La ley de la Razón
ALMUDENA GRANDES. Intervención de
Almudena Grandes en el acto de presentación del manifiesto Por
una sociedad laica. La religión fuera de la escuela, realizado
en Madrid el pasado 26 de noviembre. Texto publicado en Iniciativa Socialista número
74, invierno 2004-2005, con autorización de la autora
Nosotros no tenemos el poder, pero tenemos la razón. Y la razón
importa, la razón pesa, la razón duele o reconforta, la razón
compromete. Y ese compromiso no se puede negociar, el nombre de la razón
sólo puede pronunciarse de una manera. Por eso, creo que no debemos
pedir, no debemos exigir, ni siquiera negociar, sino afirmar. Porque tenemos
la razón, no estamos dispuestos a volver a la caverna, al espacio húmedo
y tenebroso, oscuro y frío, atemorizado y seco, donde ya ha sucedido
la infancia de demasiados niños, de demasiadas niñas, demasiadas
veces, durante demasiados siglos, en este país nuestro donde el progreso
sigue siendo un milagro frágil y azaroso, y el simple respeto un valor
revolucionario.”
Escribí estas palabras en febrero de 2004, para leerlas en un acto
contra la LOCE convocado, como el que nos reúne hoy aquí, por
la CEAPA. He querido comenzar con ellas mi intervención de esta tarde,
en unas circunstancias tan parecidas, y tan distintas a la vez a aquéllas,
para recordar, y recordarme, que la batalla por la civilización -el
único concepto del término “civilización” que sigue estando
vigente a estas alturas de la Historia, dije entonces y repito ahora-, es
larga y dura, áspera y trabajosa. Pero no, eso nunca, superior a nuestras
fuerzas. Porque la escuela pública mixta, laica, gratuita, obligatoria,
igualitaria y de calidad es el primer peldaño de la civilización,
y cada uno de esos conceptos, cada uno de esos adjetivos, cada una de esas
reivindicaciones, nos carga de razón.
Otros hablan de la Verdad. Una Verdad suprema, que se escribe con mayúscula
porque, al parecer, es el nombre propio de Dios, que, al parecer, es el nombre
propio de algo. Una Verdad que pretende suplantar y anular otras verdades
que, dando sentido a conceptos como la Libertad, la Igualdad y la Justicia,
alientan con mayúscula en nuestra conciencia, una Verdad que desprecia
las leyes del conocimiento y de la historia para remontarse a la bruma glacial,
pantanosa y preternatural donde se originaron el miedo y la superstición,
la desigualdad y la humillación, como atributos humanos. A pesar de
eso, yo no voy a hablar de la verdad. Y no porque no me lo pida el cuerpo,
desde luego. Lo que siento últimamente es una indignación semejante
a la que me inspira mi propia hija de siete años cada vez que se coge
un berrinche con tanto aparato eléctrico como ningún motivo,
y me entran unas ganas tremendas de darle un bofetón y decirle, toma,
para que llores por algo. El cuerpo me pide ahora algo parecido, toma, para
que te sientas perseguido por algo, pero, por muy partidaria que sea de mi
cuerpo, y por muy justa, oportuna, razonable, merecida y deseable que me parezca
esa satisfacción, no voy a incurrir en el error político de
perseguirla. Porque a la Iglesia Católica española le sobran
mártires. Ya tienen tantos, que en el Vaticano no dan abasto para canonizarlos
a todos.
Así que no voy a hablar de la verdad, ni de eso que los redivivos
soldados de Cristo que escriben artículos de opinión en ciertos
periódicos llaman el Derecho Natural, todo por supuesto con sus preceptivas
mayúsculas aunque a ningún jurista mínimamente sensato
se le haya ocurrido volver a invocarlo desde el siglo XVIII para acá.
Porque a mí me interesan más los derechos con minúscula,
y entre ellos, el que puede poner en nuestras manos la oportunidad modestamente
histórica de impulsar la modernización, incluso la normalización,
de nuestro país. Es de eso de lo que estamos hablando al exigir un
modelo laico para la escuela pública.
