AGONIAS DEL CAPITALISMO
IMMANUEL WALLERSTEIN
Iniciativa Socialista, nº31, Octubre
1994. El artículo "The Agonies of Liberalism: What hope progress?"
fue publicado originalmente por New Left Review, nº 204. Traducido
al castellano por Iniciativa Socialista y publicado con autorización
de NLR y del autor. La traducción ha sido revisada y corregida
por el propio profesor Wallerstein.
Nos encontramos en un triple aniversario: el XXV aniversario de la fundación
en 1968 de la Kyoto Seika University; el XXV aniversario de la revolución
mundial de 1968; el LII aniversario de la fecha exacta (al menos según
el calendario de EE.UU.) del bombardeo de Pearl Harbor por la escuadra
japonesa. Comenzaré por decir lo que, en mi opinión, representa
cada uno de estos aniversarios(1).
La fundación de esta Universidad es un símbolo de uno
de los desarrollos más importantes en la historia de nuestro sistema-mundo:
la extraordinaria expansión cuantitativa de las estructuras universitarias
durante los años 50 y 60(2). En cierto sentido, este período
fue la culminación de la promesa ilustrada de progreso a través
de la educación. En sí misma, era algo maravilloso, que hoy
celebramos aquí. Pero, como tantas otras cosas maravillosas, tiene
sus complicaciones y sus costes. Una de estas complicaciones consistió
en que la expansión de la educación superior produjo un gran
número de titulados que aspiraban a empleos e ingresos equivalentes
a su status, pero surgieron algunas dificultades para que esa demanda
pudiese ser satisfecha, al menos tan rápida y completamente como
estaba formulada. En cuanto al coste, se trataba del gasto social necesario
para sostener esta expansión de la educación superior, que
era, además, solamente una parte del gasto total preciso para proporcionar
bienestar a los estratos medios, en significativo crecimiento, del sistema-mundo.
Este incrementado coste del bienestar social comenzaría a constituir
una pesada carga sobre las Haciendas estatales, y en 1993 estamos discutiendo
a lo largo y ancho del mundo la crisis fiscal de los estados.
Esto nos lleva al segundo aniversario, el de la revolución mundial
de 1968, que en muchos países, aunque no en todos, comenzó
en las universidades. Sin duda, una de las chispas que prendieron el fuego
fue la súbita inquietud de estos futuros licenciados respecto a
su perspectiva de empleo, aunque, evidentemente, este factor tan egoísta
no fue el principal foco de la explosión revolucionaria. Debe verse,
más bien, como un síntoma más del problema general,
relacionado con el contenido real del conjunto de promesas propias del
escenario ilustrado del progreso, promesas que, superficialmente, parecían
haber sido realizadas en el período posterior a 1945.
Y así llegamos al tercer aniversario: el del ataque a Pearl
Harbor, ataque que condujo a EE.UU. a declarar su participación
formal en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en la práctica
esa guerra no fue fundamentalmente una guerra entre Japón y Estados
Unidos. Si me permiten decirlo, Japón era un actor de segunda fila
en este drama mundial, y su ataque era un episodio menor dentro de una
lucha de larga duración. Principalmente, la guerra enfrentaba a
EE.UU. y Alemania, y, de hecho, podría hablarse de una guerra continuada
desde 1914, una guerra de "los 30 años" entre los dos principales
competidores por el puesto de sucesor de Gran Bretaña como poder
hegemónico del sistema-mundo. Como sabemos, EE.UU. ganó esa
guerra y conquistó la hegemonía, presidiendo, por consiguiente,
el aparente triunfo universal de las promesas de la Ilustración.
En lo que sigue, organizaré mis comentarios en torno al conjunto
de temas que hemos señalado por medio de estos aniversarios. Hablaré
primero de la era de la esperanza y de la lucha por los ideales de la Ilustración,
1789-1945. Después, intentaré analizar la era 1945-89, en
la que las esperanzas de la Ilustración se realizaron, aunque falsamente.
En tercer lugar, llegaré a nuestra presente era, el "Período
Negro" que comienza en 1989 y que durará, posiblemente, alrededor
de medio siglo. Finalmente, hablaré de las opciones de que disponemos,
ahora y en los próximos tiempos.
Las funciones del liberalismo
La primera gran expresión política de la Ilustración,
con todas sus ambigüedades, fue evidentemente la Revolución
Francesa, ella misma una de las grandes ambigüedades de nuestra época.
La celebración en Francia de su bicentenario, en 1989, fue la ocasión
para un intenso intento de dar una nueva interpretación de este
gran acontecimiento, sustituyendo a la "interpretación social" hasta
entonces dominante y ahora declarada caduca(3).
La Revolución Francesa fue el punto final de un largo proceso,
no solamente en Francia sino también en la totalidad de la economía-mundo
capitalista en tanto que sistema histórico; en 1789, una buena parte
del globo había sido incorporada dentro de ese sistema histórico
desde hacía tres siglos. Y durante estos tres siglos, muchas de
sus instituciones clave habían sido establecidas y consolidadas:
la división axial del trabajo, con una significativa transferencia
de plusvalía desde las zonas periféricas a las zonas centrales;
la primacía de aquellos que actuaban en defensa de los intereses
de la incesante acumulación de capital; el sistema interestatal,
compuesto por estados que se declaraban soberanos, aunque estaban constreñidos
por el armazón y las "reglas" del sistema interestatal; y una polarización
siempre en aumento, polarización que no era solamente económica
sino también social y que se encontraba al borde de convertirse
también en polarización demográfica.
Pero este sistema-mundo no disponía aún de una geocultura
legitimadora, cuyas doctrinas básicas no fueron forjadas hasta el
siglo XVIII (y a veces más tarde) por los teóricos de la
Ilustración, sin que se institucionalizasen socialmente hasta la
Revolución Francesa. Esta desencadenó el apoyo público
-que en ocasiones llegó a ser un verdadero clamor- en favor de la
aceptación de dos nuevas ideas universales: que el cambio político
era algo normal, no excepcional; y que la soberanía residía
en el "pueblo", no en un soberano. En 1815, Napoleón, heredero y
protagonista universal de la Revolución Francesa, fue derrotado,
produciéndose una presunta "Restauración" en Francia y dondequiera
que los anciens régimes habían sido desplazados. Pero
la Restauración no pudo anular realmente la amplia aceptación
de estas ideas universales. Las tres grandes ideologías del siglo
XIX -conservadurismo, liberalismo, socialismo- surgieron en estrecha relación
con esta nueva situación, y suministraron el lenguaje para todos
los sucesivos debates políticos dentro de la economía-mundo
capitalista(4).
