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Artículo publicado originalmente en la revista electrónica Kriptópolis
Los monitores de ordenador tienen una historia ciertamente curiosa. Durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos utilizaban complicadas maquetas de cartón para marcar los aviones nazis según se acercaban a suelo inglés. Unas secretarias se encargaban de mover los aviones a sus nuevas posiciones según llegaban nuevos datos de las estaciones de radar. Desde luego, un sistema así resultaba laborioso de mantener, así que los aliados experimentaron otros métodos para poder automatizar los datos que escupían los radares. Así en 1943 el MIT puso en marcha el "Rad Lab" para mejorar las interficies del radar.
De este laboratorio surgió el programa SAGE, que produjo los primeros monitores de fósforo verde capaces de representar de forma automática los datos de radar como puntos fluorescentes. Tras la guerra, otro laboratorio secreto -el Lincoln Laboratory- nos legó sistemas de representaciones en dos y tres dimensiones y el primer programa de infografía: el sketchpad.
Desde entonces los militares -y el resto de la sociedad, con una tecnología básicamente creada a través de la guerra fría- se han caracterizado por automatizar más y más el procesamiento de la información. Así, la distancia entre los datos originales y el resultado final que el operario humano examina es cada vez más grande. Los servicios de inteligencia se están convertiendo progresivamente en servicios de inteligencia artificial.
Pero por mucho que Spielberg nos quiera hacer creer lo contrario, la inteligencia artificial es un oxímoron. Estamos todavía tecnológicamente muy lejos de tener sistemas inteligentes, capaces de examinar unos datos y sacar conclusiones realmente útiles y significativas.
Tomemos por ejemplo el tristemente famoso Echelon. Ciertamente, su sistema de interceptación de mensajes "peligrosos" no es simplemente una búsqueda tonta de palabras como "atentado" "presidente", "bomba" y "cacaculopedopis". Pero que nadie crea que los sistemas de inteligencia artificial de la NSA "entienden" los mensajes de correo electrónico, los faxes o las llamadas telefónicas. Más allá de detectar unas cuantas estructuras sintácticas que marquen construcciones del tipo "vamos a atentar contra el presidente mañana con una bomba", y así separarlas de "mándame una bomba para inflar la bicicleta del presidente de la comunidad mañana", esos sistemas son prácticamente tan tontos como una hoja de cáculo. Y eso cuando nos referimos a datos digitalizados como un correo electrónico. Los medios de comunicación acostumbran a dar por sentado que, mágicamente, Echelon entiende todo lo que decimos por teléfono instantáneamente. La conversión habla-texto tiene todavía un largo camino por delante y la idea de una conversión fiable al 100% es una ilusión. Es más que probable que un margen importante de los mensajes telefónicos interceptados por Echelon nunca hayan sido recuperados correctamente. Los que hayan utilizado un programa de dictado al ordenador saben muy bien de qué les hablo.
Los terribles atentados del pasado martes muestran, bien a las claras, la inutilidad de estos servicios de estupidez artificial. ¿No les parece ciertamente extraño que unos individuos que ya eran sospechosos de haber participado en un atentado terrorista en Oregón pasaran tranquilamente la frontera del Canadá varias veces, hicieran cursos de vuelo de aviones comerciales, volvieran en número superior a veinte personas un día y se fueran todos a un par de aereopuertos? Una investigación clásica, en la que unos pocos agentes siguen a unos sospechosos claros e intervienen sus comunicaciones con una orden judicial, hubiera resultado mucho más útil que esta alocada búsqueda por todo el espacio de datos, que ha demostrado ser dolorosamente infructuosa.
Y que nadie le eche la culpa a la criptografía. Esta horrenda conspiración no se ha fraguado colgando fotos porno en Internet con mensajes camuflados en esteganografía, como ridículamente airean algunos periódicos en los Estados Unidos. Y los criminales seguro que no se han comunicado a través de teléfonos cifrados. Intentar ocultar un atentado utilizando teléfonos cifrados es como disfrazarse en pleno agosto con una gabardina, un sombrero de ala ancha, bufanda y gafas de sol e intentar pasar desapercibido. Los servicios secretos no sabrán lo que van a hacer exactamente, pero está tan claro que piensan llevar a cabo algo profundamente criminal, que sin duda se les detendrá.
Claramente, hubo muchas conversaciones en abierto. Pero no eran, obviamente, del tipo "mañana secuestramos un avión y lo hacemos estrellar contra las torres gemelas". Serían conversaciones básicamente anodinas, que los sistemas de estupidez artificial de Echelon nunca detectaron, pero que sí habrían llamado la atención de un polícia o un agente del servicio secreto. ¿No resultaría eminentemente sospechoso la presencia masiva en aereopuertos de unos tipos que hace menos de un año hicieron un curso de piloto comercial de Boeings?
La mayoría de los expertos en seguridad coinciden en el estrepitoso fallo humano por parte de la NSA, FBI, CIA y otras tantas siglas. La confianza excesiva en la automatización nos hace olvidar de que al final, hace falta un ser humano que decida finalmente qué es significativo y qué no.
Es triste que haya hecho falta una catástrofe como la de las Torres Gemelas o el Pentágono para que se cuestione la eficacia de estos sistemas ultratecnológicos. Pero aún es más triste que algunas voces pidan -increíblemente- más dinero para comprar todavía más tecnología y "evitar" estos errores. No se dan cuenta de que el responsable del error ha sido –precisamente- una tecnología demasiado moderna, incapaz de responder a amenazas mucho más pedestres.
El Panopticon -aquella mítica prisión cubierta de espejos
en el que todos los movimientos de los condenados eran automáticamente
detectados- es exactamente eso, un mito. Ninguna herramienta electrónica
nos dará una protección perfecta contra amenazas terroristas,
militares o de cualquier otro tipo. Una vuelta a sistemas clásicos,
con más personal ocupándose de verdaderos sospechosos, sería
mucho más funcional y -por si fuera poco- volvería a garantizar
nuestros derechos humanos, puestos en duda por culpa de estas estúpidas
nuevas tecnologías que creen que todo el mundo es sospechoso hasta
que no demuestre lo contrario
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