IRAK: POR LA RETIRADA INMEDIATA DE EEUU
JOANNE LANDY. Publicado en
New Politics, verano 2004, e Iniciativa
Socialista número 73, otoño 2004. Joanne Landy (jlandy@igc.org)
es codirectora de la Campaña para la Paz y la Democracia y miembro
del equipo editorial de New Politics. La autora desea agradecer a Thomas Harrison
y Jesse Lemisch la ayuda prestada para escribir este artículo, y a
Stephen Shalom sus comentarios sobre un borrador anterior. Las opiniones
expresadas sólo comprometen a la autora. En particular, quiere señalar
que no todos los editores de la revista comparten su punto de vista sobre
el papel potencial de las Naciones Unidas
Es difícil saber cómo la Administración
Bush podría ganar la guerra en Irak. Pese a las bravatas oficiales,
una sombra de duda está cubriendo la Casa Blanca. Hay una buena razón
para ello: crece la indignación internacional ante el comportamiento
estadounidense en la prisión de Abu Ghraib y en todo Irak. Crece también
el número de estadounidenses que piensan que la guerra va mal. Se
está demostrando que Irak es incontrolable. En mayo se informaba de
que sólo un 35% de los iraquíes quieren que se queden las fuerzas
estadounidenses (“The State of Iraq: an Update”, Adriana Lins de Albuquerque,
Michael O’Hanlon y Amy Unikewicz, New York Times, 16/5/2004).
Descaradamente, tras tanta difamación y burla de las Naciones Unidas
(ONU), la administración Bush espera ahora que cierta apariencia de
control por parte de la ONU podría salvar su guerra. Sin embargo,
como New York Times indicaba al describir el proceso de selección del
gobierno transitorio iraquí, el control de la ONU es ilusorio: “...ha
quedado claro que el enviado especial de la ONU, Lakhdar Brahimi, ha jugado
un papel secundario en la formación del nuevo gobierno. Personas cercanas
a él dicen que las decisiones, especialmente en lo que se refiere
al primer ministro Iyad Allawi, fueron negociadas entre EEUU y el Consejo
de Gobierno iraquí, creado por las autoridades de ocupación
el año pasado”. (“Iraq’s New Government Faces Bargaining Over Its
Power”, Steven R. Weisman, colocado en el sitio web del New York Times, 2/6/2004).
¿Seguirá el Congreso poniéndose al servicio del esfuerzo
bélico? ¿Permitirán los estadounidenses la continuación
de esta guerra? Hasta el momento, el Congreso sigue la vía de la Administración
Bush; está en marcha el proceso para la vergonzosa concesión
de los 25.000 millones de dólares adicionales solicitados por Bush
para la guerra Sin embargo, el apoyo popular disminuye precipitadamente.
Un sondeo de Newsweek aparecido a primeros de mayo indicaba que el apoyo a
la gestión de Bush respecto a Irak, que en abril era de un 44%, había
descendido hasta un 35%. Un 57% la desaprobaban.
Estamos en un momento crítico. Aunque no es probable que en las
próximas semanas llegue a haber una mayoría de estadounidenses
partidarios de una completa retirada de las tropas de Irak, eso es algo que
la población empieza a tomar en consideración seriamente. Pero
para convertir esa tendencia a plantearse la pregunta en una oposición
popular masiva a la política de la Administración, es preciso
que desde el movimiento por la paz demos argumentos contra la permanencia
de las tropas estadounidenses en Irak. Desde luego, la sociedad estadounidense
no ha oído ningún llamamiento a la retirada procedente de John
Kerry, que, en esencia, ha hablado sobre cómo salvar la operación:
envío de 40.000 efectivos más e “internacionalización”
de la situación aunque bajo control de fuerzas estadounidenses. Kerry,
en efecto, aboga por reconstituir la coalición que condujo la guerra
del Golfo de 1991 con el visto bueno del Consejo de Seguridad, que dio una
cobertura crucial a la guerra estadounidense. Como es habitual, Tom Friedman,
columnista del New York Times, lo ha formulado sucintamente y sin rodeos:
“Cuanto mayor sea la profundidad con que queremos penetrar en la sociedad
iraquí, sobre todo con tanques y tropas, más legitimidad necesitamos”
(11/4/2004).
