Tú que no quieres lo que queremos...
ISABEL GUTIÉRREZ ARIJA y TOÑI ORTEGA.
Miembros de la Junta Directiva de la asociación NO NOS RESIGNAMOS.
Isabel Gutiérrez ha sido presidenta del Consejo de la Mujer de
la Comunidad de Madrid y del Foro contra la violencia. Toñi Ortega
es presidenta del comité de empresa de Acerinox Madrid. Artículo
publicado en Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004.
La ley preciosa do está el bien nuestro, contra una violencia
que mata a una o varias mujeres cada semana, y que causa centenares de suicidios,
miles de casos de malos tratos, en su gran mayoría no denunciados,
y numerosas agresiones sexuales. Eso es lo que queremos. Y eso es lo que ahora
tenemos al alcance de la mano.
Hay quien considera que el proyecto de Ley integral contra la Violencia
de Género es discriminatorio hacia los hombres e inconstitucional.
No les pedimos un “trágala” ni que se callen. Bienvenido sea el diálogo
público que saca esta lacra social de la falsa privacidad de los “hogares
cerrados, puertas clausuradas” de los que hablaba André Gide. La
violencia de género es violencia política. Quizá la
más extendida violencia política a escala planetaria.
Muy recientemente, un prestigioso periodista ha insinuado que la presencia
de estos crímenes en primera página de los periódicos
respondía a una moda pasajera de los medios de comunicación
(“Crímenes en primera página”, Vicente Verdú, El País,
9/7/2004). No es así. Lo que ha hecho “noticiable” el asesinato de
una mujer es la creciente, aunque insuficiente, toma de conciencia sobre la
gravedad de ese terror machista, de la misma forma que los crímenes
etarras recibieron mayor relevancia informativa a partir de la toma de conciencia
social que acompañó al asesinato de Miguel Ángel Blanco.
Los crímenes del terrorismo etarra o fundamentalista, del racismo,
de la homofobia o de la violencia de género causan menos muertos que
los accidentes de tráfico, pero resulta razonable y necesario que se
les dé una dimensión superior, por su intencionalidad
y por los efectos amedrentadores que tienen en tanto que violencias
de odio y dominación. Casi nadie lo pone en cuestión cuando
se trata de legislar contra el terrorismo organizado. Pero ese consenso se
rompe cuando se habla de la violencia de género, pese a su inequívoca
especificidad. Quizá lo que nos separa sea el reconocimiento o negación
del carácter singular de la violencia contra las mujeres.
Uno de los campos de batalla de esta polémica se ha situado en el
ámbito de lo “linguísticamente correcto”. Lo principal es el
contenido de ley. Pero esta querella nominalista tiene más importancia
de lo que parece.
La Real Academia Española (92,5% de hombres), que no ha dudado en
reconocer términos como “display” o “marketing”, se opone a la utilización
de la expresión “violencia de género”, a la que considera
una mala traducción del inglés. En realidad, hemos tenido la
suerte de disponer de una palabra propia, “género”, adecuada para recoger,
sin adaptaciones forzadas de términos no castellanos, un concepto
cuyo estatus específico en las ciencias sociales hace referencia a
una construcción social que asigna roles a grupos de individuos según
su sexo.
En matemáticas, física, biología, psicología
y en todas las disciplinas científicas se utilizan, con significados
muy específicos, palabras que ya formaban parte del idioma castellano.
Eso no ha creado ningún conflicto. Si hablar de “violencia de género”
provoca muchos resquemores es porque estamos hablando de política y
de nuestra propia vida.
Política es la preferencia mostrada por la RAE por la expresión
“violencia doméstica”. Nosotras mismas la hemos utilizado, pero nos
dimos cuenta de que en ella había una ambigüedad fundamental,
pues oculta tanto la asimetría fundamental entre la violencia cometida
por hombres contra mujeres y la violencia de mujeres contra hombres, como
la existencia de un tejido continuo de discriminaciones y violencias contra
las mujeres de la que los asesinatos son la más brutal expresión.
