La Iglesia y la nueva ciudadanía
BEATRIZ GIMENO REINOSO. Presidenta de la Federación
estatal de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Texto publicado en
Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004
El gobierno Zapatero ha puesto en marcha una serie de
medidas de las llamadas “sociales” que se presentarán en otoño
y que han puesto en pie de guerra a la jerarquía de la Iglesia católica
que, según muchos, se dispone a hacer de altavoz de la derecha política
en estas cuestiones. Nosotros no lo creemos. Creemos, por el contrario, que
la derecha tratará de sacar tajada de las feroces críticas que
la Iglesia y otros sectores confesionales harán al gobierno, pero que
no se implicará a fondo en el debate.
En nuestra opinión, la derecha preferiría que este debate
pasase lo más desapercibido posible y mostrará un perfil bajo
y moderado. El Partido Popular (PP) ha pasado de negarse a discutir siquiera
una ley de parejas en las legislaturas de Aznar a presentar una avanzada
ley de parejas y a decir en el Parlamento (yo estaba allí) que siempre
han estado a favor de nuestros derechos, de los derechos de lesbianas, gays
y transexuales. El PP sabe de sobra que en estas cuestiones de los derechos
civiles es la izquierda la impulsora de su regulación, pero es toda
la sociedad la que da su aprobación. Únicamente una pequeña
parte de la sociedad, vinculada confesionalmente a la Iglesia Católica,
se opone radicalmente a la aprobación de estas medidas y, en todo caso,
lo cierto es que, aunque naturalmente algunas medidas son más controvertidas
que otras, en poco tiempo son asumidas socialmente y utilizadas por toda
la ciudadanía en su vida cotidiana.
El PP se limita, cuando gobierna, a mantener un pacto con la Iglesia en
el que el acuerdo tácito que subyace es que no se avanzará
en la aprobación de ninguna de las medidas a las que se opone El Vaticano,
aunque tampoco se retrocederá. A cambio, se facilitará a la
Iglesia el uso de los medios del Estado para hacer proselitismo: clases de
religión obligatoria, presencia en los medios y, desde luego, ingentes
cantidades de dinero. No se avanzará, aunque exista una demanda real,
pero no se retrocederá tampoco, porque retroceder es imposible.
En las sociedades occidentales la democratización social ha ido acompañada
en los últimos años de una auténtica democratización
del individuo, no sólo del individuo como conciencia, también
del cuerpo como entidad física. Simplemente, lo que ha ocurrido es
que la autodeterminación personal se ha convertido en la sociedad posmoderna
en el factor clave de la vida social. El individuo no acepta que ninguna
instancia superior a él mismo, superior y no elegida, se inmiscuya
en lo que él/ella percibe como su supremo derecho: el derecho a modelar
su propia historia personal. Así, el derecho a tener los hijos que
se quieran o se pueda, el derecho a gestionar cada uno como quiera su erotismo,
su cuerpo incluso; el derecho a formar las familias que se quieran, a educar
a los hijos como se quiera, a gestionar incluso su propia e individual espiritualidad.
Ya no se acepta ninguna ideología que mantenga que un sexo es mejor
que otro, una práctica sexual mejor que otra, una opción personal
mejor que otra y ni siquiera el sexo biológico de nacimiento es ya
un destino ineludible. El individuo modela su historia como puede modelar
su cuerpo y exige que el Estado dé reconocimiento a todas las opciones.
El Estado no puede entrar en las vidas de los individuos excepto para asumir
que todas las opciones son válidas y que ninguna de ellas puede conllevar
ningún tipo de perjuicio social.
El Estado sólo debe entrar en las vidas de la ciudadanía para
garantizar el supremo derecho a la igualdad. Como consecuencia de todo esto,
algunas leyes como la del divorcio, la del derecho al aborto, a la libertad
religiosa, despenalización de cualquier comportamiento sexual consentido
entre adultos, penalización de la homofobia, desaparición de
los hijos ilegítimos, etc., no son en este momento discutidas por nadie:
han pasado a ser parte del patrimonio democrático y son utilizadas
casi en igual medida por personas progresistas o conservadoras.
