REAGAN: EL GRAN COMUNICADOR

JOSÉ M. ROCA. Publicado en Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004

El pasado 5 de junio falleció Ronald Reagan. Su muerte suscitó todo tipo de alabanzas a su gestión como presidente, explicables en la derecha política, y reavivó su fama de gran comunicador, olvidando sus últimos años de mandato, cuando su reputación cayó en picado a causa del escándalo Irangate.
A nosotros, gobernados hasta hace poco por un partido que se dice inspirado en las ideas que popularizó Reagan y ha revitalizado G. W. Bush, la defunción del ex mandatario norteamericano nos da pie para ocuparnos de él. Y no es que Reagan se hubiera distinguido por la profundidad de sus ideas; no tuvo veleidades intelectuales ni fue un ideólogo en sentido fuerte, al contrario, tenía una filosofía delgada como un papel, señaló R. Perry (1986). El Readers Digest fue su revista de cabecera y nunca entendió, si no era con ejemplos visuales o con anécdotas o chistes, el marxismo o las complejidades del armamento nuclear, escribió F. Basterra (1989) en un artículo de la época. En su cabeza impresionista registraba anécdotas, no categorías. Fue un hombre pragmático equipado con pocas y simples ideas, que, bien asesorado, supo transmitir de manera convincente a la gente común. Él se presentaba como un hombre corriente -también el millonario Bush se presenta hoy como un hombre corriente-, que hablaba y sentía como la gente corriente.
El éxito (relativo en cifras absolutas) de sus campañas electorales residió en ofrecer en el lenguaje de la gente corriente un programa económico que atentaba, paradójicamente, contra las condiciones de vida y trabajo de la gente corriente, pero que se presentaba como necesario para mantener el estilo de vida del norteamericano medio.
Como señaló E. P. Thompson (1986, 76): su genio no tiene nada que ver con algún tipo de originalidad o de profundidad. No es un pensador, ni un estratega, ni un administrador enérgico, ni un burócrata sobornador; ni siquiera está bien informado. Su don es el de ser un “comunicador”; es decir, una pantalla de los medios de comunicación y el producto alfa de una sociedad de consumo con sofisticadas técnicas de venta y de relaciones públicas.
Lo destacable de Reagan era la ideología, la fuerza de ideas simples pero firmes que se convierten en decisiones políticas, con los costes sociales que fueren precisos, pero que a él como a otros conservadores le preocupaban poco.

Carisma y estructura

La popularidad de Reagan no se explica sólo por sus dotes personales, sino que debe mucho a la técnica, a los expertos y a la estructura del sistema político y mediático norteamericano. Sus éxitos electorales representan el triunfo de los asesores, del equipo que trabaja para el candidato, en un sistema presidencialista, en que los medios de información cobran vital importancia dada la progresiva erosión de los vínculos entre los electores y los partidos. En este sistema, en el que una persona desconocida debe darse a conocer a millones de electores para obtener su voto, la labor del equipo es esencial para confeccionar su perfil y definir los mensajes centrales de su discurso. Pero tanto el trabajo del equipo como el del candidato pasan de manera obligada por los medios de información para llegar al gran público. No hay otro camino. Lo cual explica, en parte, el carácter personalista de las campañas, que hacen hincapié en los rasgos personales del candidato más que en la explicación de los programas, que son reducidos a unas cuantas ideas simples y a unas frases fáciles de retener, pues no se pretende que los votantes se esfuercen en razonar sobre propuestas complejas, como lo son los problemas de un país como EEUU, sino que tengan la sensación de que el candidato será capaz de resolverlos porque parece animado por las cualidades que la campaña destaca (firme, honrado, seguro o religioso).
Por otro lado, hay que conocer cómo funciona el sistema de información de masas norteamericano. Para Chomsky y Herman (1990), bajo la apariencia de un sistema abierto de opinión pública, existe un modelo de propaganda que discrimina la información con criterios ideológicos con el fin de generar en el público conformidad respecto a la doctrina política establecida.
