Uno de los asuntos que más preocupan a las iglesias
es el asunto escolar. Quieren mantener una influencia muy grande en los sistemas
educativos y que la sociedad internacional reconozca esta injerencia. Es necesario
señalar que en Europa y también en una gran parte de los Estados
del mundo, las iglesias están volcadas en la educación. Si
exceptuamos a los Estados, las iglesias son las corporaciones con más
intereses en el mundo de la educación. En España sucede igual.
La historia del laicismo, en gran medida, es la historia
por la construcción de un sistema escolar laico. Un sistema escolar
que persiga la libertad de conciencia plena del individuo y, por tanto, un
sistema escolar alejado de cualquier adoctrinamiento religioso o ideológico.
La escuela laica es la búsqueda de la autonomía moral de los
niños. Sin embargo, muchos de los sistemas escolares, en todo el mundo,
están muy alejados del laicismo, y muchos de ellos incluyen materias
de adoctrinamiento religioso o ideológico en sus curriculum y financian
colegios confesionales. En ocasiones, el alejamiento del laicismo se produce
cuando la escuela se quiere convertir en mero apéndice de las necesidades
del mercado laboral y no en un espacio publico destinado al aprendizaje que
evite las presiones de la sociedad civil. Durante muchos años, la
escuela laica tuvo como presión principal la injerencia religiosa
e ideológica. Hoy, a esta injerencia se le ha unido otra no menos
importante, la del mercado y la competitividad, que tiende a erosionar la
naturaleza emancipatoria de la escuela.
En cualquier caso, las iglesias y sus lobbys han presionado para que las
declaraciones internacionales de posguerra reconozcan de una u otra manera
la injerencia religiosa en la escuela. En gran medida, lo han conseguido.
Por ejemplo en el ámbito de las Naciones Unidades, no tanto en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos pero si en algunas convenciones posteriores,
han conseguido que se eleve a un derecho internacional la idea de la libertad
educativa en función de las creencias. Esto es, desgraciadamente, más
claro en el ámbito europeo, donde las iglesias, al menos durante muchos
años, han tenido portavoces políticos directos a través
de los partidos denominados demócrata-cristianos. Hay que tener en
cuenta que hasta los años setenta los partidos demócrata-cristianos
europeos han sido los protagonistas en la construcción internacional
de Europa. Por ejemplo, durante la redacción del instrumento más
acabado que existe en Europa de protección de los derechos humanos,
la Convención Europea para la protección de los derechos humanos
y libertades fundamentales (CEPDH) de 1954, se quiso introducir una mención
explícita a la libertad educativa asociada a la libertad de religión;
sin embargo, por la oposición de Francia, esta mención no aparece
recogida como tal en la Convención sino que se habilitó un protocolo
especial, el Protocolo nº 1 de la Convención que incluye una
referencia explícita al derecho de los padres a elegir la educación
en función de sus convicciones o creencias religiosas. Para muchos
este protocolo es una bomba de profundidad sobre el laicismo educativo ya
que, en efecto, establece que el Estado debe garantizar el ejercicio de este
derecho de elección del tipo de educación, fundado en motivaciones
religiosas:
“Protocolo 1. Art. 2º. A nadie se le puede negar el derecho
a la instrucción. El Estado, en el ejercicio de las funciones que asuma
en el campo de la educación y de la enseñanza, respetará
el derecho de los padres a asegurar esta educación y esta enseñanza
conforme a sus convicciones religiosas y filosóficas.”
Como vemos esta idea de asociar la libertad religiosa a la libertad de educación
por motivos religiosos es una idea muy peligrosa para el laicismo.
Lo que esta pasando con la injerencia de las iglesias en la redacción
de la Constitución europea también ocurrió cuando se
redactaba la Carta de derechos fundamentales de la Unión, que es un
texto que todavía no tiene alcance legal pero que será en breve
el marco europeo de los derechos humanos; en esta carta se nota mucho la injerencia
clerical. La Carta en su versión alemana hace una referencia a los
valores religioso de la Unión, no así en la versión oficial
de otras lenguas, que, por la oposición de Francia, se refieren exclusivamente
a los valores espirituales.