De estas tres ideologías, el liberalismo fue la que emergió
triunfante, y podría pensarse que ya lo hizo con ocasión
de la primera revolución mundial dentro de este sistema, la revolución
de 1848(5). El liberalismo era la ideología más capacitada
para dar a la economía-mundo capitalista una geocultura viable,
capaz de legitimar a las otras instituciones tanto ante los ojos de los
cuadros del sistema como, en un grado significativo, ante los ojos de la
masa de las poblaciones, la llamada gente corriente.
Una vez que la gente pensó que el cambio político era
normal y que, en principio, ellos mismos eran el soberano que decide el
cambio político, cualquier cosa era posible. Y éste era precisamente
el problema planteado a los poderosos y privilegiados en el sistema de
la economía-mundo capitalista, cuyos temores inmediatos se centraban,
hasta cierto punto, en el pequeño pero creciente grupo de los trabajadores
industriales urbanos. Además, tal y como la Revolución Francesa
había demostrado ampliamente, los trabajadores rurales no industriales
también podrían ser bastante molestos o incluso temibles
para los poderosos y los privilegiados. En consecuencia, el dilema político
más acuciante que se planteaban las clases gobernantes durante la
primera mitad del siglo XIX era el siguiente: ¿cómo podría
evitarse que esas clases peligrosas se tomasen esas normas demasiado
en serio e interfiriesen con el proceso de acumulación de capital,
socavando las estructuras básicas del sistema?
Una respuesta obvia fue la represión, verdaderamente muy utilizada.
Sin embargo, la revolución mundial de 1948 había enseñado
que, en definitiva, la simple represión no era muy eficaz, pues
provocaba a las clases peligrosas, agitando sus ánimos en
vez de calmarlos. Así que las clases gobernantes se dan cuenta de
que la represión, para ser efectiva, tiene que combinarse con concesiones.
Por otra parte, los supuestos revolucionarios de la primera mitad del siglo
XIX también aprendieron una lección: las sublevaciones espontáneas
no eran muy eficaces, ya que eran derrotadas más o menos fácilmente.
Las amenazas de insurrección popular tenían que combinarse
con una consciente y duradera organización política, si se
quería fomentar un cambio significativo.
El liberalismo se ofrece entonces como la inmediata solución
para las dificultades políticas de la derecha y de la izquierda.
A la derecha le propone que haga concesiones; a la izquierda, que constituya
una organización política; a ambas, derecha e izquierda,
les pide paciencia: a largo plazo, todos ganarán más siguiendo
una via media. El liberalismo encarnaba el centrismo, y su canto
de sirena era seductor. No obstante, el liberalismo no predicaba un centrismo
pasivo, sino una estrategia activa. Los liberales depositaron su fe en
una de las premisas clave de la Ilustración: que el pensamiento
y la acción racionales eran el camino hacia la salvación,
hacia el progreso. Los hombres (sólo en raras ocasiones se incluía
a las mujeres) son, a la larga y por naturaleza, racionales.
De eso se deducía que "el cambio político normal" debería
seguir el camino indicado por aquellos que fuesen más racionales,
es decir, los más educados, los más cualificados, los más
sabios. Estos hombres designarían cuáles eran los mejores
caminos a seguir para el cambio político; estos hombres irían
indicando las necesarias reformas a emprender y promulgar. El reformismo
racional era el concepto organizador del liberalismo, lo que explica la
apariencia errática de las posiciones de los liberales respecto
a la relación entre individuo y Estado. Los liberales podían
defender simultáneamente que el individuo no debía ser forzado
por los dictados del Estado (colectivo) y que la acción estatal
era necesaria para minimizar la injusticia contra los individuos. Podían
ser, al mismo tiempo, favorables al laissez-faire y a las leyes
fabriles, ya que la sustancia del liberalismo no era ni lo uno ni lo otro,
sino más bien el progreso deliberado y mesurado hacia la buena sociedad,
que podría obtenerse más fácilmente, y quizá
únicamente, por la vía del reformismo racional.
Esta doctrina del reformismo racional demostró en la práctica
su extraordinario atractivo. Parecía que daba respuesta a las necesidades
de todos. Para los conservadores, podía ser el camino para amortiguar
los instintos revolucionarios de las clases peligrosas. Algunos
derechos de voto por aquí, un poco de beneficios del Estado de bienestar
por allí, más otro tanto de unidad de las clases bajo una
identidad nacionalista común: a finales del siglo XIX, todo esto
daba por resultado una fórmula que apaciguaba a las clases trabajadoras
a la vez que mantenía los elementos esenciales del sistema capitalista.
Los poderosos y los privilegiados no perdían nada de fundamental
importancia para ellos, y dormían más tranquilos por las
noches (con menos revolucionarios en sus ventanas).
Por otra parte, aquellos que se inclinaban hacia posiciones radicales
veían en el reformismo racional un útil término medio.
Permitía la realización de algunos cambios fundamentales
aquí y ahora, sin eliminar la esperanza y las expectativas de posteriores
cambios aún más importantes; y, sobre todo, ofrecía
a los hombres la posibilidad de lograr algunas cosas antes de que su vida
terminase. Y estos hombres vivos dormían más tranquilos por
la noche (con menos policías en sus ventanas).
No pretendo minimizar 150 años de continua lucha política,
a veces violenta, frecuentemente apasionada, casi siempre cargada de importantes
consecuencias. Trato, sin embargo, de situar esa lucha en una perspectiva
adecuada. En última instancia, la lucha se mantenía dentro
de las reglas establecidas por la ideología liberal. Y cuando surgía
un grupo importante que rechazaba estas reglas -los fascistas-, ese grupo
fue derrotado y eliminado; con dificultades, indudablemente, pero fue derrotado.
