Aznar y la conspiración Aznar y la conspiración

FERNADO GIL. Texto publicado en Iniciativa Socialista número 74, invierno 2004-2005

En su comparecencia en la Comisión del 11-M, José María Aznar no defraudó. Carente de datos, pero sobrado de arrogancia y ganas de bronca, no frustró las expectativas de los suyos ni de los que esperaban lo peor de él. Confiar en que hiciera otra cosa era inútil, dada la situación interna del Partido Popular. Aznar mostró la vigencia del aznarismo y utilizó la plataforma que le brindaba la comisión para mostrar a su partido la estrategia a seguir y tratar de confundir a la opinión pública con la versión más depurada de la teoría que explica la derrota del PP en las pasadas elecciones generales. Y se entiende la insistencia en la misma fantasía exculpatoria si se comparte la idea de que el comportamiento del Gobierno entre los días 11 y 14 de marzo constituye un acto de deslealtad con los ciudadanos -con sus detractores pero también con sus partidarios- difícil de imaginar en una situación tan dramática. Por utilizar el dolor y el estupor de un atentado brutal para ganar unas elecciones, la actitud del Gobierno del PP en aquellos días es, en el ámbito político, el hecho más grave y vergonzoso ocurrido en España desde el intento de golpe de estado del 23/2/1981.
Pero la intervención de Aznar en la Comisión no pudo disipar la incoherencia del discurso puesto en circulación por el PP desde aquellas fechas, en el que aparecen mezclados sin orden ni concierto terroristas vascos y fanáticos islamistas, confidentes de la policía, agentes del servicio secreto marroquí, medios de información y el principal partido de la oposición, puestos todos de acuerdo para cometer un brutal acto de terrorismo y desalojar al PP del Gobierno. Por supuesto, sin aportar una sola prueba acerca de esta insólita conjura, que se queda en una conspiración meramente literaria, cercana a la ciencia ficción. Al contrario, la existencia de pruebas abrumadoras desmiente esta fábula.
La identificación de los autores de los atentados, la detención de decenas de implicados en las tramas del terrorismo islamista y la inexistencia de relaciones entre ETA y Al Qaeda, señalada en informes de la policía y de los servicios de inteligencia, echan por tierra esa artificiosa explicación del drama. Pese a todo, Aznar, para quien tienen el mismo valor las pruebas que las conjeturas, sigue manteniendo la participación de terroristas vascos en la matanza del once de marzo, aunque sea en el hipotético papel de emboscados autores intelectuales, lo cual desmiente el efecto publicitario buscado por los terroristas.
Sin embargo, a pesar de su contenido fabuloso, la teoría de la conspiración es absolutamente necesaria para el PP, porque ofrece a votantes y militantes una explicación, aunque inverosímil, sobre el rápido tránsito desde el triunfalismo de la mayoría absoluta a una inesperada derrota electoral. Si este hecho se estima en sí mismo extraordinario, la causa tiene que ser también extraordinaria, pues se entiende que un gobierno que todo lo hace bien, que cuenta con los mejores ministros desde la transición, presidido por un hombre excepcional (“el milagro soy yo”) que ha sacado a España “del rincón de la historia”, sólo puede ser desalojado del poder político por un acto ilegítimo. Entonces, el frustrante resultado electoral se interpreta como una afrenta, como el robo de algo que el PP consideraba suyo por derecho. Lo cual justifica una respuesta belicosa, cargada aparentemente de santa indignación.
En esta respuesta, los resabios franquistas han llevado a Aznar a imitar la lógica autolegitimante del dictador: acusar de sedición o rebeldía a quienes no se habían rebelado. Así, Aznar, cuyo Gobierno en aquellos aciagos días de marzo hurtó a los ciudadanos información esencial para atribuir correctamente la autoría de los atentados, ha acusado al PSOE y a medios de comunicación, en particular a El País y a la cadena SER, de utilizar la opinión pública para alcanzar unos fines que eran realmente los que perseguían él y los suyos. La frase de Aznar “Mientras yo intentaba detener a los criminales, otros intentaban ganar las elecciones”, es una frase perversa, porque desacredita a los partidos con los que el PP competía en la campaña electoral. Detener a los criminales era una obligación del Gobierno, que la policía hizo efectiva con prontitud (a pesar de buscarlos donde, según el Gobierno, no estaban), pero eso no impidió al PP intentar ganar las elecciones de manera poco noble.
Ante los sondeos preelectorales que pronosticaban que el PP se alejaba de la  mayoría absoluta, el Gobierno de Aznar decidió utilizar electoralmente los atentados del día 11 no sólo encaminando a la opinión pública en dirección equivocada respecto a los autores de la matanza, sino afrontando en solitario la gestión de una crisis nacional con la esperanza de que si no se compartían las responsabilidades en tan dramático momento, las urnas darían la recompensa en exclusiva. No reunir el gabinete de crisis ni el Pacto Antiterrorista y convocar en solitario la manifestación del día 12 por la tarde con un lema que confundía respondieron a este propósito.