Desde la hostilidad explícita o implícita a la Ley contra
la violencia de género se nos habla de “dificultades de convivencia”,
de “resentimientos”, de “amor, desamor y odio”, de “patologías”, de
falta de “formación matrimonial” y “compromiso conyugal”, de “frustraciones
sociales”, etc. Fórmulas de las que algunas son abiertamente reaccionarias,
otras no dicen absolutamente nada y las restantes pueden tener un interés
auxiliar de cara al estudio de algunos aspectos particulares de la violencia
o a terapias clínicas. Pero ninguna de ellas toma en cuenta y menos
aún explica la violencia de género, la asimetría radical
que la expresión “violencia doméstica” oculta.
Esta asimetría tiene que ver con una dominación. Dominación
machista o patriarcal, como queramos decirlo. La dominación tiene signo,
orientación, y por tanto la violencia también lo tiene. Por
eso, el propósito de la Ley contra la Violencia de Género no
es hacer frente a la violencia en general, para lo que se dispone de un amplio
Código Penal y podrían elaborarse nuevas leyes si se considerase
necesario, sino combatir esta violencia en particular. Una vez reconocido
esto, es perfectamente legítimo introducir otros elementos, herramientas
que pueden ser útiles, por ejemplo, para comprender por qué
unos hombres son maltratadores y otros no. Pero hay que partir de la asimetría;
sin ella, nada se explica.
Algunos ponen esto en cuestión. Por ejemplo, la Conferencia episcopal
liga la violencia de género (expresión que, claro está,
los obispos no usan, salvo para condenarla) a la “revolución sexual”.
Es decir, para estos clérigos las raíces de esta violencia no
son una dominación sino aquello que nosotras consideramos un proceso,
largo y desigual, de emancipación. Presentan la violencia contra las
mujeres como un fenómeno novedoso, ligado al alejamiento de los “valores
familiares” y del “matrimonio cristiano”, a los divorcios, a la autonomía
de sexualidad y procreación, etc.
Desde otra óptica, laica o al menos no explícitamente religiosa,
se insinúa un mensaje en cierta forma convergente con el de la Conferencia
Episcopal, aunque sin culpar a la “revolución sexual” ni formular una
explicación alternativa, insistiendo, como hace Vicente Verdú
en el artículo antes citado, en que la explicación fundamentada
en un “machismo temible” ya no se sostiene, dado que un país como Noruega,
que ocupa el primer lugar en todos los rankings internacionales relativos
a la igualdad entre hombres y mujeres, tiene un índice de mujeres
asesinadas por sus parejas o ex-parejas que casi triplica el existente en
España. Sin embargo, quienes se apoyan en ese dato empírico
para calificar de superficial y apresurada la Ley contra la Violencia de Género,
sin sumarse explícitamente a la tesis vaticanista, son totalmente
incapaces de dar una explicación razonable de por qué en España
y en Noruega, en México y en Papúa-Nueva Guinea, en Arabia
Saudí y Afganistán la “violencia doméstica” es, en esencia,
violencia de los hombres contra las mujeres, aunque existan diferencias cualitativas
entre unos casos y otros.
Por otra parte, no debe olvidarse que toda revolución tiene su reacción.
Incluso allá donde más han avanzado las políticas de
igualdad, en muchos casos con la ayuda de leyes de acción positiva
que también fueron calificadas de “discriminatorias” por sus críticos,
siguen existiendo culturas sociales regresivas y muchos individuos a los que
les resulta extraordinariamente difícil adaptarse a la nueva situación,
al igual que a muchos blancos estadounidenses racistas se les pudo hacer casi
insoportable la presencia de negros en las universidades o en la misma zona
de los transportes públicos. Hay hombres que viven como una humillación
la autonomía sexual, social y laboral de las mujeres y el cuestionamiento
del papel dominante masculino. Pero ellos no tienen derecho a una situación
de privilegio sobre las mujeres. No hay excusa.