Hay otra cosa que debemos decir sobre el liberalismo. He dicho que
el liberalismo no era fundamentalmente antiestatalista, ya que su prioridad
real era el reformismo racional. Pero, aunque no antiestatalista, el liberalismo
sí era fundamentalmente antidemocrático. El liberalismo fue
siempre una doctrina aristocrática, que predicaba "el poder de los
mejores". Ciertamente, el liberalismo no define a "los mejores" por su
status de nacimiento, sino más bien por sus logros educativos.
Los mejores no salen de la nobleza hereditaria, sino que proceden de los
beneficiarios de la meritocracia. Pero los mejores siguen siendo un grupo
más pequeño que la totalidad de la gente. Los liberales buscan
el poder aristocrático de los mejores precisamente para evitar el
poder de todo el pueblo, la democracia. La democracia era el objetivo de
los radicales, no de los liberales; o, al menos, era el objetivo de quienes
eran verdaderamente radicales, verdaderamente antisistémicos. El
liberalismo se constituye como ideología precisamente para evitar
que este grupo prevaleciera. Cuando los liberales hablaban con los conservadores
que se resistían a las reformas liberales, siempre afirmaban que
solamente el reformismo racional podría obstaculizar la llegada
de la democracia, argumento que, en definitiva, sería bien recibido
por los conservadores inteligentes.
Finalmente, quiero hacer notar una diferencia significativa entre la
segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En la segunda
mitad del XIX, los protagonistas principales de las reivindicaciones de
las clases peligrosas eran todavía las clases trabajadoras
urbanas de Europa y América del Norte. La agenda liberal funcionaba
muy bien frente a ellas. Se les ofreció el sufragio universal (masculino),
el comienzo del Estado de bienestar y la identidad nacional. ¿Identidad
nacional contra quién? Contra sus vecinos, ciertamente; pero de
forma más importante y profunda, contra el mundo no blanco. Imperialismo
y racismo forman parte del paquete ofrecido por los liberales a las clases
trabajadoras de Europa y América del Norte, bajo el envoltorio del
"reformismo racional".
Sin embargo, las clases peligrosas del mundo no europeo comienzan
a agitarse políticamente, desde México a Afganistán,
desde Egipto a China, desde Persia a la India. Cuando Japón derrota
a Rusia en 1905, este hecho es visto en toda la zona como el comienzo del
repliegue de la expansión europea. Para los liberales, que se encontraban
principalmente en Europa y América del Norte, fue una fuerte advertencia
de que el "normal cambio político" y la "soberanía" eran
ya aspiraciones de los pueblos del mundo entero, y no solamente de las
clases trabajadoras europeas.
A partir de ese momento, los liberales dirigen su atención hacia
la extensión del concepto de reformismo racional a nivel del conjunto
del sistema-mundo. Ese era el mensaje de Woodrow Wilson y de su insistencia
en la "autodeterminación de las naciones", mensaje equivalente global
al del sufragio universal. Este fue también el mensaje de Franklin
Roosevelt y de las "cuatro libertades" proclamadas como objetivo de guerra
durante la Segunda Guerra Mundial, recogido después por el presidente
Truman en el Point Four, primer intento del proyecto post-1945 para
el "desarrollo económico de los países subdesarrollados",
una doctrina que fue el equivalente global del Estado de bienestar(6).
No obstante, los objetivos del liberalismo y de la democracia vuelven
a entrar en conflicto. En el siglo XIX el proclamado universalismo del
liberalismo se había hecho compatible con el racismo recurriendo
a la "externalización" de los objetos de racismo (más allá
de las fronteras de la "nación"), mientras que se "internalizaban"
de hecho los beneficios de los ideales universales, constituyendo "la ciudadanía".
La pregunta era si el liberalismo universal del siglo XX lograría
contener a las clases peligrosas localizadas en lo que ha sido llamado
el Tercer Mundo, o el Sur, tal y como el liberalismo nacional había
contenido a sus propias clases peligrosas en Europa y América
del Norte. Evidentemente, el problema residía en que a nivel mundial
no era posible "externalizar" el racismo. Las contradicciones del liberalismo
están produciendo su amargo fruto.
Triunfo y desastre
Sin embargo, eso estaba muy lejos de ser evidente en 1945. La victoria
de los Aliados sobre el Eje parecía ser el triunfo del liberalismo
universal, en alianza con la URSS, sobre la alternativa fascista. El hecho
de que los dos últimos actos de la guerra fueran el lanzamiento
de dos bombas atómicas por EE.UU. sobre la única potencia
no blanca del Eje, Japón, fue poco discutido en EE.UU. o en Europa
como expresión de alguna contradicción del liberalismo. La
reacción, no hace falta decirlo, no fue la misma en Japón.
Pero Japón había perdido la guerra, y su voz no se tomaba
en serio en este asunto.
Estados Unidos se había convertido, con mucha diferencia, en
la más importante fuerza económica dentro de la economía-mundo.
Con la bomba atómica, era también la principal fuerza militar,
a pesar de la dimensión de las fuerzas armadas soviéticas.
En cinco años, fue capaz de organizar políticamente el sistema-mundo
gracias a un cuádruple programa: i) un compromiso con la URSS, garantizando
a ésta su control sobre una esquina del mundo a cambio de su compromiso
a mantenerse en esa esquina (no retóricamente, pero sí en
términos de política real); ii) un sistema de alianzas con
Europa Occidental y Japón, al servicio tanto de los objetivos económicos,
políticos y retóricos, como de los propiamente militares;
iii) un modulado y moderado programa para la "descolonización" de
los imperios coloniales; iv) un programa de integración interna
dentro de los EE.UU., ampliando el ámbito de real "ciudadanía"
y sellando ese programa con una ideología anticomunista unificadora.