Pero la teoría de la conspiración es perversa por otro motivo, ya que hace depender la victoria electoral del PSOE de un acontecimiento único y ajeno a la política nacional, con lo cual el PP queda exonerado de las consecuencias de sus ocho años de gobierno. Ante lo cual es obligado volver a afirmar que el PP no perdió las elecciones sólo por el uso torticero que hizo de la información entre el 11 y el 14 de marzo, sino por la acumulación de errores y por las evidentes secuelas sociales y políticas de su manera de gobernar.
El Gobierno de Aznar encaró la campaña electoral con un notable deterioro de su imagen pública, que se traducía, según un estudio de Belén Barreiro (Claves nº 141, abril 2004) en una pérdida de popularidad de 8 puntos entre abril de 2000 y enero de 2004. En la encuesta del CIS de enero, el 31,4% de los consultados estimaba mala o muy mala la gestión del Gobierno, frente al 27,1% que la consideraba buena o muy buena. Aznar merecía poca o ninguna confianza al 60% de los encuestados y bastante o mucha al 33%. Para el 31% la situación política era mala o muy mala, y buena o muy buena para el 19,2%. En la valoración de líderes, todo el gobierno suspendía, siendo la nota más alta para Rodrigo Rato (4,8); le seguían Acebes (4,5), Arenas (4,4), Zaplana (4,1), Trillo (3,8), Del Castillo (3,7) y García Valdecasas (3,5), entre otros. Mientras, según Barreiro, la intención de voto corregida por la simpatía de partido apuntaba una recuperación del PSOE, con un ascenso de 11 puntos. Diversas encuestas del primer trimestre del año ratificaban el descenso del PP y las dificultades para alcanzar la mayoría absoluta. El pulsómetro de la SER del día 8 de marzo situaba la distancia entre el PP y el PSOE en 3,5 puntos. Y otros sondeos señalaban distancias entre 2,5 y 3,5 puntos de diferencia, que según expertos equivalían prácticamente a una situación de empate técnico. El día 9, Belén Barreiro señalaba en El País esta circunstancia y apuntaba que el día 14 podía haber sorpresas. Y Pascual Maragall, en un artículo publicado el día 8, aludía a los recuerdos agazapados en la memoria colectiva.
El resultado de las elecciones mostró que esos recuerdos estaban ahí, que no se habían perdido; que mucha gente no había olvidado el modo en que Aznar había vinculado a España a los belicosos planes de Bush, enviando tropas a Irak contra la opinión mayoritaria de los ciudadanos, que no había olvidado el Plan Hidrológico Nacional, la Ley de Extranjería y las leyes de Universidades y de Calidad (de catolicidad) de la Enseñanza que habían suscitado el masivo rechazo de los ciudadanos en la calle; ni habían olvidado la huelga general (20(6/2002) contra la política laboral del Gobierno. Tampoco habían olvidado la marginación del Senado, el abuso del reglamento del Congreso en favor del PP y la desnaturalización de la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos, ni la propensión gubernamental a manipular la información para encubrir decisiones discutibles (la invasión de Irak), notorios errores (Yakolev-42) o su probada incapacidad para actuar con eficacia y prontitud en casos de emergencia (vacas locas, Prestige). Ni se habían olvidado las privatizaciones en empresas públicas que habían favorecido a una élite cercana al PP, ni las fabulosas stock options de Juan Villalonga y los directivos de Telefónica (ni los despidos de trabajadores de la compañía), ni las amañadas subvenciones al cultivo del lino, ni la corrupción que rodeaba los casos de empresas de la construcción en Zamora y Burgos, alguno de ellos archivado precipitadamente, ni Gescartera, ni el apoyo dado, incluso por Ana Botella, al alcalde de Ponferrada, condenado por acosar a Nevenka Fernández, ni el sesgo partidista de la información en Radio Nacional y en Televisión Española, que había merecido la condena judicial de Alfredo Urdaci, director de los servicios informativos.
A la hora de votar, una gran parte de la ciudadanía no podía olvidar, porque lo percibía en su vida cotidiana, el progresivo deterioro en los servicios públicos, especialmente en materia de enseñanza, sanidad y atención a la mujer y a la familia, que nos había colocado entre los países de cola de la Unión Europea. Mucho menos el desprecio de Aznar con los presidentes autonómicos que no fueran de su partido, y en particular con los de las Comunidades Autónomas gobernadas por partidos nacionalistas, que, junto con el PSOE, habían sido los principales destinatarios del estilo crispado del Gobierno. Ni tampoco se habían olvidado hechos triviales pero indicativos de la peculiar personalidad del ex presidente, como la boda principesca de su hija, sus ínfulas por sus relaciones con el presidente de EEUU o su sobrevenido (y patético) acento tejano.
Y, si en algún momento, en el PP creyeron que podían seguir gobernando sin tener que asumir las consecuencias de sus actos, se equivocaron por completo, pues para cambiar de Gobierno no era preciso un acto brutal, como Aznar sostiene, sino sólo que los ciudadanos recordaran lo que había venido ocurriendo desde hacía ocho años. Pero esta es la reflexión que en el PP no parecen dispuestos a abordar.  La teoría de la conspiración es, por tanto, necesaria para Aznar porque brinda una salida airosa al abandono de su vida pública, que ha resultado muy distinto del retiro triunfante que él había previsto, pero, para el conjunto del PP es una necesidad estratégica mientras sus dirigentes no decidan preguntarse por qué todo el partido ha seguido a Aznar como al flautista de Hamelín.