Europa: más luces que sombras

JOSÉ M. ROCA. Iniciativa Socialista, otoño 2004

Los representantes políticos de los países integrantes de la Unión Europea acaban de firmar en Roma el acta de aceptación de un texto constitucional único, que debe ser ratificado, en los dos próximos años, por cada uno de los países miembros.

El texto, que más parece un nuevo tratado que una constitución, responde a las necesidades de transformar el acuerdo comercial entre seis países -el Mercado Común-, firmado en Roma, en 1957, en un instrumento político que sirva de nexo y guía a los 25 miembros de la actual Unión, con la posible incorporación de otros, entre ellos la compleja Turquía.

El Tratado, demasiado mercantil y demasiado poco social, desequilibrio que esperemos pueda corregirse pronto, aumenta el poder del parlamento europeo, establece una Carta de Derechos de los ciudadanos europeos y mejora la representación de éstos con el sistema de la doble mayoría (55% estados, 65% población). Otro aspecto interesante es que las nuevas instituciones permitirán a la Unión Europea jugar un papel más destacado en la esfera internacional.

Pero el Tratado también es importante, o si cabe más importante, por lo que representa en el escenario en que surge, porque supone el verdadero fin de la guerra fría y, por lo tanto, de las consecuencias de la II guerra mundial sobre suelo europeo.

Era difícil imaginar en 1957, y mucho después, que un continente escindido en dos sistemas políticos y económicos antagónicos, en dos tipos de sociedades impregnadas de desconfianza, en dos civilizaciones enemistadas, se pudiera llegar a integrar sin violencia en un proyecto común, que hoy comprende a la mayoría de países europeos, aunque la gigantesca Rusia permanezca fuera.
Si se mira en derredor y se observa el proceso de desintegración, las más de las veces violenta, que sacude amplias regiones del globo, no queda más remedio que considerar que la historia de la Unión Europea es la historia de una paciente y pacífica construcción económica y política, aunque no exenta de tensiones y retrocesos, naturalmente, pero con el decidido propósito de superar viejas desconfianzas, agravadas por dos colosales guerras en poco más que un cuarto de siglo y una relación milenaria plagada de sangrientos conflictos.

La lenta y negociada unificación de sistemas comerciales, productivos y ahora políticos, puede entenderse como la construcción de lo que Joseph Nye llama un poder blando frente al modo estadounidense, que representa el poder duro, el poder de la fuerza y la imposición más que el poder de la negociación y la persuasión. En este aspecto, la Unión Europea, un gigante económico pero un enano político, puede llegar a actuar como un necesario contrapeso del poder (duro) norteamericano y contribuir a contemplar el mundo desde un punto de vista que favorezca la multilateralidad y la participación de diversos actores en la gobernación del planeta.

Desde la izquierda, la gran objeción que puede hacerse al texto recién firmado es que está contagiado por la epidemia que afecta a casi todos los gobiernos de nuestros días -el neoliberalismo económico-, cuyos efectos son nefastos para las capas más débiles de la población; por ello, la llamada Europa de los mercaderes no suele ser un modelo admisible para quienes piensan en una Europa eminentemente social, deseable, por otro lado. Pero la actual Unión Europea tiene ese origen -un mercado común- del que, por ahora, parece difícil desprenderse definitivamente. Al mismo tiempo aparece como un referente de lo que es posible hacer en un mundo donde lo que impera no es precisamente la negociación, ni siquiera en el terreno comercial.

Si echamos la vista hacia atrás con ánimo crítico, nos daremos cuenta de que el modelo fenicio de relación comercial ha sido más humanitario que el modelo imperial impuesto por Roma o el imperio español, o que el confesional -la yihad  musulmana, la evangelización de América o las guerras de religión-.

Pero, naturalmente, no se trata de aceptar mansamente la lógica mercantil que impregna la Europa de los 25, sino de caminar, a partir de ella, hacia una Europa cada día más social y más democrática, porque está sobradamente comprobado que donde predomina el poder del capital la democracia se encoge.

En todo caso, hasta que se celebre el prometido referéndum, tenemos tiempo para ir pensando qué hacer con el Tratado.