En cuanto al derecho al educación esta Carta establece lo siguiente
en su articulo 14:
“1. Toda persona tiene derecho a la educación y al acceso a la
formación profesional y permanente.
2. Este derecho incluye la facultad de recibir gratuitamente la enseñanza
obligatoria.
3. Se respetan, de acuerdo a las leyes nacionales que regulen su ejercicio,
la libertad de crear centros docentes dentro del respeto a los principios
democráticos, así como el derecho de los padres a garantizar
la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones
religiosas”
Se observa claramente en este artículo 14.3 la asociación de
la libertad educativa a la libertad religiosa, y se eleva a derecho fundamental
la segregación educativa por motivos religiosos.
En definitiva, en el ámbito europeo, más aún que en
el de Naciones Unidas, se ha asociado la libertad educativa a la libertad
religiosa, elevando la segregación educativa por motivos religiosos
a la categoría de derecho fundamental. Ello conlleva, entre otras cuestiones,
dar cierta legitimidad de la dualidad de los sistemas educativos en la mayoría
de los países europeos y cierta justificación a la obligación
de financiación pública de los colegios confesionales por parte
de los Estados.
En España la injerencia de la Iglesia católica sobre el sistema
educativo es clara. Podríamos analizar las leyes, las sentencias del
Tribunal Supremo o del Tribunal Constitucional para ver cual es el modelo
educativo formal que existe en España. Pero, sinceramente, creo que
existe una inflación de este tipo de análisis, aunque siempre
necesarios, pero yo preferiría que trascendiéramos el análisis
jurídico formal e ir al encuentro de la realidad social del sistema
educativo. En primer lugar, creo que conviene decir que un sistema educativo
no se puede cambiar de la noche a la mañana, que no se puede hacer
una ley y pensar que de esa forma se puede hacer tabla rasa del pasado: eso
es imposible. Por supuesto que el sentido de las leyes nos indican una tendencia,
un tipo de impulso político de un momento dado pero en ningún
caso, y más en un asunto como la educación, podemos esperar
que una ley cambie el modelo educativo de arriba abajo. Lo que es más
cierto en un país como España donde ha sido tan difícil
construir un sistema educativo público con una mínima calidad.
En efecto, cuando Picavea, en 1900, explicaba la situación real de
la educación en España, era para echarse a llorar, no solo por
la cantidad, sino también por la calidad. Cuando analizamos los contenidos
educativos en los decretos del siglo XIX y de una gran parte del siglo XX
también es para echarse a llorar: la enseñanza de párvulos
y primera enseñanza se limitaba a señalar la doctrina cristiana
y las primeras letras y, según algunas estimaciones, en 1900 el 65%
de los niños de menos de 13 años no sabían leer ni escribir
correctamente.
Si vamos más para atrás la cosa es aún peor ya que
la instrucción pública, propiamente hablando, no existió
hasta el siglo XVIII y eran las ordenes, congregaciones, parroquías
y ayuntamientos quienes se ocupaban de estos temas. La Iglesia ha jugado un
papel de primer orden en la instrucción hasta el siglo XVIII, aunque
los resultados de ese monopolio educativo fueran nefastos: casi todo el mundo
salía medio analfabeto. Lo que es evidente es que en nuestro país,
como en muchos otros, la instauración de un sistema educativo público
ha sido un proceso lento y siempre ha estado tutelado por la ideología
católica, excepto en algunos momentos breves.
A finales del XVIII y en nuestro país claramente en el primer tercio
del siglo XX, el Estado no tiene más remedio que construir un sistema
de instrucción publica más o menos extenso y con unos requisitos
mínimos de calidad. Piénsese que el Ministerio de Educación
o de instrucción pública se crea en España casi al final
del XIX y es desde entonces cuando se consolidan los cuerpos de maestros y
de profesores de la enseñanza pública. En 1900 estaban escolarizados,
en los centros públicos, 1.500.000 niños, y aproximadamente
400.000 estaban escolarizados en los colegios de las ordenes religiosas; en
total el 50% de los niños estaban escolarizados.