Este programa funcionó, y funcionó notablemente bien,
durante unos 25 años, precisamente hasta 1968. ¿Cómo
evaluar esos extraordinarios años, 1945-68? ¿Fueron un período
de progreso y de triunfo de valores liberales? la respuesta tiene que ser:
ciertamente sí, pero también ciertamente no. El principal
y más obvio indicador de "progreso" era de tipo material. La expansión
económica de la economía-mundo era extraordinaria, la mayor
en la historia del sistema capitalista. Y parecía afectar a todo
el mundo, Oeste y Este, Norte y Sur. Claro está que el Norte se
beneficiaba más que el Sur, y las distancias (absolutas y relativas)
crecían en la mayoría de los casos(7). Sin embargo, ya que
en muchos lugares había un crecimiento real y un alto nivel de empleo,
la era mostraba un sonrosado color, reforzado por un gran crecimiento en
los gastos destinados al bienestar, como ya he mencionado, y particularmente
en las áreas de educación y salud.
En segundo lugar, de nuevo reinaba la paz en Europa. Paz en Europa,
pero no Asia, donde dos largas y duras guerras tuvieron lugar, en Corea
y en Indochina. Y tampoco hubo paz en otras muchas partes del mundo no
europeo. No obstante, los conflictos en Corea y Vietnam no fueron iguales.
El conflicto de Corea debería emparejarse más bien con el
bloqueo de Berlín, con el que ocurrió casi en conjunción.
Alemania y Corea fueron las dos grandes particiones de 1945: ambos países
fueron repartidos entre las esferas militares y políticas de EE.UU.
y de la URSS. En el espíritu de Yalta, las líneas de división
debían mantenerse intactas, a pesar de los sentimientos nacionalistas
(e ideológicos) de alemanes y coreanos.
En 1949-52, la firmeza de estas líneas divisorias fue sometida
a un test. Después de grandes tensiones (y enormes pérdidas
de vidas humanas en el caso de Corea), el resultado fue el mantenimiento,
con pocas variaciones, del status quo fronterizo previo.
Así, realmente, el bloqueo de Berlín y la guerra de Corea
concluyen el proceso de institucionalización de Yalta. El segundo
resultado de estos dos conflictos fue una mayor integración social
dentro de cada campo, institucionalizados ambos por el establecimiento
de fuertes sistemas de alianzas: la OTAN y el Pacto de Defensa EE.UU.-Japón
por un lado, el Pacto de Varsovia y los acuerdos chino-soviéticos
por otro. Además, los dos conflictos sirvieron como un estímulo
directo a una mayor expansión de la economía-mundo, atizada
fuertemente por los gastos militares. La recuperación europea y
el crecimiento japonés fueron los dos principales beneficiarios
inmediatos de esta expansión.
La guerra de Vietnam fue de un tipo muy distinto a la de Corea. Ocupó
el lugar emblemático en la lucha de los movimientos de liberación
nacional en el mundo no europeo. Mientras que la guerra de Corea y el bloqueo
de Berlín fueron parte del régimen mundial de Guerra Fría,
la lucha vietnamita (como la argelina y otras muchas) fue una protesta
contra las imposiciones y la estructura de este régimen. Fueron,
en este sentido elemental e inmediato, el producto de movimientos antisistémicos.
Eran luchas muy diferentes a las de Alemania y Corea, ya que en estas últimas
ambos bandos nunca estaban en paz, sino solamente en tregua; para cada
uno de los rivales la paz era solamente faute de mieux. Por el contrario,
las guerras de liberación nacional son unilaterales. Ninguno de
los movimientos de liberación nacional desea guerras con Europa
o Estados Unidos; quieren que se les permita seguir su propio camino. Eran
Europa y EE.UU. quienes no estaban dispuestos a dejarles hacerlo, hasta
que, finalmente, ya no les quedaba otro remedio. Los movimientos de liberación
nacional protestaban así contra los poderosos, pero lo hacían
en nombre del cumplimiento del programa liberal de autodeterminación
de las naciones y desarrollo económico de los países subdesarrollados.
Y esto nos conduce a la tercera gran realización de los extraordinarios
años 1945-68: el triunfo a lo largo y ancho del mundo de las fuerzas
antisistémicas. Solamente en apariencia resulta paradójico
que el preciso momento del apogeo de la hegemonía de EE.UU. en el
sistema-mundo y de la legitimación universal de la ideología
liberal sea también el momento en el que llegan al poder todos aquellos
movimientos cuyas estructuras y estrategias se formaron en el período
1848-1945 como movimientos antisistémicos. Cada una de las tres
históricas variantes de la llamada Vieja Izquierda -comunistas,
socialdemócratas y movimientos de liberación nacional- alcanza
el poder estatal, aunque en diferentes zonas geográficas. Los partidos
comunistas llegan al poder desde el Elba hasta el Yalu, cubriendo un tercio
del mundo. Los movimientos de liberación nacional lo hacen en gran
parte de Asia, Africa y el Caribe, y equivalentes suyos lo hacen en muchos
países de América latina y de Oriente Medio. En cuanto a
los movimientos socialdemócratas y similares, llegan al poder (rotando
en él, al menos) en gran parte de Europa Occidental, América
del Norte y Australia. Quizá Japón fue la única excepción
significativa a este triunfo universal de la Vieja Izquierda.
¿Era esto paradójico? ¿El triunfo de las fuerzas
populares era resultado del progreso social? ¿O se trataba más
bien de una masiva cooptación de estas fuerzas populares? ¿Hay
alguna manera de distinguir, intelectual y políticamente, estos
dos enunciados? Esas son las preguntas que comenzaron a crear inquietud
en los años sesenta. Si la expansión económica, con
sus claros beneficios en cuanto a niveles de vida, la paz relativa en grandes
zonas del planeta y el aparente triunfo de movimientos populares se presta
a valoraciones positivas y optimistas sobre la evolución del mundo,
una mirada más próxima a la situación real revela
aspectos negativos aún mayores.