En EEUU, en el clima de la guerra fría, se produjo una avenencia entre los medios de información y los intereses gubernamentales, que convergió en la defensa a ultranza del sistema político y económico norteamericano, tal como apreció Wright Mills (1956, 300): una sociedad de masas sugiere la idea de una élite de poder (...) La cima de la sociedad norteamericana está cada vez más unificada y en ocasiones parece coordinada voluntariamente; en la cima ha surgido una élite del poder. Y a pesar de que no existe institucionalmente la censura y de que los medios de información son privados, compiten entre sí y pueden criticar al gobierno, tales críticas tienen como límite el fundamento del sistema -la propiedad privada, la libertad de empresa y el sistema político norteamericano-, de modo que en conjunto la prensa norteamericana defiende en el interior, un modelo económico y social determinado por los intereses de los grandes poseedores de capital, y, en el exterior, las intervenciones políticas, militares y económicas de EEUU, en función de los mismos intereses, en especial si se trata de combatir al comunismo, que representa la negación de todo ello, o de neutralizar programas nacionalistas o populistas que puedan suponer una amenaza para dichos intereses.
Esta labor de adoctrinar a la población, sugiere a Chomsky y Herman que la función de los medios es divertir, entretener e informar, así como inculcar a los individuos valores, creencias y códigos de comportamiento que les harán integrarse en las estructuras institucionalizadas de la sociedad. En un mundo en el que la riqueza está concentrada y en el que existen grandes conflictos de intereses de clase, el cumplimiento de tal papel requiere una propaganda sistemática.
Para estos autores, este sistema de propaganda actúa de manera permanente sobre el sistema de información a través de cinco filtros que determinan lo que puede publicarse y lo que no. Estos filtros son: 1) el tamaño, la concentración de la propiedad y la orientación de los beneficios de las empresas dominantes en el área de la información; 2) la publicidad como principal fuente de ingresos de los medios; 3) la dependencia de los medios de la información ofrecida por el Gobierno, las empresas y los expertos; 4) la acción de los grupos de presión y de opinión sobre los profesionales de los medios; y 5) el anticomunismo como “religión nacional” y como mecanismo de control de los periodistas, los cuales, sometidos a la presión del clima de opinión circundante, acaban asumiendo esta religión para no verse acusados de ser procomunistas o insuficientemente anticomunistas (Ibíd., p. 69).
Así, pues, la información “en bruto” debe atravesar estos filtros, después de los cuales quedará adecuadamente preparada para ser llevada al público.
En la etapa de Reagan, favorecida por hechos como el atentado contra el Papa en 1981, atribuido interesadamente por la prensa norteamericana al KGB y a agentes búlgaros, el golpe de Estado de Jaruzelski en Polonia ese mismo año, el derribo de un avión comercial surcoreano por dos cazas soviéticos, en 1983, o por unos eventos tan proclives a la exaltación nacionalista como la Olimpiada de Los Ángeles (1984), el bicentenario de la estatua de la Libertad y las consecuencias de la agresiva política exterior (Oriente Medio, Nicaragua, Afganistán), la propaganda desempeñó un papel fundamental al exagerar la amenaza soviética y el terrorismo y llevar a los ciudadanos norteamericanos la sensación de que su patriotismo y sus fuerzas armadas no estaban a la altura de los desafíos del momento. Pero volvamos con el gran comunicador.

El nacimiento del gran comunicador

Cuando llegó a ser el afable candidato presidencial en 1980, el anciano Ronald Reagan tenía tras de sí una larga carrera como experto comunicador.
Había empezado como locutor deportivo en una emisora de Iowa y después probó fortuna en el cine, pero no llegó a ser una estrella de Hollywood, sino un obediente actor secundario que emulaba a Robert Taylor en películas de la serie B. Aprendía bien los guiones y representaba al chico bueno y simpático del Medio Oeste, pero, sobre todo, entendió bien el oficio de colocarse delante las cámaras. Según Perry, en su carrera política le ayudó el hecho de que, de sus 52 películas, el público no guardara en el subconsciente ningún recuerdo de Reagan en el papel de un asesino sádico, de un violador o de un fracasado.
