Niza o la Constitución: hay que elegir
ALAIN LIPIETZ (http://lipietz.net/). Eurodiputado,
miembro del Grupo Verde en el Parlamento europeo. Traducido y publicado con
autorización del autor en INICIATIVA SOCIALISTA, invierno 2004-2005.
Fue hace doce años. Jacques Delors, en persona, volaba en
auxilio del Tratado de Maastricht ante el Consejo Nacional de los Verdes.
“Este Tratado –decía-, que unifica a la Europa económica como
un gran mercado con una moneda única, es peligroso si no se completa
con una Europa política, que fije reglas sociales comunes. Pero incluso
así, vótenlo, pues la Europa política pronto vendrá.
Si no es así, se lo garantizo, los pueblos de Europa no lo soportarán”.
Los Verdes se dividieron. Poco convencido, yo voté No. Maastricht pasó
por escaso margen, pero, sacralizado por el voto de todos los países,
lo esencial continúa en la actual “constitución” de Europa.
Hay que reconocer que la primera parte de la profecía de Delors se
ha cumplido: la Europa económica sin la Europa política ha visto
cómo se han desarrollado las desigualdades y el paro. Sin embargo,
a lo largo de estos últimos 12 años, la segunda parte de su
profecía ha sido sistemáticamente desmentida. Todos los tratados
que, a intervalos regulares, han querido enmendar o completar al de Maastricht
sólo han podido confirmar la dictadura de las reglas del mercado sobre
la democracia política. No solamente la independencia del Banco Central
no ha sido atemperada por un compromiso de responsabilidad, sino que la política
presupuestaria restrictiva de Maastricht se encuentra grabada sobre el mármol
del Tratado de Ámsterdam. Finalmente, en Niza, los gobiernos nacionales
conservaron el monopolio de la decisión, concediéndose unos
a otros un derecho de veto recíproco, organizando de esta forma la
parálisis de la Europa política en nombre de la defensa del
interés de cada país. Libre cambio, más parálisis
de lo político: Niza es la Constitución ideal para el liberalismo
económico.
Sobre este escenario debemos juzgar las inflexiones aportadas por el Tratado
Constitucional que se nos propone. Hay que decirlo honestamente: es la primera
vez, después de Maastricht, en que se abre la esperanza de introducir,
frente al gran poder del mercado, la voz de los ciudadanos en una Europa política.
Nueva definición de los objetivos de la Unión (art. I-3), aumento
de las competencias del Parlamento Europeo elegido por sufragio universal,
derecho de iniciativa legislativa por petición de los ciudadanos,
simplificación y ampliación de la regla de la mayoría
en el Consejo, reconocimiento de un derecho específico de los servicios
públicos (art. III-122), Carta de los derechos fundamentales, opción
de alianza por fuera de la OTAN… Estos avances esenciales permiten, por ellos
mismos, decir que Europa, con el texto que se nos propone, será más
democrática, más soberana y, por lo tanto, potencialmente más
social y ecologista, que si nos mantenemos en los tratados actuales de Maastricht-Ámsterdam-Niza.
Desgraciadamente, el Consejo de jefes de Estado, hoy dominado por la derecha
liberal, ha reducido al mínimo el alcance de esta reforma. Los aspectos
más sombríos de los tratados actuales han sido cuidadosamente
conservados. La irresponsabilidad del Banco Central, el Pacto de Estabilidad,
la competencia fiscal, la ausencia de mínimos sociales europeos: todo
esto quedará, como actualmente, sometido a la regla de la unanimidad.
La Constitución es un 90% de lo que hoy tenemos (Maastricht-Niza)
y que no nos gusta, y un 10% de reformas que aprobamos. Durante un año,
los Verdes europeos intentaron trasladar a un anexo, modificable por mayoría,
la totalidad de la tercera parte, en la que están contenidas las actuales
políticas liberales. Esta batalla se ha perdido. No queda tiempo para
los subterfugios. Hay que responder Sí (“tomamos el 90% que criticamos
y el 10% de mejoras”) o No (“nos quedamos con el 90% que criticamos”). Las
intenciones íntimas, los estados de ánimo de unos y otros, las
carambolas a tres bandas se olvidarán tan pronto se den los resultados.
En 2006 Europa continuará gobernada por las reglas actualmente en vigor
(Maastricht-Ámsterdam-Niza) o por aquellas, reformadas, que propone
el tratado constitucional.
Nuestro corazón se revuelve ante la idea de conservar políticas
que reprobamos. Pero nuestra razón nos dicta reformarlas antes que
dejarlas en estas condiciones. Yo por mi parte, propongo, por lo tanto, votar
sí.
Ante este desafío, casi la totalidad de la izquierda europea, los
ecologistas y el centro-derecha han elegido igualmente la vía de la
reforma. Sólo la derecha dura, liberal o soberanista, reclama abiertamente
“¡Niza o la muerte!” En este contexto, la posición de la izquierda
francesa desentona. No solamente la extrema izquierda “soberanista” y de cualquier
forma antieuropea, sino una gran parte del PS se pronuncia por el No. Por
lo tanto, por mantenerse en Niza. ¿Cómo explicar esta paradoja?
