Elecciones en Estados Unidos

JOSÉ M. ROCA. Texto publicado en Iniciativa Socialista número 74, invierno 2004-2005

Ni el fracaso en encontrar a Ben Laden, cuya captura decidió la intervención militar en Afganistán, ni la revelación de que los motivos aducidos para invadir Iraq -los vínculos del régimen de Sadam Husein con Al Qaeda y la posesión de armas de destrucción masiva- eran colosales patrañas, ni el imprevisto camino tomado por la campaña bélica -en tiempo, dificultades y número de víctimas- han servido para erosionar la popularidad de Bush y dar a Kerry la victoria electoral. Ni la restricción de las libertades -nos acercamos furtivamente hacia el fascismo, indica Norman Mailer (“¿Quiénes somos?”, El País, 24-X-04)- devenida con la Patriot Act y denunciada en el informe anual de Amnistía Internacional. Tampoco las antisociales medidas de política interior, aplicadas por la Casa Blanca, han conseguido reducir el voto a los republicanos.
En EEUU en los últimos cuatro años se han perdido 812.000 empleos y el número de parados ha subido a 8 millones, el 5,5%. En 2004, 45 millones de personas aún carecen de seguro médico, 5,2 millones más que en el año 2000. El superávit fiscal del 2,2% del PIB (236.000 millones de $), dejado por Clinton después de remontar el déficit de 255.000 millones dejado por Bush padre, ha dado paso al déficit del 3,6% (415.000 millones de $) generado por Bush hijo, debido a las rebajas fiscales, en especial a las grandes fortunas, y al incremento de los gastos de defensa (401.000 millones de $ en 2005, un 3,4% más que el año anterior) e Interior (33.800 millones de $, aumento del 10%), que suponen el 40% del presupuesto mundial en este capítulo.
Pero todo esto -cuatro años de fracasos, según el premio Nobel de Economía Stiglitz (“Cuatro años de fracasos de Bush”, El País, 8/10/2004)-, ha contado poco en la decisión de 59 millones de ciudadan@s de dar su voto a Bush.
Tampoco la caída de la bolsa, acaecida a comienzos del mandato, como una demostración palpable del peso adquirido por la economía de casino dentro de la economía nacional, ni los estrechos vínculos de altos cargos del Gobierno con el mundo empresarial (Cheney con Halliburton, Perle con Bechtel, Rove con Boeing, Wolfowitz con Northrop o Bush con Carlyle), como evidente prueba de la conjunción de objetivos entre el interés económico y el poder político y militar, han logrado reducir el respaldo al Partido Republicano, que ha mejorado los controvertidos resultados del año 2000. Bush ha obtenido 58,8 millones de votos, el 51%, y Kerry 55,3 millones de votos, el 48%. La diferencia no es muy grande, pero el primero cuenta con mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes.

Los valores (neo)conservadores

 Robert Kagan, uno de los teóricos de los neoconservadores, escribe (Poder y  debilidad, p. 130): El 11 de septiembre no cambió a Estados Unidos; sólo los hizo más estadounidenses. Y los republicanos han aprovechado a su favor la oleada de emoción patriótica surgida entonces, porque el argumento de la patria en peligro significa no sólo la posibilidad de sufrir otra agresión militar o terrorista, sino que los valores americanos están en peligro. En este aspecto, el equipo de C. Rove, muy hábil en estas estratagemas, ha logrado apropiarse de la idea de nación como símbolo compartido y redefinirla desde el punto de vista de los valores conservadores que defiende el Partido Republicano, mostrados como los verdaderos valores norteamericanos. Que no son los únicos, porque otra parte importante de los electores ha percibido que los valores americanos son otros, más cercanos a lo que representa Europa. Nueva York es una isla de la costa de Europa, señala una mujer, en un artículo de Joseph Berger (“Los neoyorquinos creen vivir en otro país”, The New York Times/ El País, 11/11/2004).