Estando en Hollywood empezó la evolución ideológica de Reagan, que pasó de ser un liberal (su arruinada familia se benefició del las reformas del New Deal durante la gran depresión) que votó a Roosevelt cuatro veces, según Birnbaum (2004), a colocarse en la derecha republicana en los años sesenta.
En 1938 era presidente del Sindicato de Actores, formado cinco años antes para defender a estos de las poderosas productoras. Después de la guerra -fue rechazado en el servicio de armas por su mala vista pero sirvió en una unidad cinematográfica del ejército- volvió a Hollywood y fue reelegido presidente del sindicato, hasta el año 1952.
A finales de los años cuarenta, la Comisión del Congreso sobre Actividades Antiamericanas, encabezada por el senador republicano Joseph McCarty e inspirada en la legislación surgida de la guerra fría, inició una encuesta sobre la industria cinematográfica que fue confiada a un comité en el que figuraba Nixon, del que Reagan se haría amigo tras conocerlo en una comparecencia amistosa ante dicho comité.
Como consecuencia del clima de guerra fría y de la compulsiva búsqueda de comunistas presuntos o verdaderos en las instituciones, Reagan se desplazó ideológicamente hacia la derecha, y en la encarnizada lucha entre actores y productoras trató de librar al sindicato de la influencia de izquierdistas. Cuenta Perry (p. 65) que Reagan solía acudir a las tormentosas reuniones del sindicato armado con un revólver Smith & Wesson del calibre 32.
Divorciado de la actriz Jane Wyman en 1948, Reagan se casó en 1952 con Nancy Davis, que inclinaría más a la derecha su orientación política.
Con la carrera de actor estancada, en 1954 la multinacional General Electric le contrató para presentar y actuar en algunas de la películas de un programa semanal de televisión, “General Electric Theatre”. Durante ocho años, Reagan recorrió el Medio Oeste, viajó en tren por 38 estados y visitó 139 fábricas; impartió conferencias, presentó los productos de la marca y mantuvo reuniones con directivos y empleados de la empresa. En esos años mejoró su faceta de comunicador, esbozó su método habitual de trabajo y empezó a perfilar lo que luego sería su programa político, con un discurso que combinaba las alabanzas a la libre empresa y las críticas a la capacidad reguladora del gobierno federal. También había perfeccionado su estilo campechano, hablar medio en serio y medio en broma, basado en la utilización de un sistema de fichas con datos aparentemente objetivos que le servían para defender las ventajas de las grandes corporaciones, atacar al gobierno y vender todo tipo de productos. Aún sintiéndose demócrata, su ideología evolucionaba rápidamente hacia el ala más dura de los republicanos. En 1960, pronunció unos 200 discursos “como demócrata a favor de Nixon”, en la campaña electoral en que su amigo fue derrotado por J. F. Kennedy. Después de dejar la General Electric trabajó para la televisión en un programa patrocinado por la Borax Corporation.
Muerto Kennedy, en la campaña electoral de 1964, apoyó al republicano Barry Goldwater en su enfrentamiento con Lyndon Johnson, presidente en ejercicio, quien finalmente venció, pero lo más destacable de su colaboración fue que, de cara a los ciudadanos, mientras el candidato Goldwater generaba desconfianza por su discurso extremista, Reagan aparecía como un hombre sincero y afable. Fue entonces cuando decidió probar suerte en la política y empezó a recibir los primeros apoyos de grupos de presión importantes.
Indica Perry (p. 68), que después de tres décadas de experiencia en el cine, en la radio, como presentador en televisión, en publicidad y en ventas, Reagan estaba ahora más que preparado para intentar dar el salto a la política de verdad. Su imagen había sido minuciosamente preparada por él mismo, por Hollywood, por las compañías GE y Borax, y estaba lista para la transformación ¿Pero soportaría el cambio que supone pasar de vender jabón a ser vendido como un detergente?
