El pasado 5 de junio falleció Ronald Reagan. Su
muerte suscitó todo tipo de alabanzas a su gestión como presidente,
explicables en la derecha política, y reavivó su fama de gran
comunicador, olvidando sus últimos años de mandato, cuando
su reputación cayó en picado a causa del escándalo Irangate.
A nosotros, gobernados hasta hace poco por un partido que se dice inspirado
en las ideas que popularizó Reagan y ha revitalizado G. W. Bush, la
defunción del ex mandatario norteamericano nos da pie para ocuparnos
de él. Y no es que Reagan se hubiera distinguido por la profundidad
de sus ideas; no tuvo veleidades intelectuales ni fue un ideólogo en
sentido fuerte, al contrario, tenía una filosofía delgada como
un papel, señaló R. Perry (1986). El Readers Digest fue su
revista de cabecera y nunca entendió, si no era con ejemplos visuales
o con anécdotas o chistes, el marxismo o las complejidades del armamento
nuclear, escribió F. Basterra (1989) en un artículo de la época.
En su cabeza impresionista registraba anécdotas, no categorías.
Fue un hombre pragmático equipado con pocas y simples ideas, que, bien
asesorado, supo transmitir de manera convincente a la gente común.
Él se presentaba como un hombre corriente -también el millonario
Bush se presenta hoy como un hombre corriente-, que hablaba y sentía
como la gente corriente.
El éxito (relativo en cifras absolutas) de sus campañas electorales
residió en ofrecer en el lenguaje de la gente corriente un programa
económico que atentaba, paradójicamente, contra las condiciones
de vida y trabajo de la gente corriente, pero que se presentaba como necesario
para mantener el estilo de vida del norteamericano medio.
Como señaló E. P. Thompson (1986, 76): su genio no tiene
nada que ver con algún tipo de originalidad o de profundidad. No es
un pensador, ni un estratega, ni un administrador enérgico, ni un burócrata
sobornador; ni siquiera está bien informado. Su don es el de ser un
“comunicador”; es decir, una pantalla de los medios de comunicación
y el producto alfa de una sociedad de consumo con sofisticadas técnicas
de venta y de relaciones públicas.
Lo destacable de Reagan era la ideología, la fuerza de ideas simples
pero firmes que se convierten en decisiones políticas, con los costes
sociales que fueren precisos, pero que a él como a otros conservadores
le preocupaban poco.
Carisma y estructura
La popularidad de Reagan no se explica sólo por sus dotes personales,
sino que debe mucho a la técnica, a los expertos y a la estructura
del sistema político y mediático norteamericano. Sus éxitos
electorales representan el triunfo de los asesores, del equipo que trabaja
para el candidato, en un sistema presidencialista, en que los medios de información
cobran vital importancia dada la progresiva erosión de los vínculos
entre los electores y los partidos. En este sistema, en el que una persona
desconocida debe darse a conocer a millones de electores para obtener su voto,
la labor del equipo es esencial para confeccionar su perfil y definir los
mensajes centrales de su discurso. Pero tanto el trabajo del equipo como el
del candidato pasan de manera obligada por los medios de información
para llegar al gran público. No hay otro camino. Lo cual explica, en
parte, el carácter personalista de las campañas, que hacen hincapié
en los rasgos personales del candidato más que en la explicación
de los programas, que son reducidos a unas cuantas ideas simples y a unas
frases fáciles de retener, pues no se pretende que los votantes se
esfuercen en razonar sobre propuestas complejas, como lo son los problemas
de un país como EEUU, sino que tengan la sensación de que el
candidato será capaz de resolverlos porque parece animado por las
cualidades que la campaña destaca (firme, honrado, seguro o religioso).
Por otro lado, hay que conocer cómo funciona el sistema de información
de masas norteamericano. Para Chomsky y Herman (1990), bajo la apariencia
de un sistema abierto de opinión pública, existe un modelo de
propaganda que discrimina la información con criterios ideológicos
con el fin de generar en el público conformidad respecto a la doctrina
política establecida.