Otras medidas también de carácter social han iniciado ya el
camino de su total aceptación: el derecho a la eutanasia, la investigación
con células madre, la clonación terapéutica, el derecho
al cambio de sexo gratuito, el matrimonio entre personas del mismo sexo, ampliación
de la ley del aborto o del divorcio… Cuando estas medidas lleguen al Parlamento,
parecerá que hay un debate encarnizado, pero no hay que alarmarse,
no hay tal debate. La derecha no va a hacer sangre de estas leyes porque
sabe que gozan de aprobación social, que esta aprobación va
a ir a más y no a menos y por ello dejará que sea la Iglesia
casi en exclusiva quien intente caldear el ambiente.
La derecha no quiere parecer reaccionaria -y menos ahora- y, por otra parte,
sabe que estas medidas son como las otras, es decir, que pasado un tiempo
veremos a gays y lesbianas del PP casarse, si no en El Escorial, sí
en cualquier otra catedral laica, pero a lo grande, en todo caso. Y, no nos
engañemos, los derechos individuales están garantizados y la
oposición de la derecha es mínima, porque son el máximo
exponente del triunfo absoluto del liberalismo. Yo hago conmigo lo que quiero,
mi cuerpo es mío. Por eso, aunque los derechos individuales son liberadores
y democráticos y debemos profundizar en ellos, desde una óptica
de izquierdas no debemos convertirlos en el tótem de la democracia
y mucho menos de la política. Sin derechos sociales, los derechos individuales
se convierten en derechos vacíos. Puede que llegue el día en
que creamos ser más dueños de nosotros mismos que nunca, cuando
nos hayamos liberado de las narrativas religiosas o supersticiosas, cuando
el supremo derecho del individuo a sí mismo sea indiscutido, pero
puede que entonces no nos demos cuenta de que, en realidad, esos derechos
se han privatizado y son, por tanto, patrimonio de unos pocos, de los que
pueden pagarlos, mientras que la inmensa mayoría a quien pertenezcamos
verdaderamente sea a los bancos y a las grandes corporaciones económicas.
En todo caso, al abordar este debate hay que recordar en todo momento que
la Iglesia no se opone más al matrimonio entre personas del mismo sexo
de lo que se opone al uso del preservativo incluso cuando hay riesgo de contraer
el SIDA. Lo que ocurre es que sus diatribas en contra del preservativo, de
cualquier tipo de anticonceptivo, del divorcio, del sexo no procreativo en
general o del sexo fuera del ámbito matrimonial caen en saco roto,
la gente no lo escucha. Las críticas al matrimonio homosexual, al ser
la homofobia algo casi constitutivo de la cultura occidental y al tratarse
de un derecho cuyos beneficiarios teóricos son sólo una pequeña
parte de la población, son más susceptibles de ser escuchadas
y compartidas por la población general. Pero eso sólo será
durante un breve lapso de tiempo.
La normalización homosexual es un hecho, cuestión de poco
tiempo. En realidad a lo que la Iglesia se opone es a que los ciudadanos
y ciudadanas sean libres y dueños de sí mismos; la Iglesia
se opone a una sociedad democrática en la que se elija no sólo
a quien debe gobernarnos y cómo, sino en la que cada uno pueda gobernarse
a sí mismo. Es a eso a lo que la iglesia se opone; y lo hace porque
la Iglesia tal como está organizada no podrá soportar un siglo
más la avalancha del estilo de vida democrático. La Iglesia
es una institución que no ha cambiado en milenios y que necesita,
para sobrevivir, súbditos obedientes. Está basada en la obediencia
no razonada pero ésta, en el siglo XXI, ya no es asumida por la población.