El reto era enorme, puesto que la aspiración de Reagan de ser gobernador de California iba acompañada de una ignorancia patética de los problemas de ese estado, pero eso pudo arreglarse con un grupo de expertos, que le enseñaron cómo responder a los periodistas y le prepararon un repertorio de ideas sobre los problemas más importantes del territorio. Tras un entrenamiento, Reagan se sometió a la prueba del público y de la prensa, que, debido a su aspecto, carácter y destreza, le trató bien y aderezó sus insustanciales respuestas como si fueran ideas interesantes. Los errores de su adversario también le ayudaron y llegó a ser gobernador de California entre 1966 y 1974. Según cuenta Perry (p. 62), su predecesor en el cargo dijo que mucho antes de que el ordenador se adueñara de nuestros asuntos cotidianos, Reagan estaba siendo programado por escritores y directores de cine, moldeado por productores y vendido por publicitarios. Y no le faltaba razón, pues según Perry, había nacido un político manufacturado.
Como a Reagan le agradaba vender cosas a la gente y le molestaban los problemas, delegó en un equipo de amigos y expertos que manejaba el gobierno como si se tratara de una empresa, que era el modelo propuesto por Reagan en sus años de vendedor. Éste decidía basándose en informes muy escuetos donde su equipo presentaba el problema y la solución, que por lo general ratificaba si cumplía el requisito de poderse “vender” bien, que era la función que se reservaba. El gobierno de California, el estado más rico de la Unión, fue durante ocho años el banco de pruebas en el que Reagan se curtió antes de llegar a la presidencia de la nación y donde creó un estilo de trabajo que luego repitió en la presidencia, por el cual un grupo de consejeros era quien diseñaba las líneas maestras e incluso los detalles de la política que después el Presidente aprobaba. Según Perry (p. 147), los estrategas asumían el mando y el despacho Oval funcionaba en automático, y Chomsky (1992, 14) señala el hecho sorprendente de que Estados Unidos funcionara prácticamente sin un jefe del ejecutivo durante ocho años.
Tras dos intentos, Reagan resultó vencedor en 1980 con un ambicioso lema político -Volver a hacer grande América (America is back)- y un programa económico en consonancia, que prometía rebajar impuestos, reducir el paro, recortar la inflación, abaratar el precio del dinero reduciendo los tipos de interés y aumentar los gastos de defensa.
El lema de la campaña había sido diseñado por Richard Wirthlin, profesor mormón, experto en estadística, que había percibido el ascenso de una opinión contraria a las reformas de los años sesenta y el apoyo dispensado a Reagan en anteriores campañas por sectores de la clase media baja y por jóvenes conservadores.
En cierto modo, sucesos ocurridos en los últimos veinte años en el ámbito político (el asesinato de John y Robert Kennedy, de Luther King, dos intentos de asesinar a G. Ford, la matanza de My Lai en 1969, Watergate y la renuncia de Nixon, el descrédito de la CIA y del FBI o el conocimiento público de los experimentos con drogas efectuados por el Pentágono) alimentaban la sensación de la gente de que el ámbito de la política nacional, y Washington en particular, estaba corrompido, lo cual abonaba la pretensión tantas veces repetida por Reagan de librarse del gobierno federal. En este clima de opinión también estaban presentes los evidentes signos del retroceso en el exterior. A la reciente derrota en Vietnam se unía la progresiva expansión de la URSS en Mozambique, Angola, Etiopía y Afganistán en 1979, año aciago desde ese punto de vista, pues, tras derrocar al dictador Somoza, se instauró en Nicaragua un régimen revolucionario. En Irán, la dictadura del shá Pahlevi fue reemplazada por un gobierno islamista, dirigido por el ayatolá Jomeini, que tomó como rehenes a 50 norteamericanos. En América central, la revolución sandinista alentó a las fuerzas insurgentes de Honduras y Guatemala y sobre todo de El Salvador, donde el Frente Farabundo Martí ponía en aprietos a la junta militar, aliada de Washington, mientras el gobierno panameño reclamaba a EEUU la devolución del canal.