Así, pues, estas elecciones han revelado la existencia de dos sociedades -dos Américas- separadas política y moralmente, incluso geográficamente. Pues el predominio demócrata está en los estados costeros del Pacífico, del nordeste y de los lagos y en la ribera norteña del Misisipí, y el predominio republicano en el interior y en el sur del país, escindido, como escribe John Tierney (“La América profunda impone su ley”, The New York Times/El País, 11/11/2004), entre los que viven junto al agua y los que no. Este autor reproduce las ideas de un miembro de la Fundación Nueva América, que sostiene que la “nueva frontera” está tierra adentro, en las ciudades interiores, porque las urbes costeras como San Francisco, Boston o Nueva York se han convertido en ciudades boutique. El caso de la última es paradójico, porque los habitantes de la ciudad martirizada por Al Qaeda, que podrían haber sido más sensibles al apocalíptico mensaje de Bush sobre el terrorismo, han votado masivamente por Kerry. Ninguna de las personas que puede ser alcanzada por un atentado terrorista votó por Bush, asegura un neoyorquino en el artículo de Joseph Berger, quien indica que tres de cada cuatro neoyorquinos han votado a los demócratas, y que Bush, tanto en el Bronx como en Manhattan sólo ha recibido el 17% de los votos.
Simplificando mucho, pues la sociedad no está tan homogéneamente repartida como indican los mapas electorales, tendríamos una América escindida entre los habitantes de la costa, abiertos al mar y cosmopolitas, y otros, en el interior, representando a la América bíblica, fanática y anticientífica, cuyos arcaicos valores morales, con una actitud muy próxima a la dictadura, se consideran obligatorios para el resto de la sociedad. Que son los que han triunfado en las elecciones del pasado noviembre.

La configuración del nuevo orden mundial

Podría parecer que a Bush II le ha dado resultado electoral el discurso de la patria en peligro, porque, efectivamente, los EEUU están amenazados, y que la beligerante política de su primer mandato ha sido una respuesta a los atentados de septiembre de 2001. Sin embargo, situada la coyuntura dentro de un proceso a largo plazo esta impresión es engañosa, porque Bush II es un seguidor de la involución política e ideológica que comenzó hace 25 años con la campaña de Ronald Reagan para llegar a la Casa Blanca, se afirmó con sus dos mandatos (1981-1989) y con el de Bush I (1989-1993), se atemperó con Clinton (1993-2001), y ha vuelto a reafirmarse, de modo alarmante, con Bush II.
Si el mandato de Reagan fue una reacción política ante el vendaval progresista de los años sesenta y los titubeos de Carter, el primer mandato de Bush II ha sido una reacción contra la Administración Clinton, acusada de débil por los halcones republicanos. Pero por debajo de lo que pueden parecer inmediatos movimientos pendulares de acción y reacción, ambos mandatos están unidos por una profunda corriente de ideas y actitudes conservadoras que desborda el marco nacional norteamericano y se extiende por occidente, generando, como reacción, posturas similares en el resto del mundo, aunque de signo político contrario.
Si se analizan las acciones fundamentales de la Administración de Bush II se comprobará la afinidad con las seguidas en su día por Reagan (remito a “La revolución conservadora. El persistente legado de Ronald Reagan”, Tiempos salvajes nº 3, otoño de 2004; “El gran comunicador”, Iniciativa Socialista nº 73, otoño, 2004, y “Ronald Reagan y el imperio del mal”, El viejo topo nº 198, octubre, 2004.), pues están animadas por el mismo espíritu y elaboradas en muchos casos por las mismas personas. Examinada a largo plazo, la reacción conservadora, representada por los tres gobiernos republicanos (Reagan, Bush I, Bush II), muestra no sólo una gran similitud, sino la persistente lógica que la anima a través de las coyunturas. Así, Reagan, en su papel de fundador, o instaurador de la llamada “revolución conservadora”, acomete la tarea de acabar con el “imperio del mal”, que entonces era la Unión Soviética y los países del Pacto de Varsovia, por el procedimiento de acentuar la tensión diplomática, aumentar la intervención en terceros países y proponer el rearme de los EEUU, generando con ello una emulación en el campo contrario que acentúa los graves desequilibrios de la economía soviética.