En EEUU, en el clima de la guerra fría, se produjo una avenencia
entre los medios de información y los intereses gubernamentales, que
convergió en la defensa a ultranza del sistema político y económico
norteamericano, tal como apreció Wright Mills (1956, 300): una sociedad
de masas sugiere la idea de una élite de poder (...) La cima de la
sociedad norteamericana está cada vez más unificada y en ocasiones
parece coordinada voluntariamente; en la cima ha surgido una élite
del poder. Y a pesar de que no existe institucionalmente la censura y de
que los medios de información son privados, compiten entre sí
y pueden criticar al gobierno, tales críticas tienen como límite
el fundamento del sistema -la propiedad privada, la libertad de empresa y
el sistema político norteamericano-, de modo que en conjunto la prensa
norteamericana defiende en el interior, un modelo económico y social
determinado por los intereses de los grandes poseedores de capital, y, en
el exterior, las intervenciones políticas, militares y económicas
de EEUU, en función de los mismos intereses, en especial si se trata
de combatir al comunismo, que representa la negación de todo ello,
o de neutralizar programas nacionalistas o populistas que puedan suponer
una amenaza para dichos intereses.
Esta labor de adoctrinar a la población, sugiere a Chomsky y Herman
que la función de los medios es divertir, entretener e informar, así
como inculcar a los individuos valores, creencias y códigos de comportamiento
que les harán integrarse en las estructuras institucionalizadas de
la sociedad. En un mundo en el que la riqueza está concentrada y en
el que existen grandes conflictos de intereses de clase, el cumplimiento de
tal papel requiere una propaganda sistemática.
Para estos autores, este sistema de propaganda actúa de manera permanente
sobre el sistema de información a través de cinco filtros que
determinan lo que puede publicarse y lo que no. Estos filtros son: 1) el tamaño,
la concentración de la propiedad y la orientación de los beneficios
de las empresas dominantes en el área de la información; 2)
la publicidad como principal fuente de ingresos de los medios; 3) la dependencia
de los medios de la información ofrecida por el Gobierno, las empresas
y los expertos; 4) la acción de los grupos de presión y de opinión
sobre los profesionales de los medios; y 5) el anticomunismo como “religión
nacional” y como mecanismo de control de los periodistas, los cuales, sometidos
a la presión del clima de opinión circundante, acaban asumiendo
esta religión para no verse acusados de ser procomunistas o insuficientemente
anticomunistas (Ibíd., p. 69).
Así, pues, la información “en bruto” debe atravesar estos
filtros, después de los cuales quedará adecuadamente preparada
para ser llevada al público.
En la etapa de Reagan, favorecida por hechos como el atentado contra el
Papa en 1981, atribuido interesadamente por la prensa norteamericana al KGB
y a agentes búlgaros, el golpe de Estado de Jaruzelski en Polonia
ese mismo año, el derribo de un avión comercial surcoreano
por dos cazas soviéticos, en 1983, o por unos eventos tan proclives
a la exaltación nacionalista como la Olimpiada de Los Ángeles
(1984), el bicentenario de la estatua de la Libertad y las consecuencias de
la agresiva política exterior (Oriente Medio, Nicaragua, Afganistán),
la propaganda desempeñó un papel fundamental al exagerar la
amenaza soviética y el terrorismo y llevar a los ciudadanos norteamericanos
la sensación de que su patriotismo y sus fuerzas armadas no estaban
a la altura de los desafíos del momento. Pero volvamos con el gran
comunicador.
El nacimiento del gran comunicador
Cuando llegó a ser el afable candidato presidencial en 1980, el anciano
Ronald Reagan tenía tras de sí una larga carrera como experto
comunicador.
Había empezado como locutor deportivo en una emisora de Iowa y después
probó fortuna en el cine, pero no llegó a ser una estrella de
Hollywood, sino un obediente actor secundario que emulaba a Robert Taylor
en películas de la serie B. Aprendía bien los guiones y representaba
al chico bueno y simpático del Medio Oeste, pero, sobre todo, entendió
bien el oficio de colocarse delante las cámaras. Según Perry,
en su carrera política le ayudó el hecho de que, de sus 52 películas,
el público no guardara en el subconsciente ningún recuerdo
de Reagan en el papel de un asesino sádico, de un violador o de un
fracasado.
