CATALUNYA: EL NUEVO PROYECTO
Raimon Obiols
Estamos en unos momentos muy importantes de la vida política catalana. Vivimos un período que puede ser decisivo de cara a los próximos años. Se abren nuevas expectativas, nuevas visiones de futuro, nuevas esperanzas.
Ya han pasado 17 años desde que Cataluña recuperó plenamente sus instituciones de autogobierno, con las primeras elecciones a su Parlamento. En este tiempo, han arraigado con fuerza en nuestro pueblo, que tanto había luchado para conseguirlas.
A lo largo de todo este recorrido se han conseguido hitos positivos, pero también se han desgastado energías e ilusiones, y, sobre todo, perspectivas.
Ahora estamos en una etapa diferente. Hemos pasado página y estamos en una nueva situación. La izquierda en Cataluña está en una encrucijada, y escoger bien el camino a seguir es muy importante. Por eso creo que este ciclo de conferencias organizado por la Fundació Encaix tiene el mérito de ser una excelente oportunidad.
Ante todo, quiero decir lo siguiente: nuestro partido, el PSC, ante esta nueva situación ha de dejar claro que no se resigna a un statu quo que le destine a ser la primera fuerza en las elecciones generales y municipales, y la segunda en las elecciones catalanas. El socialismo catalán tiene hoy la oportunidad real -y, por tanto, la responsabilidad prioritaria - de impulsar la alternativa política en Cataluña, para hacer posible la alternancia en el gobierno catalán en el año 1999.
Podemos ganar este reto si nos abrimos con decisión hacia un Nuevo Proyecto, que hoy comienza a germinar. Lo podemos ganar porque lo que ha caracterizado a nuestro partido, desde sus inicios, es precisamente que el PSC es un partido en desarrollo. Lo ha sido y ha de seguir siéndolo.
Por su propia génesis, por el hecho de surgir de un proceso constituyente que congregó a diversos colectivos, por su vocación misma, nuestro partido ha estado siempre en proceso, siempre abierto a la incorporación de nuevas personas, de nuevos grupos y sectores.
Siempre hemos percibido -y lo hemos dicho- que nos sentíamos como la componente central de un proceso más amplio, más plural, hacia la configuración de una mayoría de progreso en Cataluña, una gran fuerza nacional catalana, segura y responsable, capaz de gobernar Cataluña en un sentido progresista.
En el pasado hemos lanzado iniciativas en este sentido. De una u otra manera, todas ellas han tenido resultados que hemos juzgado positivos, en esta perspectiva general. En algunos casos, suscitando procesos políticos amplios y decisiones (el propio proceso constituyente del PSC, o la Entesa dels Catalans, por ejemplo). En otros casos, sin conseguir generar un movimiento amplio, pero reactivando e incorporando a nuestro partido -como una consecuencia natural, no instrumentalizada- a afiliados, cuadros y dirigentes de distintas tradiciones de la izquierda catalana.
No se trata ahora de evaluar aquellas iniciativas. Se trata de evocarlas como prueba de la inquietud permanente de esta fuerza política, el PSC, que, como decía, ha tenido la característica de verse siempre como un instrumento en proceso, en desarrollo. Un instrumento abierto, receptivo, permeable, siempre capaz de generosidad, de generosidad inteligente.
Así ha sido y así ha de ser, aún más, ahora y en el futuro. Por una razón básica.
Porque nuestro partido está acercándose, de hecho, a su gran prueba. A su reto fundacional: la construcción de un consenso mayoritario, para una nueva fase de nuestro autogobierno. El reto de poner en marcha una mayoría para gobernar Cataluña.
Hemos entrado en una nueva etapa política que actualiza este reto, este objetivo. Que le hace posible. Lo digo con rotundidad: este objetivo se ha hecho posible. Créanme: lo digo con cierto conocimiento, con cierta experiencia, con cierta legitimidad.
He sido candidato a la Presidencia de la Generalitat en unos momentos difíciles, especialmente difíciles, los años de plomo, que no trato de evocar ahora sino para constatar que la situación ha cambiado extraordinariamente.
Créanme: ahora, la alternancia se ha hecho posible en Cataluña.
En política, cuando un gran objetivo positivo se hace posible, se convierte en obligatorio y prioritario.