Todo esto fue cambiando y a mediados de los sesenta tenemos tasas de escolarización,
si bien no universales, sí muy importantes. Desde entonces, la lucha
ha consistido en avanzar en la escolarización y en alargar la edad
obligatoria de escolarización al tiempo que se intentaba garantizar
la gratuidad de la enseñanza. Ha sido un momento de expansión
y se ha avanzado mucho en los aspectos cuantitativos y cualitativos. Además,
los sistemas pedagógicos han experimentado una revolución importantísima
pese a los defectos que podamos observar en la práctica: una gran parte
de la pedagogía moderna está ya consolidada en la articulación
de los curriculum educativos y los profesores y maestros se han adaptado o
han sido educados en una concepción pedagógica moderna.
Ahora bien, es evidente que, en el caso español, la instauración
de un régimen fascista supuso una involución gigante en los
avances que se habían experimentado en la escuela española y
del impulso que supuso la instauración de la II República. Esta
involución no afectó tanto -al menos a partir de finales de
los cincuenta- a las cifras de extensión del sistema educativo sino
a la calidad y al adoctrinamiento ideológico de los niños y
jóvenes en esta época. En esta involución jugó
un papel relevante la Iglesia Católica que ha tenido una responsabilidad
histórica de primer orden en la instauración de una ideología
reaccionaria en nuestra sociedad. No sólo fue la supresión de
la libertad de cátedra y de la libertad ideológica, o la instauración
de la censura, sino también la configuración de un curriculum
plenamente adaptado a los valores más reaccionarios del peor catolicismo
integrista. Además, la Iglesia, en este periodo, siguió manteniendo
una importancia cuantitativa muy considerable en el sistema educativo. Llegamos,
pues, a lo años setenta con un sistema educativo con extensión
insuficiente, con una fuerte influencia de los colegios católicos
y muy pobre en calidad; una escuela publica infectada de la ideología
católica y un sistema educativo apartado de las renovaciones pedagógicas
que se habían experimentado en otros países.
Que duda cabe que en la España de finales de los setenta y principios
de los ochenta existió un impulso cívico-social que exigía
derechos y una mayor igualdad social, también en el terreno educativo;
debemos reconocer que desde los años setenta se ha experimentado un
cambio muy positivo en el sistema educativo, en gran medida porque se debía
de garantizar una demanda cada vez más amplia, al tiempo que se producía
una modernización social. Todos los indicadores educativos nos señalan
que el crecimiento del sistema ha sido importante: número de unidades
escolares, profesores, alumnos..., y también ha habido cambios cualitativos
significativos. Sin embargo el modelo educativo implantado tanto en la Constitución
como en las leyes educativas básicas no ha significado una ruptura
definitiva con el modelo educativo de los años sesenta, en particular
en cuanto la participación fuerte en el sistema educativo de los colegios
privados y especialmente de los colegios católicos.
La patronal privada y la Iglesia, desde el mismo momento que se percibe
un cambio político irreversible en España, toman posiciones
y presionan para conservar sus posiciones en el sistema educativo. Por supuesto,
esto se refleja en los Acuerdos con la Santa Sede de 1979, en los que queda
garantizada la enseñanza religiosa en todo el sistema educativo e incluso
se incluye un artículo por el cual los poderes públicos se
comprometen a respetar los valores cristianos en todo el sistema curricular
y también se garantiza el derecho de los centros docentes católicos
a recibir subvenciones. En la Constitución de 1978 se introduce un
articulo que parece incidir en estos aspectos, ya que el articulo 27.3 reconoce
un derecho absoluto de los padres sobre la libertad de elección de
educación de religión y moral que deben recibir sus hijos de
acuerdo a sus convicciones y la obligación del Estado a garantizar
dicha educación. Posteriormente, la Ley orgánica de libertad
religiosa vuelve a insistir en este asunto. La LODE de 1985, pese a los aspectos
positivos que tiene esta ley respecto a otros asuntos, consagra en su
articulo 4b un derecho absoluto de creación y financiación publica
de los centros privados al establecer que los padres tienen derecho a escoger
centro docente distinto a los creados por los poderes públicos, y,
según el artículo 4c, a que sus hijos reciban la formación
religiosa que esté de acuerdo a sus propias convicciones, estableciéndose
más adelante el derecho de los centros concertados a establecer el
ideario propio del centro.