Estando en Hollywood empezó la evolución ideológica
de Reagan, que pasó de ser un liberal (su arruinada familia se benefició
del las reformas del New Deal durante la gran depresión) que votó
a Roosevelt cuatro veces, según Birnbaum (2004), a colocarse en la
derecha republicana en los años sesenta.
En 1938 era presidente del Sindicato de Actores, formado cinco años
antes para defender a estos de las poderosas productoras. Después de
la guerra -fue rechazado en el servicio de armas por su mala vista pero sirvió
en una unidad cinematográfica del ejército- volvió a
Hollywood y fue reelegido presidente del sindicato, hasta el año 1952.
A finales de los años cuarenta, la Comisión del Congreso sobre
Actividades Antiamericanas, encabezada por el senador republicano Joseph McCarty
e inspirada en la legislación surgida de la guerra fría, inició
una encuesta sobre la industria cinematográfica que fue confiada a
un comité en el que figuraba Nixon, del que Reagan se haría
amigo tras conocerlo en una comparecencia amistosa ante dicho comité.
Como consecuencia del clima de guerra fría y de la compulsiva búsqueda
de comunistas presuntos o verdaderos en las instituciones, Reagan se desplazó
ideológicamente hacia la derecha, y en la encarnizada lucha entre actores
y productoras trató de librar al sindicato de la influencia de izquierdistas.
Cuenta Perry (p. 65) que Reagan solía acudir a las tormentosas reuniones
del sindicato armado con un revólver Smith & Wesson del calibre
32.
Divorciado de la actriz Jane Wyman en 1948, Reagan se casó en 1952
con Nancy Davis, que inclinaría más a la derecha su orientación
política.
Con la carrera de actor estancada, en 1954 la multinacional General Electric
le contrató para presentar y actuar en algunas de la películas
de un programa semanal de televisión, “General Electric Theatre”. Durante
ocho años, Reagan recorrió el Medio Oeste, viajó en
tren por 38 estados y visitó 139 fábricas; impartió conferencias,
presentó los productos de la marca y mantuvo reuniones con directivos
y empleados de la empresa. En esos años mejoró su faceta de
comunicador, esbozó su método habitual de trabajo y empezó
a perfilar lo que luego sería su programa político, con un
discurso que combinaba las alabanzas a la libre empresa y las críticas
a la capacidad reguladora del gobierno federal. También había
perfeccionado su estilo campechano, hablar medio en serio y medio en broma,
basado en la utilización de un sistema de fichas con datos aparentemente
objetivos que le servían para defender las ventajas de las grandes
corporaciones, atacar al gobierno y vender todo tipo de productos. Aún
sintiéndose demócrata, su ideología evolucionaba rápidamente
hacia el ala más dura de los republicanos. En 1960, pronunció
unos 200 discursos “como demócrata a favor de Nixon”, en la campaña
electoral en que su amigo fue derrotado por J. F. Kennedy. Después
de dejar la General Electric trabajó para la televisión en un
programa patrocinado por la Borax Corporation.
Muerto Kennedy, en la campaña electoral de 1964, apoyó al
republicano Barry Goldwater en su enfrentamiento con Lyndon Johnson, presidente
en ejercicio, quien finalmente venció, pero lo más destacable
de su colaboración fue que, de cara a los ciudadanos, mientras el
candidato Goldwater generaba desconfianza por su discurso extremista, Reagan
aparecía como un hombre sincero y afable. Fue entonces cuando decidió
probar suerte en la política y empezó a recibir los primeros
apoyos de grupos de presión importantes.
