caso entre la lista de canonistas autorizados por la Santa
Sede y eligieron a Martha Wegan, una austriaca famosa por sus triunfos judiciales.
Pero, en 1999 Wegan les dijo: ''señores, me indicaron que el asunto
es muy delicado y está detenida la denuncia pro nunc'', o sea, en
términos jurídicos significaba la virtual congelación
del caso. "No hubo más explicación", narra Roqueñí.
Quedó claro que era una orden de arriba. (…) Maciel, el fundador
de los Legionarios, por su parte, seguía recibiendo también
órdenes de arriba: desde los años cincuenta hablaba a los jovencitos
de lo peligroso que resultaba "retener el semen" (mal del que él podía
curarles mediante masajes en la zona afectada) y les contaba del permiso
que tenía de Pío XII para "efectuar en ellos sus liberaciones
corporales". ¿Acaso recibía éstas órdenes mientras
estaba bajo el influjo de la heroína o la dolantina (opiáceo
sintético) que se dice, consumía? Es difícil de saber,
pero en 1997, las voces en su contra fueron rápidamente acalladas.
Cinco años después vino la orden de arriba y Maciel pareció
perder la gracia de Dios: en Estados Unidos estalló la bomba informativa
en contra de los sacerdotes pederastas que fue el detonador, la señal
definitiva para denunciar a Marcial Maciel y a una buena parte de la Iglesia
Católica.
Ver también, en El País 25/10/2004, "Nuevo testimonio sobre
pederastia contra los legionarios de Cristo en España",
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?d_date=&xref=20041025elpepisoc_4&type=Tes&anchor=elpepisoc