Hay que resaltar que el propio Bush, aunque de mala gana, está
asumiendo una postura similar a la de Kerry sobre la necesidad de obtener
la cobertura de la ONU. En este momento, Kerry está dispuesto a hacer
más concesiones que Bush, dando un papel ligeramente mayor y compartiendo
los generosos contratos de reconstrucción con otros poderosos países.
Pero como la postura intransigente de EEUU se hace cada vez más insostenible,
Bush podría llegar a aceptar concesiones similares para conservar
lo esencial del control estadounidense.
La guerra contra Irak era injusta, ante todo porque constituía
una expansión de poder imperial estadounidense, pero también
porque era de esperar que impondría a los iraquíes una camisa
de fuerza económica, política y militar. Si los iraquíes
hubieran derrocado a Sadam Husein, podrían haber tenido la oportunidad
de construir un Estado realmente democrático sensible a las necesidades
de la población, aunque desde luego no hay ninguna garantía
de que ése habría sido el resultado de una rebelión
interna contra los baasistas. La acción de la Administración
Bush, sin embargo, substituyó la dictadura de Sadam Husein por un
Consejo de gobierno totalmente dependiente de EEUU, un consejo cuyos miembros
podían ser incorporados, sustituidos o destituidos por la autoridad
de ocupación y que había sido diseñado para llevar a
cabo la política estadounidense en todos los asuntos esenciales.
Mientras tanto, EEUU pretendía mantener en Irak decenas de miles
de efectivos militares incluso mucho tiempo después de cualquier
cesión formal de “soberanía”, para asegurar la perpetuación
de su dominación de Irak y reforzar su presencia militar en la región.
El tipo de democracia que la Administración Bush tenía prevista
para Irak consistía, en el mejor de los casos, en un gobierno formado
por políticos dóciles ante los estadounidenses, con elecciones
formales pero con muy poco o con ningún espacio para sindicatos con
una base real, organizaciones independientes por los derechos humanos y la
justicia social, partidos políticos democráticos de izquierda.
Ya no está claro que ni siquiera esa apariencia de democracia vaya
a ser permitida, aunque aún sea posible.
El repugnante plan imperial de la Administración Bush está
fracasando de forma espectacular. Es posible que al principio muchos iraquíes
fuesen ambivalentes ante la ocupación estadounidense, lamentando la
ocupación extranjera pero esperando también, a causa de la
desesperación, que podría traer cierto grado de orden público
y algunas libertades democráticas. Pero la ocupación se ha ido
haciendo cada vez más impopular y crece el número de los que
se vuelven contra ella entre quienes antes dudaban. Al mismo tiempo, en todo
Oriente Medio y en el mundo musulmán crece exponencialmente el odio
popular a EEUU, acompañado de un ansia de venganza. En la medida que
se van conociendo comportamientos brutales de EEUU, incluyendo las torturas
a prisioneros y los ataques por doquier que no sólo afectan a los
insurrectos sino también a miles de iraquíes no combatientes,
la mayor parte de los elementos autoritarios y teocráticos en la sociedad
iraquí salen reforzados porque parecen ser los únicos dispuestos
y capaces de enfrentarse a Estados Unidos. Un sondeo de mayo realizado en
Irak indica que la popularidad de Mùqtada Al Sader ha crecido y que
EEUU ha logrando aumentar la fuerza de atracción de los fundamentalistas
represores (“Iraqi poll shows big jump in support for rebel cleric Sadr”,
Roula Khalaf, Financial Times, 20/5/2004). Un ejemplo del poder ganado por
los fundamentalistas bajo la ocupación es la Universidad de Basora,
donde Financial Times informa de que si una estudiante “quiere asistir a sus
clases, la fuerzan a cubrir su cabeza con un hijab o corre el riesgo de sufrir
la ira de los extremistas chiítas, apoyados por milicias armadas,
que intimidan a los estudiantes en todo el campus (“Female students taught
harsh lessons”, Lina Saigol, Financial Times, 13/5/2004).
La campaña para persuadir a la opinión pública estadounidense
de la necesidad de una retirada inmediata tiene una importancia crítica,
porque aunque una victoria estadounidense en Irak parece sumamente improbable
bajo Bush o bajo Kerry, la guerra puede prolongarse durante meses o años,
provocando la muerte de decenas de miles de iraquíes y miles de estadounidenses.
