Sí a la Constitución europea. Algunas ideas
LLUÍS MARIA DE PUIG. Senador por Girona,
presidente del Grupo Socialista en el Consejo de Europa. El texto original
fue escrito en catalán, la traducción al castellano es de IS,
revisada por el autor.
El próximo mes de febrero seremos llamados a votar en el referéndum
sobre la Constitución europea. Dicha Constitución, más
un tratado multilateral que una verdadera constitución, sintetiza
un acuerdo elaborado durante varios años por los agentes básicos
de la Unión Europea: los Estados, los parlamentos nacionales, la
Comisión y el Parlamento europeo, siendo también resultado
de un amplio debate y de la organización de una Convención
con la participación de todas esas instituciones y de otros agentes,
una especie de Estados Generales Europeos que se pronunciaron sobre todos
los “cuadernos de quejas” recibidos, sobre miles de propuestas y de reclamaciones
que fueron examinadas hasta que, finalmente, se elaboró un texto para
este tratado, que representa un evidente paso adelante en el proceso de construcción
de esta especie de federación europea que, con dificultades y esfuerzos,
se va configurando.
El nuevo texto representa, ni más ni menos, el denominador común
al que están dispuestos a llegar los países miembros en este
momento concreto de la historia. La UE se ha hecho a base de pequeños
avances que han culminado en grandes avances, como la unión monetaria,
por ejemplo. Esta constitución es un paso más en este proceso.
Un paso importante, ya que representa una mayor cohesión, un mayor
compromiso de los Estados y un mayor papel del Parlamento europeo. Un paso
decisivo en lo que se refiere a la unificación política, particularmente
en lo que se refiere a la política exterior. Representa, además,
un indudable avance en cuanto a la ciudadanía europea y una mejora
sustancial en materia social. Es un paso más en la larga marcha de
la unidad europea, pero es, rotundamente, un paso adelante, no un paso atrás;
un progreso y no un retroceso; un avance positivo en el camino de la integración
del Continente. Eso nadie lo puede discutir. Si los sindicatos europeos
lo apoyan no es por casualidad.
No es mi Constitución ideal, pero sí una buena constitución
si tenemos en cuenta que es, necesariamente, un acuerdo entre posiciones
de grupos políticos de todos los colores, entre ideologías
distintas, entre sociedades y mentalidades diversas y entre gobiernos que
representan proyectos bastante diferentes. Por naturaleza, es fruto de un
planteamiento común entre los agentes activos en la Unión Europea,
y por esa razón unos y otros tiene que aceptar que el documento base
de la Unión no sea exclusivamente el suyo, sino el que puede ser consensuado
en este momento histórico concreto. Pese a los defectos que cada
uno podamos encontrar en él, este Tratado es infinitamente mejor
que los anteriores, por la simple razón de que el tiempo ha hecho
posible incorporar elementos vetados hace muy pocos años. De
la misma manera que ya hemos instaurado la moneda única hace algún
tiempo, pese a que hace quince años fuese imposible imaginarla, con
este tratado podemos avanzar mucho en al ámbito social, en el de
los derechos de los ciudadanos, en el del medio ambiente y en política
exterior y seguridad.
Podemos preguntarnos si el texto aprobado es aquello que desearíamos,
el desideratum. Está claro que no, ni para unos ni para otros. Es
fruto de un acuerdo en el que todos han tenido que hacer concesiones y que,
probablemente, nadie considere como lo mejor. Los avances no son tantos como
los que desean los más europeístas, los federalistas. Los miembros
del Parlamento europeo habrían querido más competencias, más
control democrático y una mayor dimensión parlamentaria. Las
naciones sin Estado querrían más protagonismo en la UE. De
acuerdo, son muchos los que querrían que esta Constitución
fuese más rápidamente hacia aquí o hacia allá.
Se avanza muy poco a poco. No se tiene en cuenta todo. Hay aspectos que no
son contemplados cómo correspondería. Domina la lógica
de los Estados. Efectivamente, aún es así.
Pero así, con difíciles acuerdos y puntuales progresos, se
está construyendo este edificio prodigioso, que significa la unificación
de un continente. Con dificultades, herencias y tradiciones que condicionan
mucho el ritmo de los avances. La cuestión de las naciones sin Estado
no es un problema que se resolverá en cuatro días. Pero los
catalanes sabemos que el proyecto de Unión Europea nos interesa y
que representa, en el fondo, un seguro de vida para nuestro autogobierno.
En el marco europeo, es casi imposible que nuestro país pueda volver
a situaciones del pasado. La UE representa, sin ninguna duda, la mejor posibilidad
de realización nacional para los catalanes aunque estemos lejos,
como ahora, de los objetivos finales.
Cataluña tiene mucho por conseguir en los próximos años
y décadas, pero si en vez de aparecer con una actitud de diálogo
lo hace con una de enfrentamiento e intransigencia, lo tendremos crudo.