Así, las leyes educativas garantizan un sistema educativo mixto de
educación privada y pública, garantizando la financiación
publica de los colegios católicos. Por tanto, en España, no
existe propiamente un sistema único de enseñanza, existen varios
sistemas y ello opera, sin duda, en la realidad social educativa y en los
efectos perversos que puede tener sobre el sistema educativo gestionado directamente
por las administraciones públicas.
De todas formas es necesario insistir que entre los años 80 y 93
los porcentajes de escolarización en los centros privados, particularmente
en los católicos, disminuyeron y muchas unidades escolares fueron suprimidas.
Concretamente de un 36% de escolarizados en la escuela privada se paso al
30%, es decir se produjo en este periodo un reforzamiento de la escuela pública,
tanto en términos de escolarización de alumnos como en numero
de profesorado, debido a los avances experimentados en la calidad de la enseñanza.
Además, la descentralización en la gestión de la educación
ha significado un avance -aunque también algunos problemas- importante
en la calidad de la gestión educativa. Mientras tanto, en este periodo
la patronal católica se reorganizó, secularizando las plantillas
docentes de sus centros, especializando sus unidades escolares, reorganizando
sus intereses en la Formación profesional etc., y por lo demás
se produjo un incremento de la enseñanza privada no concertada y concertada
no católica.
En la actualidad, sin embargo, asistimos a una ofensiva de la enseñanza
privada que se demuestra en el aumento muy considerable de los porcentajes
de escolarización en ella, sobre todo en algunas zonas como Cataluña.
Es curioso que sea en las partes más dinámicas económicamente
donde la enseñanza privada tiene una mayor incidencia. Lo mismo que
ocurre a nivel social -los pobres a la publica y los ricos a la privada- ocurre
a nivel territorial. Este aumento de la enseñanza privada ha conectado
con una demanda social conservadora y creo que esa ofensiva se ha producido
simultáneamente con una campaña publicitaria de deterioro de
la escuela pública. La demanda se suscita porque existe la sospecha
que los centros privados funcionan mejor en aspectos como la disciplina,
la oferta de un corpus ideológico conservador y de supuesta eficacia
frente a un supuesto desorden de la escuela publica. Creo que uno de los
fenómenos que están influyendo en el impulso de la escuela privada
es la mayor agilidad de ésta a la hora de la construcción de
nuevos colegios en las zonas de expansión urbana, sobre todo en las
áreas metropolitanas donde pasa a residir una nueva clase media. Otro
de los aspectos que sirven para desprestigiar la escuela publica es que ésta
está asumiendo la enseñanza en las zonas más marginadas
y está absorbiendo a la mayoría de escolares con necesidades
especiales o inmigrantes. Pienso, sin embargo, que estas nuevas situaciones
deberían constituir un reto para la escuela publica y un argumento
de peso para exigir más presupuesto y más medios para los colegios
públicos.
Además, creo que las administraciones publicas no intentan frenar
esta demanda social y más bien se alienta ya que al fin y al cabo sale
más barato -desde el punto de vista económico- la concertación
que la gestión publica directa de la educación obligatoria.