Indica Perry (p. 68), que después de tres décadas de experiencia
en el cine, en la radio, como presentador en televisión, en publicidad
y en ventas, Reagan estaba ahora más que preparado para intentar dar
el salto a la política de verdad. Su imagen había sido minuciosamente
preparada por él mismo, por Hollywood, por las compañías
GE y Borax, y estaba lista para la transformación ¿Pero soportaría
el cambio que supone pasar de vender jabón a ser vendido como un detergente?
El reto era enorme, puesto que la aspiración de Reagan de ser gobernador
de California iba acompañada de una ignorancia patética de los
problemas de ese estado, pero eso pudo arreglarse con un grupo de expertos,
que le enseñaron cómo responder a los periodistas y le prepararon
un repertorio de ideas sobre los problemas más importantes del territorio.
Tras un entrenamiento, Reagan se sometió a la prueba del público
y de la prensa, que, debido a su aspecto, carácter y destreza, le trató
bien y aderezó sus insustanciales respuestas como si fueran ideas
interesantes. Los errores de su adversario también le ayudaron y llegó
a ser gobernador de California entre 1966 y 1974. Según cuenta Perry
(p. 62), su predecesor en el cargo dijo que mucho antes de que el ordenador
se adueñara de nuestros asuntos cotidianos, Reagan estaba siendo programado
por escritores y directores de cine, moldeado por productores y vendido por
publicitarios. Y no le faltaba razón, pues según Perry, había
nacido un político manufacturado.
Como a Reagan le agradaba vender cosas a la gente y le molestaban los problemas,
delegó en un equipo de amigos y expertos que manejaba el gobierno como
si se tratara de una empresa, que era el modelo propuesto por Reagan en sus
años de vendedor. Éste decidía basándose en informes
muy escuetos donde su equipo presentaba el problema y la solución,
que por lo general ratificaba si cumplía el requisito de poderse “vender”
bien, que era la función que se reservaba. El gobierno de California,
el estado más rico de la Unión, fue durante ocho años
el banco de pruebas en el que Reagan se curtió antes de llegar a la
presidencia de la nación y donde creó un estilo de trabajo que
luego repitió en la presidencia, por el cual un grupo de consejeros
era quien diseñaba las líneas maestras e incluso los detalles
de la política que después el Presidente aprobaba. Según
Perry (p. 147), los estrategas asumían el mando y el despacho Oval
funcionaba en automático, y Chomsky (1992, 14) señala el hecho
sorprendente de que Estados Unidos funcionara prácticamente sin un
jefe del ejecutivo durante ocho años.
Tras dos intentos, Reagan resultó vencedor en 1980 con un ambicioso
lema político -Volver a hacer grande América (America is back)-
y un programa económico en consonancia, que prometía rebajar
impuestos, reducir el paro, recortar la inflación, abaratar el precio
del dinero reduciendo los tipos de interés y aumentar los gastos de
defensa.
El lema de la campaña había sido diseñado por Richard
Wirthlin, profesor mormón, experto en estadística, que había
percibido el ascenso de una opinión contraria a las reformas de los
años sesenta y el apoyo dispensado a Reagan en anteriores campañas
por sectores de la clase media baja y por jóvenes conservadores.
En cierto modo, sucesos ocurridos en los últimos veinte años
en el ámbito político (el asesinato de John y Robert Kennedy,
de Luther King, dos intentos de asesinar a G. Ford, la matanza de My Lai en
1969, Watergate y la renuncia de Nixon, el descrédito de la CIA y
del FBI o el conocimiento público de los experimentos con drogas efectuados
por el Pentágono) alimentaban la sensación de la gente de que
el ámbito de la política nacional, y Washington en particular,
estaba corrompido, lo cual abonaba la pretensión tantas veces repetida
por Reagan de librarse del gobierno federal. En este clima de opinión
también estaban presentes los evidentes signos del retroceso en el
exterior. A la reciente derrota en Vietnam se unía la progresiva expansión
de la URSS en Mozambique, Angola, Etiopía y Afganistán en 1979,
año aciago desde ese punto de vista, pues, tras derrocar al dictador
Somoza, se instauró en Nicaragua un régimen revolucionario.