El desmoronamiento del imperio soviético, desinflado como un globo pinchado entre 1989 y 1991, provoca una reacción exultante entre los conservadores de todo el mundo, desde EEUU hasta el Vaticano, que acentúa las tendencias expansivas de Estados Unidos. Fukuyama refleja muy bien este momento de euforia en el artículo “El fin de la historia”, publicado en la revista The National Interest, dirigida por el conservador Irving Kristol, donde afirma la definitiva supremacía del liberalismo, una vez que ha  vencido al último de sus adversarios.  
En 1991, Bush I anuncia el nuevo orden mundial. La principal acción bélica de la etapa es la operación Tormenta del desierto (Iª Guerra del golfo), destinada a obligar al hasta entonces aliado Sadam Husein a renunciar a la reciente anexión de Kuwait, país también aliado de Estados Unidos. Husein pudo conservar el poder, pues el mandato de la ONU, que amparó la intervención, no pretendía su deposición sino sólo desalojar de Kuwait a las tropas iraquíes. También es posible, como señaló el general Schwartzkopf, que ni el Gobierno ni la opinión pública de EEUU, todavía bajo los efectos de la guerra de Vietnam, hubieran aceptado más bajas en el ejército norteamericano como precio de prolongar la campaña hasta derrocar a Sadam. Aunque, a la vista de cómo luego la Casa Blanca ha reaccionado ante los mandatos de la ONU, cabe imaginar que había otro motivo para mantener el régimen -despótico pero laico- de Sadam, como podría ser el de contener una posible expansión islamista desde Irán, difícil de afrontar con un Iraq posiblemente fragmentado tras el derrocamiento de Sadam. Pero, una vez conjurado este peligro por la consolidación interna de la revolución islámica iraní y por la pérdida de virulencia debida a la muerte de Jomeini y a la aparición de tendencias moderadas dentro del propio régimen, la dictadura de Husein dejaba de ser necesaria y se convertía en una molestia en la zona. Su caída, que la Casa Blanca confiaba a una revuelta interna, que fracasó, era cuestión de tiempo.       
 El tablero queda diseñado, pero el triunfo del Partido Demócrata en noviembre de 1992 interrumpe la tendencia. Clinton acepta el nuevo orden mundial pero adjudica a los EEUU, que viven un momento mágico de su historia, un papel dirigente, no dominante (W. Clinton, “Estados Unidos debería liderar, no gobernar”, El País, 19/12/2002), pues percibe que, a causa del derrumbe del bloque soviético, el orden internacional se ha hecho más complejo y, junto a Rusia, han aparecido potencias económicas como China, la India y la Unión Europea. En la configuración de este incipiente nuevo orden, EEUU debe ejercer un papel dirigente, pero respaldado por las instituciones internacionales, pues, aunque aún no han encontrado la forma adecuada, representan mecanismos de cooperación, preferibles al conflicto. En consecuencia, el presupuesto de defensa se coloca por debajo del 3% del PIB. Los neoconservadores acusan a Clinton de haber aplazado la inversión de 426 billones de dólares en materia de defensa, en la Declaración de Principios del Acta Fundacional del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, primavera de 1997 (Alarcón y Soriano, 2004, p.  121 y ss.).
El papel de EEUU en este concierto fue definido por la secretaria de Estado, Madeleine Albright, con el término, a todas luces ambiguo, de nación indispensable.