Me parece evidente que hoy, en Cataluña, mucha gente lo ve así y así lo reclama. En nuestro entorno y entre nosotros crece la demanda de un Nuevo Proyecto. En todo el espacio plural que, en Cataluña, va desde el centro hasta la izquierda, y desde la izquierda hasta el centro. Gente que nos vota y gente que no nos vota. Gente que nos ha votado cuando la disyuntiva era, en España, o partido socialista o partido popular. Cuando la disyuntiva era González o Aznar.
Gente que expresa malestar y esperanza. Que mantiene con la política actual una relación contradictoria y que aspira a "otra política". Gente que, en buena parte, nos ha votado el pasado 3 de marzo, ante la disyuntiva González-Aznar, y que conforma, por tanto, una potencial mayoría de progreso para gobernar Cataluña.
La primera idea que los socialistas hemos de tener clara en nuestro próximo Congreso, es que si este Congreso no lanza una iniciativa fuerte de cara a esta mayoría potencial, con un Nuevo Proyecto movilizador, con los ojos puestos en el hito de las elecciones autonómicas de 1999, generaríamos una gran frustración.
Ahora bien. ¿Qué características debe tomar esta iniciativa, este Nuevo Proyecto?
Ya se han hecho oír algunas voces, reclamando algo similar a la coalición L'Ulivo en Italia. En diversos lugares se habla, en efecto, de una eventual Olivera. No deja de ser un síntoma extremadamente significativo que se haya producido esta resonancia.
Se han evocado paralelismos entre la situación política catalana y la italiana. Algunos pueden ser establecidos, aunque hay que salvar las distancias, que son muchas. La victoria de la coalición de L'Ulivo ha inaugurado una alternancia democrática en Italia, después de 52 años. En Cataluña esta alternancia está por estrenar desde hace 16 años. Aún la hemos de inaugurar. Podemos hacerlo, estoy seguro de ello, en el año 1999.
Hay, ciertamente, algunas concomitancias. En Italia había una situación definida por Norberto Bobbio como de bipartidismo imperfecto: dos grandes partidos, pero uno siempre en el gobierno y otro siempre en la oposición.
Sin embargo, una diferencia esencial reside en el hecho de que el gran partido de la izquierda en Italia, el PDS, refundación del viejo PCI, por razones históricas bastante conocidas no podía aspirar a encabezar -como partido y con un líder propio- la coalición que ha impulsado. Y que, por tanto, ha tenido que efectuar un gran ejercicio de sacrificio inteligente: impulsar un proyecto y dar su apoyo a un liderazgo -el de Romano Prodi- que no procedía de sus rangos ni de su tradición. Ha tenido que generar una cierta subrogación de protagonismo, de liderazgo.
Ahí reside una diferencia básica. Porque nosotros, en Cataluña, no tenemos ningún motivo, ni por razones históricas ni por razones políticas o de eficacia electoral, para ceder el liderazgo de ninguna coalición o nueva iniciativa de cara a 1999. Muy al contrario: el liderazgo socialista es una condición necesaria para hacer posible la alternancia. Y, en un partido con un amplio equipo dirigente, existen los liderazgos socialistas necesarios para hacer posible un amplio movimiento hacia la alternancia.
En relación a este Nuevo Proyecto, ya han empezado a plantearse versiones deformadas (interesadas o no, eso ahora no importa). Se ha dicho que se trata de conformar una especie de partido transversal o de configurar una especie de espacio socio-vergente. Es preciso desmentir estas caricaturas de lo que han dicho (hemos dicho) algunos representantes socialistas.
L'Ulivo, en Italia, ha sido la antítesis del partido transversal. En su momento, allí el partido transversal fue el que se denominó CAF (el eje Craxi-Andreotti-Forlani), es decir, la colusión entre líderes que se ponían de acuerdo, por encima de las fronteras de sus partidos. Esa fue, además de la corrupción, una de las causas de la tremenda crisis del viejo sistema de partidos. Porque implicaba la confusión, el elitismo autoritario y decisionista. L'Ulivo ha sido lo contrario: con sus imperfecciones y contradicciones, ha sido un intento, electoralmente exitoso, de clarificación política, de innovación programática y de movilización de base. Más de 13.000 comités, a lo largo y ancho de Italia. Ha sido un intento de implementar un programa alternativo y alianzas transparentes, contra el consociativismo basado en la colusión y las combinaciones confusas y ocultas del partido transversal.
Hablar de un hipotético partido sociovergente sería como hablar de un Barçanyol: culés y periquitos huirían endemoniados.