Muy por el contrario, cualquiera que conozca a fondo la realidad europea
en esta materia -y nuestros radicales deberían conocerla- sabe que
el reconocimiento de Cataluña, su lengua y su cultura exigirá
mucha prudencia, mucho diálogo, muchos avances poco a poco, paulatinos.
En este proceso, Cataluña tiene que mostrarse positiva, constructiva,
dispuesta a cooperar en la construcción europea, en vez de parecer
dispuesta buscar el camino de la confrontación. Quizá algún
día podamos convencer, pero es estúpido pensar que podremos
imponer nada. Nuestro camino es el argumento, el diálogo y la persuasión,
no el desafío. Si tenemos alguna posibilidad, ésta no reside,
desde luego, en la reticencia abierta, ni el distanciamiento respecto al
actual proceso europeo. El riesgo que corremos, precisamente, es el de irnos
situando en la marginación, siendo considerados como un pueblo huraño
y fastidioso, como una piedra en el zapato.
Por eso me parece un disparate, un error político monumental, una
estrecha visión del país y sobre todo de Europa, proponer
oponerse a la Constitución que votaremos en febrero. Planteando el
No o la abstención, tenemos todas las de perder. ¿Podría
decirme alguno de estos grandes retóricos del nacionalismo qué
otra alternativa tenemos, si no es dentro de Europa? ¿Me puede decir
alguno qué ganaremos con que se diga por ahí que los catalanes
rechazan los progresos, aunque sean limitados, del actual Tratado o que ponen
tal o cual condición para votarlo? Parece, más bien, que lo
que nos interesa es todo lo contrario, mostrarnos positivos pese a todo,
empujar a favor del proceso europeo que no nos resulta demasiado satisfactorio
y cargarnos de razón para que mañana sea posible lo que hoy
no lo es.
Por todos estos argumentos, creo que, precisamente por patriotismo catalán,
hay que respaldar la nueva Constitución europea. Nos conviene aparecer
como un pueblo europeísta, que busca su propio lugar entre los pueblos
y defiende su identidad no sólo con pasión sino también
con inteligencia y sensatez. Con inteligencia política, lo que quiere
decir también con una mínima eficacia para resolver nuestro
contencioso histórico. Si sólo tienen en cuenta sus estrictos
propios ideales, algunos pueden ser llevados a confundir su mundo con el
mundo, y a perder de vista toda perspectiva que no sea la de su entorno más
cercano, desconociendo completamente la realidad europea y sus vías.
No logro salir de mi perplejidad cuando alguno afirma que no la votará
si no se añaden una serie de cosas. Cuando oigo decir que votarán
en contra o se abstendrán porque no se cita a Cataluña ni
a la lengua catalana, me pregunto a qué están jugando. ¿Es
que estas cosas que reclaman ahora estaban en los tratados de Roma, Maastricht
o Ámsterdam, que hemos considerado tratados perfectamente útiles
a los que ninguno -ninguno- se ha opuesto por estos lares? ¿Por qué
ahora, cuando hay un gobierno español que trabaja en esa dirección
e intenta que la UE tenga presentes las realidades subestatales y reconozca
todas las lenguas oficiales, por qué precisamente ahora, dicen que
hay que votar en contra? ¿Qué lógica tiene eso?
Ante la Constitución europea, algunos plantean un desafío
total, un rechazo frontal, mondo y lirondo. Exigen no sé cuántas
cosas. Como si la experiencia histórica no existiese, como si no hubiese
una realidad europea complicada, como si la política fuese una batalla
primaria, que se tuviese que hacer de forma permanente a golpes de todo
o nada. Quizá piensen que están en una posición de
fuerza. ¡Qué disparate!
Al ver a un partido europeísta de pura cepa, como CDC, alineado
ahora con una actitud puramente radical y testimonial, demagógica
a mi entender, nos tenemos que preguntar sobre la verdadera evolución
de este partido. Me sorprende menos la actitud de los ecosocialistas, pues
ya está claro que solamente quieren expresar una oposición
radical y testimonial. La ingenuidad con que se aproximan a la realidad
europea es colosal, pero no puedo criticar su idealismo. A nadie se le puede
negar el derecho a soñar.
No sé si en ese entorno puede haber alguien que se resista al populismo
descalificador y a la dañina retórica antieuropea del nacionalismo
radical. Más bien, tengo la impresión de que no será
posible que el nacionalismo moderado y los ecosocialistas se mantengan en
esta misma postura. Unos y otros saben o al menos deberían saber
que Europa es un proceso largo, difícil y de compleja geometría.
Saben que el papel de las nacionalidades sin Estado dará aún
muchas vueltas antes de que en Europa haya una voluntad política
mayoritaria favorable a las tesis catalanistas. Conocen las dificultades,
las comprensibles y las injustificables. Y saben que Cataluña tiene
más que ganar si es positiva que si es negativa, si a pesar de todo
ayudamos más a construir que a desestabilizar.