El régimen mundial de la Guerra Fría no produjo la expansión
de la libertad humana, sino una gran represión interna dentro de
todos los estados, justificada por la presunta gravedad de las tensiones
geopolíticas, muy escenificadas por otra parte. El mundo comunista
tuvo juicios y purgas, gulags y telones de acero. El Tercer Mundo tuvo
regímenes de partido único y disidentes en la cárcel
o en el exilio. Y el macartismo (con sus equivalentes en los demás
países de la OCDE), aunque no tan abiertamente brutal, fue muy efectivo
a la hora de imponer conformidades y destruir carreras cuando resulta necesario.
En todos los lugares, el debate público era permitido solamente
dentro de unos parámetros claramente delimitados.
Además, en términos materiales el régimen de la
Guerra Fría trajo también una creciente desigualdad, internacional
y nacionalmente. Y si bien los movimientos antisistémicos frecuentemente
actuaban contra viejas desigualdades, lo cierto es que contribuyeron a
la creación de otras nuevas. Las nomenklaturas de los regímenes
comunistas tuvieron sus equivalentes en el Tercer Mundo y en los regímenes
socialdemócratas en los países de la OCDE.
Era muy claro que estas desigualdades no estaban distribuidas de forma
aleatoria, sino que estaban correlacionadas con grupos de status
(codificados como raza, religión, etnicidad), y esa correlación
se manifestaba tanto a nivel mundial como dentro de cada estado. Evidentemente,
las desigualdades también estaban correlacionadas con el género
y con los grupos de edad, así como con otras muchas características
sociales. En resumen: eran muchos los grupos a los que se marginaba, y
sumaban bastante más de la mitad de población mundial.
De esa forma, las viejas esperanzas de los años 1945-68, de
las que se llegó a pensar erróneamente que habían
sido realizadas, fueron el fundamento y dan cuenta de la revolución
mundial de 1968. Esta revolución estuvo dirigida, ante todo, contra
el sistema histórico en su conjunto: contra EE.UU. como poder hegemónico
en este sistema, contra las estructuras económicas y militares que
constituían los pilares del sistema. Pero la revolución se
dirigía también, tanto o más, contra la Vieja Izquierda,
contra los movimientos antisistémicos considerados como insuficientemente
antisistémicos: contra la URSS, como cómplice de su ostensible
enemigo ideológico, EE.UU.; contra los sindicatos y otras organizaciones
obreras a las que se veía como estrechamente economicistas, defensoras
esencialmente de intereses de específicos grupos de status.
Mientras tanto, los defensores de las estructuras existentes denunciaban
lo que ellos consideraban como el antirracionalismo de los revolucionarios
de 1968. Pero, de hecho, a la ideología liberal le salió
el tiro por la culata. Tras haber insistido durante un siglo en que la
función de las ciencias sociales era hacer avanzar las fronteras
del análisis racional (como prerrequisito necesario para el reformismo
racional), tuvo demasiado éxito en esa tarea. Como escribe Fredric
Jameson:
"Gran parte de la teoría o de la filosofía contemporánea...
ha supuesto una prodigiosa expansión de aquello a lo que consideramos
como una conducta racional o dotada de sentido. Tengo la opinión
de que ya quedan muy pocas cosas que puedan ser consideradas como "irracionales"
en el viejo sentido de "incomprensibles", particularmente después
de la difusión del psicoanálisis y de la gradual desaparición
de la "otreidad" en un mundo empequeñecido y cubierto por los medios
de comunicación... Pero cuestionarse si ese concepto de Razón
enormemente expandido tiene algún valor normativo adicional... en
una situación en la que su opuesto, lo irracional, se ha sumido
en una virtual no existencia, es ya otra e interesante pregunta."(8)
Si prácticamente cualquier cosa se había hecho racional,
¿qué legitimidad especial tenían los paradigmas particulares
de la ciencia social establecida? ¿qué mérito especial
tenían los programas políticos de las élites dominantes?
Y, por último, las más devastadoras de todas las preguntas:
¿qué capacidades podían ofrecer los especialistas
que no las tuviesen también la gente corriente? ¿qué
tienen los grupos dominantes que no tengan los grupos oprimidos? Los revolucionarios
de 1968 encontraron este agujero lógico en la armadura defensiva
de las ideologías liberales (y de las no tan diferentes variantes
oficiales de la ideología marxista) y golpearon en la grieta abierta.
En tanto que movimiento político, la revolución mundial
de 1968 no fue más que una llamarada. Ardió ferozmente y,
en tres años, se extinguió. Sus rescoldos -bajo la forma
de múltiples y competidoras sectas seudomaoistas- sobrevivieron
otros cinco o diez años, pero a finales de los 70 todos esos grupos
habían quedado reducidos a oscuras notas a pie de página.
No obstante, el impacto geocultural de 1968 fue decisivo, ya que la revolución
mundial de 1968 marcó el fin de una era, la era de la centralidad
automática del liberalismo, no sólo en tanto que ideología
mundial dominante sino también como poseedora del monopolio de la
racionalidad y, por tanto, de la legitimidad científica. La revolución
mundial de 1968 puso al liberalismo donde ya había estado en el
período 1815-48, como una estrategia política más,
competidora con otras muchas. En este sentido, tanto el conservadurismo
como el radicalismo/socialismo fueron liberados del campo de fuerza magnético
que les había dominado desde 1848 hasta 1968.
El proceso de degradación del liberalismo desde su papel como
norma geocultural hasta su nuevo lugar como mero competidor en el mercado
mundial de ideas se completó en las dos décadas que siguieron
a 1968. El bienestar material del período 1945-68 desapareció
durante la onda larga descendente (Kondratieff-B) que le siguió.
No todo el mundo sufrió equitativamente. Los países del Tercer
Mundo sufrieron antes y más. El aumento del precio del petróleo
por la OPEP fue un primer modo de intentar limitar los daños. Una
gran parte del excedente mundial era canalizada desde los estados productores
de petróleo hacia los bancos de la OCDE. Los inmediatos beneficiarios
se pueden clasificar en tres grupos: los estados productores de petróleo,
que reciben así una nueva renta; los estados (del Tercer Mundo y
del mundo comunista) que reciben préstamos de los bancos de la OCDE,
lo que les permite equilibrar su balanza de pagos; los estados de la OCDE,
que mantienen de esa forma sus exportaciones. Este primer intento colapsa
en 1980 con la llamada crisis de la deuda. El segundo modo de intentar
limitar los daños fue el keynesianismo militar de Reagan, que alimentó
el boom especulativo de los años 80 en Estados Unidos, y que colapsó
a finales de esa década, arrastrando a la URSS. El tercer intento
se basó en la conversión del Japón, los dragones del
Oriente asiático y algunos otros estados circundantes, en beneficiarios
de las necesarias e inevitables reubicaciones productivas propias de un
período Kondratieff-B. Durante los primeros años de los 90
se están evidenciando los límites de este esfuerzo.