La efectividad del mensaje de la Iglesia está desapareciendo, entre
otras cosas porque sus castigos no son efectivos, la noción de pecado
ha desaparecido de la vida cotidiana del ciudadano/a medio europeo. Lo que
la ciudadanía ha hecho, en lugar de pasar a considerarse atea o agnóstica
es fabricar cada uno/a un dios a su medida. De manera que según la
última encuesta mundial de valores, la mayoría de los españoles
dicen creer en Dios, pero la mayoría, al mismo tiempo, no cree en el
pecado, el 20% de los que se declaran católicos creen en la reencarnación
y casi el 40% no creen en que exista otra vida. La mayoría de los jóvenes
católicos no cree en el cielo y la inmensa mayoría de los católicos
europeos no creen en el infierno. Si el infierno no existe en otra vida de
cuya existencia, además, existen serias dudas, lo que es seguro es
que sí existe en esta, y a tratar de evitarlo, de tenerlo lo más
lejos posible, dedican sus esfuerzos los seres humanos. Pero la Iglesia se
ha quedado estancada en una prédica, fundamentalmente de contenido
moral, que en la mayoría de las ocasiones, de ser cumplida a pies
juntillas, lo que hace es acercar el infierno en la tierra a los cómodos
ciudadanos occidentales, habituados al bienestar. Por eso el mensaje de la
Iglesia ya no es efectivo.
En cuanto a la adopción, este es un debate que se mueve en el absurdo.
Cuando la homosexualidad era un pecado y el pecado era algo que marcaba con
el estigma y que denotaba la perversidad de una persona, la posibilidad de
que educara a niños era, simplemente, una imposibilidad lógica.
Cuando la homosexualidad pasó de ser un pecado a ser una enfermedad,
una enfermedad social además, de la que podía hacerse proselitismo,
como por ejemplo ocurre con las drogas, la posibilidad de que los homosexuales
tuvieran niños a su cargo repugnaba también al sentido común.
Pero en este momento la homosexualidad es considerada por todas las instancias,
incluidas las conservadoras, como una orientación del deseo sexual
humano más. Han desaparecido todas las leyes o normas que lo penalizaban,
han desaparecido o están desapareciendo los estigmas; es más,
se trabaja desde el Estado para favorecer el conocimiento de que es una orientación
sexual como cualquier otra, se penaliza la homofobia y se toman medidas de
acción positiva para favorecer la igualdad. Nadie niega que una lesbiana
o un gay son personas normales. Por eso tenemos políticos gays (no
lesbianas, cuya problemática es completamente distinta y tiene más
que ver con el hecho de ser mujeres que con el de ser homosexuales), ministros
gays, jefes de partido gays, militares gays, policías gays… pronto
tendremos presidentes de Estado gays y nadie duda de su competencia para llevar
adelante esas misiones que sólo se confían, desde la lógica
democrática, a personas especialmente competentes o preparadas (que
sea así de verdad o no es otro asunto). Desde la más pura lógica,
¿tiene sentido confiar un país, una economía, un ejército,
los destinos de los ciudadanos a un gay y decir al mismo tiempo que no puede
educar a un niño o a una niña? Tal aseveración no puede
razonarse más que desde el prejuicio y la sinrazón, y por eso
está destinada a ser derrotada. En las próximas décadas
veremos a que algún país europeo elegirá como presidente
a un gay. En Alemania, por ejemplo, eso puede ocurrir pronto. ¿Desde
qué lógica se puede mantener que uno puede regir los destinos
de un país y no puede tener a un niño bajo su cuidado? Simplemente
desde la lógica del prejuicio.
Ya no nos hace falta a los activistas nombrar los estudios que demuestran
que los niños crecen bien en las familias homoparentales, no nos hace
falta esforzarnos para demostrar que la homosexualidad es tan natural como
la heterosexualidad, eso la ciudadanía ya lo sabe y lo acepta. Las
justificaciones han desparecido porque ya no son necesarias, simplemente dejamos
que la realidad se imponga y trabajamos con los partidos para apresurar las
reformas legales necesarias. Todas las supuestas razones que se esgrimen para
oponerse a la adopción no resisten un análisis serio.
