Clic sobre la imagen o aquí para ver la tira gráfica a tamaño original. Tira cedida por Juan Ramón Mora Canela. Su reproducción requiere permiso del autor. |
Dante, en la Divina Comedia, sitúa en el Círculo
Octavo del Infierno al Fraude, y dentro de éste, en su fosa novena,
coloca a los “diseminadores de discordia”, muy cerca de los hipócritas,
de los escandalosos, cismáticos y herejes y de los charlatanes y falsarios
cuyo eterno castigo es la lepra. El fraude hoy no ha variado demasiado en su concepción desde 1300 en la Divina Comedia; supone engaño y manipulación en grado pequeño o mayor, falseamiento u ocultación de las cosas para acercarlas a un interés o una visión propias, y vale tanto para los astrólogos o quiromantes, como para los estafadores o los profetas del escándalo, aunque soberbiamente crean sus propias amenazas o delirios. Los traidores a la patria están, en el infierno de Dante, en un grado ulterior, la peor sima, cerca de los parricidas, de los judas a los amigos y del propio Lucifer. En política, sin embargo, fraude y traición a la patria son más que cercanos, inescindibles, y algunas de las subcategorias dantianas del fraude (diseminación de discordia, hipocresía, escándalo o actitud falsaria) provocan directamente, cuando provienen de responsables políticos, algunas de las mayores lesiones al Estado: el deterioro democrático a través de la manipulación gubernamental de estados de opinión, la inducción a la alarma y al enfrentamiento insistiendo en miedos y sospechas difusas o identificando un enemigo constante, y el desprecio al sentido institucional y de Estado ante los intereses de partido. Así, una de las categorías más perversas del fraude político, e indicador de involución en la calidad democrática, está en la “extensión asimilatoria”, en virtud de la cual se extrema una situación hasta presentarla pervertida o deformada en mayor o menor grado; de ésta forma ultradimensionada, el nacionalismo quiebra la unidad de la patria, el independentismo está cerca de ETA, el Islam se mezcla con terrorismo fundamentalista islámico y deriva en guerra de civilizaciones, las reformas de estatutos erosionan la Constitución, la oposición a las políticas del actual Pentágono son contrarias a los intereses internacionales de España, los pactos con Carod Rovira son antipatriotas, los rumores contrarios a intereses del partido son complots orquestados por medios de comunicación afines al PSOE, el acercamiento europeísta a Francia y Alemania es no velar por los intereses económicos de España en la UE, un gobierno dialogante en exceso es un gobierno débil, el incremento en gasto social vuelve a la España del paro, hacer gala permanente de talante no autoritario es caer en la estulticia, retirar tropas de Irak es ceder al chantaje terrorista, promover el diálogo para favorecer la apertura cubana es flaquear ante las dictaduras, si hay un atentado y se pierden elecciones a los ciudadanos los condiciona Al Qaeda, pretender reformas sociales de progreso como el matrimonio gay o la agilización del divorcio es fundamentalismo laico contra Iglesia y católicos, y diseñar reformas en la elección de los jueces para un sistema proporcional de 3/5 y no de mayorías es una cruzada contra el poder judicial... y así hasta el hastío, se forja un estado de opinión sin matices (por tanto, sin verdad), lesionador de la dignidad política y de los intereses generales, y alentado en una parte de la sempiterna España fracturada. Esta categoría del fraude político, que supone amplificar grotescamente una parte de realidad hasta hacerla falsa, implica una subrepticia traición a la patria, por cuanto a través del condicionamiento falaz de la opinión pública y la promoción de la sospecha furtiva, del exaltamiento de los peligros potenciales, de la violencia verbal, de la crispación pública continuada por identificación de enemigos absolutos y del alentamiento de enfrentamientos, de la denigración del contrario y de la autoapropiación de valores patrióticos, genera todo lo contrario a lo que persigue un partido político con sentido de Estado, esto es: moderación, conjugación de intereses a través del diálogo, articulación de un proyecto ciudadano común, apología de valores públicos democráticos, juego limpio y dignificación de la política como defensa del sistema y sus representantes, y sentido institucional por encima de intereses de partido. El desolador comportamiento de Aznar, que se alimentó de enfrentar y dividir España con su discurso supuestamente patriótico, y que blasonó de guerra contra el terrorismo la ocupación ilegal de Irak, tocó el límite de la credulidad ciudadana con su gestión informativa del 11 de marzo: el fraude era tan evidente como el de un quiromante inexperto, pero la voracidad con la que venía apropiándose de patria y lucha contra el terrorismo, condujo a que hasta los más mansos clamasen por la verdad abruptamente en ciernes electorales. La culpa no fue de PRISA ni del PSOE, sino del límite que tiene la extorsión de la candidez colectiva cuando la sometes a dosis masivas de documentales de asesinatos de ETA mientras los teletipos internacionales, Internet y las pruebas, se unen en voces inapagables. El PP de Aznar sigue diseminando la discordia, sigue distorsionando en una constante “exageración asimilatoria”, como el de Rajoy, Acebes y Zaplana (son el mismo sector orgánico-ideológico) por mucho que el cuerpo de sus argumentos mantenga la coherencia interna de lo monolítico y que la cohesión argumental sea pétrea, como en la comparecencia de Aznar. Visto desde la memoria histórica, política e incluso literaria, siguen abanderando en carne viva y enfrentada, todos los tristes arquetipos de comportamiento de la derecha española tradicional. España se merece un partido conservador no sólo menos radical, sino también, con más altura institucional y moral. Barcelona, 1 de diciembre de 2004
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