Se dice que quienes abogamos por la retirada inmediata y total de tropas
estamos poniendo en peligro la libertad iraquí, pero la dinámica
de los hechos es totalmente opuesta. La única vía para que la
población de EEUU pueda influir en la finalización de este síndrome
simbiótico en Irak, por el que los elementos retrógrados iraquíes
se alimentan de la brutalidad de la ocupación estadounidense, mientras
que ésta se autolegitima señalando a esos elementos retrógrados,
la única vía, decía, para vitalizar esa posibilidad
remota de laicismo y democracia en aquel país es que forcemos al gobierno
estadounidense a retirar sus tropas.
Además, EEUU podría ayudar a prevenir la repetición
de un escenario tan horrible como el que se desarrolla hoy en Irak si emprendiese
una nueva política exterior, democrática y económicamente
igualitaria, una de cuyas piezas claves sería la finalización
del apoyo unilateral de EEUU a Israel y de la hostilidad que, en la práctica,
se manifiesta frente a la reivindicación palestina de tener su propio
Estado. Sólo tal política exterior tendría alguna posibilidad
real de promover la resistencia popular a dictadores como Sadam Husein y
a fundamentalistas islamistas como Osama Bin Laden o Mùqtada Al Sader
Desde luego, cambiar de ese modo la política exterior estadounidense
requeriría profundos cambios internos; los Estados Unidos de las sociedades
anónimas capitalistas, bajo el mando de cualquiera de los dos partidos,
son incapaces de llevar a cabo una política exterior justa y consistentemente
democrática. Necesitamos un partido progresista independiente de
masas, no sometido al control de las grandes empresas. En última
instancia, necesitamos que los Estados Unidos sean socialistas. Un paso
importante hacia este objetivo sería la construcción de un
movimiento por una nueva política exterior. Un movimiento por la
paz de ese tipo podría obtener importantes victorias específicas,
como la retirada de las tropas de Irak, aprendiendo de su propia experiencia
y educando a otros sobre los límites que, mientras el capitalismo
domine, tendrá toda reforma en política exterior o interior.
La Administración Bush y muchos de los dirigentes del Partido Demócrata
dicen que los EEUU no pueden “salir pitando”, ya que “ el fracaso de EEUU
en Irak no es una opción”. Los defensores del imperio estadounidense
están realmente motivados para “llegar hasta el final”, ya que entienden
que la capacidad de EEUU para ejercer su poder a escala mundial sería
minada por una derrota en Irak. El resto de nosotros, sin embargo, no tenemos
ningún intereses en que esta pesadilla se prolongue.
Muchos progresistas creen que la ONU puede resolver la crisis iraquí
de un modo positivo. En general, sin embargo, es sumamente improbable que
la ONU pueda promover la justicia social y la verdadera democracia, ya que
el Consejo de Seguridad está dominado por países que tienen
un profundo interés en conservar el injusto status quo mundial. Cualquiera
de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad -EEUU, Reino Unido,
Francia, Rusia o China- puede vetar cualquier iniciativa, aunque habitualmente
delegan la responsabilidad sobre EEUU como pilar del orden mundial establecido.
El Consejo se alejó de este modelo cuando se negó a avalar
la segunda guerra del Golfo, pero, pese a las reticencias de varios países
importantes frente al descarado intento de manipulación del gobierno
iraquí por parte de EEUU, es muy poco probable que la ONU actué
realmente para impedir que EEUU lleve a cabo la construcción de 14
bases militares permanentes en Irak y mantenga sus tropas en el país.
Tampoco es probable que cuestione la dominación sobre Irak llevada
a cabo entre bastidores a través de más de 100 consejeros estadounidenses
colocados en las instituciones de gobierno del país. Un indicio de
la posición comprometida del Consejo de Seguridad es que no ha hecho
nada para desafiar la política económica neoliberal impuesta
por el Consejo de gobierno iraquí, designado por EEUU, incluyendo
medidas como la privatización de la economía del país
y la imposición de un tipo impositivo máximo del 15%. Tampoco
emitió ninguna protesta cuando, en julio de 2003, tropas estadounidenses
atacaron a miembros del Sindicato de desempleados que protestaban pacíficamente
contra el trato dado a los parados por los militares estadounidenses o por
las grandes empresas, ni cuando los líderes del sindicato fueron detenidos
en agosto de 2003. Unas elecciones realmente libres en un Irak realmente democrático
probablemente darían como resultado un mandato en favor de la retirada
de todas las fuerzas de ocupación extranjeras, de la revocación
de la política económica -estilo “Chicago- impuesta por Paul
Bremer y del derecho de los iraquíes a controlar sus propios recursos.