Mirado desde hoy, el mandato de Clinton, a pesar de las renuncias a su propio programa, puede ser visto como un interregno en la larga etapa de gobiernos conservadores cuyas tendencias, difícilmente reversibles, pudo atemperar pero no detener. El mismo talante del personaje, su relación de pareja con una mujer de gran valía política y su modo de vida, más liberal y salpicado con un escándalo amoroso, marcaron una diferencia con respecto a los constreñidos gobiernos republicanos, rezumantes de religión y moralina.
Junto con las circunstancias anteriores, la puesta en circulación del polisémico concepto de globalización (Amelia Jiménez “Nuevos escenarios, nuevas respuestas”, publicado en la obra colectiva Reflexiones sociológicas, Madrid, CIS, diciembre 2004, pp.1147-1171) pudo dar la impresión de que el mundo, una vez descongelado por la desaparición de uno de los bloques hegemónicos de la guerra fría, había entrado en una fase de ebullición en la que las relaciones multilaterales iban a adquirir cada vez más importancia. Imperio (2002, Barcelona, Paidós), la obra de Negri y Hardt, es consecuencia de esta impresión en la izquierda al describir la existencia de un imperio constituido -o constituyéndose- por una red mundial de instituciones jurídicas, dirigido por una suerte de burocracia cosmopolita; es un imperio estructural, en donde faltan los sujetos, tanto los dominantes como lo dominados (multitud); un imperio sin emperador que sucede al imperialismo (La obra de Negri y Hardt ha sido criticada por Atilio Borón en Imperio & Imperialismo, Barcelona, El viejo topo,  2003).
Sin embargo, este vacío en el discurso de Negri y Hardt iba a encontrar pronto un ocupante. Con la elección del republicano G. W. Bush, en el año 2000, la figura del emperador se manifestó con toda potencia y con ella su indeclinable vocación de gobernar el mundo, y de pasar de la nación indispensable a ser la nación indiscutible, según la doctrina elaborada por una legión de teóricos neoconservadores. Uno de ellos, R. Kagan (obra ya citada), escribe: Es un hecho objetivo que los estadounidenses han ido extendiendo su poder e influencia en círculos siempre expansivos incluso antes de fundar su propia nación independiente. La hegemonía que Estados Unidos estableció dentro del hemisferio occidental en el siglo XIX ha sido una característica permanente de la política internacional desde entonces. Más adelante alude al aislamiento, un debatido asunto de la política exterior norteamericana. El mito de la tradición “aislacionista” de Estados Unidos es notablemente persistente, pero no deja de ser un mito. Por el contrario, la expansión tanto de su territorio como de su influencia ha constituido la incuestionable realidad de la historia estadounidense; y no ha sido una expansión inconsciente. La ambición de desempeñar un papel tan importante en el escenario mundial está profundamente arraigada en el carácter estadounidense. Desde la Independencia, e incluso antes, los estadounidenses, que discrepaban en tantas cosas, siempre compartieron una creencia común relativa al gran destino de su nación.
 Así, pues Bush II, al tiempo que pretende legitimarse como continuador de la misión fundacional de la República (bastante lejos, por cierto, de los ideales de Paine o de Jefferson), enlaza con el legado de Reagan y renueva la “revolución conservadora” haciéndola más drástica. Los atentados del 11 de septiembre parecen la causa eficiente de esta agresiva versión del conservadurismo, pero en realidad no son más que el motivo aducido -El 11 de septiembre a Rove y a Bush les tocó la lotería, escribe Norman Mailer (“¿Quiénes somos?”, El País 24/10/2004) - para desplegar sin complejos el ambicioso proyecto imperialista que está planeado desde hace tiempo.