No, el planteamiento que ha comenzado a dibujarse (e insisto en que "ha comenzado", para poner énfasis en ello y decir que estamos, dentro de esta perspectiva, en el comienzo del comienzo) es otra cosa, una cosa nueva. Es necesario agradecer la iniciativa de quienes han comenzado a hablar de esto, especialmente Pascual Maragall.
Desde mi punto de vista, los rasgos germinales, embrionarios, de este Nuevo Proyecto, son los siguientes.
Primero, la afirmación de nuestro partido, el orgullo de nuestra tradición, de nuestra trayectoria. La afirmación del PSC como un partido no estático, ni burocrático ni petrificado, sino fiel a su código genético fundacional: aquello que garantizó la unidad (históricamente pendiente) del socialismo catalán, un partido en constitución dinámica, abierta. Un partido en proceso, en constante desarrollo.
Segundo: a partir de un sólido anclaje en nosotros mismos, la apertura decidida y generosa al diálogo y a la confluencia (confluencia de proyectos, de objetivos, de iniciativas, de acción) con todas las personas y todos los sectores que quieran implicarse en la gran aventura de hacer posible la alternancia de progreso en Cataluña.
Vayamos más allá: si bien no hemos de prefigurar en este momento las formas y el carácter pormenorizado de una iniciativa que ha de ser, precisamente, el resultado de un movimiento y de un diálogo amplios, creo que ya se pueden avanzar algunas líneas, a modo de hipótesis, aunque sólo sea para estimular el debate.
Tercero: un Nuevo Proyecto de esta naturaleza debe tener el carácter de proyecto nacional, pero ha de tener también una forma y unos desarrollos insertos en el territorio y en todos los sectores sociales, sindicales, profesionales y culturales dispuestos a participar en él.
Cuarto: este Nuevo Proyecto tendría que adoptar, en el momento adecuado, un carácter constituyente. Atención: no se trata de una refundación del PSC. El PSC, en desarrollo y reforma constantes, aún ha de durar muchos y muchos años. Hablamos de aperturas, de alianzas, no de refundación.
Cinco: una primera prueba de fuego de un Nuevo Proyecto de esta naturaleza podrían ser las elecciones municipales, previas a las del Parlamento. Para avanzar en la consecución de mayorías socialistas y progresistas, con aperturas y alianzas, que pueden tener una diversidad de plasmaciones en función de las específicas situaciones locales, pero avanzando ya, de una manera observable, en una dinámica de conjunto.
Seis: la prioridad, la prioridad básica y fundamental es el Proyecto. El Proyecto entendido no solamente como un programa, aunque sí incorporando un programa de gobierno. Entendido como un proyecto de futuro y como una estrategia de país: la evolución de nuestra economía, nuestra sociedad, nuestra cultura; la prosperidad y equidad de nuestro modelo social; la unidad de nuestro pueblo; la calidad de nuestro entorno y de nuestra vida; nuestra realización nacional, nuestra proyección española y europea.
La configuración de este proyecto ha de ser fruto de una iniciativa amplia y plural de diálogo, que transcienda antiguas líneas divisorias y establezca nuevas sinergías. Actividades participativas abiertas, clubs de opinión, foros y plataformas diversas, han de ser sus instrumentos desde ahora mismo. Crear el estímulo para el Nuevo Proyecto requiere esta activación inmediata.
Siete: este Nuevo Proyecto no es el "pacto de izquierdas" tradicional, el pacto de los partidos de izquierda. O no es solamente este pacto. Pero la ausencia de solidaridad entre nosotros podría hacer fracasar nuestros objetivos comunes. Por eso considero enormemente positivo -porque es un requisito necesario- que se haya producido una mejora evidente de las relaciones entre los grupos de izquierda, fruto en buena medida, en lo que se refiere al PSC, a la acción abierta e inteligente de Quim Nadal, en La última campaña y después de ella. Es preciso consolidar y desarrollar estas buenas relaciones y este diálogo.
Y ocho: los socialistas tenemos la legítima y razonable aspiración de que uno de los nuestros encabece este movimiento hacia el año 1999. En el parlamento y en el mundo de la política catalana este liderazgo socialista se llama Quim Nadal, y sería absurdo que una especulación sobre nombres sustituyese el enorme atractivo que siempre tiene una aventura de participación colectiva.
Creo sinceramente que, a lo largo de sus años de historia, el PSC se ha mostrado como un partido generoso. En política, dar prueba de generosidad es, al fin y al cabo, dar prueba de inteligencia. Hemos sido generosos a la hora de subsumir nuestros intereses en el interés común de Cataluña. Hemos sido generosos en nuestra contribución al proyecto reformador del socialismo en España. Ahora lo seremos impulsando un Nuevo Proyecto que hará posible la alternancia en la Generalitat.