El resultado neto de 25 años de lucha económica fue un
desencanto a lo largo y ancho del mundo con las promesas del desarrollismo,
piedra basal de las ofertas del liberalismo universal. Ciertamente, hasta
ahora este sentimiento de desilusión no ha afectado al Este y al
Sudeste asiático, pero esto puede ser simplemente una cuestión
de tiempo. En otras partes, las consecuencias han sido enormes, y particularmente
negativas para la Vieja Izquierda, empezando por los movimientos de liberación
nacional, siguiendo por los partidos comunistas (lo que condujo al colapso
de los regímenes comunistas del Este europeo en 1989) y terminando
por los partidos socialdemócratas. Estos colapsos fueron celebrados
por los liberales como un triunfo suyo, pero han sido más bien su
cementerio, pues se han encontrado en la situación previa a 1848,
ante una acuciante exigencia de democracia, una democracia que vaya más
allá del limitado paquete de instituciones parlamentarias, sistemas
multipartidistas y derechos civiles elementales; esta vez, se demanda una
democracia real, con un genuino e igualitario reparto del poder. Esta última
demanda ha sido históricamente la pesadilla del liberalismo, contra
la que ofreció su paquete de limitados compromisos combinados con
un optimismo seductor sobre el futuro. En la medida en que hoy ya no existe
una difundida fe en el reformismo racional a través de la acción
del Estado, el liberalismo ha perdido su principal defensa político-cultural
contra las clases peligrosas.
El colapso de la legitimidad
De esa forma llegamos a la presente era, a la que considero como un Período
Negro que se abre ante nosotros y cuyo comienzo podría fijarse simbólicamente
en 1989 (la continuación de 1968)(9) y que podría durar entre
25 y 50 años.
Hasta aquí he puesto el énfasis sobre el escudo ideológico
que las fuerzas dominantes construyeron contra las aspiraciones insistentemente
avanzadas por las clases peligrosas desde 1789. He argumentado que
ese escudo era precisamente la ideología liberal, que actuaba ya
directamente, ya de forma más insidiosa por la vía de una
variante edulcorada socialista/progresista que ha sustituido la esencia
de las aspiraciones antisistémicas por un sucedáneo de limitado
valor. Y, finalmente, he argumentado que este escudo ideológico
había sido destruido en gran medida por la revolución mundial
de 1968, cuyo acto final fue el colapso del comunismo en 1989.
¿Por qué este escudo ideológico colapsó
tras 150 años de eficaz funcionamiento? La respuesta a esta pregunta
no reside en una súbita iluminación por la que los oprimidos
descubriesen la falsedad de las declaraciones ideológicas. Desde
el principio ha sido bien conocido lo engañoso del liberalismo,
y así ha sido denunciado con vigor durante los siglos XIX y XX.
Sin embargo, los movimientos de tradición socialista no se han comportado
de forma consistente con sus críticas teóricas al liberalismo.
¡Muy frecuentemente ha ocurrido todo lo contrario!
No es difícil encontrar la razón de esto. La base social
de estos movimientos -que pretendían muchas veces hablar en nombre
de la mayoría de la humanidad- era, de hecho, una pequeña
parte de la población mundial, el segmento menos acomodado del sector
"modernista" de la economía-mundo tal y como quedó estructurada
entre 1750 y 1950. Este segmento incluía a las clases trabajadoras
urbanas especializadas y semiespecializadas, a la intelectualidad de todo
el mundo y a los grupos más educados y especializados de las áreas
rurales en las que era más inmediatamente visible el funcionamiento
de la economía-mundo capitalista, lo que sumaba un significativa
número de personas pero estaba muy lejos de representar a la mayoría
de la población mundial.
La Vieja Izquierda era un movimiento mundial apoyado por una minoría,
una minoría poderosa, una minoría oprimida, pero en todo
caso una minoría numérica de la población mundial.
Y esta realidad demográfica limitaba sus reales opciones políticas.
Bajo esas circunstancias, hizo lo único que podía hacer.
Optó por convertirse en un aguijón para acelerar el programa
liberal de reformismo racional, y eso lo hizo muy bien. Los beneficios
que deparó a sus protagonistas fueron reales, aunque parciales.
Pero, como proclamaban los revolucionarios de 1968, mucha gente quedó
fuera de la ecuación. La Vieja Izquierda ha utilizado un lenguaje
universalista, pero ha practicado políticas particularistas.
En 1968/69 estas anteojeras ideológicas falsamente universalistas
fueron dejadas de lado por una razón: la realidad social subyacente
había cambiado. La economía-mundo capitalista había
seguido la lógica de la incesante acumulación de capital
de forma tan persistente que se había aproximado a su ideal teórico,
la mercantilización de todas las cosas. Esto se refleja en múltiples
realidades sociológicas nuevas: la extensión de la mecanización
de la producción; la eliminación de las restricciones espaciales
para el intercambio de mercancías y de información; la desruralización
del mundo; un ecosistema próximo al agotamiento; el alto de grado
de monetarización del proceso de trabajo; y el consumismo, entendido
como una mercantilización del consumo muy extendida(10).