Aún más, es probable que la ONU se prepare para bendecir
una “transición” que mantenga a miles de soldados estadounidenses
en el país, de forma que EEUU mantenga un poder y una influencia aplastantes
sobre las próximas elecciones y la vida política iraquí.
Además, ni Brahimi ni la ONU han bloqueado el trabajo bajo cuerda
llevado a cabo por EEUU para conservar su poder bajo el nuevo gobierno provisional.
Según el Wall Street Journal, “Como Washington se dispone a transferir
el poder, el administrador Paul Bremer y otros funcionarios están
construyendo en silencio instituciones que puedan dar a EEUU poderosas palancas
para influir en casi todas las decisiones importantes del gobierno de transición.
En edictos emitidos antes de esta primavera, antes esta primavera, la Autoridad
provisional de la coalición, dirigida por Bremer, creó nuevas
comisiones que, en la práctica, asumen casi todos los poderes que
antes correspondían a varios ministerios. (“Behind the Scenes, U.S.
Tightens Grip On Iraq’s Future”, Yochi J. Dreazen y Christopher Cooper, Wall
Street Journal, 13/5/2004).
Considerando el actual papel del Consejo de Seguridad como cómplice
de EEUU en Irak sería ingenuo esperar que si recibiese una mayor autoridad
cambiaría repentinamente su orientación y promovería
una democracia vibrante que podría expulsar a EEUU de allí,
aunque muchos de los miembros del Consejo de Seguridad puedan desear la disminución
del poder estadounidense.
Para defender la retirada inmediata y completa de tropas estadounidenses
no es necesario apoyar a las fuerzas iraquíes que actualmente dirigen
la lucha contra Estados Unidos. Aunque es difícil conseguir información
exacta sobre la confrontación militar y no hay ninguna razón
para confiar en la propaganda estadounidense, es bastante posible que la
lucha contra EEUU haya sido secuestrada, al menos por ahora, por elementos
brutalmente reaccionarios, baasistas y fundamentalistas islamistas, aspirando
estos últimos a la instauración de un orden religioso represiva
sobre el país. Pero tanto si los reaccionarios han logrado el control
sobre la lucha contra la ocupación como si no lo han logrado -así
lo deseamos- la realidad en Irak revela la brecha abierta entre la fantasía
de una superpotencia benévola y el papel real que los Estados Unidos
juegan reforzando a quienes se oponen a los sindicatos, grupos de mujeres,
fuerzas laicas y organizaciones de derechos humanos, movimientos que constituyen
la única esperanza de un Irak democrático.
Entre quienes participaron en el activismo contra la guerra, algunos dicen
que, pese a lo que opinaban respecto al comienzo de la invasión de
Irak, ahora no se puede abandonar el país y que la petición
de retirada de la tropas americanas debería ser aplazada hasta que
haya alguna consolidación de la democracia y de la seguridad.
Algunos han dejado de pedir la retirada inmediata `y han pasado a solicitar
la retirada “lo antes posible”, lo que abre las puertas a la prolongación
indefinida de la ocupación, dado lo ambiguo de los criterios sobre
“lo posible”. Adoptar este enfoque sería como caer en una trampa,
cometer un error terrible análogo al cometido durante la guerra de
Vietnam por los sectores del movimiento antiguerra que reclamaban “negociaciones”,
debilitando el movimiento, en vez de exigir la retirada inmediata.
El movimiento por la paz tiene que dirigirse hoy a los estadounidenses
para convencerles de que, totalmente al contrario de lo que argumenta la
Administración Bush y los partidarios en ambos partidos de mantenerse
en Irak, la única esperanza para comenzar a reforzar la lucha por
la democracia y la seguridad en aquel país reside precisamente en
la vuelta de las tropas a casa ahora.
Una exitosa presión popular para la retirada inmediata podría
ser también el principio de un movimiento para una nueva política
exterior estadounidense, democrática y no imperial, en concordancia
con los verdaderos intereses de los estadounidenses y de la población
del resto del mundo. ¡Qué gran motivo de alegría sería!