La oposición de la extrema izquierda se explica, en parte, por el
rechazo a las reformas y la opción “revolucionaria” de la política
de lo peor: “no mejorar el capitalismo”. Pero, por otra parte, se trata de
una ilusión soberanista: la defensa del Estado francés que ha
permitido un siglo de reformas sociales, carcomidas hoy por la globalización.
Solamente la experiencia les hará comprender que en la era de las multinacionales
es necesario un poder político supranacional, reglas comunes (al menos
en Europa) para impedir las deslocalizaciones.
Pasemos ahora rápidamente al argumento, formulado hasta en las columnas
de Le Monde, por cuadros socialistas: “¡No vamos a votar como Chirac!”
¿Deberían, pues, votar los socialistas sobre un proyecto europeo
en función de la coyuntura política del país en donde
habitan? ¿Los españoles deberían votar Sí con
Zapatero y los italianos No contra Berlusconi? Impensable. Para evitar esta
trampa, el Partido Verde Europeo propuso que la adopción de la Constitución
pasara por un referéndum organizado el mismo día en todos los
países de Europa, al tiempo que consideraba abstenerse de plantear
sus propias posiciones en aras de un referéndum interno europeo.
Vayamos a la argumentación de Laurent Fabius. Subrayando, con razón,
los males que se desprenden de la ausencia de una Europa política capaz
de promover una Europa social, llama a rechazar el futuro tratado con motivo
de que conserva ciertos trazos negativos de los actuales tratados. Lo ilógico,
de fondo, de esta posición es que el No significa precisamente ¡mantenerse
en los actuales tratados de Maastricht y de Niza! Caen bajo la misma crítica
todos aquellos que subrayan uno por uno los párrafos inaceptables
del tratado, olvidando recordar que estos párrafos están en
vigor desde hace años (desde Maastricht, y aún después
de Roma), y que votar No es votar por conservarlos, esos y solamente esos.
Por ilógica que sea, la posición de Laurent Fabius se beneficia
de una fuerte atracción sentimental, ya que los franceses han sido
burlados sistemáticamente, de Maastricht a Ámsterdam y de Ámsterdam
a Niza. Cada vez que se les decía: “Mañana tendréis,
al fin, la Europa que queréis” crecían el paro y las desigualdades.
Los partidarios franceses del Sí pagan hoy doce años de mentiras
sobre Europa, desde que Mitterrand explicara a Yves Mourousi, sentado en su
despacho, que el Banco Central quedaría bajo el control de los gobiernos…
Los franceses ya no creen en la reforma de Europa. “Quedémonos así…”:
esta música progresa en la gente de izquierdas, y se oyen voces en
el PS (la de Mélenchon, la de Glavany, de hecho, la de los partidarios
de una Europa intergubernamental) que sugieren que Niza no puede ser tan
mal Tratado… ¡pues lo votaron los socialistas!
Hay que entender esta decepción, este sufrimiento, esta desconfianza,
hay que respetarlas. Algunos votarán “No a la Constitución”
porque votaron Sí a Maastricht y se pillaron los dedos… Tenemos algunos
meses para convencerlos: la Europa que no quieren es la Europa actual, la
de Maastricht y Niza. Votar No es quedarse en esta Europa, es capitular ante
las políticas ultraliberales, es renunciar a la reforma. La Constitución
es el inicio del largo proceso que permitirá reparar los defectos de
Maastricht. Pero también hay que tener el coraje de decirlo: la reforma
que permitirá la Constitución es apenas la décima parte
de la tarea que falta para conseguir una Europa digna de ser querida.
De ahí el último argumento de los partidarios del No en la
izquierda: “Si gana el No, la crisis será tal que todos los tratados
serán cuestionados y, os lo garantizamos, será posible conseguir
una mucho mejor Constitución”. ¡Cómo recuerda al alegato
inicial de Delors! Si pudieran tener razón… Pero, desgraciadamente,
tenemos que hacer balance de las elecciones europeas: la victoria de la derecha
neoliberal o soberanista (o, lo que es lo mismo: ningún contrapeso
político europeo en oponerse a las fuerzas transnacionales del mercado).
Si el nuevo Parlamento se proclamara “Constituyente” reescribiría…
el Tratado de Niza. De hecho, si ganara el No, los gobiernos continuarían
aplicando tranquilamente Maastricht-Niza y nosotros deberíamos volver
al combate una vez digerido el fracaso de la reforma.
Si, por el contrario, gana el Sí, la dinámica de reformas
será escalonada. Ya se están moviendo las cosas, más
allá del proyecto constitucional. Incluso el pacto de estabilidad,
“grabado en mármol” desde Ámsterdam (1977), está en
los talleres de reparación, para desesperación de la derecha.
Votar Sí es útil, pero está lejos de ser suficiente.
El camino de la Europa social y ecologista será largo, y la Constitución
nos ofrece una herramienta: el poder de iniciativa legislativa popular con
un millón de firmas. Las principales fuerzas sociales que a nivel europeo
han optado ya por el Sí (como la Confederación Europea de Sindicatos)
tienen que apropiársela. Votar Sí, claro, pero al mismo tiempo
lanzar o relanzar campañas de firmas sobre iniciativas precisas: por
la Europa Social, contra los OGM (organismos genéticamente modificados),
por una ciudadanía de residencia...
El Sí de izquierdas a Europa es posible, pero exigente. Como la Europa
que queremos.
29 de septiembre de 2004