Todos estos procesos son bien conocidos, y tema de continuas discusiones
en los medios de comunicación internacionales. Pero consideremos
lo que significan desde el punto de vista de la incesante acumulación
de capital. Sobre todo, significan una enorme limitación de la tasa
de acumulación, por razones esencialmente sociopolíticas,
entre las que destacan tres factores centrales. El primero ha sido reconocido
por los analistas desde hace mucho tiempo, pero sólo ahora está
alcanzando su plena realización: la urbanización del mundo
y el incremento de la educación y de los medios de comunicación
han engendrado un grado de conciencia política universal que hacen
más fácil la movilización política y dificultan
la ocultación de las disparidades socioeconómicas y del papel
que los gobiernos juegan en su mantenimiento. Tal conciencia política
se refuerza con la deslegitimización de cualquier fuente irracional
de autoridad. En resumen, más gente que nunca pide la igualación
de retribuciones y se niega a aceptar una condición básica
para la acumulación capitalista: la baja remuneración del
trabajo. Esto se manifiesta en un significativo aumento mundial de los
salarios "históricos" y en una grande y creciente demanda hacia
los gobiernos para que se redistribuya el bienestar básico (en particular,
en salud y educación) y se asegure un ingreso estable.
El segundo factor es el rápido crecimiento del coste que para
los gobiernos tiene subsidiar los beneficios por medio de la construcción
de infraestructuras y de la externalización de los gastos de las
empresas. A eso se refieren los periodistas cuando hablan de crisis ecológica,
crisis presupuestaria del sistema sanitario, crisis de financiación
de la "gran" ciencia, etc. Los estados no pueden seguir aumentando los
subsidios a las empresas privadas y, al mismo tiempo, aumentando las prestaciones
para el bienestar de la ciudadanía. Una de las dos cosas debe ser
sacrificada, al menos en una importante medida. Con una ciudadanía
más consciente, estas luchas, esencialmente luchas de clases, prometen
ser monumentales.
El tercer factor es resultado del carácter universal que hoy
tiene la conciencia política. Tanto a nivel mundial como en cada
Estado las disparidades distributivas tienen un carácter racial/étnico/religioso.
Por lo tanto, el resultado combinado de la conciencia política y
de la crisis fiscal de los estados podría ser una lucha masiva que
tomaría incluso la forma de una guerra civil, tanto a nivel mundial
como en cada estado.
La primera víctima de todas estas tensiones podría ser
la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener
el orden. La pérdida de esa capacidad implicaría nuevos gastos
económicos y de seguridad, haciendo más agudas las tensiones,
lo que a su vez repercutiría sobre las estructuras estatales debilitando
más aún su legitimidad. No estoy hablando del futuro, sino
del presente. Lo podemos ver en el tremendo aumento de la inseguridad,
que se ha multiplicado varias veces durante los últimos diez o quince
años, afectando al crimen, a la violencia aleatoria, a la imposibilidad
de asegurar justicia en los tribunales, a la brutalidad de los cuerpos
policiales. No afirmo que estos fenómenos sean nuevos o que necesariamente
estén más extendidos que en el pasado, pero lo importante
es que mucha gente los percibe como nuevos o agravados, y desde luego como
más extendidos. El principal resultado de esa percepción
es la deslegitimación de las estructuras estatales.
Este tipo de desorden creciente y autoreforzante no puede durar siempre,
pero sí puede durar entre 25 y 50 años. Entonces, o bien
este desorden se convierte en una forma de caos dentro del sistema, provocado
por el agotamiento de las válvulas de escape del sistema, o bien
empuja por otro camino dado que las contradicciones del sistema han llegado
a un punto en el que ya no sirve durante mucho tiempo ninguno de los mecanismos
de restauración del funcionamiento normal del sistema.
Nuevos frentes de lucha
Pero del caos surgirá un nuevo orden, lo que nos conduce hasta nuestro
último tema: las opciones que se nos presentan, hoy y en el próximo
futuro. El que estemos en un tiempo de caos no significa que en los próximos
25-50 años no vayamos a ver funcionar los principales procesos básicos
de la economía-mundo capitalista. Personas y empresas seguirán
tratando de acumular capital por los medios habituales. Los capitalistas
buscarán el apoyo de las estructuras estatales, como lo han hecho
en el pasado. Los estados concurrirán con otros estados para tratar
de convertirse en el principal centro de acumulación de capital.
La economía-mundo capitalista podrá entrar, probablemente,
en una nueva fase de expansión, mercantilizando aún más
los procesos económicos en el mundo entero y polarizando más
aún la distribución efectiva de la riqueza.
Lo que podría ser diferente en los próximos 25-50 años
no son tanto las operaciones del mercado mundial como las operaciones del
mundo político y las estructuras culturales. Básicamente,
los estados perderían paulatinamente su legitimación y, por
tanto, encontrarían cada vez más difícil el garantizar
un mínimo de seguridad, tanto internamente como en las relaciones
entre ellos. Sobre la escena geocultural, podría no haber ningún
discurso dominante, y las propias formas de debate cultural podrían
ser sometidas a debate. Podría no existir acuerdo sobre lo que debe
considerarse como un comportamiento racional o aceptable. Ahora bien, toda
esa confusión no implica necesariamente la ausencia de un comportamiento
intencional, propositivo. Verdaderamente, podría haber muchos grupos
persiguiendo claros y limitados objetivos, aunque en muchos casos entrarían
unos con otros en agudos conflictos. Podría haber unos cuantos grupos
con una idea a largo plazo de cómo construir un orden social alternativo,
aunque su claridad subjetiva podría adecuarse muy poco a cualquier
probabilidad objetiva de que estos conceptos constituyan una guía
heurística útil para la acción. En resumen: cada cual
actuaría un tanto a ciegas, incluso sin pensar que está actuando.
Con todo, estamos condenados a actuar. Por tanto, nuestra primera necesidad
es tener claro qué es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo,
qué es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población
mundial se encuentre encolerizada con él o que, al menos, mantenga
un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales. A mí
me parece muy claro que las mayores quejas se dirijen contra las grandes
desigualdades del sistema, que implican también una ausencia de
democracia. Sin duda, esto podría decirse también de todos
los anteriores sistemas históricos. Pero lo nuevo bajo el capitalismo
es que su gran éxito como creador de producción material
elimina toda justificación para las desigualdades, ya sean materiales,
políticas y sociales. Estas desigualdades parecen ser peores porque
no se limitan a privilegiar a un minúsculo grupo frente al resto
de la humanidad, sino que distinguen a un quinto o un séptimo de
la población mundial frente a todos los demás. Los sentimientos
de quienes han sido marginados se han visto exacerbados por el incremento
de la riqueza material total y por el hecho de que el bienestar no se limite
a un pequeño puñado de personas pero al mismo tiempo tampoco
alcance a la mayoría de la población.