En Irán, la dictadura del shá Pahlevi fue reemplazada por un
gobierno islamista, dirigido por el ayatolá Jomeini, que tomó
como rehenes a 50 norteamericanos. En América central, la revolución
sandinista alentó a las fuerzas insurgentes de Honduras y Guatemala
y sobre todo de El Salvador, donde el Frente Farabundo Martí ponía
en aprietos a la junta militar, aliada de Washington, mientras el gobierno
panameño reclamaba a EEUU la devolución del canal.
Confirmando la impresión popular del retroceso de EEUU en el mundo
estaba la restricción del consumo de petróleo y la subida del
precio de la gasolina a causa del embargo del crudo árabe como represalia
a la guerra del Yom Kipur, en 1973, agravada en 1979 por una segunda crisis.
En el orden interno, la situación económica no era boyante.
La economía había evolucionado mal durante el mandato de Carter.
A consecuencia de la crisis fiscal, los recortes en los servicios provocaron
un descenso importante en la calidad de vida; la inflación llegó
al 18% y el desempleo aumentó. La vida en las grandes ciudades era
cada día más difícil por huelgas en el sector público,
deficiencias en los servicios y sobre todo por el aumento de la delincuencia
(en 1961 la tasa de delitos violentos era de 146 por 100.000 habitantes, en
1981 era de 579. En 1965 fueron asesinadas unas 10.000 personas; en 1980 la
cifra era del doble).
Como efecto de lo anterior, el estado de ánimo de la nación
no era ningún secreto. Carter ya se había referido a él
señalando el peligro de que, por vez primera, los EEUU pudieran convertirse
en una nación de pesimistas, pero Wirthlin dio la vuelta al discurso
de Carter. El pesimismo de la nación era la consecuencia de las malas
políticas. La culpa no era de la nación, sino del Gobierno federal,
y lo que hacía falta era alguien en el Gobierno que devolviera la
confianza a la nación. Hacía falta un dirigente fuerte y optimista
y ese era Ronald Reagan, que llegó a la Casa Blanca con un programa
sencillo en apariencia, pero imposible de realizar: volver a los buenos viejos
tiempos de la América feliz, cuando se creía que el estilo
de vida americano estaba al alcance de todo el mundo, como se desprendía
de las comedias de Hollywood de la época en que Reagan fue actor.
Para ello bastaba con hacer algunos ajustes económicos y devolver
la confianza de los ciudadanos en su país, recuperar el optimismo
y el tradicional empuje del pueblo americano y dejar que brotara la sabiduría
de la gente corriente, con la condición de que se la aligerase del
peso del Gobierno. El programa electoral junto a las propuestas económicas
ya señaladas contenía una serie de medidas, como reintroducir
el rezo en las escuelas, la oposición al derecho al aborto, a los
derechos de los homosexuales o negar la igualdad entre hombres y mujeres,
que conectaron bien con la moralina de los votantes conservadores.
El mago mormón
La llegada de Reagan a la presidencia de EEUU se debió a la venturosa
combinación de carisma personal, apoyo económico y tecnología,
pero sobre todo, a la habilidad de Richard Wirthlin, el hombre que supo combinarlas
con acierto, pues percibió el agotamiento de los aires de renovación
de los años sesenta, los efectos legales de aquellos años que
desagradaban a una parte importante de la población, la degradación
de las ciudades, el auge de la marginación, las secuelas del consumo
de drogas, de la revolución sexual, el hedonismo y los cambios en las
costumbres que denunciaban las asociaciones moralistas, así como el
renacimiento de la religiosidad, el surgimiento de predicadores y la fundación
de nuevas iglesias conservadoras. Había, pues, fuerzas que estaban
maduras para la gran restauración, pero había que conocerlas
en profundidad y detectar cuáles eran los temores, los deseos y las
causas de su descontento para ofrecerles la respuesta política que
Reagan podía encabezar. Y Wirthlin disponía de las ideas, de
la experiencia y de la maquinaria necesaria para hacerlo posible.