Resulta muy significativo que en los países más avanzados
en cuanto a políticas de igualdad la mayor parte de estos asesinatos
tienen lugar en momentos de ruptura o tras ella. Las muertes son muchas, demasiadas,
pero sólo un pequeño porcentaje del total de casos de malos
tratos que afectan a mujeres. No necesariamente hay más muertes donde
hay más malos tratos. Realmente, nosotras no sabemos si el porcentaje
de mujeres maltratadas es mayor en Noruega o en España, ni si la diferencia
en el índice de mujeres asesinadas se debe a una mayor extensión
del maltrato en Noruega, a una reacción machista ante una mayor afirmación
de la autonomía de las mujeres o, incluso, a otras peculiaridades de
ambas sociedades que puedan influir sobre las cifras absolutas. Pero lo que
sí sabemos es que las mujeres son mucho más maltratadas en
Arabia Saudita o Afganistán que en España o en Noruega, no
a causa de una superioridad “occidental”, sino por la superioridad de la
democracia y de los logros alcanzados por la lucha de las mujeres y de aquellos
hombres que han sido solidarios. El avance de la autonomía de las
mujeres implica la creación de condiciones para una disminución
de los malos tratos, pero no garantiza de inmediato la aceptación de
la nueva situación por parte de los sectores masculinos más
irreconciliables con el cuestionamiento de su poder.
Si la violencia “doméstica” tiene signo negativo para las mujeres,
si son millones las mujeres maltratadas, si los asesinatos en los países
más avanzados se producen en la mayor parte de los casos porque un
hombre no soporta que una mujer ponga fin a su relación, es, precisamente,
porque es violencia de dominación, violencia de género en este
caso, ligada a un patrón social construido durante siglos, asimétrico
y discriminador. Dominación tan asumida por muchos hombres que a algunos
les resulta absolutamente insoportable verla cuestionada.
Entiéndase bien: violencia de dominación. Los malos tratos
contra las mujeres son tan políticos como los crímenes de ETA
y del Ku-Klux-Klan, aunque no sean planificados por una organización.
Su “espontaneidad” nos avisa de que son aún más difíciles
de erradicar y requieren una acción integral en el ámbito educativo,
político, laboral, social y penal, pues están mucho más
extendidos y se fundamentan en una ideología tan asumida por demasiados
hombres que ni siquiera la viven como tal “ideología”, sino, simplemente,
como algo que “es así”, “naturaleza”, ficción que es desenmascarada,
precisamente, por su desvelamiento como violencia de género.
Contra una violencia de dominación, una ley que no la reconociese
como tal sería una burla. El proyecto de Ley contra la Violencia de
Género no discrimina a nadie. Tampoco es exclusiva ni principalmente
“penalista”, aunque resulta sorprendente el ferviente discurso “antipunitivo”
que exhiben en este campo algunos juristas y comentaristas muy inclinados
a la “mano dura” en otros. La Ley aborda el problema que pretende abordar
y lo hace bien, sin que eso excluya que pueda ser mejorada en su tramitación,
tomando en cuenta aportaciones específicas como, por citar un ejemplo,
algunas de las hechas por Soledad Arnau e Isabel Rosado respecto a la violencia
contra mujeres con algún tipo de discapacidad. Pero lo que de ninguna
manera vamos a admitir sin resistencia es que el proyecto pierda su norte.
Afortunadamente, lo que escuchamos a diversos miembros del Gobierno transmite
una posición firme.
Esperamos que así se mantengan. Cuenten, en ese caso, con nuestro
apoyo, como lo tienen ahora. Hemos luchado durante demasiado tiempo por una
ley semejante para dejar ahora que nos la arrebaten. No nos la regala nadie.
La hemos ganado.