La Iglesia católica corre el riesgo de convertirse en una organización
residual. Es posible que mueva masas de jóvenes en los viajes del Papa,
pero esos mismos jóvenes tienen relaciones sexuales sin casarse y
utilizan anticonceptivos, se casarán, se divorciarán y harán
lo que consideren necesario para ser felices. El Papa se ha convertido en
un fenómeno de masas posmoderno, alejado de la espiritualidad o de
la religiosidad, el Papa tiene fans, está de moda. La Iglesia, que
acusa a lesbianas y gays de tener a nuestro servicio un lobby poderoso, es
ella misma tan poderosa que ha conseguido que la gente no la juzgue con el
mismo rasero con el que se juzga a otras personas u organizaciones. Gracias
a su impresionante (este sí) lobby mediático, económico,
político y cultural, la Iglesia ha conseguido que sus actuaciones sean
silenciadas o atemperadas, que nadie se atreva a decir la verdad.
Con la Iglesia pasa como con el emperador del cuento, que nadie se atreve
a decir que va desnudo. Nadie se atreve todavía a decir bien alto que
la Iglesia se ha convertido en una organización que resulta enormemente
atractiva para los pederastas, entre otras cosas porque, probado el delito,
los protege y los esconde de las autoridades. Si los miembros de cualquier
otra organización hubieran sido condenados por pederastia sólo
una mínima parte de las veces que lo ha sido el clero católico,
no se les dejaría acercarse a los niños en ningún lugar
del mundo. Y, sin embargo, la Iglesia es una multinacional de la enseñanza.
Si se descubriera que un profesor gay ha abusado de un sólo alumno,
un sólo profesor de un sólo alumno, en cualquier país
del mundo, mañana mismo los titulares de los periódicos clamarían
contra la presencia de gays en la enseñanza. El clero católico
ha sido acusado de pederastia, de violación de monjas y mujeres en
los países a donde se supone que van a combatir la miseria, de desviar
fondos para fines dudosos, de delitos económicos de todo tipo. La Iglesia
es la organización que condenó y persiguió, sin que
le temblara el pulso ni la caridad, a una niña de nueve años
que había sido violada y que quedó embarazada; montó
una campaña para pretender que la niña no abortara, aun cuando
su vida peligraba con el embarazo, excomulgó a los padres de la niña
y a los sanitarios que la ayudaron, pero no dijo nada del violador. Y ese
comportamiento no supuso que una ciudadanía indignada se lanzara a
las misas a tirar huevos, por ejemplo. La Iglesia es quizá la única
organización que en Europa se opone de manera activa a la igualdad
entre hombres y mujeres, y la única que razona ideológicamente
esta desigualdad, sin que eso suponga que se le echen encima los medios de
comunicación, ni las mujeres que aun son mayoría en la asistencia
a las ceremonias eclesiásticas. La Iglesia goza de un poder mediático
como ninguna otra organización en el mundo, sólo eso puede explicar
que, teniendo en cuenta sus desmanes, sus antidemocráticos y antidiluvianos
planteamientos, goce de casi absoluta impunidad en sus comportamientos, en
muchas ocasiones, probadamente delictivos.
La Iglesia católica tendría un papel que jugar en este
mundo en el que la pobreza es el mayor problema, la mayor injusticia, la verdadera
amenaza de la convivencia, si volviera a sus orígenes: a Jesús
de Nazaret. Curiosamente, Jesús no dijo nada sobre sexualidad, era
ese un asunto al que no le daba mayor importancia. Tampoco dijo nada de ninguna
familia “natural”; de hecho él no reconoció más familia
que la escogida en función de las afinidades ideológicas. Cualquiera
que lea los Evangelios comprobará sorprendido que sólo con
una cosa se mostró Jesús intransigente e intolerante, sólo
una cosa despertaba su ira, sólo una cosa le convertía en un
activista violento: los ricos, la acumulación de riqueza en pocas manos.
Leyendo pues los Evangelios es legítimo pensar: ¿cómo
ha llegado la Iglesia a convertirse en esa organización obsesionada
con la sexualidad y tolerante, e incluso garante, del poder económico
y de la injusticia social? Esa Iglesia social podría tener un papel
en esta sociedad, la otra no nos preocupa, está condenada a convertirse
en una organización residual en poco tiempo.