Wirthlin, doctor en Economía y Estadística, jefe del departamento
de Economía de la Universidad Brigham Young de Utah y director del
centro de investigación sobre métodos de sondeos de opinión,
poseía una gran sagacidad analítica y una increíble facilidad
para extraer consecuencias políticas de largas hojas de papel de ordenador
cubiertas de cifras. Después de ejercer de profesor en varias universidades
y de trabajar para un comité consultivo de la American Economic Association,
había creado la empresa Decision Making Information (DMI), que contaba
entre sus clientes, además de un gran número de firmas privadas,
con tres ministerios y con la administración federal de Correos. Según
cuenta Perry, a principios de los años sesenta, ninguna organización
podía superar a DMI en información sobre los ciudadanos de
EEUU obtenida a partir de los treinta y ocho servicios federales de estadística.
Pero además, Wirthlin había creado el programa Political Information
System (PINS), cuya función era simular las elecciones en un ordenador,
combinando cientos de variables, y predecir el resultado meses, semanas u
horas antes de la jornada electoral. El programa contenía datos sobre
la población obtenidos a partir de miles de prolijas encuestas, sobre
el historial de voto de cada condado y estado, sobre la evolución de
la propia campaña, información sobre los últimos sondeos
y además la valoración subjetiva de un grupo de expertos. El
proceso del programa PINS era circular: los datos del ordenador se convertían
en actos sobre los electores, cuyas respuestas eran analizadas y convertidas
de nuevo en acciones de campaña en un proceso constante de realimentación.
Wirhtlin se proponía conocer lo que pensaba y sentía la población
más conservadora del país, la que Nixon había llamado
en su apoyo con el nombre de mayoría silenciosa.
De la habilidad de Wirthlin Reagan tenía una prueba, pues durante
la campaña a la reelección como gobernador de California, en
1970, le hizo la demostración de una simulación por ordenador
partiendo de un modelo matemático. Había introducido en el programa
datos como resultados de elecciones anteriores, composición demográfica
y situación social del electorado, encuestas de actitud, preferencias
de voto, opiniones sobre temas controvertidos y otras, y por otra parte,
las ideas defendidas por el candidato para medir las reacciones del electorado.
Y las predicciones del experimento fueron exactas: Reagan resultó
reelegido.
Pero Wirthlin no era sólo un científico sino también
un creyente, miembro de la iglesia de los últimos días, que
entonces creía estar en los últimos días de los Últimos
Días (Perry, p. 32). Y como todos los mormones en un país donde
se identifican fácilmente la nación y la religión, extremadamente
leal al Gobierno.
Contaba, además, con un equipo de colaboradores en la mormona Universidad
Brigham Young, en Utah, elegidos por sus conocimientos de economía,
ciencia política, informática y análisis de sondeos.
Según Perry (p. 90): El ordenador moderno, que suprime las decisiones
emocionales e irracionales estaba hecho a su medida. Esta fue la mentalidad
con la que eligió a su equipo de jóvenes mormones claros y precisos
(...) Todo sería disciplinado y sistemático, y el equipo mormón
-todos los técnicos importantes pertenecían a esa fe- era perfecto
para tal operación. Sus mentes habían sido preparadas, en realidad
adoctrinadas, para ser ordenadas y estructuradas. Habían excluido
de su vida los vicios, como el alcohol o las drogas, o cualquier cosa que
pudiera restarles eficacia en su vida privada o en el trabajo, y en este
caso con los ordenadores, objetos de máxima perfección para
el mormón moderno. Los ordenadores eran máquinas de lógica
y disciplina infalibles. Si se utilizaban adecuadamente podían acelerar
la marcha del “progreso” en la vida, los negocios e incluso la muerte y la
religión.
Como resultado, según Perry, Reagan se convirtió en el primer
político programado para ganar. Había puesto sus dotes de actor
y toda su experiencia en el cine y la televisión al servicio del minucioso
guión que le había preparado su director de campaña,
y la combinación alcanzó el resultado apetecido (aunque moderado
en cifras, obtuvo el 26,7%): había actuado bien. No sé cómo
se puede ser un buen presidente sin ser un actor, dijo en una de las últimas
entrevistas de su mandato.