Ahora bien, el gran peligro para la escuela publica -a parte de las leyes
que posibilitan la garantía de la financiación pública
de una parte de la enseñanza privada- viene de esa demanda social de
las clases medias de una educación individualista, con pedagogías
más conservadoras pero pretendidamente más eficientes, por una
exigencia de más disciplina, etc., una demanda que lucha contra el
igualitarismo social y contra la escuela laica. En definitiva, es una demanda
social conservadora que exige un tratamiento diferente para sus hijos y,
en su concepción, la escuela publica es para los de renta baja y los
grupos sociales marginados o segregados, inmigrantes, población marginal,
niños tutelados o con necesidades especiales... Seguramente, en un
futuro, esta demanda social no tendrá ningún problema en plantear
pagar algo con el fin de estar separados de estos sectores sociales.
Sin embargo, y a pesar del deterioro existente, es evidente que la educación
publica no desaparecerá, siempre tendrá un peso mayoritario,
el problema es que vamos encaminados a una educación en los niveles
básicos más clasista, menos igualitaria y ello tendrá
unas repercusiones importantísimas sobre el futuro de nuestra sociedad.
La ley de calidad ha sido vista por muchos como una vuelta de tuerca en
contra de las conquistas de la escuela publica orientada a la igualdad. En
el asunto de la religión, si por un lado se dice perseguir la modernización
-un ordenador para cada alumno- por otro lado se mete a Dios en el curriculum
escolar. El asunto de la enseñanza de la religión en la escuela
tal y como lo plantea la LOCE es inasumible desde todos los puntos de vista
ya que en verdad responde a una injerencia clerical clarísima. El obligar
a todos los escolares a estudiar religión parece que es simplemente
una concesión a la Conferencia Episcopal, máxime en un sistema
educativo que garantiza más que con creces la enseñanza religiosa
en la escuela. La Iglesia Católica, en los ámbitos relativos
a la educación, se ha mostrado como una institución arrogante
e intolerante. La enseñanza de la religión católica en
la escuela publica está, como digo, más que garantizada (¡en
España existen más de 15.000 catequistas dando religión
católica en los colegios públicos pagados por las administraciones
autonómicas!) y sin embargo la Iglesia ha entablado pleitos judiciales
y mostrado cierto desasosiego persiguiendo, parapetándose en los acuerdos
de 1979 con El Vaticano, que la religión católica estuviera
plenamente integrada en el curriculum y que los niños no católicos
tuvieran que tener nociones doctrinales sobre las religiones. Una vez el PP
llega al gobierno, la Conferencia episcopal, que ha considerado al PP como
un gobierno católico, les exige réditos electorales y comienza
a batallar sin cesar por una solución drástica y pese a las
primeras resistencias del gobierno del PP al final éste tuvo que ceder
tal y como se ha plasmado en la LOCE. El PSOE ha anunciado que dejará
las cosas como están pero las cosas como están son verdaderamente
intolerables. ¿Por qué el PSOE no se atreve a emprender una
reforma laicista en el sistema educativo y en el Estado?
El laicismo promueve la escuela laica y ello significa en nuestro país
reforzar la escuela publica, darle nuevos impulsos positivos. Ello significa
sacar la religión de la escuela publica y reservarla al ámbito
estricto de la familia o la parroquia. También significa a medio plazo
el realizar una política de centros concertados diferente, en la perspectiva
de la supresión total de los conciertos con colegios confesionales.
El dinero público debe ir hacia lo público. Se debe emprender
una política de conciertos educativos que empiece a cuestionar la contratación
de unidades escolares sometidas a un ideario confesional: si el Estado paga
un servicio educativo a un promotor privado este debe estar sometido a unos
esquemas de neutralidad ideológica o religiosa. Igualmente la contratación
del profesorado de la escuela concertada debería requerir una habilitación
estatal y no ser una cuestión meramente privada ya que este profesorado
es pagado por el Estado. En definitiva, se deben emprender medidas que signifiquen
una ofensiva del Estado en defensa de la escuela pública, laica e
innovadora, si no es así las exigencias del cambio pueda venir en
un futuro de las propias aulas, del desasosiego e inconformismo juvenil que
se pueda estar incubando en los pasillos de los colegios ante un sistema
educativo cada día más segregado socialmente y más deteriorado.