 En 1992, durante el mandato de Bush I, Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa en el ministerio que dirigía Dick Cheney, vicepresidente con Bush II, supervisó un documento titulado Guía para la planificación de la defensa (C. Alarcón y R. Soriano: El nuevo orden americano. Textos básicos, Córdoba, Almuzara, 2004.), en el que se apuntaba una estrategia para la etapa posterior a la guerra fría. La publicación por la prensa, debida a una filtración, provocó el abandono del documento, que, sin embargo, anticipaba algunas líneas de actuación que luego se han confirmado, como la necesidad de afirmar el liderazgo de EEUU en el mundo ante la emergencia de potencias rivales, la soberanía de EEUU para actuar unilateralmente y la descripción de un escenario de conflictos posibles en el que ya aparecían señalados Iraq y Corea.
En la primavera de 1997 se funda el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, presidido por William Kristol, que cuenta con Robert Kagan y Gary Schmitt entre otros. Su objetivo es llamar la atención sobre la debilidad de las fuerzas armadas y la inadecuada estrategia de defensa ante el desafío de EEUU de asumir el liderazgo mundial. 
 En el año 2000, un grupo de teóricos neoconservadores redacta un texto titulado La reconstrucción de las defensas de América (Estrategia, fuerzas y recursos para un nuevo siglo), en el que se acusa a la Administración Clinton de haber provocado la decadencia de las fuerzas armadas norteamericanas debido a la falta de inversiones en materia de defensa. Tarea absolutamente prioritaria para que EEUU pueda ejercer su hegemonía sobre el mundo, como única manera de conseguir seguridad para los norteamericanos y paz para el mundo. Esta “pax americana” se fundamenta en una estrategia defensiva que aborde cuatro tareas esenciales: defensa del territorio, posibilidad de alcanzar la victoria actuando simultáneamente en varios escenarios bélicos, actuación policial para mantener la paz y transformación de las fuerzas armadas.
 Cuando, en 2001, como respuesta a los atentados del 11 de septiembre contra el Pentágono y las Torres Gemelas, el Gobierno emite una serie de medidas legales de orden interno (Proclamación 7463, de 14 de septiembre, por la que se Declara el Estado de Emergencia Nacional; La Ley de Autorización del uso de la fuerza militar, de 18 de septiembre; La Ley Patriótica, de 26 de octubre de 2001; La Orden militar relativa a la detención, tratamiento y enjuiciamiento de extranjeros en la guerra contra el terrorismo, de 13 de noviembre de 2001) se pone en evidencia la estrecha relación entre la proyección exterior de EEUU y la seguridad interior. Estas disposiciones que otorgan al Presidente los amplios poderes previstos en tiempo de guerra y limitan severamente los derechos de los ciudadanos, especialmente cuando son extranjeros, se completan, un año después, con la Ley de Seguridad Nacional de EEUU de 26 de noviembre de 2002.
Pero el texto más importante desde el punto de vista de la elaboración doctrinal del imperialismo republicano es La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, de septiembre de 2002, en la que se percibe la influencia de los autores, quizá los redactores sean los mismos, de los textos de los años noventa. En el documento se reafirma la misión de EEUU en el mundo de impulsar la libertad política, concretada en el sistema democrático, y la libertad económica, definida por un mercado sin límites. Esta elevada misión coloca a los EEUU en una posición preeminente sobre las demás naciones en particular, incluso sobre las instituciones internacionales, y le confiere el poder  de actuar unilateralmente. La paz mundial es, por tanto, una pax americana, que permite a los EEUU no compartir el liderazgo y señalar, según estos principios y, sobre todo, sus propios intereses, a quienes se apartan de ella, que pueden ser naciones, los estados delincuentes, como los que integran el denominado “eje del mal”, o bien individuos u organizaciones terroristas y quienes colaboren de alguna manera con ellos. Por el papel garante que los EEUU deben ejercer en esta nueva configuración mundial es indispensable que disponga de una capacidad militar que no pueda ser igualada por ninguna otra potencia.
La actuación de la Administración norteamericana durante el primer mandato de G. W. Bush ha respondido a lo enunciado con bastante antelación por esta doctrina. Y esto es lo que, consciente o inconscientemente, han ratificado con sus votos casi 59 millones de norteamericanos.