Confirmando la impresión popular del retroceso de EEUU en el mundo estaba la restricción del consumo de petróleo y la subida del precio de la gasolina a causa del embargo del crudo árabe como represalia a la guerra del Yom Kipur, en 1973, agravada en 1979 por una segunda crisis.
En el orden interno, la situación económica no era boyante. La economía había evolucionado mal durante el mandato de Carter. A consecuencia de la crisis fiscal, los recortes en los servicios provocaron un descenso importante en la calidad de vida; la inflación llegó al 18% y el desempleo aumentó. La vida en las grandes ciudades era cada día más difícil por huelgas en el sector público, deficiencias en los servicios y sobre todo por el aumento de la delincuencia (en 1961 la tasa de delitos violentos era de 146 por 100.000 habitantes, en 1981 era de 579. En 1965 fueron asesinadas unas 10.000 personas; en 1980 la cifra era del doble).
Como efecto de lo anterior, el estado de ánimo de la nación no era ningún secreto. Carter ya se había referido a él señalando el peligro de que, por vez primera, los EEUU pudieran convertirse en una nación de pesimistas, pero Wirthlin dio la vuelta al discurso de Carter. El pesimismo de la nación era la consecuencia de las malas políticas. La culpa no era de la nación, sino del Gobierno federal, y lo que hacía falta era alguien en el Gobierno que devolviera la confianza a la nación. Hacía falta un dirigente fuerte y optimista y ese era Ronald Reagan, que llegó a la Casa Blanca con un programa sencillo en apariencia, pero imposible de realizar: volver a los buenos viejos tiempos de la América feliz, cuando se creía que el estilo de vida americano estaba al alcance de todo el mundo, como se desprendía de las comedias de Hollywood de la época en que Reagan fue actor. Para ello bastaba con hacer algunos ajustes económicos y devolver la confianza de los ciudadanos en su país, recuperar el optimismo y el tradicional empuje del pueblo americano y dejar que brotara la sabiduría de la gente corriente, con la condición de que se la aligerase del peso del Gobierno. El programa electoral junto a las propuestas económicas ya señaladas contenía una serie de medidas, como reintroducir el rezo en las escuelas, la oposición al derecho al aborto, a los derechos de los homosexuales o negar la igualdad entre hombres y mujeres, que conectaron bien con la moralina de los votantes conservadores.

El mago mormón

La llegada de Reagan a la presidencia de EEUU se debió a la venturosa combinación de carisma personal, apoyo económico y tecnología, pero sobre todo, a la habilidad de Richard Wirthlin, el hombre que supo combinarlas con acierto, pues percibió el agotamiento de los aires de renovación de los años sesenta, los efectos legales de aquellos años que desagradaban a una parte importante de la población, la degradación de las ciudades, el auge de la marginación, las secuelas del consumo de drogas, de la revolución sexual, el hedonismo y los cambios en las costumbres que denunciaban las asociaciones moralistas, así como el renacimiento de la religiosidad, el surgimiento de predicadores y la fundación de nuevas iglesias conservadoras. Había, pues, fuerzas que estaban maduras para la gran restauración, pero había que conocerlas en profundidad y detectar cuáles eran los temores, los deseos y las causas de su descontento para ofrecerles la respuesta política que Reagan podía encabezar. Y Wirthlin disponía de las ideas, de la experiencia y de la maquinaria necesaria para hacerlo posible.