Déjenme decir, para acabar, que este Nuevo Proyecto no enterrará las viejas banderas y los viejos principios. Los ideales son los mismos. Sólo así podemos abrirnos y, sobre todo, participar con los más jóvenes en una aventura común, en un proyecto que no signifique acomodarse a la injusticia, a una lógica que genera pobreza social, miseria ética, debilidad democrática.
Este Nuevo Proyecto no puede ser, por tanto, un proyecto "pragmático". Cada vez estoy más convencido que el pragmatismo en exclusiva significa, para la izquierda, corrupción, en el sentido más biológico del términos. Un partido socialista no puede estar al servicio de una lógica de poder. Ha de estar al servicio de un proyecto que requiere ciertamente, para su realización, poder democrático. Y la cuestión principal es cómo se consigue y cómo se ejerce este poder. Por eso, el cómo se gesta y se desarrolla el Nuevo Proyecto -participación, creatividad, innovación, transparencia, diálogo, imaginación, generosidad, temple- tiene una importancia equivalente a sus contenidos políticos, culturales y programáticos.
Alguna cosa se está moviendo en profundidad en Cataluña. Las ideas vuelven a venir desde la izquierda y desde los sectores de progreso. Hoy en Cataluña todos los síntomas apuntan a que vuelven a confluir y a encontrarse las corrientes de fondo de este amplio espacio mayoritario que va del centro-izquierda a la izquierda. Un Nuevo Proyecto, hecho entre todos, ha de ser el catalizador de este proceso que comienza.
POR UNA OLIVERA CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN
Josep-Lluís Carod-Rovira
La polvareda levantada en nuestra casa, tras la experiencia italiana de L'Ulivo, ha tenido, al menos, dos consecuencias positivas: por un lado, haber iniciado un debate en el seno de la sociedad catalana, en torno a un tema netamente político (al margen, pues, de corrupciones, escándalos y crisis orgánicas), en el que han participado políticos y comentaristas de opinión -y en el que, por suerte, también han dicho la suya los ciudadanos y ciudadanas, las entidades, las revistas, las tertulias abiertas-, y, por otro lado, que el debate en cuestión se haya realizado, en general, en clave nacional, es decir, a partir de la realidad catalana, de sus características y de sus necesidades. Ni el debate teórico ni los resultados prácticos que hipotéticamente se pudiesen desprender de él, se producen en Cataluña tomando solamente en consideración, de forma exclusiva o primordial, los factores derecha-izquierda, ya que, en este caso, quedarían incompletos y descolocados; parten también del hecho nacional como un elemento de una importancia determinante, sin el cual nada sería políticamente comprensible.
A pesar de la especifidad nacional del debate, inimaginable, por ejemplo, en Euskadi, éste no está al margen, como es lógico, de la sacudida general que, de un tiempo a esta parte, recorre abiertamente el territorio de la izquierda europea, tras el terremoto del socialismo real en el Este y las desviaciones del socialismo democrático en el Oeste. El derrumbe del Muro de Berlín, además, tiene un valor emblemático múltiple, ya que con él se derrumbaban dos de los mitos sobre los que había reposado Europa desde el final de la segunda Guerra Mundial: el carácter irreversible de los regímenes comunistas instalados en el área oriental y la inalterabilidad de las fronteras establecidas en los acuerdos de Yalta, en 1945.
Los errores y atrocidades cometidos en nombre del "socialismo", o con éste como pretexto, le han deteriorado, quizá, como nombre de marca y le han incapacitado ya, seguramente, como una expresión adecuada para resumir, en una sola palabra, el horizonte de cambio hacia el que puedan movilizarse, con ilusión, amplios sectores de la población. Si con esta perversión cotidiana del concepto "socialismo" no fuera bastante, los partidos socialistas o socialdemócratas occidentales, sobre todo los mediterráneos, una vez llegados al poder han protagonizado casos tan escandalosamente graves de corrupción o desgobierno que han abierto vías de agua, probablemente irreparables, en el universo socialista, como barco insignia de un mundo nuevo.
