Los representantes políticos de los países
integrantes de la Unión Europea acaban de firmar en Roma el acta de
aceptación de un texto constitucional único, que debe ser ratificado,
en los dos próximos años, por cada uno de los países
miembros.
El texto, que más parece un nuevo tratado que una constitución,
responde a las necesidades de transformar el acuerdo comercial entre seis
países -el Mercado Común-, firmado en Roma, en 1957, en un instrumento
político que sirva de nexo y guía a los 25 miembros de la actual
Unión, con la posible incorporación de otros, entre ellos la
compleja Turquía.
El Tratado, demasiado mercantil y demasiado poco social, desequilibrio que
esperemos pueda corregirse pronto, aumenta el poder del parlamento europeo,
establece una Carta de Derechos de los ciudadanos europeos y mejora la representación
de éstos con el sistema de la doble mayoría (55% estados, 65%
población). Otro aspecto interesante es que las nuevas instituciones
permitirán a la Unión Europea jugar un papel más destacado
en la esfera internacional.
Pero el Tratado también es importante, o si cabe más importante,
por lo que representa en el escenario en que surge, porque supone el verdadero
fin de la guerra fría y, por lo tanto, de las consecuencias de la II
guerra mundial sobre suelo europeo.
Era difícil imaginar en 1957, y mucho después, que un continente
escindido en dos sistemas políticos y económicos antagónicos,
en dos tipos de sociedades impregnadas de desconfianza, en dos civilizaciones
enemistadas, se pudiera llegar a integrar sin violencia en un proyecto común,
que hoy comprende a la mayoría de países europeos, aunque la
gigantesca Rusia permanezca fuera.
Si se mira en derredor y se observa el proceso de desintegración,
las más de las veces violenta, que sacude amplias regiones del globo,
no queda más remedio que considerar que la historia de la Unión
Europea es la historia de una paciente y pacífica construcción
económica y política, aunque no exenta de tensiones y retrocesos,
naturalmente, pero con el decidido propósito de superar viejas desconfianzas,
agravadas por dos colosales guerras en poco más que un cuarto de siglo
y una relación milenaria plagada de sangrientos conflictos.
La lenta y negociada unificación de sistemas comerciales, productivos
y ahora políticos, puede entenderse como la construcción de
lo que Joseph Nye llama un poder blando frente al modo estadounidense, que
representa el poder duro, el poder de la fuerza y la imposición más
que el poder de la negociación y la persuasión. En este aspecto,
la Unión Europea, un gigante económico pero un enano político,
puede llegar a actuar como un necesario contrapeso del poder (duro) norteamericano
y contribuir a contemplar el mundo desde un punto de vista que favorezca la
multilateralidad y la participación de diversos actores en la gobernación
del planeta.
Desde la izquierda, la gran objeción que puede hacerse al texto recién
firmado es que está contagiado por la epidemia que afecta a casi todos
los gobiernos de nuestros días -el neoliberalismo económico-,
cuyos efectos son nefastos para las capas más débiles de la
población; por ello, la llamada Europa de los mercaderes no suele ser
un modelo admisible para quienes piensan en una Europa eminentemente social,
deseable, por otro lado. Pero la actual Unión Europea tiene ese origen
-un mercado común- del que, por ahora, parece difícil desprenderse
definitivamente. Al mismo tiempo aparece como un referente de lo que es posible
hacer en un mundo donde lo que impera no es precisamente la negociación,
ni siquiera en el terreno comercial.
Si echamos la vista hacia atrás con ánimo crítico,
nos daremos cuenta de que el modelo fenicio de relación comercial
ha sido más humanitario que el modelo imperial impuesto por Roma o
el imperio español, o que el confesional -la yihad musulmana,
la evangelización de América o las guerras de religión-.
Pero, naturalmente, no se trata de aceptar mansamente la lógica mercantil
que impregna la Europa de los 25, sino de caminar, a partir de ella, hacia
una Europa cada día más social y más democrática,
porque está sobradamente comprobado que donde predomina el poder del
capital la democracia se encoge.
En todo caso, hasta que se celebre el prometido referéndum, tenemos
tiempo para ir pensando qué hacer con el Tratado.