Wirthlin, doctor en Economía y Estadística, jefe del departamento de Economía de la Universidad Brigham Young de Utah y director del centro de investigación sobre métodos de sondeos de opinión, poseía una gran sagacidad analítica y una increíble facilidad para extraer consecuencias políticas de largas hojas de papel de ordenador cubiertas de cifras. Después de ejercer de profesor en varias universidades y de trabajar para un comité consultivo de la American Economic Association, había creado la empresa Decision Making Information (DMI), que contaba entre sus clientes, además de un gran número de firmas privadas, con tres ministerios y con la administración federal de Correos. Según cuenta Perry, a principios de los años sesenta, ninguna organización podía superar a DMI en información sobre los ciudadanos de EEUU obtenida a partir de los treinta y ocho servicios federales de estadística.
Pero además, Wirthlin había creado el programa Political Information System (PINS), cuya función era simular las elecciones en un ordenador, combinando cientos de variables, y predecir el resultado meses, semanas u horas antes de la jornada electoral. El programa contenía datos sobre la población obtenidos a partir de miles de prolijas encuestas, sobre el historial de voto de cada condado y estado, sobre la evolución de la propia campaña, información sobre los últimos sondeos y además la valoración subjetiva de un grupo de expertos. El proceso del programa PINS era circular: los datos del ordenador se convertían en actos sobre los electores, cuyas respuestas eran analizadas y convertidas de nuevo en acciones de campaña en un proceso constante de realimentación. Wirhtlin se proponía conocer lo que pensaba y sentía la población más conservadora del país, la que Nixon había llamado en su apoyo con el nombre de mayoría silenciosa.
De la habilidad de Wirthlin Reagan tenía una prueba, pues durante la campaña a la reelección como gobernador de California, en 1970, le hizo la demostración de una simulación por ordenador partiendo de un modelo matemático. Había introducido en el programa datos como resultados de elecciones anteriores, composición demográfica y situación social del electorado, encuestas de actitud, preferencias de voto, opiniones sobre temas controvertidos y otras, y por otra parte, las ideas defendidas por el candidato para medir las reacciones del electorado. Y las predicciones del experimento fueron exactas: Reagan resultó reelegido.
Pero Wirthlin no era sólo un científico sino también un creyente, miembro de la iglesia de los últimos días, que entonces creía estar en los últimos días de los Últimos Días (Perry, p. 32). Y como todos los mormones en un país donde se identifican fácilmente la nación y la religión, extremadamente leal al Gobierno.
Contaba, además, con un equipo de colaboradores en la mormona Universidad Brigham Young, en Utah, elegidos por sus conocimientos de economía, ciencia política, informática y análisis de sondeos. Según Perry (p. 90): El ordenador moderno, que suprime las decisiones emocionales e irracionales estaba hecho a su medida. Esta fue la mentalidad con la que eligió a su equipo de jóvenes mormones claros y precisos (...) Todo sería disciplinado y sistemático, y el equipo mormón -todos los técnicos importantes pertenecían a esa fe- era perfecto para tal operación. Sus mentes habían sido preparadas, en realidad adoctrinadas, para ser ordenadas y estructuradas. Habían excluido de su vida los vicios, como el alcohol o las drogas, o cualquier cosa que pudiera restarles eficacia en su vida privada o en el trabajo, y en este caso con los ordenadores, objetos de máxima perfección para el mormón moderno. Los ordenadores eran máquinas de lógica y disciplina infalibles. Si se utilizaban adecuadamente podían acelerar la marcha del “progreso” en la vida, los negocios e incluso la muerte y la religión.
Como resultado, según Perry, Reagan se convirtió en el primer político programado para ganar. Había puesto sus dotes de actor y toda su experiencia en el cine y la televisión al servicio del minucioso guión que le había preparado su director de campaña, y la combinación alcanzó el resultado apetecido (aunque moderado en cifras, obtuvo el 26,7%): había actuado bien. No sé cómo se puede ser un buen presidente sin ser un actor, dijo en una de las últimas entrevistas de su mandato.