Eso sí, todas las posiciones son perfectamente legítimas,
pero unas trabajan en una dirección constructiva europeísta
y otras no. Lo que quiero decir es que adoptar una posición sobre la
Constitución basándose mucho más en los tacticismos de
la política interior que en el verdadero quid de la cuestión,
el proceso de construcción europea, es un error y, en mi opinión,
un acto negativo, que no permite obtener ninguna contrapartida o ventaja.
Es un acto de rechazo sin horizonte.
Está claro que no es la Constitución que yo querría.
¿Pero acaso lo eran los Tratados que acabo de citar y que todos hemos
respaldado? No habla de Cataluña ni del catalán, de acuerdo.
Pero antes nunca había habido una referencia a la diversidad cultural
y lingüística. Hoy, gracias a los esfuerzos de todos, estamos
en mejores condiciones para abordar el tema de las naciones sin Estado y
de las culturas minoritarias. Mejor que nunca en toda la historia, a pesar
de las dificultades. Precisamente en este momento, en el que algunas puertas
se abren un poquito, precisamente ahora, algunos de los líderes de
la política catalana han decidido decir no, oponerse a este tratado,
porque no dice ni esto ni aquello.
Si todo el mundo hiciese lo mismo en Europa, la UE se acababa en cinco
minutos. Si todos reaccionamos rechazando el actual proyecto de tratado
porque no dice lo que a mí me interesa, estamos perdidos. Esa es la
peor de las actitudes, la que de forma continuada hemos venido reprobando
a los ingleses, a los franceses o a cualquiera de los que frecuentemente
se aproximan al edificio europeo desde una lógica puramente “nacional”.
Siempre encontraremos razones para decir que un tratado constitucional no
nos gusta porque no tiene suficientemente en cuenta a las nacionalidades
históricas, las lenguas y culturas sin Estado o nuestra propia singularidad.
Siempre podremos pedir más en todas las direcciones. Pero la política
no es eso, y un proyecto de unidad europea no puede ser abordado con esa
perspectiva. La pregunta a hacerse es si avanzamos o no avanzamos, si Europa
nos interesa o no nos interesa, si el rechazo es algo bueno para el futuro.
Y, francamente, no lo es.
No lo es, incluso si nos limitamos a considerar los términos en
que está planteado el referéndum. Los campeones del rechazo
obvian una evidente realidad. Proponen el no o la abstención, pero
no dicen que pasará si no gana el sí. Astutamente, silencian
que si no prospera el nuevo texto quedará en vigor el Tratado de Niza,
que nadie quiere -perdón, miento, a Aznar y al PP sí les agrada,
o, mejor dicho, les entusiasma- y que representa un fenomenal retroceso respecto
a la UE dibujada por la nueva Constitución, incluyendo una regresión
clara y rotunda en cuanto a los derechos de las minorías lingüísticas,
que en el Tratado de Niza ni siquiera son mencionadas. Aquí no caben
disimulos, la cuestión es que hay que optar: o bien la Constitución,
con todas sus deficiencias, o bien el Tratado de Niza, mucho más
regresivo, y una larga crisis en la Unión Europea, lo que encantará
a los que son contrarios al proyecto europeo. ¿Quieren esto último
nuestros ardorosos puristas de la defensa de la nación? ¿Prefieren
Niza? ¿Comparten la opinión de que, en lo que a Europa se
refiere, “cuanto peor, mejor”? ¿Piensan, de verdad, que la actitud
negativa lleva a algún sitio? ¿Creen que Cataluña -que
tanto parece importarles- saldrá beneficiada? Rotundamente, no. Así,
Cataluña pierde.
Si la Constitución europea no sale adelante, sé quienes
estarán contentos. El presidente Bush y sus asesores; José
María Aznar y una buena pandilla de miembros del PP que lo que quieren
es Niza; una considerable masa de euroescépticos británicos;
Le Pen y toda la extrema derecha europea; y, también, los antiglobalización
y la extrema izquierda europea. Así como una parte de los políticos
europeos, aquellos cuyo único interés en Europa reside en
la posibilidad de erosionar a las adversarios políticos que defienden
el Sí. Por el contrario, estaremos muy tristes quienes creemos en
Europa, los que pensamos que, pese a las dificultades, vamos hacia adelante,
poco a poco, pero hacia adelante.
Es cierto que quizá nuestros radicales planteen el rechazo a la
Constitución europea porque piensan que se aprobará igualmente
sin su voto. Si es así, no merece la pena insistir mucho para desvelar
la carga de hipocresía y cinismo que hay tras sus posiciones, ya que
resulta evidente. Lss fuerzas políticas que se atreviesen a actuar
con esta frivolidad se califican a sí mismas y merecen la credibilidad
que se merecen.