El naufragio del modelo vivido de comunismo, a su vez, no se explica sin el nefasto papel del partido único, particularmente a partir de su pretensión de ser expresión de la voluntad soberana del pueblo. En realidad, lo que consigue es sustituir, suplantar, esta voluntad y al mismo pueblo, alejándose así de la gente que pretendía defender y representar, y distanciándose de sus intereses, de sus sentimientos, de sus esperanzas... A la vista de la experiencia de estas últimas décadas, el mundo comunista se percibe como una propuesta anticuada y, mientras su imagen pasada sobrevive asociada a un gran fracaso histórico, la futura se aproxima a la amenaza de la abolición de la propiedad privada y a la limitación de ciertas libertades, pero no se vincula a la institucionalización democrática de los derechos sociales y servicios públicos y a la defensa de las libertades de personas y pueblos.
La sensación de desorientación política y de inseguridad del fundamentos ideológicos de la izquierda europea ha aumentado, más todavía, al constatar, en una nueva perplejidad, que la revolución tecnológica creaba más riqueza, pero reducía, en cambio, el número de puestos de trabajo. El desconcierto actual, real, innegable, ha sido, sin embargo, hábilmente utilizado por la derecha, que ha convertido la ley y la razón del mercado en la nueva religión contemporánea, y el concepto de productividad en su profeta, insistiendo, al mismo tiempo, en el desdibujamiento progresivo de la noción de frontera entre derechas e izquierdas, hasta llegar a su práctica extinción, apoderándose incluso de ideas y palabras que formaban parte del patrimonio cultural de las izquierdas.
Pero si ayer fue un error estéril el extremismo ultrarevolucionario, no lo es menos, ahora, el individualismo ultraliberal que se ha adueñado de tantas mentalidades. Las izquierdas no pueden instalarse en la nostalgia permanente de unas fechas que fueron o podrían haber sido, ni caer en la protesta constante como procedimiento regular de funcionamiento. Ni, menos aún, pueden seguir hablando un lenguaje casi preindustrial, frecuentemente de perfil proletario, inservible en la época de Internet. Las izquierdas han de designar, con nuevas palabras, las nuevas realidades y esperanzas contemporáneas.
Todos estos factores, generalizables, con matices, al conjunto de la izquierda europea, pueden explicar ciertas cosas de la situación actual de las izquierdas en nuestro país y de sus perspectivas de futuro. No obstante, son insuficientes para comprender, adecuadamente, la totalidad del escenario político, ya que les faltan algunas apreciaciones más cercanas. Así, las divergencias existentes en el campo de las izquierdas catalanas han sido bien reales y han impedido, hasta ahora, que pudiesen gobernar Cataluña, mancomunadamente, desde la Generalitat. Y las izquierdas, que constituyeron, desde una mayoría incuestionable, el bloque democrático de la catalanidad contra la dictadura, se ven ahora como la oposición al propio gobierno nacional.
Una hipotética Olivera catalana tendrá que ser olivera y catalana. Es decir, habrá de federar sin afanes hegemónicos ni patrimoniales de ninguna sigla, a personas y colectivos diversos, repartidos por todo el territorio, sumando voluntades y memorias, para que crezcan muchas ramas a la sombra acogedora de un árbol que adquiera un programa político nuevo, catalanista y progresista, capaz de despertar una nueva ilusión colectiva en el seno de la sociedad catalana, gobernada durante demasiado tiempo por unas fuerzas de centro derecha que, desde hace ya tiempo, hacen de freno a cualquier avance real. Esta multiplicidad de ramas en un solo árbol no sólo se inspira en la idea de federación tan arraigada en el imaginario catalán de izquierdas, sino que también responde a una realidad obvia: la propia diversidad constitutiva de la izquierda catalana, o, mejor dicho, de las izquierdas catalanas.
Señalado esto, es necesario tener presente que la llamada "cuestión social" ha sido y es motivo de diferencia entre las distintas tradiciones de izquierdas, y también, por tanto, lo es aquí. Pero entre nosotros no lo ha sido menos el posicionamiento distinto de las diversas siglas de izquierda ante la "cuestión nacional". Olvidando la solidez de la tradición histórica propia, las fuerzas mayoritarias de la izquierda catalana han terminado por regalar a otros el hecho nacional mismo, entendido con toda su complejidad, sea por incomodidad, por acomplejamiento o por simple impericia. De esta manera, por pura omisión, no solamente han acabado ayudando a derechizar el hecho nacional en sus diversas expresiones, sino que han carecido de iniciativa para promover un concepto no vulgar ni esencialista de la nacionalidad, es decir, un verdadero catalanismo cívico, popular, democrático e integrador, sin complejos, de su propia catalanidad. La ambigüedad y la insuficiencia del compromiso nacional de la izquierda catalana actual constituye uno de los principales déficits políticos y probablemente, al mismo tiempo, el obstáculo fundamental para su acceso a la Generalitat. Porque si no es imaginable una mayoría confortable de gobierno sin contar con el centro político, tampoco lo es sin un perfil claramente, inequívocamente, emblemáticamente catalanista. Porque Cataluña sólo es gobernable desde el catalanismo.