Además de a los factores citados, la victoria republicana se debió también al factor demográfico combinado con elementos culturales de los estados del sur. Reagan venció gracias a que los estados del sur y del oeste, más reticentes con el gobierno federal (confederalistas), más religiosos y conservadores, y donde los demócratas se habían desgastado al impulsar los programas de integración racial, al haber crecido en población habían aumentado en número de votos electorales, mientras que los estados del norte y del este los habían perdido.
Wirthlin fue aún más lejos: Para conseguir un auténtico liderato usted tiene que emprender una campaña perpetua, le dijo. Igual que si estuviera en campaña electoral, había que vender al electorado la gestión cotidiana del Presidente a través de una serie de actos programados, que habían de ser cuidadosamente medidos en las encuestas para verificar si producían el resultado apetecido.
Amanece otra vez en América, fue el lema de la segunda campaña, en la que se volvía a insistir en la inocente y laboriosa América de la clase media y de la pequeña propiedad, de los pueblos, de granjeros y buenos vecinos; de oración y cooperación, de visita semanal a la iglesia y de comida en familia; pero ése era ya un país que sólo existía en unos pocos rincones de Estados Unidos.
Unos edulcorados anuncios emitidos por televisión mostraban unos ciudadanos que admitían la existencia de problemas, pero confiaban en Reagan para resolverlos. Caras sonrientes de gentes en sus hogares, en su ratos de ocio o en sus centros de trabajo mostraban la seguridad y confianza en el futuro de felices americanos medios que decían que iban a votar otra vez a Reagan.
Como señala Perry (p. 190), la campaña era puro almíbar y más o menos tan profunda como los anuncios de Pepsi-Cola. En realidad, el mismo equipo que hacía los anuncios de Pepsi-Cola, sopas Campbell y comida para animales domésticos Purina, fue el encargado de producir los anuncios del tandem Reagan/Bush. Eran nostalgia plastificada de una América sin complicaciones, como la mayoría de las películas de la serie B que protagonizó Reagan Eran insulsas, hasta tal punto que contribuían a atontar a una audiencia de masas y a dejar en la sombra problemas más complejos que Reagan nunca abordó en su campaña. Las bombas, la delincuencia y la decadencia urbanas, etc., no aparecían ni un segundo en estos tributos fáciles de digerir al Presidente. Pero aunque eran un insulto a la inteligencia, no estaban dirigidos al corazón solamente (...) Cada secuencia y en ocasiones cada encuadre de los anuncios estaba pensada para aludir a los temores, los deseos, las aspiraciones, los sentimientos y las opiniones de los americanos que habían sido encuestados, interrogados y escuchados durante los cuatro años anteriores.
Reagan alcanzó un segundo mandato (con el 29,8%), pero la realidad, que no era tan amable como los anuncios electorales, las simplezas presidenciales como respuesta a complejos problemas reales (quizá ya estuviera enfermo) y el descubrimiento de varios escándalos -Irangate, y las amañadas compras del Pentágono-, aireados por una prensa tardíamente crítica, iban a erosionar carisma del gran comunicador y a dejar bajo mínimos su popularidad. Aunque se debe recalcar que las consecuencias de su mandato serían duraderas.

Referencias bibliográficas
Basterra, F. (1989): “Ocho años en la Casa Blanca/1”, El País, 9-11 de enero.
Birnbaum, N. (2004): “El legado de Reagan”, El País, 7-6-2004.
Chomsky, N. (1992): Ilusiones necesarias. Control del pensamiento en las sociedades democráticas, Madrid, Libertarias/Prodhufi.
Chomsky, N. & Herman, E. (1990): Los guardianes de la libertad, Barcelona, Crítica.
Jenkins, P. (1997): Breve historia de Estados Unidos, Madrid, Alianza.
Perry. R. (1986): Elecciones por ordenador, Madrid, Fundesco.
Thompson, E.P. (1983): Opción Cero, Barcelona, Crítica.
Thompson, E.P. (1986): La guerra de las galaxias, Barcelona, Crítica.
Wright Mills, C. (1956): La élite del poder, Méjico, F.C.E., 1978.