No contribuiremos en nada a una resolución aceptable de este
caos terminal de nuestro sistema-mundo a menos que dejemos muy claro que
solamente un sistema histórico relativamente igualitario y totalmente
democrático es deseable. En concreto, debemos movernos activa e
inmediatamente en varios frentes. Uno de ellos es el activo desmantelamiento
de los supuestos eurocéntricos que han impregnado la geocultura
de, al menos, los dos últimos siglos. Los europeos han hecho grandes
contribuciones culturales a nuestra común empresa humana. Pero no
es cierto que las suyas hayan sido más grandes que las de otros
centros civilizatorios a lo largo de 10.000 años de historia humana,
y no hay ninguna razón para suponer que la multiplicidad de los
focos de sabiduría colectiva vaya a reducirse en el próximo
milenio. El reemplazamiento activo del actual sesgo eurocéntrico
por un más moderado y equilibrado sentido de la historia y de su
evaluación cultural podría requerir una aguda y constante
lucha política y cultural. No pide nuevos fanatismos, sino un duro
trabajo intelectual, colectivo e individual.
Necesitamos además asumir el concepto de derechos humanos y
trabajar enérgicamente para que se aplique por igual a nosotros
y a ellos, al ciudadano y al extranjero. El derecho de las comunidades
a proteger su herencia cultural no es un derecho a proteger sus privilegios.
Los derechos de los inmigrantes constituirán uno de los principales
campos de batalla. Y si, como preveo, en los próximos 25-50 años
los inmigrantes (legales o ilegales) y sus hijos constituyen una muy importante
minoría dentro de Norteamérica, Europa y Japón, entonces
tendremos que luchar para que esos inmigrantes tengan acceso no discriminatorio
a los derechos económicos, sociales y políticos propios de
la zona a la que han inmigrado.
No ignoro que esto podría encontrar una enorme resistencia política
en nombre de la pureza cultural y de los derechos de propiedad acumulados.
Los hombres de estado del Norte andan ya diciendo que el Norte no puede
asumir la carga económica del mundo entero. ¿Y por qué
no? La riqueza del Norte es en gran medida resultado de una transferencia
de plusvalía desde el Sur. Esto se produce desde hace varios cientos
de años, y nos ha conducido a la actual crisis del sistema. No se
trata por tanto de poner parches caritativos, sino de abordar una reconstrucción
racional.
Estas batallas serán batallas políticas, pero no necesariamente
batallas a nivel de estado. Precisamente a causa del proceso de deslegitimación
de los estados, muchas de estas batallas, y quizá la mayoría,
se darán localmente, entre aquellos grupos resultado de nuestra
propia reorganización. Y ya que estas batallas serán locales
y complejas entre múltiples grupos, una compleja y flexible estrategia
de alianzas será esencial, pero sólo será efectiva
si mantenemos en nuestras mentes los objetivos igualitarios.
Finalmente, la lucha será también intelectual, por la
reconceptualización de nuestros canones científicos, en la
búsqueda de metodologías más holísticas y sofisticadas,
en el intento para liberarnos de las falaces y piadosas hipocresías
sobre la neutralidad del pensamiento científico. La racionalidad,
de ser algo, es ella misma un juicio de valor, y nada es o puede ser racional
fuera del más amplio y completo contexto de la organización
social humana.
Ustedes pueden pensar que el programa que he diseñado para una
sensata acción social y política en los próximos 25-50
años es demasiado vago. Pero es tan concreto como puede serlo cuando
nos encontramos en el centro de un torbellino. Primero, asegúrense
de hacia qué orilla quieren nadar. Y después, traten de lograr
que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren
una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras
la buscan.
NOTAS
(1) Este artículo se basa en la conferencia pronunciada el 7 de
diciembre de 1993 en la Kyoto Seika University, con motivo del XXV aniversario
de su fundación.
(2) John W. Meyer y otros, "The World Educational Revolution, 1950-1970",
en J.W. Meyer y M.T. Hannan, eds., National Development, 1950-1970,
Chicago 1979.
(3) Para un magnífico y muy detallado relato sobre los debates
intelectuales que acompañaron al bicentenario en Francia, ver Steven
Kaplan, Adieu 1989, Paris 1993.
(4) Para un análisis de este proceso, ver mi "The French Revolution
as a World-Historical Event", en Unthinking Social Science: The Limits
of Nineteenth-Century Paradigms, Cambridge 1991.
(5) El proceso por el que el liberalismo obtuvo la posición
central y convirtió al conservadurismo y al socialismo en virtuales
adjuntos suyos, en vez de oponentes, es tratado en mi "Trois idéologies
ou une seule? La problématique de la modernité", Genèses
9, Octubre 1992.
(6) La naturaleza de las promesas hechas por el liberalismo a nivel
mundial y la ambigüedad de la respuesta leninista al liberalismo universal
son analizadas en mi "The Concept of National Development 1917-1989: Elegy
and Requiem", en G. Marks y L. Diamond, eds., Reexamining Democracy,
Newbury Park 1992.
(7) Ver un resumen de los datos en John T. Passé-Smith, "The
Persistence of the Gap: Taking Stock of Economic Growth in the Post-World
War II Era", en M.A. Sellinson y J.T. Passé-Smith, eds., Development
and Underdevelopment: The Political Economy of Inequality, Boulder,
CO 1993.
(8) Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism,
Durham, NC 1991, p.268.
(9) G. Arrighi, T.H. Hopkins y I. Wallerstein, "1989, The Continuation
of 1968", Review, vol. 15, nº 2, primavera 1992.
(10) Estos puntos están más elaborados en mi "Peace,
Stability, and Legitimacy, 1990-2025/2050", en G. Lundestad, ed., The
Fall of Great Powers: Peace, Stability, and Legitimacy, Londres 1994.