El horizonte del postpujolismo, la Generalitat futura, será una Generalitat desde el centro hasta la izquierda, pero será también una Generalitat catalanista o no será, porque los sectores populares y las clases medias son así, la mayoría de la sociedad catalana es así, con naturalidad y sin estridencias, la realidad política es así, por la sencilla razón de que en ningún lugar del mundo nadie gobierna democráticamente si es percibido por la gente como extraño a la propia condición nacional o poco identificado con ésta. En consecuencia, la nacionalización de la izquierda es, aquí, en nuestra casa, un objetivo político de primer orden. Por eso, las izquierdas habrán de serlo con una denominación de origen indudable, con soberanía de decisión, y no alcanzarán la credibilidad nacional suficiente para llegar al gobierno de la Generalitat mientras sean vistas como organizaciones subsidarias, sin capacidad de maniobra real para una acción autónoma.
Los partidos catalanes de izquierda, además de los condicionantes generales europeos, han de afrontar un doble objetivo de fortalecimiento y renovación, a partir, precisamente, de su dualidad constitutiva: como fuerzas progresistas, pero también como partidos nacionales. En el primer caso, será imprescindible una verdadera regeneración democrática, una auténtica limpieza ética, que se enfrente abiertamente con la corrupción política y la ostentación económica y que, al mismo tiempo, recupere el espíritu crítico permanente y la actividad de cambio y transformación social que no debería nuca haber dejado de caracterizar a las izquierdas. En el segundo caso, habrá de poner fin al secuestro de la nación, en régimen de monopolio, realizado por las fuerzas conservadoras, ante el silencio y el desconcierto del mundo progresista. Y para conseguirlo tendrá que alzar también, como cosa propia, sin complejos ni vergüenzas, la bandera del hecho nacional, el estandarte del catalanismo.
Para reencontrarse plenamente con el universo rico y diverso de la catalanidad no necesitará la izquierda catalana buscar nada fuera de sí misma. Le bastará con volver su mirada hacia su interior, para redescubrir la propia historia, desde cada una de las sensibilidades y tradiciones de las izquierdas, reconciliándose con su pasado y recuperando el tiempo perdido, comprendiendo finalmente hasta qué punto ha ido alejándose de su propia historia. Eso quiere decir leer a Joan Montseny y Salvador Seguí y Francesc Layret y Lluis Companys y Rovira i Virgili y Serra i Moret y Rafael Campalans, y Gabriel Alomar, y Joan Comorera y Jordi Arquer y Andreu Nin... Quizá entonces entenderá el porqué del acuerdo gubernamental y electoral de ERC y los socialistas en la época republicana, y el sentido del Front d'Esquerres de Catalunya (desde Acció Catalana hasta el POUM) de febrero de 1936, y la necesidad de la Asamblea de Catalunya de 1971, y los motivos de la Entesa dels Catalans unos años después...
Solamente una izquierda realmente nacional podrá volver a gobernar Cataluña, con la ayuda de un centro progresista que no nos toca a nosotros articular. Esta izquierda nacional deberá ser lo bastante valiente para liberarse de los tics, los vicios y los miedos de las generaciones hijas del franquismo, que son las que hoy gobiernan Cataluña y la mantienen inmovilizada en un estancamiento colectivo. Será necesario, por tanto, ir más allá de donde han sido capaces de llevarnos, en lo nacional y en lo social, los gestores de la transición política en nuestro país. Por eso es imprescindible quitarnos de encima, con imaginación y decisión, esta pesada losa, estos grilletes políticos que impiden cualquier cambio. No crecerá ninguna Olivera en Cataluña si ha de ser regada en una céntrica calle madrileña. Ignorar esta evidencia es renunciar a plantear otro modelo de país y de sociedad que pueda tener algún día el soporte de una mayoría. Y eso no es incompatible, todo lo contrario, con el internacionalismo histórico de las izquierdas. es, simplemente, tener presente aquella máxima de la izquierda catalana de los años 20: "Al internacionalismo se va desde algún punto de partida. Nosotros, pues, partimos de Cataluña..."