Porque éste, que se llama España, es nuestro país,
también nuestro país. Esta aparente obviedad deja de serlo
en un momento como éste, en el que los voceros de la derecha en general
y de la Iglesia en particular vuelven a invocar la Verdad y el Derecho con
mayúscula, la tradición, sin aclarar que hablan exclusivamente
de la suya, y hasta el espíritu nacional aquél que nos enseñaban
en el colegio, para comportarse como si ellos fueran los propietarios de
este país y nosotros unos pobres desgraciados que estamos aquí
realquilados con derecho a cocina. Y lo peor no es eso. Lo peor es que consiguen
que una amplia parte de la opinión pública se lo crea, y cuando
se plantea, como en estos momentos, una cuestión tan elemental como
la conveniencia de separar la Iglesia y el Estado, hay demasiada gente que
se lleva un susto y utiliza la palabra “provocación” como arma arrojadiza.
Y ya está bien. Ya está bien de manipulaciones, ya está
bien de falsos victimismos, ya está bien de que los auténticos
provocadores reciban con una mano dinero del Estado que sostenemos todos los
españoles excepto ellos, y con la otra, abierta, insinúen gestos
ambiguos, a medio camino entre la petición de limosna y la amenaza.
Para mí, desde luego, ya está bien. Yo tengo tantos apellidos
terminados en “ez” como el que más, y no me asusto porque no me da
la gana.
Los que estamos aquí, representándonos a nosotros mismos y
a bastantes millones de españoles más, somos miembros de la
sociedad civil que ganó las elecciones generales el 14 de marzo de
2004. Y desde esa posición, desde esa convicción, y me atrevería
a decir que desde ese derecho, debemos reclamar al gobierno que surgió
de esas elecciones no valor, porque el valor sobra, o al menos debería
sobrar, cuando el poder se ejerce democrática y legítimamente,
pero sí lealtad consigo mismo, y tanto a nosotros como a sus miembros,
sangre fría, inteligencia y firmeza. Porque nosotros no somos los provocadores.
Nosotros somos los que tenemos razón, y la razón es la única
verdad que no necesita mayúsculas para perdurar. La nuestra es una
razón antigua, además. Una razón que está en
el origen de la mejor tradición que ha generado jamás este
país. Una razón que situó a España por primera
y única vez en muchos siglos a la cabeza del progreso de las naciones.
Esa es mi tradición, la única en la que quiero reconocerme,
la única a la que pertenezco. Educación, educación y
educación. Este lema de la España republicana, laica e institucionista,
que se volcó con todo lo que tenía y aun con lo que le faltaba,
en la tarea heroica, admirable, de mejorar las condiciones de vida de los
habitantes de aquel país que sigue siendo éste, por el procedimiento
de erradicar su ignorancia, es una tradición indiscutible, hasta castizamente
española. Tan española como la estampa sombría del acuerdo
que un Estado ilegítimo, que ya no existe, firmó con una Iglesia
que, a pesar de eso, sigue reivindicando su vigencia con un ardor que parecería
digno de mejores propósitos en el mundo atrozmente cruel y convulso
en el que vivimos. Porque no está de más recordar que los sucesivos
acuerdos con el Vaticano, en esencia sólo renovaciones automáticas
del Concordato de 1974, no son ni siquiera anticonstitucionales. Son preconstitucionales,
lo que parecería un chiste si no fuera un disparate y aún más,
el condenado dinosaurio que contemplamos cada mañana al despertar.
Y sin embargo, ahora tenemos una oportunidad para poner cada cosa en su
sitio. La Iglesia en el alma de sus fieles, la escuela pública en
la vanguardia de la sociedad, el conocimiento humanista y científico
en las aulas, las verdades con mayúscula fuera del debate político.
La escuela es un lugar para saber y no para creer. Creamos en la escuela,
en la educación pública, para poder creer en nosotros mismos,
en lo que España es y en lo que fue, en lo que pudo ser, y en lo que
será si no olvidamos que tenemos la razón, y que la razón
importa, la razón pesa, la razón duele o reconforta, y la razón
compromete. Y que ese compromiso no se puede negociar porque el nombre de
la razón sólo puede pronunciarse de una manera.