Además de a los factores citados, la victoria republicana se debió
también al factor demográfico combinado con elementos culturales
de los estados del sur. Reagan venció gracias a que los estados del
sur y del oeste, más reticentes con el gobierno federal (confederalistas),
más religiosos y conservadores, y donde los demócratas se habían
desgastado al impulsar los programas de integración racial, al haber
crecido en población habían aumentado en número de votos
electorales, mientras que los estados del norte y del este los habían
perdido.
Wirthlin fue aún más lejos: Para conseguir un auténtico
liderato usted tiene que emprender una campaña perpetua, le dijo. Igual
que si estuviera en campaña electoral, había que vender al
electorado la gestión cotidiana del Presidente a través de
una serie de actos programados, que habían de ser cuidadosamente medidos
en las encuestas para verificar si producían el resultado apetecido.
Amanece otra vez en América, fue el lema de la segunda campaña,
en la que se volvía a insistir en la inocente y laboriosa América
de la clase media y de la pequeña propiedad, de los pueblos, de granjeros
y buenos vecinos; de oración y cooperación, de visita semanal
a la iglesia y de comida en familia; pero ése era ya un país
que sólo existía en unos pocos rincones de Estados Unidos.
Unos edulcorados anuncios emitidos por televisión mostraban unos
ciudadanos que admitían la existencia de problemas, pero confiaban
en Reagan para resolverlos. Caras sonrientes de gentes en sus hogares, en
su ratos de ocio o en sus centros de trabajo mostraban la seguridad y confianza
en el futuro de felices americanos medios que decían que iban a votar
otra vez a Reagan.
Como señala Perry (p. 190), la campaña era puro almíbar
y más o menos tan profunda como los anuncios de Pepsi-Cola. En realidad,
el mismo equipo que hacía los anuncios de Pepsi-Cola, sopas Campbell
y comida para animales domésticos Purina, fue el encargado de producir
los anuncios del tandem Reagan/Bush. Eran nostalgia plastificada de una América
sin complicaciones, como la mayoría de las películas de la serie
B que protagonizó Reagan Eran insulsas, hasta tal punto que contribuían
a atontar a una audiencia de masas y a dejar en la sombra problemas más
complejos que Reagan nunca abordó en su campaña. Las bombas,
la delincuencia y la decadencia urbanas, etc., no aparecían ni un
segundo en estos tributos fáciles de digerir al Presidente. Pero aunque
eran un insulto a la inteligencia, no estaban dirigidos al corazón
solamente (...) Cada secuencia y en ocasiones cada encuadre de los anuncios
estaba pensada para aludir a los temores, los deseos, las aspiraciones, los
sentimientos y las opiniones de los americanos que habían sido encuestados,
interrogados y escuchados durante los cuatro años anteriores.
Reagan alcanzó un segundo mandato (con el 29,8%), pero la realidad,
que no era tan amable como los anuncios electorales, las simplezas presidenciales
como respuesta a complejos problemas reales (quizá ya estuviera enfermo)
y el descubrimiento de varios escándalos -Irangate, y las amañadas
compras del Pentágono-, aireados por una prensa tardíamente
crítica, iban a erosionar carisma del gran comunicador y a dejar bajo
mínimos su popularidad. Aunque se debe recalcar que las consecuencias
de su mandato serían duraderas.
Referencias bibliográficas
Basterra, F. (1989): “Ocho años en la Casa Blanca/1”, El País,
9-11 de enero.
Birnbaum, N. (2004): “El legado de Reagan”, El País, 7-6-2004.
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Chomsky, N. & Herman, E. (1990): Los guardianes de la libertad, Barcelona,
Crítica.
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Perry. R. (1986): Elecciones por ordenador, Madrid, Fundesco.
Thompson, E.P. (1983): Opción Cero, Barcelona, Crítica.
Thompson, E.P. (1986): La guerra de las galaxias, Barcelona, Crítica.
Wright Mills, C. (1956): La élite del poder, Méjico, F.C.E.,
1978.